• El arte y una empecinada obsesión por generar un cambio positivo en su comunidad llevaron al artista urbano Andartes a invitar a su barrio a soñar a través de la cultura

Siempre pasaba por las mismas escaleras de la Calle 17 de Los Jardines del Valle, en Caracas. 183 escalones de un metro cincuenta de ancho cada uno. La basura acumulada en los peldaños de pronto desvía a los vecinos hacia la derecha o la izquierda. Todos los que residen en esa zona están acostumbrados al esfuerzo físico que supone subir y bajar ese tramo.

Un día del año 2002, Daniel García, junto a su hermana, se dirigía hacia su casa, que queda al final de esas escaleras. Tenía 6 años de edad cuando escuchó tres disparos.

La hermana de Daniel dio un pequeño salto hacia atrás al escuchar el primer tiro. Ambos dieron dos, tres, cuatro pasos sigilosos para asomarse. La sangre empezó a derramarse por los escalones y a teñir los desechos de rojo. Daniel recuerda que los ojos de aquel hombre tirado en el suelo se tornaron blancos. Una marca del disparo quedó en la pared. “Fallaron este”, dice el niño en voz baja, pero no está asustado. Lo siguiente que vio fue a la madre de ese hombre tomarlo entre sus brazos, ensuciarse, llorar, gritar. “Juan, se llamaba. Era hijo de un señor al que le decían ‘Cuchillo’”, relata sosegado para El Diario.

— Esa fue la primera vez que vi a un muerto. Cuando asesinan a alguien, siempre suelen arrastrarlo por allí. En las escaleras están las marcas de balas de cuando bandas de malandros se disparan unos a otros.

Pero en esas escaleras Daniel no solo presenció la violencia. Arrimado a las paredes de los escalones, también compartió con su primer amor, una noviecita que conoció cuando era un poco más joven y empezaba a asistir al colegio. Y en esa misma vereda los vecinos de El Valle se saludan, se cuentan lo que ha pasado en el día, van a ganarse la vida, regresan. En ese pequeño universo es donde Daniel decidió hacer su primera obra de arte de gran magnitud: pintar los 183 escalones con el motivo de la bandera de Venezuela.

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“La idea que me propuse fue hacer soñar a la gente y hacer del mundo algo mejor, porque las escaleras en el barrio son inversas: mientras más bajas de ellas, más surges, tienes más oportunidades para el estudio y el progreso. Y mientras más subes las escaleras, mientras más te ‘enconchas’, tienes menos chance de surgir”, explica.

Pasaron exactamente 16 años desde que presenció el asesinato de Juan, el hijo de “Cuchillo”, antes de que Daniel pudiera cumplir su sueño.

A él le gusta presentarse de dos maneras: Andartes, que define su faceta como artista plástico, y Le Gansterino, el apodo con el que firma sus trabajos musicales. Ambos nombres fueron necesarios para poder pintar las escaleras.

La oportunidad llegó cuando decidió hacer una canción para la novena edición del concurso Caminos a la Libertad, en México, durante 2018. El tema “Baila”, que interpretó ante una audiencia extranjera mientras proyectaba videos de las sangrientas protestas ciudadanas que tomaron las calles venezolanas en el año 2017, lo hizo merecedor del primer lugar en la categoría Música. “Era una canción que hablaba de la tragedia venezolana pero también de buscar la libertad que tanto deseamos y queremos a través de la lucha. Les gustó mucho la pieza, y luego de muchos problemas de comunicación logré contactar con los organizadores y pude viajar para México”, relata.

Con parte del premio, que consistió en 50.000 pesos mexicanos y un diploma, equivalentes a poco más de 2.500 dólares, Daniel regresó a Venezuela con la obsesión de dar color a esas escaleras de El Valle. “Me vine con la mentalidad de querer trabajar por un cambio”, cuenta con entusiasmo.

Para la realización del mural en la escalinata, Andartes comenta que destinó 300 dólares. “Pero no vayas a creer que es mucho para un proyecto de esta envergadura”, se apresura a acotar.

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Compró varios galones de pintura de aceite, más resistente al agua y la intemperie, que permitieran que la obra se mantuviera a pesar de la suciedad y los “malos hábitos de los vecinos de la zona”. Material en mano, alzó la mirada a los escalones, llenos de basura, suspiró, sonrió y se puso manos a la obra.

“No hay que caernos a mentiras, hay muchas personas en el barrio que generan problemas. Mi casa se ha inundado varias veces, no solo por las lluvias sino porque había gente que botaba partes de motos en los desagües. Ya no sé sinceramente si se trata de gente que nace así o se vuelve así, pero el hecho es que me tocó una comunidad muy jodida. Y decidí invertir en esto porque yo no quería maquillar la miseria como hace el régimen, que da unas pinturas malas para las misiones de Barrio Nuevo, Barrio Tricolor. Yo quería hacer algo distinto, de calidad”, dice Andartes.

