La noche espesa cae sobre el valle caraqueño. Me asomo a  la ventana para respirar un poco de aire fresco, pero es lo menos que encuentro. El aire huele a la soledad parcial de una Caracas trastocada por la cuarentena y al olor de vegetación quemada por los incesantes incendios. El desagrado me hace cerrar la ventana de golpe. No me gusta lo que percibo en el ambiente. 

No encuentro lo que busco en la ventana, aún no sé lo qué es pero trato de hallarlo, esta vez, en la ducha. Un baño de agua caliente y una mascarilla facial siempre relajan, o por  lo menos así me pasa a mí.

Mi mente se libra por un momento de preocupaciones y angustias, que se escurren con el correr del agua y se diluyen en el desagüe. Paso mi mano por el cabello húmedo y los mechones quedan en mis dedos. El estrés de la cuarentena está afectando mi vida cotidiana y mi cabello está sufriendo las consecuencias.

Nada mejor que una ducha para relajarse mientras el vapor se esparce por el pequeño espacio. Tomo la toalla y me envuelvo en ella para salir del baño. El frío y el calor se entremezclan al abrir la puerta y salir de mi lugar de relajación. aunque las preocupaciones no quedaron del todo atrás. Es momento de dormir, aunque sé que la verdadera hora de sueño llegará mucho después. 

Espero que el baño caliente y el té que me tomé me ayuden a conciliar ese sueño profundo que hace tantas noches no logro obtener. Esponjo la almohada y me acuesto en mi cama, buscando la posición más cómoda. 

Cierro los ojos para simular que estoy dormida, espero que mi mente se crea esa mentira pero no lo hace, tiene muchas cosas que analizar del del pasado, cuestionar del presente e indagar sobre el futuro. Es en ese momento que me doy cuenta que mi acompañante de cada noche llegó, abro los ojos y lo consigo a mi lado dispuesto a quedarse unas cuantas horas.

Son las 12:00 am. Me resigno a otra noche en la que el sueño se fue de mi cuarto. La oscuridad de la medianoche es propicia para recordar momentos que quisiera olvidar, le doy vueltas al pasado. Las imágenes de lo que fue regresan a mi como escenas de una película vieja y revivo cada momento como si fuese ayer. Ya la posición en que me acosté resulta incómoda, parece que mirar el techo me puede ayudar a dormir, o eso quiero creer. 

Me cuestiono decisiones, acciones y palabras. ¿Por qué justo en este momento? No lo sé, los recuerdos llegan sin invitación y me hacen vulnerable. ¿Se puede dormir estando triste? parece que no. Ya no quiero pensar más, veré mis redes sociales para ver si me distraigo. “Qué buena idea”, me dice mi compañero que  incluso se siente más animado con el brillo del teléfono. 

Los memes en Facebook, fotos y videos de influencers en Instagram resultan entretenidos. El tiempo pasa, pero algo no llega: el sueño. Mis ojos comienzan a sentirse irritados y cansados, mi mente debería estar lo suficientemente exhausta como para dormir. “Claro que no, aún hay muchas cosas que conversar”, me dice mi compañero para luego recordarme la realidad que he tratado de evitar durante todo el día. Hay un virus haciendo estragos fuera de estas cuatro paredes. No sé si estoy del todo segura, me da miedo que la vida tal y como la conozco desaparezca. 

“Hay muchas preguntas que deberías hacerte”, me dice el compañero. Quisiera ignorarlo pero tiene razón. ¿Estoy haciendo lo mejor que puedo en esta cuarentena? ¿Cuánto tiempo más´puedo aguantar ver las mismas paredes durante más días? ¿Cumplí con todas mis responsabilidades de hoy? ¿Mi bolsillo puede aguantar más días de cuarentena? Debo ir al supermercado pero… nadie cumple el distanciamiento social ¿y si me contagio? Interrogantes y preocupaciones se agolpan en mi mente y para cada una de ellas tengo la misma respuesta : no sé. 

Siento un poco de calor y el sudor empieza a humedecer mi cara.  Me quito la sábana que me cubre y esta vez parece más cómodo acostarme de lado y abrazar un peluche que tengo desde que era niña. Percibo cansancio en mí y comienzan a llegar los primeros bostezos. «Falta menos», me digo. 

¿Qué hora es? 2:00 am. “Así veas la hora sabes que me quedaré un rato más”, me dice mi compañero. Me desagrada que esté ahí, cada vez que recuerdo que debo lidiar con  él todas las noches me cambia el ánimo y aparece el mal humor. Quiero que se vaya. 

“Tranquila, me iré en algún momento”, me dice imperturbable, “pero ahora te falta pensar en algo”. Es cierto, mi compañero siembra  en mí mente la semilla de la incertidumbre, y la flor de la duda crece con el pasar de los minutos.  

Recuerdo que no tengo de certeza de nada en la vida. El sentimiento de inseguridad ante un futuro incierto se apodera de mi ya exhausta mente. Surgen las interrogantes sobre si estoy haciendo lo suficiente ahora para alcanzar las metas que me plantee. Creo que no. 

Elijo pensar en el futuro cercano, pero también me resulta incierto ante un confinamiento que amenaza con extenderse. ¿Cuándo volveré a reencontrarme con mis amigos? ¿Recuperar mi rutina? o ¿cuándo saldré y podré experimentar todo lo que mi juventud me permite?. La respuesta es la misma: “no lo sé”, me digo mientras miro fijamente el techo blanco de mi cuarto, adornado con una lámpara dorada con forma de flor. 

Fantasmas del pasado, preguntas sin respuesta y un futuro incierto, abarrotan mi mente durante eternos minutos nocturnos. A veces lo que puede ser algo normal para muchas personas, como dormir, puede resultar imposible para otras.

Ya no sé qué hora es, no quiero saberlo. Los párpados se hacen cada vez más pesados y los pensamientos más borrosos. Siento que mi compañero se levanta de mi lado, ya esta por irse. “Ya es hora de irme, fue un gusto”, me dice el insomnio al tiempo que promete regresar la noche siguiente a la misma hora para hacerme compañía. 

Artículos relacionados del autor