• Hoy en día todos en el mundo compartimos el confinamiento colectivo, sin embargo, cada cuarentena es un relato distinto. Algunos se refugian en la lectura, en su propia historia

Se estima un índice de mortalidad mayor para quienes permanecen aislados que para los fumadores, según me indicó un amigo y estudiante de Medicina en la Universidad Central de Venezuela (UCV), en una fiesta, el sábado siguiente de la confirmación de los primeros casos del virus en Venezuela. He pasado los días encerrado o los días han pasado por mí, dentro de mi casa: es lo mismo. 

El primer día en el que se confirmaron los casos, salí a comprar mucha comida, vitamina C y demás implementos necesarios para la vida en casa. Ya el ambiente, aunque aún activo laboralmente, había asumido la actitud paranoica que parece inevitable para la población venezolana media.

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Foto: Cortesía

En el supermercado la gente se llevaba seis kilos de harina de maíz por lo mínimo, y llenaba los carros con todos los implementos necesarios para la cuarentena que venía. No es primera vez que la población venezolana se sume en una paranoia insana.

La crisis de agua, alimentos y luz eléctrica de 2019; así como la desnutrición y la pobreza hacen de las personas más acostumbradas a la normalidad proclives al abismo de la paranoia, la ansiedad, la depresión, entre otras formas de sufrimiento individual. Por supuesto, la individualidad hoy día se diluye en una colectividad anómica. Esto afecta a quienes nunca se acostumbraron a las alternativas para realizar cualquier tarea: incluso la tarea de vivir.

Salí del supermercado en dirección a mi casa. Me esperaban un baño preventivo y mis libros. Pasé el resto del día repasando el libro Memoria y vida de los textos de Henri Bergson escogidos por Gilles Deleuze.

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Foto: Cortesía

En él, los tiempos no se pueden configurar como se están configurando en la crónica presente, porque estos obedecen a la sensación psicológica del tiempo, a la división de la memoria en bloques. Por tanto, incluso la división en días, el diario, es artificio psicológico basado en el movimiento de rotación de la Tierra. Los días no durarán siempre igual, como tampoco la noche.

Terminé en mi cama preparándome para el sueño. Coloqué Netflix. Quienes me conocen, saben que no suelo ver Netflix ni televisión. Para mi ocio es suficiente mi guitarra, mis lecturas, mi escritura y sobre todo mis amigos. Recordé las reflexiones de Rafael Cadenas en torno a la palabra “ocio”.

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Foto: Cortesía

La raíz griega definía a la academia; por lo tanto, el ocio era el tiempo empleado para estudio. Según la raíz, entonces, todo estudiante es ocioso. En Venezuela y en la mayoría de los países latinoamericanos, las academias son obligatorias, no en la teoría, sino en la práctica.

Esto se da, pienso, debido a que nuestra manera de hacer frente a nuestras carencias como innovadores y propulsores frente a los países en los cuales las universidades están constantemente en la vanguardia. Una universidad, una materia, una clase, como decía Noam Chomsky, no debe tratarse de cubrir una materia, sino de descubrirla.

Esto ocasiona un incentivo en los estudiantes por brindar algo a la universidad: no que todo se lo brinde la universidad y él asienta como rebaño incapaz. No solo es la carencia del conocimiento, sino la carencia profesional lo que esto ocasiona. Genera personas sin visión, dispuestas a repetir sin alguna creatividad. Sin creatividad, es imposible la alternativa; sin ella, en esta situación tan precaria, solo es posible la paranoia, la ansiedad y la depresión por los problemas colectivos. En fin, un triunfo bloomfieldiano. 

Así que me acosté, puse Netflix y empecé a ver el documental de Nina Simone. Es un largometraje excepcional en su narrativa sintética, ya que presenta un cuadro muy preciso sobre quién fue Nina Simone dentro y fuera del escenario: la misma.

Fue la misma con su familia, lo cual le valió más sufrimiento y dolor, que el ya acarreado por el hecho de ser negra, pobre y mujer en Estados Unidos, en ese momento. Desde niña, cuenta, su sueño era ser la primera pianista académica negra. Para eso, sus padres le asignaron una profesora rusa que tuvo toda la fe en ella: pensaba que la niña crecería para ser una de las mejores pianistas de concierto. Esto, no obstante, bajo el costo del aislamiento respecto a los demás niños.

Sin embargo, cuando viajó a Nueva York, se dio cuenta de que no la aceptarían en ninguna academia por su raza. Entonces, relata que, para quedarse y sobrevivir en Nueva York como músico, le quedaba una sola opción: tocar en los bares. Así, nació la Nina Simone que conocemos: esa que innovó el jazz y el blues, y dio voz a muchos desvalidos.

Dormí. El día siguiente salí al supermercado de nuevo. La paranoia se había acrecentado, la gente compraba en frenesí. Volví a mi casa. Abrí las redes sociales, conversé con mis amigos, leí entrevistas, artículos y demás. Me escribió mi amigo más antiguo, a quien conservo desde los cuatro años, estudiante de ingeniería en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

Me propuso ir a su casa, hacer pizza y tomar ron. Accedí. Me reencontré con los compañeros “raros” (si esto tiene alguna vigencia hoy día) del colegio. Pude apreciar que habían madurado en nociones vitales. Hablamos de música, artes plásticas, baños públicos y coctelería. Hablamos de un problema con un ex amigo que, borracho y manejando, dañó todo el costado izquierdo del carro de mi amigo anfitrión, al salir de una fiesta.

Uno de los reunidos estudia medicina en la UCV, y, por una conversación sobre el coronavirus, nos dijo que el índice de mortalidad es peor en personas aisladas que en fumadores.

En fin, tomamos y llegamos a la conclusión de que el coronavirus no solo afectaría a los contagiados, sino a los aislados. La excepción, me parece, está en los lectores, quienes han sufrido mucho menos el encierro, por evidentes razones.

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