• Tercer relato que forma parte del seriado Viaje al espacio interior. Crónicas de cuarentena; una serie de textos que ahondan en la experiencia de confinamiento en el suroeste caraqueño

La prueba de que Neil Armstrong viajó a la Luna fue una roca de quince gramos. La evidencia de nuestro viaje al espacio interior es tan visible y transmisible como el virus que nos mantendrá aislados.

William Burroughs, novelista norteamericano, en buena parte de sus obras concebía el lenguaje como un virus caído del espacio exterior que parasitaba en la mente humana. La historia de todo esto que reproduciremos a través del lenguaje será la prueba de este viaje a nuestro espacio interior.

Quién sabe si nuestra historia mute según los cambios narrativos y orales que le apliquemos cada vez que tengamos la oportunidad de revivir estos días a lo largo de lo que serán nuestras vidas, incluyamos detalles que en ocasiones previas omitimos, o que concibamos este lapso suspendido de otro modo, redimensionado, pero ya en el porvenir, con la lucidez adjetival que nos dará el distanciamiento de los años y, desde luego, nuestra propia madurez, que nos distanciará de quiénes somos ahora. 

Hoy ya se cumplen dos semanas de aislamiento. Me acompaña una música de ambiente que he seleccionado, creo, de manera adecuada. El vídeo en YouTube dura tres largas horas y se titula: “Ambient Space Music {Across the Galaxies}. Background for Dreaming, Gaming, Relaxation”.

Lo he escuchado ya varias veces, y pienso en cada venezolano y cómo, desde su municipio, desde su casa, se ha convertido en un astronauta a la inversa. Esta situación nos ha llevado a espacios interiores olvidados o nunca explorados. En “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, Jorge Luis Borges esboza una teoría que provoca vértigo espacial: “la cantidad precisa de puntos que hay en el universo es la que hay en un metro de universo, o en un decímetro, o en la que hay en un metro de universo, o en un decímetro, o en la más honda trayectoria estelar”, estos ejemplos los justifica cuando argumenta que una cantidad finita de algo puede ser dividida hasta el infinito.

En “Casa y universo”, Gastón Bachelard refiere lo siguiente: “Leer una casa, leer una habitación, tienen sentido, puesto que habitación y casa son diagramas de psicología que guían a los escritores y a los poetas en el análisis de la intimidad”. Sin duda, pese a lo que puede acontecer en las calles, hemos llegado a un punto en el que meceremos mirar hacia nosotros, entendernos. Ahondar en todo aquello que somos. A ver qué se oculta allí en nuestro espacio íntimo.

A esto, habría que añadir que Bachelard entiende la inmensidad como “el movimiento del hombre inmóvil. La inmensidad es uno de los caracteres dinámicos del ensueño tranquilo”, situación frecuente en las ficciones de Miguel Gomes: leer la imagen de la ventana como un dispositivo que sugiere la contemplación de un afuera desde la íntima amplitud de un héroe que se encuentra y se sabe solo, y que medita sobre el mundo desde esa infranqueable soledad.

Es de esta manera que cada inmensidad es una conquista de lo íntimo. Esto, por ejemplo, nos proyecta nuevamente a las reflexiones de Bachelard, pues este autor considera que “la grandeza progresa en el mundo a medida que la intimidad se profundiza”. En la soledad se establece un diálogo certero e insondable. Se redescubre. Se conquista la inmensidad íntima en ese espacio restringido y breve, pero que a la vez se postula como ejemplo de vastedad.

Hace un año exactamente, los venezolanos estuvimos confinados. Aún no hemos asimilado ese evento en toda su magnitud psíquica. La prueba está en el temor que experimentamos cada vez que se suscitan bajones de luz, esos mismos que hacen que tu red wi-fi se inhabilite por un par de minutos.

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Foto cortesía

En cierto modo, el apagón nacional fue un “nivel desbloqueado”, tomando en cuenta esa expresión del ámbito de los videojuegos. Nos entrenamos para situaciones límite. Sin electricidad, sin tecnología, ¡vaya!, esas extensiones del cuerpo. Cada individuo, a su manera, y con distintos grados de dificultad, buscó la forma de acopiar fuerzas y superar esa prueba. 

El cronista Andrés González, en un estado de WhatsApp, definió con humor de cinéfilo la tenacidad venezolana en momentos de apremio: “Venezuela siempre vivió en un estado de excepción dentro de otro estado de excepción dentro de otro estado de excepción dentro de otro estado de excepción. Resulta: un estado de Inception. Llámate ahí a Nolan”.

En aquella oportunidad se ausentó la luz; hoy, la ciudad está ausente. 

El silencio se empoza en Coche desde las siete de la noche. El conticinio se ha adelantado. Un eclipse sonoro en una parroquia generalmente atestada de ruidos.

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Temo por las provisiones. Por el desabastecimiento. El de todos. El mío. Sé que debo aplicar un rigor de consumo de lo que pueda llegar a tener en la nevera. Ya lo he visto en los documentales sobre viajes espaciales. Debo aplicar un rigor similar al administrado por el capitán Scott Kelly, astronauta que anduvo un año en el espacio.

O cómo lo sugiere el científico alemán Ryan Whitley que participa en un programa que no solo desarrolla una misión para volver a la Luna, sino la instalación de una base en la Luna. Whitley toma en cuenta el abastecimiento de energía. Ese es el mayor reto. Ya estando en la Luna, lo desvela la demanda de energía que requerirán los astronauta para la noche lunar. ¿Cómo almacenarla? “Lo interesante”, dice el científico, es que “no importa dónde uno esté [en la Luna]. Hay catorce días de luz y catorce días de oscuridad”. 

