• Este es el testimonio de una venezolana en Galicia, España, que cuenta para El Diario cómo ha sido su experiencia frente al Covid-19 en uno de los países más afectados por la pandemia

Cuando comenzó la enfermedad en China, no sé por qué, me involucré de inmediato. Mi pareja lo atribuyó a un olfato para las historias y yo a un claro trastorno obsesivo compulsivo que me impide, por ejemplo, tocar los botones del ascensor y que me obliga desde antes, al mismo tiempo, a abrir las puertas con los codos.

Lo cierto es que me mantuve muy atenta al desarrollo de este nuevo virus: noticias, cifras, medidas de contención, tratamientos. Me tomé el asunto en serio desde el principio. Sentí una temprana amenaza que mucho se podría parecer a la paranoia. 

Mi preocupación se tradujo pronto en una tendencia monotemática de la que no escapaba casi ninguna de las conversaciones que mantenía. Mi hermana, médico, me tranquilizaba siempre entre el asombro y la burla y yo terminaba por recordar que, después de todo, ella tenía razón, no había ningún motivo concluyente para exagerar. 

Wuhan, el lugar en el que permanecían aisladas 20.000.000 de personas, y luego 33.000.000, estaba demasiado lejos. Era enero y todavía convivíamos con esa idea, muy occidental, de que las tragedias nunca nos suceden a nosotros, no nos alcanzan. El primer mundo, de cara a este tipo de asuntos, es siempre el espectador; por definición, la desgracia es ajena.

Era temprano para averiguar que un par de semanas más tarde, el 13 de marzo, Europa se convertiría en el epicentro del Covid-19. Todavía no podíamos imaginar la fragilidad de las certezas ni el ruido que hacen cuando se derrumban. 

Foto cortesía

El 23 de enero la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmaba que la enfermedad “aún” no representaba una emergencia de salud pública. Sin embargo, Tailandia, Japón e incluso Estados Unidos ya reportaban contagios. El 25 de enero el primer caso del coronavirus de Wuhan se anunció en Francia, pero ni siquiera en ese momento la alarma parecía demasiado real en el continente europeo, el problema seguía sin ser nuestro. 

Las noticias hablaban de un caso importado (manera en la que se identifican a los contagiados que llegan del exterior) como si con esa narrativa pudieran pedirle visado al que probablemente sea el virus más contagioso de nuestra historia reciente. La OMS todavía tardaría cinco días más en declarar una alarma internacional como consecuencia de la expansión del Covid-19. Al día siguiente, el 31 de enero, serían Italia y España los que se sumarían a una larga lista de países que habían reportado algún contagio. Lo que pasó después es historia en movimiento. 

En casa ya tenemos 16 días confinados. Hicimos un gran mercado poco antes de que comenzara el desabastecimiento de papel higiénico, gel antibacterial, jabón, pasta, atún, agua y otros artículos de primera necesidad.

Es decir, el jueves 12 de marzo, un día antes de que en Galicia se suspendieran las actividades escolares y se recomendara el teletrabajo. Tres días antes de que el gobierno de España decretara el estado de alarma. Tres días después de que Italia entera diera inicio a su confinamiento, con más de 9.100 casos de coronavirus diagnosticados y 463 fallecidos. En definitiva, cuando mucha gente aún seguía sin tomarse el asunto demasiado en serio. 

Desde entonces la vida ha cambiado, claro, pero me pregunto hasta qué punto se corresponde el cambio con la situación que atravesamos. Todavía flota en las calles un aire de irrealidad, como si un domingo y una pandemia se pudieran parecer tanto. Puede que sea consecuencia de vivir tan cerca del mar. 

Cuando paseo a mi perro —soy una de las afortunadas que puede permitirse el placer de salir gracias a eso— y caminó por los lugares de siempre, tengo que hacer más agudo el oído para escuchar al fondo, detrás de las gaviotas y de las olas reventando, el sonido de las ambulancias. Lo cierto es que impresiona pensar que mientras te aburres en casa, una pandemia azota al mundo entero, porque al final del día 838 personas han muerto en España mientras yo leía un libro.

