• Verónica Aranda y Roberto Cabrera, desde España, conversaron con El Diario sobre las impresiones de su viaje por Caracas y sobre el encuentro con los escritores consagrados y jóvenes que viven en la ciudad

“Al llegar, la primera impresión fue impactante, como de ciudad en guerra, la autopista escasamente iluminada y la inseguridad que se respiraba de noche, con esa especie de toque de queda implícito”, cuenta Verónica Aranda, poeta y filóloga, desde Madrid, España, recordando la primera imagen que tuvo al visitar Caracas hace algunos meses ya. 

La oscuridad de las carreteras caraqueñas y el miedo que se cierne sobre los ciudadanos al caer el sol fue uno de los aspectos más sorprendentes para Aranda en su camino por Caracas. 

En el informe realizado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal para 2018 Caracas ocupa el tercer puesto en las ciudades más peligrosas de América Latina, después de Tijuana y Acapulco, ubicadas en México. Según los datos presentados por el informe para 2018, la cifra de homicidios culminó en 2.980 personas asesinadas en la ciudad capital. 

En el último año varios escritores internacionales, que nunca antes habían visitado Venezuela, aterrizaron en la ciudad de Caracas para realizar una lectura sobre la literatura nacional y encontrarse con las nuevas voces de las letras venezolanas. Junto a Verónica Aranda estaba el escritor  y fotógrafo español Roberto Cabrera que, al igual que Verónica, notó los vestigios de un país herido. 

Además, la visita les ayudó a esclarecer las disparidades de una sociedad que, desde los medios extranjeros, pareciera estar en constante decadencia y bajo un gobierno represivo. 

Ambos escritores, desde sus aposentos en España, fueron entrevistados por El Diario para entender su perspectiva ante la realidad venezolana desde el signo de la palabra poética y, en ese caso, entender la mirada del extranjero al visitar el país. 

Las noticias que tenía Verónica Aranda, galardonada con varios premios de poesía en el país europeo, como el XX Premio de Ciudad de Salamanca, en 2017, sobre Venezuela eran sombrías y preocupantes. Las falencias en el ámbito de salubridad y alimentario que padece la población por una crisis humanitaria sin precedentes caracterizan las historias que llegan a España sobre el país. 

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Foto: Antonio Tiedra | Verónica Aranda

Para la escritora española esta sensación de violencia se siente en cada centímetro de la ciudad y, entre la luminosidad que mantiene la palabra en los grupos literarios del país, esta oscuridad es imposible de esconder. 

Violencia. En 2019, según el Observatorio Venezolano de la Violencia, se registraron 76 asesinatos por cada 100.000 habitantes en Caracas.

Para Roberto Cabrera, escritor canario nacido en 1954 y licenciado en filosofía por la Universidad de La Laguna (ULL), su encuentro con la ciudad de Caracas venía antecedido por los testimonios de sus amigos que han escapado de Venezuela para encontrar sosiego en el territorio canario. 

All llegar, al igual que Verónica Aranda, notó los signos de un país sumido en la oscuridad de la crisis y ninguna de las experiencias positivas fueron suficientes para aliviar la preocupación y tristeza de Cabrera. 

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“Las impresiones sobre el terreno fueron contradictorias: vi signos de un país herido, en ruinas; a la vez, encontré en el entorno universitario (en el que se celebraba la Feria del Libro), en el profesorado, pero sobre todo en cuantas alumnas y alumnos puede conocer y tratar, una ejemplar actitud de resiliencia, un espíritu de sacrificio y una entrega que me conmovieron hondamente. Esas personas me dispensaron una acogida tan cálida que no llegué a sentirme extranjero”, agrega Roberto Cabrera

El trabajo del profesorado que lo acompañó en las ponencias realizadas lo sorprendió, al igual que el trato de los estudiantes, que buscan mantener una vitalidad ante las dificultades de la sociedad a través de la literatura. 

Y, para ambos escritores, una de las imágenes positivas que les dejó la ciudad capital fue el encuentro con la naturaleza que se siente en las calles. La magnificencia del Ávila, que representa un signo de identidad para los habitantes de Caracas y que, ante la mirada extranjera, sorprende la cercanía con uno de los elementos naturales más importantes del país. 