Niños de las calles, que se paseaban por los laberintos de los cerros y se asomaban curiosos a los escalones que el joven artista se empeñaba en pintar, fueron los colaboradores más comprometidos.

Residentes de El Valle le preguntaban educadamente al pintor si le sobraba “un poquito de pintura para poder hacerle unos arreglitos a sus casas”. Algunos transeúntes tampoco dejaban pasar la oportunidad de recordarle a Andartes lo vano de su esfuerzo, pues “la gente no dejaría de botar basura” que dañaría su trabajo. Y muchos miraban de reojo a ese muchacho, pensando que tras ese esfuerzo estarían uno o dos políticos con turbios intereses, porque nadie podría quedarse hasta las 12:00 am pintando por puro idealismo.

“Hijo, váyase pa’ su casa”, le decían los vecinos cuando se ocultaba el sol. La delincuencia no le preocupaba pero sí la oscuridad, que le dificultaba ver bien el tono de los colores que estaba utilizando. “Algunos malandros, de hecho, empezaron a decirle a la gente: ‘Mosca con el pana, no le dañes la pintura’. Ellos son analistas de las zonas, como especie de alcaldes, y también se sensibilizaron. Ellos viven una corta vida, todos los que he conocido han sido asesinados”, dice entre risas.

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Tanta fue la entrega con que asumió la empresa, que parte de su cumpleaños lo pasó en los escalones, con sus fieles y juveniles ayudantes.

Daniel no desistió pese a las voces críticas. Estaba acostumbrado a las largas jornadas de trabajo gracias a las obras que le habían sido encargadas con anterioridad. Desde que tenía 12 años, Andartes empezó a pintar, movido por una pulsión que le viene desde preescolar.

Las paredes de su casa fueron el primer lienzo para hacer murales, una afición que empezó a seguir desde sus inicios en el Teatro Luz Columba, un taller de artes plásticas ubicado en El Valle. Allí recibió las primeras nociones de manos del pintor Simón Oliveira.

“Él (Simón) me ayudó bastante. Ahora doy clases allí para corresponder su apoyo. Mi mamá me motivaba a pintar, y mi búsqueda de ideas e imágenes me llevó a continuar ese camino”. Luego su vida se dedicó por entero a ello: hacía cuadros por encargo de cualquier tópico, decorativos paisajes y luego hasta de temas políticos.

Al llegar al escalón “cincuenta y pico”, advirtió que varios peldaños estaban destruidos, por lo que resolvió comprar cemento para acomodarlos.

“Se trataba de un hueco en la escalera que tenía casi tres años. Lo hicieron para arreglar una tubería de agua y dejaron la escalera rota”, relata. Un vecino decidió ayudarlo en ese momento.

Había pasado una semana desde que Daniel comenzó a pintar los escalones. La gente estaba perpleja, pero ciertamente notaron que el trabajo estaba completado, por lo que decidieron, tímidamente, empezar a barrer los escalones y alrededor de sus casas. “Al menos les dio penita”, dice el artista con cierta satisfacción.

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A la ceremonia de inauguración de la escalera mural, presentada formalmente en 2018, asistieron pocos miembros de la comunidad. No estaban demasiado entusiasmados. Los niños, y el propio Daniel, tocaron las puertas de los vecinos días antes para invitarlos a que vieran el nuevo rostro de los escalones. Algunos respondieron medianamente interesados. Otros soltaban un sarcástico “¿Ya terminaste?”.

Andartes aprovechó para desempolvar su viejo cuatro y musicalizar la tarde. Todos veían, conmovidos y confundidos, aquellas mismas escaleras que siempre habían subido y bajado, pero que ahora eran distintas, y mostraban la palabra “Sueña” estampada sobre el amarillo, azul y rojo.

Desde que se inauguró el mural, Andartes es testigo de que algunos vecinos hacen un poco más de esfuerzo por mantener limpias las escaleras y los frentes de sus hogares. Para él, ya eso es ganancia.

Ese fue el inicio de Andartes a la hora de pintar las calles. Fue más allá en sus siguientes trabajos. Luego de haber conocido a la madre de Neomar Lander, el joven menor de edad asesinado durante las manifestaciones antigubernamentales del año 2017, hizo un mural en su honor que adorna la entrada de la avenida Libertador.

Está ahora empecinado en la memoria. Las escaleras invitaban a soñar, pero sus obras en las calles insisten en recordar, en no olvidar. A razón de ello, su pintura retrata a las víctimas de la represión del régimen de Nicolás Maduro. Su trabajo lo llevó a hacer una exposición en la Universidad Metropolitana, donde compartió con padres de los caídos.

Se trata, pues, de un artista del recuerdo. Tiene convicción, tenacidad pese a su poca popularidad. A veces pareciera no importarle esto. Pero si rehuye al silencio de las paredes bien pintadas, carentes de voz, de crítica y llenas de complicidad. Para Andartes, esas paredes tienen mucho que decirle a la gente.

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