• En El Diario conversamos en exclusiva con el escritor, periodista e intelectual español. En esta primera entrega de la entrevista, analiza la composición social frente a la crisis del Covid-19. “La fiesta ha terminado. Vamos a tener que trabajar y arrimar el hombro”, dijo.

Fernando Sánchez Dragó se ha convertido en estos días de confinamiento en una especie de Cristóbal Colón. A bordo de una carabela llamada Twitter, a sus 83 años de edad ha zarpado a navegar en Internet y hasta ahora ha descubierto un nuevo mundo que le ha dado poco más de 33.000 seguidores. Es ahora un influencer. Sin embargo, a este intelectual español —definición que bien le calza, aunque a veces reniegue de ambas condiciones— sigue siendo un tradicional, o más bien poco convencional, que no mira en la tecnología mayores beneficios. 

A pesar de que la situación actual poco le haya hecho variar su forma de vida, el cambio de paradigmas es hoy acaso la mayor premisa que se plantea en el mundo en tiempos de pandemia. Anarcocapitalista por convicción, ve en la globalización un causante del Covid-19. En una entrevista exclusiva con El Diario, dice que ahora es tiempo de la glocalización, mas no de los nacionalismos.

— Ha sido usted muy crítico de la tecnología, pero en estos días le ha venido bien para hacer nuevos proyectos. ¿Ha cambiado su percepción de la tecnología?

— No. Yo soy un neandertal, a mí me gustan las cosas hechas a mano. Ahora por supuesto utilizo el ordenador, pero no sé hacer nada con él. Lo utilizo exactamente igual que utilizaba antes la máquina de escribir. En realidad, soy un intruso en Internet. No me gusta nada la tecnología, no le veo mayores ventajas. Es verdad que he escrito un libro, pero lo habría escrito igual. Internet no cambia nada. No ha cambiado mi actitud frente a la tecnología. Yo pienso, en la medida de lo posible, seguir haciendo las cosas a mano.

Yo creo que la famosa pandemia en la que estamos inmersos es un fenómeno que tiene muchas causas. Hay muchos afluentes que desembocan en él, y uno de ellos curiosamente es la tecnología, porque el Internet es lo que ha hecho posible la globalización, y la globalización es lo que nos ha llevado a vivir el mundo disparatado en el cual un pequeño virus asoma la cabeza en la lejana China, que antes, cuando no había tecnología, habría tardado 300 años o 100 —como sucedió con la epidemia de la peste en la edad media, que llegó a Europa a través de la ruta de la seda y de otras rutas comerciales—, ahora llega en 24 horas porque hay vuelos, porque hay aviones, porque hay tecnología. No creo que la tecnología añada nada a la condición humana, la verdad. Facilita algunas cosas y otras las complica terriblemente.

Ahora resulta que cuando podamos salir, si yo me voy a un restaurante a comer, para que no toque la carta me van a dar una fórmula misteriosa en el restaurante en una aplicación con la cual aparecerá la carta en mi teléfono. Pues entonces yo no lo puedo hacer, porque no tengo aplicaciones ni sé cómo se hace eso. Ya no puedo hacer casi nada en la vida, y muchas personas como yo, ya no solo de mi generación, prácticamente las personas que tienen más de 50 años, no son diestros en el manejo de estas cosas, con lo cual se les está condenando al ostracismo. Así que no, no tengo ninguna simpatía a la tecnología.

Cuando Juan Ramón Jiménez decía “no corras, ve despacio, a donde tienes que ir es a ti mismo”, pues ahora paradójicamente también gracias al confinamiento, muchas personas habrán descubierto que además del mundo exterior, además de los otros, ese homos festivus del mundo actual, existe el mundo interior. Además de los demás, existe uno mismo y seguramente esa es una lección que muchas personas habrán aprendido ahora gracias al confinamiento.

— ¿Cree usted que después de lo que estamos viviendo, los llamados “nativos digitales” valoren más la experiencia de la realidad real?

