• En medio de los radicalismos que configuran el panorama político internacional, hay líderes que resaltaron en al año por su capacidad de llevar a cabo sus metas. A otros, en cambio, les fue imposible. En El Diario los repasamos

Pocos años en la última década la política internacional fue tan comentada en el mundo como en el año 2019. Los discursos, signados en su mayor pate por la polarización y los extremismos, configuraron la opinión pública mundial, llevando a distintos líderes políticos a casi una carrera de popularidad. En ese contexto, hubo quieres se anotaron algunas victorias. Otros, en cambio, fueron derrotados en el afán de hacerse con el apoyo de las masas. Sin embargo, todos parecen tener algo en común: de alguna forma y otra, apostaron por el cambio en sus países, se arriesgaron con estrategias conservadoras o radicales.

Pero no todo fue blanco o negro. Algunos, como el presidente norteamericano Donald Trump, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, el español Pedro Sánchez o el candidato de extrema derecha español Santiago Abascal, tuvieron un año que, aunque con balance final positivo, sufrieron algún revés que los alejaron de tener el año “ideal”.

Es por eso que en El Diario recopilamos a esos líderes políticos que gracias a sus respectivas estrategias, resaltaron en el año por su consistencia durante todo el año 2019, ya sea por haber alcanzado sus objetivos, o por fracasar en el intento.

Ganadores:

Nayib Bukele

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Bukele durante la 74 Asamblea General de la ONU | Foto: Cortesía

En El Salvador gobierna un presidente millennial. Suele vestir con chaqueta de cuero y lentes de sol tipo aviador. El traje lo deja para ocasiones especiales, eventualmente con gorra, aunque nunca con corbata. Antes que por cualquier medio de comunicación o incluso comunicados, sus decisiones primero pasan por Twitter. Si le preguntan, quizá se defina a sí mismo como el “presidente más guapo y cool del mundo mundial”. Es la imagen que ha sabido vender un showman para embelesar a las multitudes.

Bukele es un estratega de la comunicación. Su estilo nuevo, moderno y fresco, irrumpieron en un país de costumbres políticas tradicionales y polarizadas. Aunque en principio el salvadoreño pecó de mesiánico –según sus opositores-, llegando incluso a despedir a funcionarios del gobierno anterior por Twitter, así como ordenar decisiones de la Jefatura de Estado por la misma red social, aprovechó el impulso de las nuevas comunicaciones para establecer un contacto directo con la población juvenil de El Salvador y de otras partes del mundo. Así lo ratificó ante los líderes del mundo en su discurso durante la 74 Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU):

“Estar aquí antes ustedes, es un honor que quise compartir con el mundo. Ya que el mundo, el nuevo mundo, ya no está aquí en esta Asamblea General, sino al lugar donde irá está foto”. Segundos antes de decir las palabras, había tomado una selfie con su propio teléfono celular. Lo que vino después, fue entre crítica y sugerencia al orden mundial: hay que implementar la tecnología para llegar a la población. El discurso, sorprendente para muchos, fue uno de los más populares de la Asamblea. Por algo incluso llegó a nombrar, a modo de broma, a un ministro de YouTube.

Pero sus logros van más allá de la tecnología. El mandatario implementó una nueva política de seguridad que ha llevado a El Salvador, uno de los países más violentos del mundo, a reducir el promedio diario de homicidios de 8.7 a 5.7. También, en medio de una política exterior de radicalismos y amiguismos, ha sabido posicionar a su país en el eje de las relaciones diplomáticas con criterio conciliador en pro de los beneficios a su nación: es admirador confeso del mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO), aliado de la administración Donald Trump y expulsó al cuerpo diplomático de Nicolás Maduro en ese país, mientras que reconoció al Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela.

Bukele cerró el año con 88 por ciento de popularidad entre los salvadoreños, de acuerdo con la encuestadora LPG Datos.

