• Jesús Lezama contó su historia para El Diario. Celebra un año más de vida este 9 de febrero, más de un siglo, y sigue apoyando a los Leones del Caracas. Se ha convertido en todo un símbolo del equipo capitalino y del beisbol venezolano 

Los rayos del sol iluminan el camino de las calles que limita con la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, en la avenida San Martín de Caracas. A unos metros se ubica un vecindario donde habita un fanático con más de un siglo de vida: Jesús Lezama, quien desde 1944 ha sido un fiel e incondicional seguidor de Leones del Caracas.

“Bienvenidos a la Baticueva”, dice el señor de barba y tez morena, quien se presenta con un apretón de manos y agradece la visita con una pequeña sonrisa. En la entrada de su vivienda se aprecia un pasillo de ladrillos atiborrado de historia, con innumerables artículos alusivos al equipo: placas de reconocimiento, afiches, recortes de prensa, medallas, banderines, gorras y calcomanías.

Foto: Fabiana Rondón

Se nota que es el fanático número uno del conjunto capitalino. Su hogar es un museo de los Leones. La vista se pierde en los rincones del pequeño domicilio con cada fotografía suya, en las que se ve animando al equipo de sus amores, compartiendo con jugadores que vistieron la camisa melenuda, como sus “compadres” Baudilio Díaz y Antonio Armas; y también con periodistas como Mari Montes, a quien califica como una amiga muy cercana.

Foto: Fabiana Rondón

Encorvado, producto de la vejez, se dirige hacia el sofá de su casa con la ayuda de un bastón de cuatro patas; se sienta, estira los pies y apoya las manos sobre el mango del bastón. Seguidamente, toma una pequeña bocanada de aire y empieza a contar su relato.

En esta ocasión no viste el clásico uniforme blanco y de rayas finas con el que siempre se le ve en el Estadio Universitario, aunque luce una camiseta azul en la que se lee el nombre de la capital venezolana con letras amarillas.

Foto: Fabiana Rondón

Chivita, como es conocido popularmente, nació en Tucupita, estado Delta Amacuro, el 9 de febrero de 1919, época en la que la dictadura de Juan Vicente Gómez estaba en pleno apogeo en el país. Su voz se escucha ronca y carrasposa; a veces se entrecorta.

Relata que vivió toda su infancia en Trinidad y Tobago, donde se crió con su mamá, la Negra Josefa, en casa del odontólogo Bernabé Pérez. Allí conoció a Raúl Leoni, presidente de Venezuela entre 1964 y 1969, y Jóvito Villalba, líder del Partido Democrático Nacional (PDN).

En 1936, cuando falleció Gómez, regresó a Tucupita con su madre, y de allí se mudaron a Caracas. “Yo soy ‘jovitero’ de nacimiento. Después de grande supe que mi madre era luchadora política de Acción Democrática, que en aquel tiempo se llamaba PDN. Ella parió muchos hijos”, revela Lezama.

De niño nunca jugó beisbol, puesto que en Trinidad y Tobago se practica el fútbol y el cricket. Comenzó a verse interesado en el bate y la pelota en su adolescencia, a raíz de la hazaña que concretaron los Héroes del 41: el campeonato de la Serie Mundial Amateur en la La Habana, Cuba.

“Al año siguiente, en 1942, (el empresario) Martín Tovar Lange fundó el equipo Cervecería de Caracas, que en ese entonces hacía vida en el Estadio San Agustín y estaba conformado por gran parte de la nómina (del combinado) que salió campeón en 1941”, narra Chivita mientras gesticula con sus arrugadas manos. “(Alfonso) ‘Chico’ Carrasquel era el manager del Caracas. Los llamaban los ‘caras bonitas’”, agrega.

Foto: Fabiana Rondón

Inicios como fanático

A pesar de su longevidad, Lezama posee una memoria lúcida. Recuerda que, en los inicios de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP), los fanáticos lanzaban conchas de naranjas y vasos llenos de cerveza y orina contra los rivales.