— Bueno, cabría albergar esa esperanza, pero claro, está usted hablando con una persona muy mayor y yo creo que producto del envejecimiento, que nos conduce a lo largo de la vida, te lleva a ser un poco misántropo, te lleva a ser bastante escéptico respecto a la posibilidad de que el hombre no cometa otra vez los mismos errores. Yo tengo una cinta mecánica de estas para hacer ejercicio en casa, y el otro día uno de mis gatos se subió a la cinta cuando estaba en marcha. Menos mal que no iba muy deprisa, pero, en cualquier caso, el gato salió desprendido y se estampó contra una pared. Puede estar usted seguro de que ese gato no vuelve a poner sus patitas en una cinta ni siquiera cuando esté parada. Se dice del ser humano que es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Yo le digo que no tropieza dos veces con la misma piedra, sino que tropieza miles y miles de veces, que además estaba ya en la edad de piedra. Así que seguramente las lecciones que se hayan podido aprender en este periodo se van a olvidar muy pronto. No soy optimista. 

Foto: Borja Sánchez-Trillo

— Sin embargo, señor Dragó, la respuesta a la globalización, y en especial en los últimos años, ha sido el nacionalismo, que a su vez es caldo de cultivo para movimientos xenófobos, racistas, discriminadores. ¿No ve peligroso que la respuesta más común a la globalización esté siendo el nacionalismo?

— Evidentemente. Lo que antes se llamaba derechas e izquierdas o ateísmo; esas bipolaridades que siempre han dividido a los seres humanos en dos grandes campos, a veces en más, se manifiestan entre los globalizadores y los identitarios; los que son partidarios de mantener la tradición, de recuperar los usos y costumbres; eso que en la Roma latina se llamaba Genius loci, o eso que los franceses llaman el terroir, que es en definitiva lo que nuestros antepasados nos han transmitido a los hombres actuales. Bueno, esto está bien. Lo que pasa es que cuando eso se exacerba, se convierte, efectivamente, en esos nacionalismos y en esos males de la sociedad actual que usted está señalando.

Aristóteles inventó la dialéctica y Hegel la llevó a su punto culminante. Ya Hegel hablaba del proceso de tesis, antítesis, síntesis; en definitiva, el principio de acción y reacción que se produce en todos los órdenes de la existencia, y por supuesto también en el seno de la sociedad. Entonces, la centrifugación que pone en marcha la globalización asusta a las personas que de repente ven que el mundo se mueve debajo de sus pies; que sus usos y costumbres, que lo que han hecho toda la vida, y de lo que hicieron sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos está desapareciendo, se asustan, se encogen. Para contrarrestar ese movimiento centrífugo que es la globalización, surge un movimiento contrario, acción y reacción, dialéctica, que es lo centrípeto. Y en el caldo de cultivo de lo centrípeto, surgen también esos excesos.

Lo que hay que aplicar es el viejo principio que campeaba en el dintel del santuario iniciático en la Hélade, que decía «nada tiene exceso, todo con medida», incluso una prudente globalización, y también una prudente deslocalización. Pero nada se puede hacer en exceso. Y ahí estamos moviéndonos siempre en eso que Rubashov, en la serie de novelas de Arthur Koestler en El cero y el infinito llamaba el columpio de la historia. Lo malo que tiene el columpio de la historia es que hay que ser una persona equilibrada. Si no eres una persona equilibrada, y mucha gente no lo es, pues te caes y te rompes los morros.

— Entonces, ¿ve usted posible el fin de la globalización?

— Pues el otro día leí una entrevista con un economista provisto de enorme prestigio en el Reino Unido, llamado Jeremy Rifkin, quien sostenía que lo que va a venir después de la pandemia es la glocalización. Es decir, se va a volver un mundo más fragmentado, más municipalizado; o un mundo más multicelular. No más multiculturalista, no más pluralista, y todo eso va a trastornar por completo, a veces para bien o a veces para mal. Va a ser un cambio completo de paradigmas. Vamos a ver si eso se produce. Yo creo que esta glocalización podría ser el mecanismo que compensará un poco los efectos de la globalización. Por lo pronto, esto del homos festivus se ha acabado.