A pesar de todo, todos seguimos cultivando nuestros egoísmos. Yo me sigo enamorando y el vecino de enfrente siembra su jardín. Mi perro se tiende al sol como si no estuviera ocurriendo nada. Unos hacen ejercicio y otros cantan. Hay gente que sigue escribiendo libros. El bebé del apartamento de abajo aprendió a caminar y ahora corre, grita, se ríe y casi no deja dormir. Hacemos videollamadas con amigos y nos tomamos el vermut igual que siempre, o casi. Hay Tinder, hay Grindr. Hay Tik Tok y hay challenges. Trabajamos, estudiamos y comenzamos un curso nuevo en alguna universidad online.

Hay días en que nos sobra tiempo hasta para recordar a personas del pasado, para extrañarles, para pensar “espero que estés bien, dentro de lo que cabe”. Es el momento perfecto para arrepentirse de algunas cosas. Los más desafortunados —o no— enviarán algún mensaje. 

La vida sigue incluso cuando todo se detiene. 

Cada tarde, cuando mi hermana vuelve del hospital, se ducha antes de saludarnos. Poco a poco, la cara de pánico con la que llega va retomando sus rasgos de normalidad, aunque nunca por completo. Mientras almuerza, ella nos cuenta la imagen en teleobjetivo y nosotras, mi madre y yo, en gran angular. En ambos casos el resultado es aterrador.

Cada noche —o casi cada—, después de que estudia, vemos una serie de esas clasificación: Para no pensar y nos abstraemos. Pero cuando miro por la ventana un segundo, veo las luces parpadeantes de dos, tres, cuatro y hasta cinco ambulancias seguidas. 

Cuando nos vamos a la cama, generalmente, A., mi hermana, tiene insomnio. Piensa en lo que le espera al día siguiente, piensa en la posibilidad de contagiarse o de estar contagiada ya y no saberlo. Convive también con la posibilidad de habernos contagiado. A. piensa en sus pacientes, en sus compañeros y hasta en ella misma. 

“Los médicos siempre estamos pendientes de curar a los otros, pero ahora también tienes que pensar en si te estarás enfermando tú. Y en qué pasa si eso”, dice. También me asegura que su pensamiento más recurrente, el que no la deja nunca en paz, es que “mucha gente va a morir”. Cuando le pregunto qué es lo que más la atemoriza, me confiesa que “uno de los peores escenarios es que por cumplir con nuestro trabajo nos obliguen a ser crueles con nuestros pacientes”.

Desde que el coronavirus llegó a España, a Galicia, entendí que, por lo menos en casa, nos iba a tocar vivirlo muy de cerca. Lo curioso fue que, si bien no disminuyó mi preocupación, sí desaparecieron casi por completo mis manifestaciones de ella. Como si de alguna forma hubiera tomado consciencia de que sería necesario dosificar incluso la tristeza, la desesperanza y el dolor. Y así ha sido. 

Más de 1.500 ancianos han muerto en residencias desde que comenzó la pandemia, muchos de ellos solos, abandonados, porque los responsables no se dan abasto. Cargaremos para siempre en nuestra memoria con las fotos de la Institución Ferial de Madrid (IFEMA)—donde antes hubo exposiciones, actividades culturales y conferencias— convertido en un hospital de campaña con 5.000 camas.

Foto: Xinhua via ZUMA Wire

También con el recuerdo de que el Palacio de hielo de Madrid ha convertido los 1800 metros cuadrados de su pista de patinaje en una morgue porque los cadáveres ya no había dónde guardarlos. Hoy, ocho semanas después de que comenzara la pandemia, cuando España acumula un total de 6.531 fallecidos y 78.797 contagiados, el gobierno nos informa que todavía no ha llegado lo peor.

Foto: Europa Press
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