“(Al estadio) iban muy pocas damas, solo asistían hombres con paltó, corbata y sombrero. Yolanda Leal (madrina de la Serie Mundial de Beisbol Amateur de 1944) y Oly Clemente (también candidata del certamen) fueron las primeras mujeres que se acercaron”, expone.

Foto: Fabiana Rondón

Menciona pausadamente que desde el primer momento que empezó a seguir al conjunto capitalino se hizo presente en todos sus juegos, hasta que en 1944 —dos años después de que la institución cambiara el nombre a Leones del Caracas— se convirtió en todo un fanático.

“Yo veía que el Magallanes tenía a un señor con una sirena. Como vi que en el Caracas no había nadie (que motivara a su equipo), busqué una corneta de pera y empecé a tocarla; pero en San Agustín me robaron la pera, así que me llevé la corneta a la boca y soplé”, narra sobre cómo empezaron sus labores como animador de Leones.

Es evidente que conoce al club más que ningún otro ser con vida. Un banderín de Venezuela, unos lentes de sol gigantes y un guante de goma espuma, que le regaló el jugador César Tovar, fueron los otros elementos que usó para darle ánimos a la novena caraquista en el parque de los Chaguaramos.

El hombre de tez morena se traba un poco, pero su mensaje se entiende con franqueza. Se queja de que los fanáticos de hoy en día carecen de entusiasmo: “Uno dice: ‘¡Vamos arriba! ¡Uno dos tres! ¡Vamos Leones!’, y nadie aplaude; solo cuando escuchan el sonido interno del estadio. El fanático viejo (el de su juventud) gritaba ‘¡Dale chocolate!’ para pedir un ponche; ahora dicen con apatía: ‘poonche, poonche…’”. Sin embargo, valora que los hinchas de ahora son más respetuosos y tolerantes que antes:

Hoy en día tú ves a gente del Caracas y gente del Magallanes compartiendo tribuna. Antes, eso era imposible. Ya se acabó la guerra de la cerveza y de las conchas de naranja”.

Lezama no para de hablar. Comenta que el único año en el que no pudo asistir religiosamente al estadio fue en 1952, cuando estuvo preso porque estaba en contra de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “Tuve la suerte de compartir celda en aquella época con Aquiles Nazoa, el poeta, un gran hombre que admiro mucho. Yo estuve nueve meses en prisión con él”, recuerda.

Foto: Fabiana Rondón

En eso se acomoda en el sofá y confiesa que, en su momento, apoyó los inicios de Fidel Castro. “Esta chivita es por él”, dice. Pero cambió de parecer cuando se dio cuenta de las verdaderas intenciones de la revolución cubana: una dictadura. Afirma que sus ideales van de la mano con la democracia, no cree ni en totalitarismos ni en tiranos.

Mi mamá me enseñó cosas muy bellas; me enseñó a respetar a la gente, a ser democrático y a respetar las leyes. Yo admiraba a Fidel. Él apoyaba a los periodistas, estaba a favor del derecho sindical y el derecho a protestar libremente; todos los derechos del mundo los apoyaba. ¿Qué pasó cuando llegó al poder? A la mayoría de los periodistas los mandó a fusilar”, cuenta.

En su extensa memoria aparece la Serie del Caribe de 1982, la cual se llevó a cabo en Hermosillo, México, donde la novena melenuda alzó su primer título continental. “Esa es mi alegría más grande como fanático. También los dos no hit no run que le metió el Caracas al Magallanes”, declara moviendo paulatinamente su cabeza de arriba hacia abajo.

Foto: Fabiana Rondón

Su figura se había hecho tan importante dentro de la institución que viajó como si formara parte del roster de jugadores o del cuerpo técnico. El momento que más le ha dolido como fanático fue cuando Leones perdió aquella final contra Cardenales de Lara en Barquisimeto en 1991, en la que fueron vencidos en seis juegos.