Ha habido una evolución, homo sapiens, homo sapiens sapiens, neardentales, a lo largo de la evolución biológica, y ya habíamos llegado al hombre tecnologicado. Este homo tecnologicus, este homo protesicus, lleno de prótesis, se había convertido en el nuevo festivus, todo esto que se llaman los millennials, centennials. Se creía que habíamos nacido para divertirnos, para bailar la samba, para que todo el año sea carnaval. Está bien bailar la samba de vez en cuando, pero si la bailas los 365 días del año, se convierte en un disparate. Ahora no vamos a seguir bailando la samba. La fiesta ha terminado. Vamos a tener que trabajar y arrimar el hombro. La población vivía sin trabajar a costa de la otra mitad que sí trabaja, vía chiringuitos, subvenciones; vía de eso que se ha llamado Estado del bienestar, que nos ha conducido al máximo malestar, porque esta epidemia es también fruto del Estado del bienestar. Eso ha terminado.

La fiesta ha terminado. Vamos a tener que trabajar y arrimar el hombro»

En España, por ejemplo, se dice la “España vaciada”. En el campo no trabaja ya nadie, la gente ha huido. El otro día escuchaba una noticia, un poco estremecido, y pensaba en ese verso de Neruda de los 20 poemas de amor, que le decía a una mujer «quiero hacer contigo lo que hace la primavera con los cerezos«. Pues ahora resulta que no vamos a tener cerezos, porque hay que saber hacerlo y en este caso lo hacían inmigrantes. Eso ya no lo pueden hacer porque las fronteras están cerradas, y al mismo tiempo los jovencitos españoles que se han acostumbrado a vivir todos de la sopa boba, no quieren hacer esos trabajos. Bueno, pues tendrán que volver a hacerlo porque si no moriremos todos de hambre, porque las cerezas son más necesarias que los ordenadores.

— Los momentos de crisis como este, nos llevan a pensar en la axiología. En estos tiempos, y no me refiero solo a los del Covid-19, la igualdad pareciera que atañe a los demás valores, y para algunos incluso es superior a todos. Dijo Isaiah Berlin que es inimaginable un mundo humano en el que la libertad individual y la igualdad sean totales y coexistan. Hoy más que nunca parece ser así…

— Es que esto ha sido siempre así. Hay una frase célebre de Bakunin, el anarquista ruso, pero que había sido ya formulada por otras personas a lo largo de la historia del pensamiento, que dice «mi libertad termina donde comienza la libertad del prójimo«. Entonces, la libertad tiene siempre límites. La libertad no puede ser desenfrenada porque se convierte en agresión al prójimo.

Estamos viviendo en un mundo superpoblado, esa es la raíz del problema. Yo soy bastante maltusiano. Hay una inflexible ley zoológica y de las leyes de la naturaleza, de la física, de la química, etcétera, que se cumple siempre, que habla de que una especie animal, o vegetal incluso, se reproduce por encima de lo que el hábitat consciente. En la tierra somos 7.500 millones de seres humanos, y no le digo ya 10.000 millones, 20.000 millones, 50.000 millones, esas cifras que manejan los organismos internacionales, la ONU, y con las que sueñan los grandes plutócratas y las multinacionales para hacer más negocio, sencillamente no caben en el planeta y allí nace esta promiscuidad contra natura.

El hombre es hijo de dos grandes vectores. Uno es la naturaleza; somos animales. Y el otro es lo artificial, que es lo que el hombre añade a la naturaleza; es la historia, es la cultura, es la economía, son las creencias, son las ideas. Entonces el hombre tiene que mantener el equilibrio entre la naturaleza natural, valga la redundancia, y lo artificial, en lo que se ha ido convirtiendo. Pero lo artificial se había convertido en algo que aplastaba por completo lo natural. Es probable que el virus sea un mecanismo de defensa del ecosistema. Esto es lo que sostiene la hipótesis Gaia, formulada por científicos, no por chamanes, soñadores, que dice que el ecosistema es inteligente. Y lo es. El ecosistema se defiende del agresor. Somos naturalmente parte de la naturaleza y tenemos que respetar escrupulosamente las leyes de la naturaleza.

