• La cultura urbana vivió su máximo esplendor entre finales del siglo XIX, el XX y lo que iba del XXI. En las grandes ciudades del mundo ha sido inconcebible permanecer en casa. La pandemia del Covid-19, desafía como nunca otro evento, la vida cívica y la convivencia ciudadana alrededor del mundo. El recurso a Internet, no obstante, permite recuperar la vida puertas adentro sin desentenderse del mundo más allá, tan lejos y tan cerca. La casa no solo es mejor opción, sino prácticamente la única

Casa de familia, casa de fútbol. Casa que vive, que da refugio, que se revitaliza con la presencia de amigos. La casa de Álex Candal es también un hogar, ese que trasciende al espacio y se convierte en un lugar de recuerdos, vivencias y emociones. Un hogar que, en tiempos de confinamiento, es también su sitio de trabajo. La salud obliga. “La vivienda va ligada a tu forma de vida. Nosotros tenemos una educación, sobre todo los hijos de inmigrantes, en la que se inculca que la casa es muy importante, es lo primordial. Está por encima de carro, de ropa, de cualquier lujo”.

Comarca madrileña que también evoca a Caracas, desde que en España se anunció el aislamiento obligatorio por el Covid-19 el 14 de marzo, siempre da algo para hacer, aun cuando parece que las opciones se agotan. Los días del periodista venezolano transcurren entre los deberes habituales y los pocos frecuentados: Grabar Fútbol Total o el podcast El Drink Team, que comparte junto con los también periodistas deportivos venezolanos Fernando Petrocelli y Richard Méndez; una puerta rota para arreglar, una mesita de luz a la cual devolverle el color, la grama por podar o una pared para pintar. También le dedica tiempo a algún hobbie. 

Soy jugador, soy gamer. Me gusta jugar. Estoy jugando un campeonato mundial de tenis —que por cierto hoy perdí—, que me es un poco desestresante. Lo que sí intento es hacer algo obligatorio para sentirme bien. Si uno hace algo para sentirse bien, como por ejemplo rezar o hacer ejercicio, te sientes al menos que hiciste algo en el día a día”, relata para El Diario.

Todo sucede desde una especie de salón/sala de estar/despacho (así lo define) que ocupa ya antes de las 10:00 am. Lo ha hecho una rutina. “Hay que intentar no acostarse ni levantarse muy tarde porque si no ese desorden te genera más ansiedad, entonces hay que tener un orden. Sin yo tenerlo, porque no soy una persona muy ordenada”. Ni siquiera aquella vez de la cirugía en su rodilla permaneció tanto rato entre cuatro paredes. La vida del periodismo lo ha hecho más bien un viajero entre templos del deporte mundial.

A esa hora ya está frente a su computadora —a pesar de llevar 20 años en España no le nace decir ordenador— para leer las noticias. Busca las más alentadoras, aunque no sean las que abunden en Internet. También juega al playstation o ve televisión junto a su esposa y su hija Alejandra, quien, dicho sea de paso, le debe su nombre a su padre. “Álex” en realidad se llama Alejandro.

En ese salón/sala de estar/despacho, el Ávila y las guacamayas aparecen en forma de arte, en lugar de avistarse por las ventanas. “Como todos, tenemos los cuadros que son muy identificativos con la cultura venezolana. Eso es como una obligación dentro de la casa de cada uno de nosotros”. Y es que con Álex hablar de hogar es inevitablemente hablar de Venezuela, su país de origen, país de formación, país de recuerdos que afloran en el encierro.

Brotan especialmente las anécdotas de la infancia. Las revive, las siente, las añora. Todavía le parecen increíbles. Se ve en el patio común del caraqueño edificio de muchas plantas rodeado de cerro, cuya dirección recita sin problemas: avenida Fuerzas Armadas en San José, entre San Miguel y San Enrique, arriba llegando casi a Cotiza. Le acompaña una muchachada difícil de contabilizar. Si eran entre 18 los apartamentos, al menos eran dos los niños repartidos en cada uno de ellos.

“Allí era donde jugábamos al fútbol y al beisbol, todo eso. Era extraordinario, tremendo. Era una vida de calle, y de alegría, y de trompo, y de metras, y de perinola, de todo. Era muy auténtico”. Es por esa misma razón, quizás, que le cuesta visualizar una cuarentena similar a la actual, pero en aquellos tiempos. “Hubiera sido un grave problema. No sé cómo iban a hacer para prohibirnos no salir de la casa, porque la vida nuestra era el patio, estar juntos”. El aislamiento de estos días atañe cualquier alusión o remembranza.

De aquel edificio también hace mención honorífica a su lugar de confinamiento a veces autoimpuesto por placer. Llena de afiches y de posters importados, su habitación era una especie de álbum Panini con los mejores jugadores de fútbol de la época. Cómo no tenerlos cuando tu padre es acaso el mayor símbolo del periodismo deportivo venezolano, el eterno Lázaro “Papaíto” Candal. Si las paredes de esa habitación hablaran, probablemente narrarían un partido de fútbol con especial entonación gallega.

