• La cultura urbana vivió su máximo esplendor entre finales del siglo XIX, el XX y lo que iba del XXI. En las grandes ciudades del mundo ha sido inconcebible permanecer en casa. La pandemia del Covid-19 desafía, como ningún otro evento, la vida cívica y la convivencia ciudadana alrededor del mundo. Recurrir a Internet, no obstante, permite recuperar la vida puertas adentro sin desentenderse del mundo más allá, tan lejos y tan cerca. La casa no solo es mejor opción, sino prácticamente la única

Tiene tiempo en confinamiento la Villa Ferrari. Lleva así desde principios de año. Casa creada para crear, en ella el encierro se vive de manera diferente. Allí se escribe, allí se piensa, allí se dirige. Allí Miguel Ferrari (Caracas, 1963), hombre ermitaño, se libera a través de la imaginación, esa que plasma en un papel y la reconstruye con las imágenes para hacerla realidad en el séptimo arte. Eso sí, su casa no es ni tan azul ni tan rosa. Es un obsesivo de la armonía de la luz y del color. De la sobriedad. En estos días prefiere la oscuridad. Solo enciende una pequeñísima lámpara que está sobre su escritorio. También le acompaña un mate. Está en pleno ritual de creación.

“A mí el tema de la cuarentena no me ha pegado tanto porque ya yo venía un poco como en una onda más encerrado en mi casa desde que empezó el año, porque estoy en ese período de creación, que es el período que para mí es más delicado, más laborioso, que es la escritura, y yo por lo general me encierro e intento en lo posible concentrarme, y que nadie me distraiga. Yo tengo un pequeño espacio que es exclusivamente para esto, que es como mi área de trabajo que he acondicionado para eso. Aunque sea de día, trato de mantenerlo todo lo más oscuro posible”, dice en exclusiva para El Diario.

Foto: Miguel Ferrari

Lo del mate es un hábito reciente. Lo adquirió, cómo no, por obra y gracia de unos amigos argentinos. Lo convirtió en ritual desde que escribió Azul y no tan rosa en el año 2012. Desde entonces el termo, la bombilla, y la yerba son testigos obligatorios de toda creación o más bien, abono para su mente. Quizás sea una superstición. No lo dice; tampoco insistimos en preguntar.

De momento pocas cosas son las que lo distraen de su concentración. Quizás alguna que otra noticia que llega desde el exterior, pero sabe dosificar su sed de información. A lo que antes alguno llegó a llamar “la caja boba” no le dedica más de dos horas al día. En cambio, en los libros, en la investigación y en la escritura se sumerge por al menos seis horas, con siesta intercalada, claro. Las neuronas necesitan descanso.

La cuarentena la vive desde Madrid, España. Su villa, como a veces le llama, la compró hace ya 18 años cuando apenas era un boceto. Obra de arquitectura moderna, su espacio, como el cine o el teatro, se completa con la unión perfecta de los símbolos artísticos. Dialoga con él su pareja. De la iluminación se encarga ya la naturaleza, las sombras y los contrastes que se cuelan por las ventanas. De lo que se ocupa él es de los colores de las paredes; prefiere que sean cálidos y acogedores. La música que acompaña es de meditación; aunque a veces el silencio absoluto sea lo mejor para ambientar la escena, depende de lo que busque en el momento. Pero aquí Miguel no dirige solo. En sus decisiones le orienta la energía siempre presente de Franceschino Ferrari, su padre. Por suerte, él llegó a visitarlo antes de partir a otro escenario.

Vinieron mi padre y mi madre. Yo estaba muy emocionado porque le iba a mostrar a mi papá, sobre todo a él, con el que me unía algo muy fuerte, el hecho de que yo me compré un piso aquí en Madrid y fue una visita muy especial. Le echo mucho de menos. Siempre. Él falleció hace diez años y la verdad es que no hay un día en el que no lo recuerde. Yo estoy seguro de que él dejó algo de su esencia aquí en esta casa, y él la bendijo a su manera y siempre me acompaña a donde yo vaya”, admite.

Al hombre al cual se refiere todavía lo reconoce en el ambiente. Es un fiel creyente de que las paredes se llenan con la espiritualidad y el “buen rollo” de quienes pasan por ellas. Dice que son espacios propios, espacios de energías, espacios para desarrollarse, para accionar, para dormir, para sentirse protegido. Espacio que trasciende lo físico. De ello no solo está recargada su casa, sino también sus escritos. “Dentro de la historia que estoy contando hay unas paredes que tienen unas grandes historias que contar”, avisa. Lo que está creando en estos días es una serie.

En el escenario, que es su casa, tampoco falta el público. Todo esto sucede bajo la mirada de un espectador inmóvil que, aunque no profiere palabras, está allí para recordarle su obra maestra. No cualquiera vive con un Premio Goya en casa, ese que llevó a Azul y no tan rosa a ser la Mejor Película Iberoamericana.