Chivita, “El Brujo”

El hombre de orejas grandes y pómulos pronunciados no solo es apodado como Chivita, sino también como “El Brujo”. De hecho, su cuello es adornado por un collar de pepas de zamuro, proveniente de los Waraos, tribu indígena que habita en el Delta del río Orinoco.

Foto: Fabiana Rondón

A él se le atribuye de forma satírica la “maldición” que mantiene a los Tiburones de La Guaira en una sequía de 34 años sin levantar un título de la LVBP. Explica que la directiva de los escualos le prohibió permanecer en las tribunas del estadio cuando La Guaira jugaba en condición de home club, debido a que Leones les había prohibido tocar samba.

“Los señores (Humberto) Oropeza y (Antonio José) Herrera (dueños de Tiburones) me mandaban a sacar del estadio como si fuera un delincuente. ¿Qué culpa yo tenía de eso? Eran decisiones de los directivos”, manifiesta Lezama con el ceño fruncido.

En eso exclama: “El dios warao del Delta los castigó. No van a ganar nada mientras esos directivos estén ahí. La maldición que yo les eché sigue en pie, sigue vigente. Así lleven a Papa Dios como quinto bate, ¡no ganarán! Lo lamento por los fanáticos, que no tienen culpa”.

Más allá de que usa diferentes objetos esotéricos, aclara que ese “hechizo” a Tiburones lo hizo por “echar broma”, puesto que es una persona católica: “Yo creo en Dios, no en la brujería”.

El beisbol para Lezama

La campaña 2019-2020 de la LVBP se iba a disputar en honor a Víctor Davalillo, quien por temas de salud manifestó su indisposición para recibir el tributo. Por ende, se terminaron rindiendo honores a Chivita Lezama, quien agradece el apoyo recibido por los periodistas, la liga y las ocho organizaciones que la conforman.

“Me siento muy feliz de que la temporada se haya jugado a mi nombre, lo único malo es que solo me dan dos entradas en cada juego y no puedo llevar a toda mi familia. A veces las puedo pagar, a veces no, porque están muy caras. Los nietos son los que más me piden entradas. Le pido al presidente de la liga que no sea tan pichirre y aumente la cuota a cinco entradas”, expresa el anciano con rigor.

Foto: Fabiana Rondón

En los 75 años que lleva formando parte de los Leones, enfatiza con orgullo que jamás ha cobrado un sueldo por parte de ellos, su apoyo es incondicional. El primer uniforme que compró de la divisa capitalina se encuentra en el Salón de la Fama del Béisbol de Venezuela, ubicado en Valencia, estado Carabobo.

“El Caracas es mi vida y la fanaticada tiene un espacio en mi corazón. Lo único que ha hecho la gerencia del equipo es pagarme los viáticos y la estadía en el hotel, pero jamás recibí un centavo; jamás he vendido una entrada”, esclarece. En eso complementa:

Siento un orgullo muy grande cuando me pongo el uniforme del Caracas. Eso pesa mucho. Lo que más me emociona (del juego) es cuando Caracas va ganando y saca el out 27; es mi momento feliz”.

La campaña cerró el telón de forma prematura para los melenudos, luego de quedar eliminados en la postemporada frente a Tiburones de La Guaira. Ahora Lezama se quedó sin su pasatiempo predilecto; confiesa que se aburre cuando no hay juegos de pelota.

“Mi familia dice que me enfermo cuando se acaba la temporada. El beisbol es el deporte más bonito del mundo; es mi pasión, es mi vida. Yo me pongo triste cuando el Caracas pierde, no quiero que ni me hablen, al rato es que se me pasa el mal momento”, argumenta.

