• La trabajadora se traslada diariamente desde Guatire hacia Caracas para cumplir con el turno nocturno del instituto mental que carece de insumos médicos y alimentos

Johana Hernández, la enfermera más reconocida del Hospital Psiquiátrico de Caracas, saca unos retazos de tela de jean de una caja de metal fría y oxidada; los utiliza para inmovilizar a los pacientes que no han ingerido los calmantes en más de seis meses. Están desgastados, pero son sus únicas herramientas para solventar una situación de este tipo. Gracias a sus propios medios e ideas ha podido ejercer su profesión en el sanatorio del Lídice, un lugar que se mantiene abierto gracias a la labor del personal de enfermería.

A Johana no la reconocen los internos sin su uniforme blanco de trabajo. La saludan y la recuerdan con solo escuchar su voz a metros de distancia, sobre todo para pedirle, agua para tomar. Aunque lucha internamente con sus principios, ella no tiene otra opción, debe servir a los pacientes el agua empozada que está dentro de un tobo que esconden en una habitación desolada donde abundan las cucarachas.

Hernández labora en el turno nocturno y se niega a seguir prestando servicio bajo las precarias condiciones en las que se encuentra el hospital, por lo que inició una lucha por los que no tienen voz. Johana es chef pastelera de ocupación, pero enfermera de profesión. Tiene 15 años trabajando en el instituto mental que ha sido calificado como un “hospital del terror”. Ella afirma que su motivación principal es impedir el cierre técnico del psiquiátrico, centro que, hace algunos años, fue referencia en todo el país.

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Foto: José Daniel Ramos

“Por no tener electricidad, no contamos con el servicio de lavandería. Por eso los pacientes no tienen ropa, porque no se puede lavar. La alimentación es otra de las cosas más deprimentes. En el desayuno se les da una arepa sola y en el almuerzo, si hay comida, pasta con lentejas”, explicó la enfermera para El Diario, al tiempo que reveló que debe atravesar un corredizo negro para hacer las rondas nocturnas con la luz de su teléfono.

En su casa, la esperan sus dos hijos, y su familia. No tiene necesidad de estar en ese lugar, pero cada paso que da hacia la oscuridad tiene un motivo: los pacientes.

Hace algunos meses, el hospital tocó fondo. Los pacientes gritaban de desesperación, que tenían hambre. Dormían en el piso, todos en la oscuridad y a merced de la plaga. Su único recurso era gritar durante horas por un poco de comida. Esta situación marcó a Hernández de por vida.

“En uno de esos días estaba comiendo cambur, y fui a botar la concha. En ese momento una paciente me suplicó que por favor se la regalara porque se estaba muriendo de hambre. Fue algo que nunca voy a olvidar”, recordó la enfermera.

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Foto: José Daniel Ramos

En el psiquiátrico, solo una sola luz ilumina el área de emergencia. No hay alcohol ni gasa en las estanterías devoradas por el abandono. Johana debe esperar a los pacientes que llegan en las madrugadas de los fines de semana, muchos de ellos, son personas en situación de calle que desafían la inclinada subida con la esperanza de ser atendidos por las enfermeras, pero ellas solo pueden negar cualquier petición: No tienen ni alcohol para curar una simple herida.

“En muchos casos son indigentes que vienen para ser atendidos. Llegan de madrugada y hasta duermen en las afueras del acceso al hospital. Lamentablemente no podemos hacer nada por ellos”, agregó Hernández.

A pesar de esto, Johana los espera. Sabe que van a venir para buscar un lugar seguro. En caso de que llegue un caso de emergencia, las enfermeras solo disponen de un cuarto donde solo tienen una camilla. Las curas y antibióticos hace mucho tiempo desaparecieron del hospital.

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Foto: José Daniel Ramos

Una pequeña caja blanca es lo único que sirve en el sitio, es el negatoscopio para revelar las placas médicas. El aparato no tiene conector, por lo que debe ser conectado directamente con los cables a la toma de corriente, una acción que Hernández tuvo que aprender.

La enfermera sostuvo que tampoco percibe un salario con el que pueda comprar más de dos alimentos. Vive en Guatire, estado Miranda, y todos los días sube hacia Caracas en su carro. Su vehículo que ha sido su principal herramienta para recibir donaciones que salven al Psiquiátrico. Siempre ha sido una activista por las mejoras en la atención a los pacientes, en algunos casos, realiza tortas o dulces para ellos.

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Foto: José Daniel Ramos

En su voz se puede percibir la alegría que le produce recibir un material para ayudar al hospital, un sentimiento que reafirma con palabras. “Mientras yo me encuentre aquí, voy a hacer lo posible porque no suceda el cierre del Psiquiátrico. Soy enfermera porque decidí ser su voz. El que me conoce sabe que soy enfermera de vocación, no lo hago por un sueldo. No tengo ni la mínima idea de cómo voy a salvar el hospital, pero me gustan los retos y lo voy a lograr”, dijo Hernández.

Blanca Rodríguez, es otra de las enfermeras del hospital que siempre recibe a los pacientes de punta en blanco. Asegura que Johana es el símbolo en común que tiene todo el equipo que busca salvar al Psiquiátrico. Sin embargo, ella define a Hernández como un escudo de fortaleza ante la situación de penumbra del sanatorio. Afirma que su espontaneidad la llevó a denunciar la terrible situación en la que tenían que laborar, aún, con el riesgo de ser despedidas.

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Foto: José Daniel Ramos

“Johana ha trabajado muy duro desde que llegó al hospital. Ella ha sido la que lleva la fortaleza en el grupo, y que nos ha impulsado a seguir luchando por el Psiquiátrico. A pesar de todo lo que pasa trabajando aquí, es una persona paciente y que sabe escuchar. Eso la llevó a saber resolver en los momentos más oscuros”, indicó para El Diario.

Hernández se ha convertido en el rostro del hospital. Su única herramienta ha sido denunciar la situación a través de WhatsApp, gracias a ello, afirma que ha conocido muchas personas de buen corazón que la apoyan para lograr la meta común. La enfermera comenta que existen muchos materiales que se encuentran en los hogares, y que pueden servir para restaurar algunas salas del Psiquiátrico.

“Nos falta mucho, sí, pero lo importante fue comenzar, por eso pido mucha fortaleza para los personas que iniciaron conmigo el proceso de salvar el hospital. Hemos recibido muchas donaciones, para mí eso es satisfactorio, porque no hay nada mejor que ver la sonrisa de los pacientes al recibir ropa o un plato de comida. Por eso yo voy a luchar, para que pueda ver esa sonrisa todos los días”, dijo.

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