Al mismo tiempo, la figura de las guacamayas que sobrevuelan la capital y aparecen en los balcones de muchos ciudadanos para pedir, con la inocencia animal, un pedazo de comida, son aspectos que identifican a la ciudad como un espacio de encuentro continuo con la naturaleza. 

Por su parte, para Roberto Cabrera la predominancia de la naturaleza sobre la ciudad también es una imagen que se mantiene y que recuerda con dicha, pero también recuerda las imágenes caraqueñas más crudas. 

La crudeza de la ciudad a través de la poesía

“Las otras imágenes que conservo son imágenes de la pobreza (gente recogiendo agua de una tubería rota en los arcenes de una vía pública), la violencia presentida, la psicosis que cada tarde se adueñaba de la ciudad cuando caía la noche, que forzaba a sus habitantes a refugiarse en sus casas como si se viviera bajo un toque de queda, el vuelo de los buitres sobre la ciudad”, detalla Cabrera desde su hogar en Tenerife. 

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Foto: cortesía | Roberto Cabrera

Los elementos que, de cierta manera, se pueden encontrar en la “normalidad” para los habitantes de la ciudad por su repetición, para estos escritores fueron situaciones de extrema preocupación. La importancia de su visita reside en la diferencia de la mirada, aquella que no está sumida en la crisis y, entre todas las cosas, puede notar los detalles que a veces pueden pasar desapercibidos. 

Federico García Lorca, uno de los poetas más importante de la lengua castellana, realiza una de sus obras más recordadas en su visita a la ciudad de Nueva York entre 1929 y 1930. Su antología llamada Poeta en New York se diferencia de sus poemas anteriores, como el Romancero Gitano publicado en 1928, por una enunciación angustiada sobre el funcionamiento de la vida en la ciudad norteamericana y que, aún siendo extranjero, logra entrever algunos de los problemas que tiene la sociedad americana ante la figura de la segregación y la exacerbación del consumismo superficial. 

En el estudio introductorio de la edición publicada por la editorial Cátedra se aclara el cambio lingüístico y simbólico del poeta andaluz. “Da lugar al ‘símbolo patético: sufrimiento’ en que queda convertido Nueva York, donde, de modo ‘frío y preciso, puramente objetivo’, se proyecta el dolor del protagonista”. 

Es lo que ocurre con los poetas españoles. Desde la mirada extranjera de Venezuela y a través del lenguaje literario se pueden encontrar los símbolos para entender, un poco más, la situación que atraviesa el país. 

La figura del viaje en la literatura

“Para el niño, enamorado de mapas y estampas,/ el universo es igual de vasto”, exclama Charles Baudelaire, uno de los poetas más importantes del simbolismo francés, en su poema “El viaje”. El mundo se presenta para el poeta como una página en blanco que necesita ser llenada por los signos del lenguaje.

El viaje ha generado un temática congruente y duradera en la historia de la literatura. Desde La Odisea, un poema épico estructurado en 24 cantos, hasta el recorrido realizado por Ulises Lima y Arturo Belano en Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño, la figura del viaje ha sido importante para establecer el camino del héroe y sus bifurcaciones.

Asimismo, es pertinente recordar la novela On The Road (En el camino) de Jack Kerouac que se contextualiza en la vida del escritor y los viajes que realizó por las carreteras norteamericanas entre 1947 y 1950. Kerouac fue uno de los íconos de la generación beat que se caracterizaba por romper con el estilo de vida norteamericano de los años cincuenta. Los límites geográficos, en ciertos casos, se trasladan a los límites culturales y sociales, por ende, el viaje en la literatura representa la necesidad de reconocer otros espacios, distintos y dispares a los que el escritor está acostumbrado, para notar los detalles a partir de la mirada poética.

Encuentro con la literatura venezolana
Los escritores no clasifican su menester literario porque la palabra escrita logra su entera significación con la mirada del lector, pero al mismo tiempo, antes de escribir y llenar una página vacía, el escritor busca una afectación con su obra, tiene un norte que pretende seguir o buscar durante todo el texto. 

Para Verónica Aranda su obra se caracteriza por lo mínimo y por la filosofía del Haiku, un estilo poético japonés que tiene como regla atenerse a la esencialidad de la palabra. “La contemplación profunda de la naturaleza, el instante y de la belleza transitoria de las cosas, teniendo muy presente la plasticidad y el ritmo. También me interesa mucho la indagación en otras culturas y en el lenguaje para encontrar precisión al nombrar”, agrega. 