La fase regular del circuito estuvo empañada porque, a finales de agosto, las Grandes Ligas cortaron relaciones con la LVBP para adherirse a las sanciones financieras que impuso el presidente estadounidense Donald Trump contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Por consiguiente, aquellos beisbolistas, técnicos y scouts que forman parte de Las Mayores y clubes afiliados en Las Menores tenían prohibido hacer vida en el circuito invernal, sin importar su nacionalidad. No obstante, Chivita se queja de que, antes del veto que impuso la MLB, los grandeligas ya se rehusaban a jugar en la pelota criolla.

“Pareciera que esos muchachos que juegan en las Grandes Ligas no quieren a Venezuela, no aprecian nuestro beisbol. ¿Cómo van a despreciar venir? ¿Por qué no juegan un mes aquí? Antes decían que era por fatiga extrema. Por favor, antes no había restricción de nada. Ahí están ‘Patón’ Carrasquel, César Tovar, Gonzalo Márquez, mis compadres Baudilio Díaz y Antonio Armas, (Omar) Vizquel; todos ellos venían”, indica con un tono de voz elevado.

Foto: Fabiana Rondón

Lezama se toca la rodilla derecha, operada en 2013, pero no expresa dolor. Opina que lo ponen de mal humor cuando los fanáticos no le dejan disfrutar de los partidos por pedirle una foto, o cuando Leones pierde.

He pasado mucha calentera cuando me piden fotos, porque hay gente fastidiosa que no me deja ver el juego. Cuando el Caracas pierde yo no me tomo fotos con nadie. Lo único con lo que hago una excepción es con los niños; yo me contento mucho cuando veo la sonrisa de un niño, no importa si es del Magallanes”, destaca.

Jamás llegó a practicar beisbol, a pesar de su amor por esta disciplina. Cuenta que una vez Antonio “El Loco” Torres estaba haciendo fungo en una práctica y se puso a ayudarlo, pero terminó adolorido. “Me puse a agarrar las pelotas que bateaba ‘El Loco’ Torres, pero no vi una y me pegó en la cara. Yo tiré el guante y me fui. Más nunca”, recuerda.

Vida fuera del estadio

Pese a su avanzada edad, Chivita Lezama vive solo y tiene la capacidad de valerse por sí mismo en su hogar, eso sí, con bastante dificultad. Además de los Leones del Caracas, también es simpatizante del Real Madrid y de los Yankees de Nueva York. Sueña con visitar algún día el Yankee Stadium y el estadio Santiago Bernabéu.

Foto: Fabiana Rondón

“El uniforme de Cervecería de Caracas es una copia de los Yankees de Nueva York, por eso es que yo adoro tanto a mis Yankees. Antes de morirme quisiera ir al Yankee Stadium, por toda su tradición. También sueño con visitar el Santiago Bernabéu”, sostiene.

El señor de ojos grandes tuvo 14 hijos, y a todos les infundió el amor por la pelota: “En mi casa hemos sido democráticos; casi todos los Lezama somos caraquistas, menos uno: mi hijo Vladimir, quien es magallanero”.

Parece que empieza a sentir dolor en la rodilla. Alega que no puede permanecer acostado en su cama porque se siente una persona inútil. “Prácticamente voy al estadio gateando, por las condiciones en las que estoy físicamente. Voy porque un amigo me lleva y me trae; cuando no puedo escucho los juegos por la radio”, comenta.

Foto: Fabiana Rondón

Cuando se levanta por las mañanas acostumbra a repasar la vida de Alejandro “Patón” Carrasquel, el primer venezolano que jugó en las Grades Ligas; y se pone a limpiar sus cuadros mientras escucha salsa vieja hasta las cinco o seis de la tarde, “porque respeto a mis vecinos y ellos me respetan a mí”.

“Yo soy nato salsero. Hoy día, como tengo esta pierna enferma, no puedo salir ni agarrar la camionetica. No puedo tomar un taxi porque ya una carrera cuesta 40.000 bolívares (en el momento de la entrevista), así que me quedo aquí, con soledad, mientras espero que mis hijos me traigan la comida”, explica, mientras quita las manos del bastón.