Boris Johnson

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El líder británico celebrando su avasallante victoria en las legislativas de diciembre | Foto: Reuters

Hay quienes lo definen como “el Trump británico”. No solo por su particular parecido con el mandatario estadounidense, sino por su lenguaje ordinario y propuestas contundentes. No en vano ha sido defensor del “Brexit duro”, que significa la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE) sin acuerdo alguno. A pesar de su discurso anti inmigración, de fronteras fuertes y con esencias de nacionalismo que le han hecho merecedor de la crítica de los europeístas, su éxito se lo debe, en parte, a su capacidad para combinar la seriedad de su cargo político con su carácter afable, cómico, y usualmente excéntrico.

Fue precisamente la estrategia de Boris Johnson lo posicionaron como el gran ganador de la política continental: en las pasadas elecciones general del 12 de diciembre, llevó a su formación, el Partido Conservador, a los 326 escaños, su mayor victoria desde las elecciones de 1987, cuando la primera ministra Margaret Thatcher consiguió 376 escaños en el Parlamento en su tercer mandato consecutivo.

«Ejecutar el Brexit es ahora un mandato irrefutable e innegable de los británicos. Estos resultados acaban con las miserables amenazas de un segundo referendo (para la salida del Reino Unido de la UE)», dijo Johnson en el discurso de celebración de la victoria conservadora. Y agregó, en medio de los gritos de júbilo de sus colegas de partido: “triunfamos y rompimos el bloqueo”.

Meses antes, en julio, Johnson era observado como el candidato a batir, luego de que se hiciera con el liderazgo del Partido Conservador, tras la renuncia de Theresa May por su incapacidad de proponer un acuerdo de Brexit con mayoría en el Parlamento británico. Una vez llegó al liderazgo de los tories, como es conocida la formación política, debió enfrentar la dureza de la oposición, quienes hasta en tres ocasiones rechazaron las propuestas parlamentarias de Johnson. Lo que no logró con su capacidad de acuerdo, lo alcanzó con los votos de millones de británicos.

Lo que para sus opositores fue su mayor defecto es, en esencia, lo que permitieron un año soñado para el primer ministro británico. Su discurso contundente –en ocasiones burlón y por demás ofensivo-, lo llevaron a ganarse el reconocimiento de los votantes en medio de la ambigüedad del Partido Laborista, liderado por el izquierdista Jeremy Corbyn, quien decidió renunciar en un futuro a unas futuras elecciones, luego del descalabro de las elecciones generales. 

Sin oposición, con la mayoría más grande 1987, y con la posibilidad de implementar su tan deseado “Brexit duro”, Johnson se convirtió en el amo y señor de la política británica.

Pablo Iglesias

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, después de pactar | Foto: El País

El líder del partido de ultraizquierda, Unidas Podemos, pasó de ser un socio sin poder del socialista Pedro Sánchez a principios de año, a formar un acuerdo con el mismo en el que, entre otras cosas, le otorgará la vicepresidencia del gobierno español a principios de 2020. Aunque Iglesias no ha sabido capitalizar el desplome del partido liberal Ciudadanos, y el hartazgo de los seguidores del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) luego de la repetición electoral en el mes de noviembre, cumplirá por fin su deseo de entrar en el gobierno.

La llegada de Iglesias supone entonces un capítulo inédito en la historia de España desde la instauración de la democracia. Se trata del gobierno más izquierdista desde entonces, con claros tintes de populismo. Iglesias había insistido a Sánchez en la necesidad de formar una coalición “progresista”, con el apoyo de los independentistas catalanes. Sin embargo, el líder socialista se resistió a la posibilidad ante las exigencias desmedidas de Iglesias.

El nuevo pacto se lo debe, entonces, al fracaso de Sánchez en las elecciones de noviembre, donde alcanzó un escaño menos que en abril y además Vox, el partido de ultraderecha, se convirtió en la tercera fuerza del Congreso. Horas después, Sánchez optó por pactar con Iglesias y buscar una ronda de contactos con el secesionismo de Cataluña, en lugar de hacerlo con los constitucionalistas Partido Popular y Ciudadanos.