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Foto: cortesía

Roberto Cabrera clasifica su viaje a Caracas como iniciático porque le brindó las herramientas para retornar el oficio poético que había abandonado a comienzos de siglo por, en sus palabras, una incapacidad declarada para abordar la complejidad del verso. 

“En Caracas, mis lecturas de fragmentos en prosa extraídos de algunos de mis libros de narrativa me han hecho descubrir que la poesía no me ha abandonado. Fue hermoso contar con la opinión entusiasta de poetas que yo admiro muchísimo, como Yolanda Pantin o Alfredo Chacón. Sus juicios críticos, sus argumentos fueron decisivos para hacerme regresar al momento de mi abandono abrupto de la poesía, hace ya casi dos décadas, y ponerme frente aquel tajo en mi vida y en el oficio de escribir que había quedado en mí (lo pude apreciar ahora) como una herida no cerrada”, establece el escritor canario, autor de La estación extraviada (2019). 

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Foto: cortesía

En la semana que estuvieron en la ciudad, por la invitación realizada por la embajada española y por los encargados de La Feria del Libro del Oeste 2019, ambos escritores realizaron una serie de ponencias sobre su trabajo escriturario y participaron de varias tertulias y recitales de poesía en la ciudad. Su encuentro con las figuras reconocidas de la literatura nacional como Alfredo Chacón, Yolanda Pantín, Rafael Cadenas, José Balza, Rafael Castillo Zapata, entre otros, fue un momento emocionante y enriquecedor para los dos escritores españoles. 

Para Roberto Cabrera, autor de la novela Interregno (2017), la escritura venezolana tiene una verdad absoluta e innegable: la concentración de voces de primer orden que alimentan un registro poético de gran calidad. 

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“Venezuela brinda a la literatura hispanoamericana un número de mujeres y de hombres poetas a los que se debe un reconocimiento mayor del que se ha dado hasta este momento (por fortuna, la situación me parece que está cambiando)”.
Roberto Cabrera

Al mismo tiempo, la literatura joven también fue un elemento sorpresivo para ambos escritores. En sus ponencias realizadas en la Feria del Libro ambos, declaran, tuvieron la dicha de relacionarse con muchos jóvenes interesados en la escritura y que tienen una voz marcada por la cruda realidad, un lenguaje agresivo y poderoso para significar la sociedad desde la palabra escrita. 

Verónica Aranda participó en un recital de poesía llamado Sangre que Canta, realizado por la Escuela de Letras de la UCAB, para fomentar la poesía joven en los espacios universitarios. Sus acompañantes en la mesa fueron Yéiber Román, León Melo y Ricardo Lira, cuya poesía Aranda caracteriza “con una capacidad lingüística e imaginativa de calidad”. La voz de los jóvenes venezolanos, en palabras de la autora de Poeta en la India (2005), está muy cercana a la conciencia social, con imágenes fuertes, relacionadas a las dificultades que vive la población día a día. 

“Percibí la alta formación que tienen los estudiantes de la UCAB. Las entrevistas fueron de las mejores que me han hecho nunca, se documentaban a fondo y transmitían mucho entusiasmo en cada actividad y ganas de intercambiar puntos de vista e ideas acerca de la cultura en la actualidad”, agrega Aranda desde su hogar en Madrid, España. 

Roberto Cabrera, al mismo tiempo, entiende el proceso de la literatura venezolana como un acto de resistencia y la transformación de la palabra como un medio positivo para responder ante el contexto. “No hay duda de que en tiempos difíciles la literatura y las artes florecen con extraña fecundidad. No pude evitar recordar allí, en Caracas, el ejemplo de Alemania, que vivió en las artes y la literatura uno de sus períodos más gloriosos en medio de la convulsa República de Weimar”, agrega. 

En un contexto de inmensa complejidad, con un cambio constante y una crisis que se cierne sobre la vida de los habitantes de una de las ciudades más peligrosa de Suramérica, la literatura aparece como un crisol de luz que alimenta el corazón y la mente de las generaciones jóvenes que buscan desentrañar la realidad desde el oficio escriturario.

La mirada extranjera de Aranda y Cabrera, con concepciones estéticas diferentes, son determinantes para entender los detalles que pasan desapercibidos en la “normalidad” extraña de la capital venezolana. 

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