Chivita señala su equipo de sonido, donde reposan algunos discos de vinil. Considera que la música que se escuchaba en su juventud transmitía un mensaje, mientras que la de la actualidad incita a obscenidades. “Lo que ahora escuchan los muchachos, el reggaetón ese, es puro ‘¡a tu hermana me la pego yo!’”, estima visiblemente indignado.

El hecho de nunca fumar y “hacer el amor”, confiesa, han sido las claves para mantenerse tan lúcido en estos tiempos. “Perdí el lineup de la cantidad de novias que tuve (risas). La pierna es lo único que se me pone tieso en el cuerpo”, expone de forma pícara.

Pero las expresiones de su rostro cambian. Su tono de voz es moderado. Con seriedad, mira hacia el suelo y comenta que no celebra la Navidad desde que murió su madre: “Yo la disfrutaba mucho, pero, a raíz de la muerte de ella, me aparté”.

Sus beisbolistas favoritos

Cuando recuerda a los mejores peloteros que han pasado por la franquicia capitalina los nombra como “Los Generales”. Omar Vizquel, Antonio Armas, Andrés Galarraga, César Tovar, Baudilio Díaz, Pompeyo Davalillo, Bob Abreu y Jesús Guzmán son algunos de los jugadores que los cataloga de esta forma, aquellos jugadores que con la camisa del Caracas imponían sus respeto en el terreno de juego.

Alfonso “Chico” Carrasquel —tercer venezolano en debutar en Las Mayores y sobrino del ex lanzador Alejandro “Patón” Carrasquel— es el pelotero más grande y talentoso que ha visto Lezama en su dilatada vida. “Es el jugador que más recuerdo con cariño en Cervecería Caracas. Nunca estaba bravo, siempre tenía un chiste”, afirma.

Para él, José Antonio Casanova y Regino Otero son los mejores managers que han dirigido a los Leones del Caracas. “Regino era muy estricto, era el dueño de ese clubhouse”, declara. “También recuerdo que Pompeyo Davalillo tuvo la osadía de decirle a Vizquel que se había equivocado de estadio, que su sitio era en el hipódromo y no en el Universitario por su baja estatura”, añade mientras vuelve a reposar sus manos sobre el mango del bastón.

Pero Chivita no solo admira a los beisbolistas o técnicos que han vestido la indumentaria melenuda, también a los que formaron parte de otros equipos.

Uno de ellos es Gregorio Machado, quien estuvo varios años con el Magallanes —tanto en el campo como en los despachos— y esta campaña actuó como coach de banca de Tiburones. “Me sorprendió ver al ‘Decano’ de los coach en La Guaira. Lo felicité porque lo admiro mucho”, esboza con alegría sobre Machado.

Otro ex jugador de la “Nave Turca” al que le guarda admiración es al fallecido Luis “Camaleón” García, quien también formó parte de Leones (1969-1970) y Tiburones (1970-1971). “El ‘Camaleón’ es el mejor tercera base que he visto en mi vida, pero ya se fue (de este mundo)”.

En esto, Lezama apunta hacia el techo de su casa y dice: “¡Saludos al ‘Camaleón’ García! ¡Algún día estaré allá arriba, en el cielo, para echarle broma!”.

A Chivita se le pregunta por José ‘El Hacha’ Castillo, quien jugó desde 1999 hasta 2011 con los Leones del Caracas y murió junto con Luis Valbuena en un accidente de tránsito en diciembre de 2018, cuando formaba parte de los Cardenales de Lara.“Que descanse en paz ‘El Hacha’, tremenda persona ese llanero”, recuerda con melancolía.

“No sé por qué el Caracas lo cambió; supongo que por lo ‘perro caliente’ (peleón) que era, al igual que Luis Rodríguez y (Antonio) ‘El Potro’ Álvarez”, comenta.

Situación de Venezuela

El anciano de tez morena es otra de las víctimas de la crisis que afecta al país, sobre todo en el aspecto económico: “La crisis nos afecta a todos. No puedo comprar un kilo de carne porque cuesta 80.000 bolívares (en el momento de la entrevista)”.

