• Un venezolano radicado en el país sudamericano compartió con El Diario su relato de cómo ha vivido estas últimas semanas ante la llegada del virus.

Ha pasado casi una semana desde que anunciaron los cuatro primeros casos de Covid-19 aquí en Uruguay, un país al sur de Latinoamérica con 3.486.026 de habitantes. Todo ha cambiado muchísimo. Durante 15 años se nos dijo que era el país más estable de la región, pero hace poco nos enteramos de que era todo mentira. 

Hoy no voy a hablar de política, sino del resultado que ha ocasionado un virus que, curiosamente, es menos mortal que la gripe. Muchos de los que bajamos la guardia y nos confiamos, quizá por la baja tasa de mortalidad, ahora vemos con preocupación el desastre que representa para el mundo el coronavirus de Wuhan.

Coronavirus en Uruguay

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casos confirmados

En Uruguay teníamos días esperando que confirmaran los primeros casos, ya habíamos escuchado rumores, y estábamos a la expectativa. Twitter, como siempre, era un hervidero de preguntas y opiniones, de alarmas y de histeria. 

Gente recomendando el uso de mascarillas quirúrgicas, conocidas como tapabocas, y otros haciendo campaña en contra de lo mismo, porque eso haría que se agotaran. Igual la escasez llegó a cada una de las economías mundiales. 

Trabajo con redes sociales, lo que significa que al menos la mitad de mi tiempo estoy monitoreando los distintos canales de comunicación online. Y también significa que prácticamente he palpado la histeria digital en torno a este tema. 

Ese viernes 13 de marzo habíamos quedado con mis compañeros de la oficina para ir a cenar juntos, cada quien con sus parejas. Minutos antes de salir, anunciaron los primeros cuatro casos y comenzaron a reportar por las redes sociales que había muchísima gente comprando en los supermercados.

Yo estaba haciendo un enorme esfuerzo para disimular la ansiedad que me causaba pensar en el impacto que tendría este anuncio y la emergencia sanitaria en la economía regional.  

Luego de la cena, de camino a casa, conversé con mi pareja un largo rato sobre las consecuencias que podríamos esperar. Sobre nuestros trabajos, sobre nuestra estabilidad económica y el futuro del país. Me tranquilicé un poco. 

Foto: El País

El fin de semana, aunque pasé horas leyendo sobre el desastre que había en los comercios, tuve que salir a comprar unas cosas que hacían falta en la alacena. Y no vi desastre. Era un fin de semana normal. 

Cuando pasaron esos dos días me enfrenté a otra incertidumbre: cómo sería el país a partir del lunes. 

Las clases se suspendieron, se iniciaron campañas agresivas -en todo el país- sobre el uso del tapabocas, el alcohol en gel, el lavado de manos, etc. 

Por supuesto los productos comenzaron a encarecer, así funciona el mercado, pronto desaparecerán y toca aguantarse. Yo opté por las opciones sencillas y low cost: lavarme las manos varias veces cada hora, distanciamiento social y no tocarme la cara en la calle. 

Los autobuses comienzan a vaciarse, la gente los evita si puede. Las calles quedan solas a partir de las 7:00 pm y Montevideo parece un desierto de concreto. 

Durante toda la semana el gobierno ha dado boletines diarios, informando sobre la situación. La cantidad de casos, las medidas sociales, indicaciones, medidas de política exterior y, el jueves 19 de marzo, medidas económicas con la finalidad de amortiguar la crisis que se gesta para las empresas. 

No han dicho mucho de cuarentena, más allá de explicar que el país no se puede parar porque no estamos en condiciones de sostener miles de desocupados. El Banco de Previsión Social no está en su mejor momento y las empresas cierran ante la incertidumbre.

Hay mucha preocupación por la gente que se mueve diariamente en las calles, los que aún van a restaurantes, los que quieren ir a los shoppings. Los cines y los teatros están cerrados; los eventos multitudinarios como conciertos, festivales, muestras gastronómicas, entre otros, suspendidos hasta nuevo aviso. 

El turismo lo limitaron al máximo, las fronteras están restringidas y se sigue exhortando, desde el gobierno, a que todo local que no venda comida o productos de primera necesidad, cierre sus puertas provisionalmente. 

Foto: Agencias

Por ahora yo sigo con mi rutina diaria, aunque muchos puedan pensar que es una irresponsabilidad de mi parte. Necesito ir diariamente a la oficina, hacer mis cosas y trabajar desde mi escritorio. 

No he dejado de notar que las pocas personas que, como yo, viajan en autobús, lo hacen extremando precauciones. Sí he visto personas con tapaboca y, aunque han sido pocos, sé que se esfuerzan enormemente por conseguirlos para sentirse un poco más seguros. 

No dejo de estar en contacto con mi familia, tanto de Venezuela, como los que están en Italia o en República Dominicana. También converso con mis amigos de Argentina, España, Chile y Austria. 

Todos están bien, aunque preocupados. Y no les reconforta mucho el hecho de que la información, la comunicación y hasta la histeria, se hayan masificado con las redes sociales. Muchos se sienten expuestos y atribuyen el desastre a la inmediatez de la información. 

Yo, por mi parte, me mantengo preocupado todos los días por las consecuencias de este virus. Porque yo sí creo, y lo he leído varias veces, que la vida como la conocíamos se acabó.

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