Además de la vicepresidencia a Iglesias, la coalición contempla cuatro ministerios a Unidas Podemos: el de Asuntos Sociales, el Trabajo, el de Universidades e Igualdad, y uno que aún está por definir. Entretanto, se prevé que Irene Montero –Portavoz del partido y pareja sentimental de Iglesias- y Alberto Garzón –representante de la formación comunista Izquierda Unida- sean alguno de los ministros.

Perdedores:

Mauricio Macri

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Macri entregó el mando a Alberto Fernández el 10 de diciembre | Foto: CNN

El presidente argentino tenía la oportunidad de ser reelecto en el cargo este año. Sin embargo, la incapacidad de su gobierno de mejorar una economía argentina que parecía imposible que retrocediera después de lo hecho por Cristina Kirchner, sumado a la deficiente política comunicacional de su gobierno, hicieron que el peronismo, de la mano de Alberto Fernández y de la propia Cristina, retornaran al poder en Argentina. 

En materia económica, el mandatario argentino dejó la tasa de inflación más alta en la historia de ese país desde 1991, con una cifra superior al 50%. Esto provocó, a la vez, una pobreza de 35,4% en el primer semestre de este año, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec).

Lo datos, sumados a la negativa de sumar nuevos aliados del peronismo como Sergio Massa, quien acabaría pactando con Alberto Fernández, llevaron a la merma de su imagen y al apoyo de su gestión. Intentó remediarlo con un acuerdo con el peronista Miguel Ángel Pichetto, pero fue insuficiente. Los resultados fueron devastadores: además de perder la presidencia, Cambiemos perdió la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires, la más importante del país y la que concentra más votantes, y en donde además gobernaba María Eugenia Vidal, uno de los íconos más fuertes del macrismo.

Matteo Salvini

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Guiseppe Conte (izq.) y Matteo Salvini (der.) | Foto:Ansa

A mediados de año Mateo Salvini se creía invencible. El líder de La Liga, el partido de ultraderecha italiana, se paseaba por las playas italianas con el torso desnudo, haciendo de DJ mezclando música electrónica. El hasta ese entonces vicepresidente y ministro del Interior de Italia que se jactaba de ser el hombre que cerrara las puertas a la inmigración proveniente de África, preparaba una jugada para llegar a la presidencia: rompió el pacto de coalición de gobierno con el primer ministro Giuseppe Conte y el partido antiestablishment Movimiento 5 Estrellas (M5E), para así convocar a unas nuevas elecciones que le dieran la mayoría. Las encuestas lo apuntaban como el gran favorito, pero en esta ocasión, el estratega resultó ser Conte.

En una jugada que no muchos esperaban, Conte y el M5E se anticiparon a las pretensiones de Salvini y llegaron a un nuevo acuerdo de gobierno. Conte presentó sus dimisiones ante el presidente de la República, Sergio Mattarella. Mientras, Salvini le ofreció desesperadamente a Luigi Di Maio, líder del M5E, montar de nuevo la coalición juntos y dejarle ser el presidente del Gobierno, como si nada hubiera pasado. Pero ya era demasiado tarde. El 5 de septimbre Conte, con la renovada confianza de Mattarella, pasó del Ejecutivo con la ultraderecha, a uno con formaciones de izquierda, liberales y del centro. 

«El nuevo Gobierno es obra de Bruselas», expresó el líder ultraderechista luego del anuncio de la nueva coalición. «Están pegados al sillón», agregó después, entrevistado por decenas de medios de comunicación en relación a sus ex aliados del M5E y los socialistas del PD: «Este Gobierno no durará mucho (…) que no ha nacido para gobernar, sino para que Salvini no pueda estar en el poder». Su carácter irracional, incapaz de llegar a acuerdos y de un ego poco conveniente en la política, le pasaron factura.

Sin embargo, con Salvini nunca hay que dar todo por sentado. Las encuestas posicionan a su partido como el más popular de Italia, y su liderazgo sigue fortalecido. Aun así, lejos de sus pretensiones de ser el nuevo primer ministro italiano, o de al menos conformarse con formar parte del Ejecutivo, deberá esperar cuatro años más (si el nuevo gobierno resiste) para que los italianos decidan nuevamente cuál será el rol que quieren para él. 

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