“Con él mantengo una relación visual y me reconforta. A veces uno tiene que acordarse de las cosas bonitas que te han pasado en la vida. La verdad es que he ganado muchísimos premios, pero es el único que tengo exhibido. Los demás los tengo en cajas. No me gusta exhibir los premios y soy bastante minimalista. No me gusta recargar el espacio. Es el único que está a la vista hasta ahora porque ha sido el día más feliz de mi vida”, dice el también actor egresado del Instituto de Formación para el Arte Dramático y Licenciado Cum-Laude en Teatro, mención Actuación, en la Unearte (1997).

Foto: Miguel Ferrari

Adalid del minimalismo, prescinde de la acumulación material, de las posesiones eternas. Para él nada ni nadie nos pertenece del todo. Por eso en su casa ni sobra ni falta nada. Le gusta renovar.

Guarda este escenario también olores. Es un director con los cinco sentidos. Le gusta creer que huele a él, huele a serenidad, aunque echa de menos la fragancia que destilaba la casa de su abuela en Italia. Aún recuerda la escena. Tenía él ocho años cuando visitó por primera vez a su nonna. Antes de ese momento su familia no era más que su mamá, su papá y su hermana en una lejana pero amigable Caracas. El impacto que le causó aquella visita al viejo continente lo guarda en su olfato. Agradable, a pueblo, a abuela. El olor no lo logra definir muy bien, pero desde entonces, para Miguel las casas se han convertido también en aromas.

Como buen hijo de inmigrantes italianos, para él el hogar recobra fuerza con los recuerdos del ayer. En retrospectiva, siempre han sido su mejor tarima para dar rienda suelta al Miguel artista, y eso que en su vida no han faltado casas.

Hombre que se fija en el más mínimo detalle, el don de la observación lo desarrolló apenas en la niñez. Esa etapa que vivió entre Puente Hierro, en el oeste caraqueño; Chacao, El Silencio, y la avenida Baralt. “Yo de niño siempre fui bastante introvertido, pero era muy observador. Observaba mucho el contexto, el mundo exterior, el comportamiento de la gente, y yo creo que esa es una de las bases fundamentales del actor. Es una de las herramientas que utiliza para hacer sus interpretaciones”.

Además, fue en la de El Silencio, cuya dirección era cercana a una emisora radial, donde tuvo su primer contacto con las estrellas del arte y con las letras: de paso hacia la peluquería de su padre, frecuentaba encuentros accidentales con las estrellas de las radionovelas. Ya a los 10 años de edad imitaba sus voces y producía sus propios guiones. El siguiente destino fue la avenida Baralt, en el apartamento con terraza y un balcón que servía de espacio de juegos para él y su hermana.

Tránsfuga liberal de su generación, siempre se ha sentido un distinto. No como algo negativo, advierte. Sus sueños, sus gustos, sus pensamientos, poco tenían que ver con el de sus amigos del colegio. La vida del artista siempre lo sedujo.

La revelación final llegó, sin embargo, en la casa de Alto Prado cuando ya era un hombre de recorrido en las novelas y obras de teatro. Era la década de 1990 cuando decidió, frente a su propio reflejo en un espejo de su casa, irse a Madrid a estudiar cine. “Decidí dar el salto a detrás de las cámaras y venirme a España. Fue como un momento también como íntimo de reflexión conmigo mismo y de meditar qué camino me iba a ser más feliz”. Vaya si lo ha logrado. Pero un pedazo de su felicidad todavía queda en esa casa. Allí aún vive su madre. Cuando vuelva a Caracas siempre tendrá un lugar a donde llegar.

Foto: Miguel Ferrari

En su casa de Madrid un espacio habitual de encuentros. Costumbre venezolana que se impone a algunos hábitos españoles adquiridos con el paso del tiempo; le gusta abrir las puertas de su hogar a quien siente cercano. Les cocina, les abraza, les extraña. Es su forma de relacionarse. Espera que después de que pase la pandemia, sea una forma de vida universal.

«Este mundo va a ser un antes y un después de todo esto. Algo que nos parecía ciencia ficción, se ha convertido en una realidad, lo que es una pandemia, y yo creo que definitivamente el mundo va a cambiar, sobre todo en las relaciones humanas. Va a ser complejo. Espero que no nos aísle, ni que se fomente la individualidad, sino que podamos apreciar más el significado de un abrazo y de un encuentro con un amigo, de un ser querido. Gracias a Dios tenemos toda esta tecnología con la que podamos comunicarnos en este momento. Esto nos ha despertado un poco y estoy seguro de que cuando salgamos de esto y podamos salir con tu gente querida, vamos a valorar más el hecho, el tiempo que vas a estar con esa persona, y vas a estar menos pendiente del teléfono”.

Además de escribir, este tiempo le ha servido a Miguel Ferrari para reafirmar lo que ya sabía: en su casa se siente seguro, cómodo, pleno. En la vida y en el arte.

Apaguen las luces, preparen el mate, enciendan la pequeña lámpara que está sobre el escritorio, y no hagan mucho ruido, pues el director está en proceso de creación.

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