Echa de menos los días en familia. La de su madre, especialmente. “Era una familia que tenía muchos hermanos, y esas reuniones eran prácticamente semanales. Todos los fines de semana. Siempre fue una unión familiar muy importante, que era gente que había emigrado y que vivía en Venezuela. Recuerdo con cariño llegar a mi casa y tenerlos allí”. Su casa, cualquiera que sea y en donde quiera que se encuentre, también es la de ellos.

Si hay algo a lo que no le abre las puertas de su hogar es a la tristeza. No porque no haya vivido momentos dolorosos —o los viva— lo suficiente, sino porque prefiere mantenerlos como un secreto que se tragan las paredes, testigos mudos y perpetuos de cualquier morada. Es una norma que él mismo se impuso. Como Guillermo Meneses en La mano junto al muro, cree en las historias que se ocultan y perduran en los ladrillos, en el cemento que las une y las forma.

“Yo he viajado mucho por el mundo debido a mi trabajo, y he tenido que dormir en muchos lugares y sí me he preguntado las cosas que han visto o escuchado las paredes, lo que han vivido allí. Igual a lo mejor con casas de gente importante, como la casa donde vivió Picasso, o la de Bolívar”, dice el también autor de Disculpen las molestias, es Fútbol a mi manera.

FOTO: Harold Escalona

Volviendo a las (no) tristezas, la única nota de melancolía la ponen las despedidas, aunque afronta las migraciones con la pericia digna de un descendiente de la generación que huyó de las guerras. Es esa misma pericia la que lo lleva a rescatar nuevamente la importancia de tener un techo propio, cuando en el mundo se cierne la duda de la propiedad en medio de la pandemia. “Saber que el techo es tuyo y que nadie te lo va a quitar bajo ninguna circunstancia, eso te da una seguridad tremenda, un confort mental, un confort de tranquilidad”.

Las despedidas tienen también forma de casa. Y es que entre la de Caracas y la de Madrid, existió la casa de La Coruña, casi diez años atrás. Cada cambio de vivienda, dice, ha sido como un flash-back de recuerdos que trata de avizorar.

“Me ocurrió una anécdota muy curiosa uno de estos días. En una foto de un estado de WhatsApp de la propietaria que nos compró la casa de La Coruña, puso una foto de sus hijos en la escalera de donde vivíamos y me llevó a una cantidad de recuerdos inmediatos de mi hogar. Siendo ese lugar ahora mismo una escalera con un pasamanos, algo totalmente básico, nos transportó a mí y a mi esposa. Eso te demuestra que nosotros aquí en casa tenemos una importancia que, aunque sea un lugar físico, se convierta en un lugar de armonía y en un lugar muy alto”, comenta.

Recuerdos bonitos, sí, pero que quedan atrás. Ni la de La Coruña ni la de Caracas las sigue considerando su casa. Más allá de cierta espiritualidad que reconozca en ellas, las considera ya, propiedad de otro. Las historias de las paredes se renuevan constantemente. Su única casa es la de Madrid, la del jardín recién podado, la que tiene dos pisos, y la que a veces se convierte en su set de grabación improvisado. Es, por poco, la casa de sus sueños. 400 kilómetros, como mínimo, la separan de alcanzar la perfección: es a esa distancia que está la playa más cercana. Es la arena, el calor, la humedad, el salitre, lo que lo hace sentir la plenitud.

Sin embargo, es el calor uno de los aspectos que hacen más apacible su casa. Calor que emana, quizás, de sus propios habitantes. Calor que en ocasiones también lo transporta a la casa de suegra en Río Chico. Esa, al igual que todas las casas, tenía vida propia.

Siempre me he preguntado yo por qué las casas se deterioran cuando no vive la gente, si prácticamente está cerrada, es decir, es como si la casa físicamente necesitara de la vida del ser humano para ella también vivir, para tener ese mismo pulso. Pasa cuando escuchas gente que tiene una casa en la playa, y llegas allí y efectivamente se te rompe una tubería, se te rompe una puerta, o una ventana no abre. Es como que, si no hubiera gente adentro, ella también se va deteriorando”, comenta.

Es por ello que, en tiempos de calles huérfanas y hogares repletos, su casa se ha convertido aún más en una extensión de su vida. Extraña particularmente la presencia de amigos. Cada vez que su esposa se lo permite, recibe a los más cercanos en las fiestas. A Álex le gusta ser buen anfitrión; a su casa seguramente también. Para los amigos las puertas están siempre abiertas.

Espera que sea lo más pronto posible, aunque es más bien un deseo. Sabe que el confinamiento va para largo. Hasta tanto, dice que seguirá agradeciéndole a su casa por servirle de refugio, de nido de recuerdos, y labrará en las entrañas de las paredes las memorias de una cuarentena obligatoria. 

Noticias relacionadas