Él trabajó 30 años en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS), ahora Hidrológica de Venezuela (Hidroven), pero tiene más de dos décadas esperando el pago de sus prestaciones sociales.

Aclara que no está “mendingando nada”, solo exige el dinero que le corresponde. “Cobro dos pensiones: una por vejez y por jubilación; de eso sobrevivo, y gracias a mis hijos que velan por mí. Con todo respeto le pido (a Maduro) que ordene el pago de mis prestaciones. No hay modo que me paguen mi dinero. Es un derecho amparado por la ley”, manifiesta.

Toma una bocanada de aire y confiesa que se le salieron las lágrimas de tristeza en el primer juego que vio en la capital de la temporada 2019-2020 de la LVBP, puesto que el Universitario contaba con poca asistencia.

“Uno va al estadio y tiene que llevar un saco de billetes. Yo llego full equipo (ya almorzado), porque la comida está muy cara; una cotufa cuesta 70.000 bolívares (en el momento de la entrevista), un vaso de cerveza 35.000 bolívares ¿Cómo hace la gente para comprarle a los chamos un perrocaliente o una hamburguesa? También me da tristeza ir al estadio y ver a solo 2.000 personas. Antes no era así”, lamenta.

Mi papá es el fanático más fanático que conozco

Delta Lezama, llamada así en honor a la tierra que vio nacer a su padre, es una de los 14 hijos que tuvo y es de los familiares más cercanos a él. Va casi todos los días a la casa de Chivita para acompañarlo y ayudarlo con los quehaceres de la casa.

Lo observa con orgullo y se ríe con sus anécdotas, aunque afirma que ahora disfruta más la faceta de su padre como fanático número uno, que cuando era pequeña.

Foto: Fabiana Rondón

Siempre está atenta a él y lo escucha como si fuera la primera vez que relatara cada recuerdo, cada anécdota.

Para ella, conocer al mítico catcher Baudilio Díaz fue muy bonito porque era su “amor prohibido” , confiesa riéndose, a quien conoció luego porque su pareja y la familia de Baudilio jugaban softbol en Cúa, estado Miranda.

Luego empezó a involucrarse más en beisbol cuando su hijo vio a Lezama en un libro y lo admiró como su ídolo.

Hoy en día el orgullo es muy grande, y fue muy emocionante para mí cuando me llamaron los directivos para saber si mi papá aceptaba el homenaje. Yo admiro a mi papá desde que era jovencita y siempre he estado muy cerca de él”, expresa su hija.

Delta admite entre risas que fue difícil tener un papá famoso, pero que todos sus hijos están orgullosos de él, por su constancia y su dedicación al equipo. Relata que, a veces, su padre se perdía algún cumpleaños, bautizo o celebración porque estaba acompañando al equipo y eso era lo primordial para él.

“Recuerdo que mi papá llegaba a la casa bañado de cerveza. Él colgaba su uniforme en una silla y al dia siguiente eso olía horrible. En una oportunidad, nos contó que hasta le llegaron a tirar tomates”, detalla.

Sobre su padre asegura que es un excelente bailarín y que le gusta bailar con él, desde salsa hasta “todo lo que venga”, pues desde pequeña la llevó a escuchar grandes orquestas.

Una de los aspectos que la hace sentir orgullosa es que antes de que la liga nombrara la temporada 2019-2020 en honor a Jesús Lezama, los fanáticos, sin importar su equipo, pedían que la campaña fuera en honor a él, por ser “el fanático de más años y que más ha disfrutado el beisbol”.

No todo el mundo tiene un papá que tiene 75 años aupando a un equipo, y no todos disfrutan de un papá que llega a los 101 años”, expresa.

Su voz se quiebra un poco al hablar sobre el momento en que su padre fallezca. Delta, devota del doctor José Gregorio Hernández, siempre pide a Dios que le dé vida no hasta que ella quiera, sino hasta que él se sienta bien.