Foto: El Progreso

— Alexis de Tocqueville dijo que la democracia hace ciudadanos independientes, pero débiles. En este caso, si se sienten así, podrían anhelar entonces la autoridad. Ahora mismo la sociedad pareciera estar más débil que nunca. Sin embargo, hay gobiernos que parecen estar confundiendo la autoridad con el autoritarismo. ¿Qué opinión tiene al respecto?

— Sobre esto he escrito. Tener autoridad es lo contrario a ser autoritario. Autoritarios son aquellos que no tienen autoridad. Quien tiene autoridad la ejerce siempre de una manera prudente, benéfica y respetuosa en relación a la libertad de las personas que están más o menos sujetas a su control, a sus enseñanzas y a su maestría. Efectivamente, —y esto que voy a decir sé que es algo que choca mucho porque choca de frente con el discurso de los dominantes—, la democracia por sufragio universal es un disparate, porque no todos los votos pesan lo mismo. Cuando nacemos no lo hacemos con derecho al voto. El voto es un derecho que se adquiere, y se adquiere con el mérito, entonces hay que defender la idea de la meritocracia frente a la democracia.

Al fin y al cabo, esta democracia indiscriminada de sufragio universal, libre y directo, se ha convertido en la religión de nuestro tiempo y sus feligreses siempre hablan de cómo se inventó la Atenas de Pericles, la Atenas de los grandes filósofos, etcétera, y se olvidan de que, en la democracia ateniense, por ejemplo, no podían votar las mujeres, por supuesto era un disparate; únicamente podían votar los ciudadanos. Y ¿quiénes eran los ciudadanos?, los que habían recibido la paideía. El bachillerato, por así decirlo, era un sistema de enseñanza férreo, rígido, durísimo. Quienes lo superaran y demostraban que eran personas inteligentes, beneficiosas, equilibradas, honradas, informadas sobre los problemas de la sociedad y de los seres humanos, y que además eran personas que iban a gobernar misericordiosamente a aquellos que por no haber superado la paideía no tenían derecho al voto, entonces así surge la democracia ateniense. No tiene nada que ver con esta democracia invertebrada, con esta democracia descuajeringada, completamente loca en la que estamos viviendo, en el que un voto de un asesino pesa exactamente igual que el de un premio Nobel. 

El voto es un derecho que se adquiere, y se adquiere con el mérito, entonces hay que defender la idea de la meritocracia frente a la democracia».

Me estoy dando cuenta que la gente lo empieza a decir. Lo dicen en voz baja, todavía no se atreven a decirlo en voz baja, pero hay una nostalgia de la autoridad, no del autoritarismo.

Vinculado con esto, tú has mencionado también —o usted ha mencionado, a mí me gusta mucho el uso del usted, el tuteo es una cosa que pusieron los comunistas y los fascistas, no lo olvidemos, para deliberar el respeto, para convertirnos a todos en iguales— la palabra igualdad. Yo diría igualitarismo. La igualdad puede estar muy bien, lo malo está en convertirla en una especie de martillo por la cual todos tenemos que ser iguales, lo seamos o no. Todos somos diferentes.

Una de las grandes catástrofes de la historia, que surge en un pequeño país en el Oriente Medio, allá por el año I de nuestra era, se llama cristianismo. No estoy hablando de religión, estoy hablando de la deriva social, política, económica del cristianismo.  Es la única doctrina filosófica que se atreve a predicar que nadie en ninguna parte del mundo, ni antes ni después, había predicado hasta que llegaron los comunistas. Ya lo dijo Toynbee, el comunismo o el socialismo es una secta del cristianismo. Una secta atea, laica, pero una secta porque practica el igualitarismo. Tenemos que crear una sociedad en la que no todo el mundo tenga que ser igual, sino que todo el mundo pueda ser respetuosamente distinto a su prójimo.