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Foto cortesía

El chat vecinal sigue activo. Una notificación me indica que me deshaga urgentemente de 823 memes, 42 videos para liberar espacio en la memoria de mi teléfono. Una vecina comparte gifs religiosos: la evolución de las estampitas plastificadas.

Las teorías conspiranoicas y la fe han llegado a su máximo punto de ebullición.

Hace un par de días, tropecé con esto: el texto venía acompañado con una sospechosa imagen que pretendía simular un radar: “Estimados: aquí les dejo la Frecuencia Schuman, el planeta ha sido tocado fuertemente por frecuencias de más de 40 hertz, la frecuencia de 5° dimensión. El amor ha llegado para quedarse. ¡Námaste! ¡Victoria de la luz!”.

Y seguidamente otro de la misma índole: esta vez se trataba de una imagen de una flota de platillos voladores dirigiéndose en picada hacia una metrópolis, acaso Nueva York o Londres. Sobre la imagen, en letra Arial Narrow, se leía el eslogan: “Si los vez (sic) no teman, recíbanlos con amor”. La leyenda reiteraba errores ortográficos y amor: “Están llegando cada ves (sic) muchos más para eliminar el coronavirus la ayuda se hace presente con esplendor y gracia, luz y AMOR”.

Al siguiente día, un tuitero viralizó su interpretación sobre un pasaje de Nostradamus que me rehúso a citar en esta crónica.

Hace unos minutos, sorpresivamente me llegó la recomendación del nuevo vídeo de un youtuber famoso, Vm GranMisterio, el cual sostiene que en un juego de rol creado por Steve Jackson en 1990 y prohibido al poco tiempo de haber sido lanzado al mercado, se basaba realmente en la supuesta y secreta agenda illuminati para instaurar, de una buena vez por todas, el Nuevo Orden Mundial. En una de esas cartas, según el youtuber, se presagiaba el coronavirus.

Por fortuna, mi scroll por Twitter me llevó a un acertado comentario de Keyla Brando: “Excesiva información, intoxicación e infodemia consecuente, saturación. Information Fatigue Syndrome se transforma en el segundo virus, parásito a su vez del otro, ese que tiene puesta la corona y está merecidamente en el centro de la escena”. 

La frase describe exactamente lo que vivimos. Y soportamos. Una buena parte de lo que debemos desechar de esa historia que queremos contar. De la prueba de este viaje al espacio interior que emprendemos.  Pensando en esto, una solución amigable la encontraríamos en una crónica de Chuck Palahniuk, “Ahora me acuerdo”. En ella leemos:

blank Tamus dictaminó que la escritura era un pharmakon. Igual que la palabra “droga”, el concepto podía usarse para cosas buenas y para cosas malas. Para cosas que curaban o para venenos”.

De acuerdo con Tamus, escribir permitía a los humanos ampliar sus recuerdos y compartir información. Pero lo que es más importante, la escritura permitiría a los humanos apoyarse demasiado en aquellos medios externos de memoria. Nuestras memorias personales se marchitarían y empezarían a fallar. Nuestras anotaciones y registros reemplazarían a nuestras mentes.

Si antes escuchábamos las afónicas ofertas del camión de plátanos, ahora hace vibrar los cristales de las ventanas, los altavoces instalados en una Hilux de un cuerpo policial que no he logrado identificar. Desde él se lanzan restricciones (¿o recomendaciones?) como si se tratara del decálogo de una religión postapocalítica. La voz del locutor es sospechosamente parecida a la de Porfirio Torres, locutor del micro radial Nuestro insólito universo, lo que le confiere cierto aire tétrico al asunto, si ese sonido te despierta a las 6:00 am.

Ante una nueva excursión por las calles de Coche, escucho a lo lejos las indicaciones en tono penitenciario de otra patrulla: “Moto que esté circulando después de las 5:00 pm, moto que será decomisada y devuelta al finalizar la cuarentena”. 

Busco mi tapabocas. Busco unos guantes tejidos que tenía encajonados. Creo que fueron aquellos que compré en un quiosco del pico El Águila, en Mérida, y jamás usé, o solo esa vez. 

Me preparo de nuevo para salir. Debo botar la basura. Esta vez no me animaré a ningún recorrido.

Girar la llave será adentrarse en esa parroquia extraña, ausente, en mute, que se ha convertido Coche.

Los amigos son la patria, decía el escritor Alfredo Bryce Echenique. Y esto me lleva a pensar en mis afectos que se encuentran en Lima. En cuanto regrese, les escribiré. Les preguntaré, ¿qué nos depara el porvenir? Y recuerdo aquello que decía Antonio Muñoz Molina en uno de sus tantos artículos, que el porvenir es un país extranjero. Hoy todos nos preguntamos por el porvenir. Hoy todos vivimos en ese país extranjero.

Cómo estará Andrés, cómo estará Juan Pablo, me pregunto; cómo estará Santiago y Hensli en Berlín. Genessis, Carmen y Jean Pierre en Francia. Naomi en China. Jorge y Antonio en Lima. Heliette y Victoria en Buenos Aires. Cómo estará Rotsen en Dublín y Geraldine, Katherina y Andrés en México. Adelso en Nueva Zelanda o Damarys en Malta.

Me pregunto cómo cada uno contará, desde su refugio en el mundo, la parte que le corresponde de esta trama de la historia. 

De ellos hablaré en la próxima entrega. 

Decía Tolstoi, “escribe sobre tu aldea y serás universal”. La reactualización “temporal” de esa frase en tiempos de coronavirus, diría algo como esto: “escribe sobre tu aldea, pero quédate en casa”.

A mi regreso, conversaré con los +53, y luego los +57. Y seguidamente con los +34, +1, +49, +52 y los +54, y por el resto del mundo.

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