La hija de Chivita comenta que su padre es “el fanático más fanático” que conoce y que mientras exista el beisbol, su papá será recordado, por lo que nunca morirá del todo.

Un día en el Universitario

A Jesús Lezama no le gusta esperar ni llegar tarde a ningún sitio, mucho menos si se trata de un juego de pelota. Al horizonte del Estadio Universitario de Caracas se impone el cerro El Ávila, que hace juego con el cielo, las nubes y el incandescente sol que irradia a la ciudad.

Tres horas antes de que se escuche la voz de playball, Chivita llega puntualmente al destino gracias a un amigo de la familia que lo lleva de su casa en San Martín. Una hora antes de que inicie el encuentro, baja al dugout y abre su locker donde está su uniforme con el número 100, el cual indica su edad. Luego agarra su gorra y su guante amarillo, azul y rojo.

Foto: Fabiana Rondón

Algunos jugadores y técnicos solo lo observan. Los reporteros y comentaristas que se encuentran en el recinto lo saludan de forma amistosa y le juegan alguna broma. Varios fotógrafos aprovechan la ocasión de verlo vestido con su número 100 en la camisa para retratar su imagen. Son momentos icónicos.

Cuando suena el rugido del león en el sonido interno del Universitario, los peloteros del Caracas salen al campo para cantar el himno nacional. Lezama se coloca en la mano izquierda el guante tricolor y se posiciona cerca del home plate para levantar su mano hacia el estadio.

Todo está listo para que inicie el compromiso. Chivita se acerca a un costado del home para entonar las notas del himno nacional. Anteriormente acostumbraba realizar este ritual desde la lomita de los lanzadores, pero tuvo que cambiar de sitio por las quejas de varios fanáticos y directivos.

Cuando escucho en el coro ‘el yugo lanzó’, muevo la bandera señalando a todas partes, para decir que eso tenemos que sentirlo todos, el deseo de libertad, que el amor por Venezuela es un deber de todos. Lo que quiero decirle al público es que tenemos que hacer lo que dice su letra”, declara el fiel seguidor.

Las secuelas que produjeron su operación de rodilla en 2013 le impiden viajar con la divisa caraquista. Cuenta que su televisor se dañó “hace años” y solo se ve “el canal 10”, así que los juegos de visitante del equipo los escucha por radio.

En la última temporada de la LVBP usó el número 100 en su espalda, pero en la que viene espera colocarse la 101. En este sentido, se siente feliz de que se le haya rendido tributo en el partido con el que Leones inauguró la zafra. “Los homenajes se hacen en vida, como el que me hicieron el 5 de noviembre; no después de muerto”, agrega.

Pese a que se define como un hombre feliz, rebelde, con un espíritu joven y con un humor irreverente, sus únicos deseos son acompañar al equipo de sus amores hasta que “el cuerpo aguante” y que se le cumpla el pago de sus prestaciones laborales, independientemente de que sea “una tontería”.

Foto: Fabiana Rondón

“Jamás pensé que llegaría a esta edad. Cuando muera, me gustaría ser recordado con cariño. Ya papá dios me mandó la visa. Me queda muy poco. Estoy en el noveno inning y en cualquier descuido me anotan una carrera”, concluye el señor Lezama, quien se retira del diamante con la satisfacción de tener un día más de vida para acompañar al equipo más ganador de Venezuela.

Chivita Lezama no solo es un símbolo de los Leones del Caracas, sino también del beisbol venezolano. Su amor por este deporte estará esparcido en las entrañas del Estadio Universitario.

A sus 101 años de edad, espera que en la próxima zafra de la LVBP vuelva a tener la oportunidad de entonar el “Gloria al Bravo Pueblo” dentro del terreno de juego, porque la “libertad del país es un deber de todos los venezolanos”.

Foto: Fabiana Rondón
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