Foto: La Razón

— En Venezuela, como supongo yo que sabrá, desde hace mucho tiempo que hay autoritarismo y ahora mismo una dictadura. Pero en España esa etapa parecía superada. ¿Está volviendo el autoritarismo a España?

— Evidentemente. Estábamos acostumbrados a la idea de que los golpes de Estado los daban los generales; los espadones, como se llamaban aquí en España en el siglo XIX. Ahora resulta que no. Resulta que llegan unos bichitos, que son los virus, y dan un golpe de Estado y conducen a la sociedad al mayor estado de esclavitud de la historia universal. Nunca, en ninguna parte del mundo, y en ninguna parte de la historia, se ha llegado al extremo de esclavitud generalizada que estamos viviendo los españoles, desde luego, pero parece ser que también los venezolanos, y en muchos otros lugares del mundo. Volvemos a lo que decía antes, que el hombre no aprende, tropieza mil veces con la misma piedra. Aunque parecía superado todo eso ahora están volviendo. La extensión geográfica de la democracia liberal se va reduciendo cada vez más. Probablemente estamos entrando en otra fase de la historia universal, en otro momento de ese columpio de la historia.

Ha habido una tesis, que en estos momentos era la tesis del pensamiento dominante, que era el democrático sin los abusos que señalaba Tocqueville, al que usted ha mencionado. Pero precisamente como se han producido esos abusos, ahora se están produciendo mecanismos hacia el otro lado del columpio que posiblemente nos lleve hacia regímenes autoritarios. ¿Se podrá llegar a un momento de equilibrio entre lo uno y lo otro de tal manera que lo que tengamos sean regímenes políticos, y sabios, y escritores, y periodistas con autoridad moral? Espero que sea así, pero yo probablemente no lo voy a ver.

— ¿Cuánto tiene que ver esto con que Podemos forme parte del gobierno de España?

— Eso para mí es una catástrofe. Indescriptible. Podemos está en el gobierno de España exclusivamente por la ambición de poder del presidente del gobierno, Pedro Sánchez, que, en un determinado momento, arrinconado por la fuerza de los votos, por las circunstancias, se ha visto obligado a pactar por una parte con los nacionalistas separatistas catalanes, también vascos, y por otra parte con los podemitas. Los podemistas no son ni más ni menos que leninistas, peor no, porque es difícil ser algo peor que leninistas, pero son stalinistas…

— Chavistas…

— No lo quiero meter a usted en líos ni meterme en temas del pueblo venezolano, que ya se va a salir del atolladero como salen todos los pueblos, pero es verdad. O castristas, que es siempre lo mismo. Es sorprendente que después de los 100 millones de muertos —calculando por lo bajo—, que generó el comunismo en la Unión Soviética, después de las barbaridades que se hicieron allí y que se hicieron en China, y que se hicieron en Cuba, volvamos a tropezar con la misma piedra. Es asombroso. Pero ya Erich Fromm, —que por cierto era marxista, a su manera, pero era discípulo de Freud— escribió un libro de mucho éxito cuando apareció en los años 50, si no ando equivocado, que se llamaba El miedo a la libertad. El miedo a la libertad anida en el corazón del hombre, y eso es lo que conduce a grandes grupos humanos en un determinado momento a seguir estos movimientos que son dictatoriales, peligrosísimos.

Lo que los podemitas, Pablo Iglesias y sus correligionarios están practicando con el señor Sánchez es ni más ni menos que el abrazo del náufrago. Sánchez estaba naufragando porque no encontraba los votos necesarios para ejercer su voluntad de poder, entonces llegan los salvadores que sí van a permitir gobernar. Al final el salvador acaba hundiéndose con el náufrago. Eso se está produciendo en la alianza contra natura entre un partido que, con sus defectos, con sus peros, con sus luces y sus sombras, como el Partido Socialista, que en medio de todo era un partido razonable, se abraza a un náufrago como en realidad es el podemismo, que lo arrastra a las profundidades del mar.

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