• La directora se encuentra en Miami, donde estuvo como invitada para reforzar el programa coral de una universidad. Mientras estaba allá, fue anunciada la cuarentena. Pero no se amilana. Mantiene las actividades de la Schola Cantorum de Venezuela mientras se prepara para el reencuentro

A María Guinand la cuarentena la confinó en Miami. En enero viajó a Estados Unidos invitada por la Florida International University para fortalecer el programa coral de esa casa de estudios. Estaría hasta abril, pero estalló la alarma por una epidemia que hasta hace unos meses preocupaba a otros, bien lejos. 

Atiende la llamada. Se escucha el sonido de los pájaros alrededor. En unos minutos se oirá la taza con café sobre la mesa, y cómo remueve el azúcar con la cucharilla. En ningún momento se nota pesadumbre en la voz. Más bien es evidente, sin necesidad de ser testigo de su rostro, el ímpetu de quien sabe que si bien los planes han sido trastocados, los cambios y adaptaciones a cada programa tendrán un buen fin. 

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No solo eran los compromisos con la universidad estadounidense, sino el quehacer que no puede parar de una institución con 53 años como la Schola Cantorum de Venezuela, de la que es director artístico. 

El día que mandaron a todos a casa a trabajar online, no tenía ni idea de cómo hacerlo. Mi trabajo es de equipo y tenía alumnos de dirección coral de distintos niveles, además el coro de concierto organizaba un festival. Pero surgieron las ideas”.

Así empezaron las asignaciones. Primero, a través de WhatsApp. Después se dio cuenta de que era mejor que los coralistas y cantores se grabaran, para así evaluar el material íntegramente, sin las impertinencias de malas conexiones, como las que predominan en Venezuela.

No pueden trabajar la sinergia de un coro, el sonido o la empatía de las voces, pero aprenden o repasan frases, mejoran la dicción, la entonación, el color de la voz y la formación de las vocales. “Me di cuenta de que era muy útil enseñar uno a uno. Es mucho trabajo para el profesor, pero estimula el deseo de aprender individualmente. Los que se empeñaron en hacerlo bien, progresaron mucho. Es lo que estoy haciendo con la Schola Cantorum, porque ya terminé con la Florida International University. Una vez a la semana conversan por Zoom, WhatsApp o Facetime. Nos seguimos encontrando para hablar sobre música y la vida. Otros que no pueden por ninguna de esas vías, usan mensajes de texto o envían una grabación. Abrimos todas las vías de comunicación posibles en las circunstancias más difíciles, particularmente en Venezuela. El coro es una familia que tiene que estar en contacto”.

Con mesura, sin dudas. Si bien hay que mantener el ritmo, hay rigor. Por ejemplo, no es que a cada momento escribe por WhatsApp. Hay normas y horarios para trabajar con disciplina. “Quiero mantener los valores. Y uno de los nuestros es ser proactivo. También, ser disciplinado y solidario. Deseo que estén presentes a través de la conexión online. Para mí sería más fácil decir que nos volveremos a ver cuando podamos ensayar, pero no. Hicimos un experimento de un coro virtual, que saldrá en una semana, porque es mucho trabajo para quienes editan. Claro, eso no es lo más importante. Es una experiencia bonita para sentir que cantamos junto con gente que está en todo el mundo. Somos como 350 ó 400 personas cantando en ese grupo virtual, pero lo importante es que la gente que está en la Schola Cantorum se sienta viva y activa”.

En la página web de la institución están los pasos para enviar las grabaciones y la pistas a utilizar. En el portal, se lee: “Para nosotros, cantar es una excelente vacuna preventiva y una medicina sanadora, es una caricia directa y un abrazo profundo. Cantamos, porque sabemos que allí en la música hay vida y hay amor y hay entusiasmo y hay esperanza y hay fe”.

No hay aplicación que no pueda ser aprovechada en medio de las posibilidades de cada uno. Este año, por ejemplo, está dedicado a Ludwig van Beethoven, por lo que habían pautado interpretar la Sinfonía n.º 9, así como varios motetes del compositor alemán. Mientras llega el momento, practican la dicción alemana. Los alumnos deben hacer ejercicios en Duolingo. Cada uno tiene que enviar los puntajes logrados para así evaluar los avances. No es opcional. Hay que cumplir. 

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Claro, están quienes se adaptan mejor que otros. Hay una razón generacional, sin dudas, pero al final todos desean, dice la directora. “Quieren que yo sepa de ellos y seguir estando. Hay quienes tienen dificultades de conectividad y dependen de los datos. A ellos les digo que graben y envíen cuando puedan, pero que trabajen en función de una fecha”. 

Sabe muy bien que hay otros que apenas están empezando y necesitan andar desde los más básico. Por eso, recomienda descargar un tutorial de solfeo. Cuando regresen, no quiere excusas. Todos deben conocer el pentagrama, cómo son las escalas mayores y menores, cómo funciona el ritmo y qué son los intervalos. 

Mantener la cotidianidad, nada por los momentos a largo plazo. El coro virtual fue la oportunidad de compenetrarse con personas en distintos países que viven una circunstancia con un mismo origen: la pandemia por el Covid-19. No es momento de un gran plan, especialmente en un mundo tan cambiante  que cada día es moldeado por la epidemia. 

Hay que ir fluyendo como el agua, cada día vemos cómo va. Creo que así nos vamos a quedar un rato. Seguramente, cuando nos encontremos, no podamos estar 40 personas en un salón pequeño. A lo mejor será por grupos, coros de cámara. Eso lo hemos pensado. Entonces desde ya lo establecemos para avanzar y solo falte unificar criterios cuando nos veamos. Eso sí, a un metro de distancia”.

Un arte sublime

Ahora no solo hay tiempo de enseñar, sino de que reflexionen y miren hacia adentro. La música, en palabras de la directora, es el arte más sublime. Cuenta cómo en estos días la gente ha estado conectada a las miles de posibilidades que han ofrecido los músicos a través de las redes sociales desde los grandes teatros y directores, hasta los cantantes de música popular, los pequeños y grandes coros. “Se ha convertido en la compañía de un gran porcentaje de la humanidad en buena parte del día. La música y la lectura, la palabra”, acota la profesora, quien recomienda escuchar algunas de las sinfonías de Johannes Brahms o las suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach.

Es la oportunidad también para volver a obras musicales, quizá descubrir perspectivas y emociones no despertadas en experiencias anteriores. ¿Pero hay posibilidades de otros descubrimientos en quién ha vivido tanta música? María Guinand cree que sí, no sólo de conocer nuevos repertorios, sino profundizar en aquellos conocidos. Volver a escuchar y disfrutar con calma interpretaciones, pues a veces no hay tiempo de detallar una misma obra en versiones diferentes. Se ríe antes de afirmar: “Siento que no me alcanzan las horas del día. Estoy más ocupada que antes. Uno se concentraba en el trabajo diario. Ahora no solo es eso, sino que hay una ventana gigantesca en redes. Estás bombardeado de cosas maravillosas: exposiciones, óperas, foros, entrevistas. Eso no sucede en la cotidianidad y como ahora no nos estamos moviendo ni perdiendo tiempo en el tráfico”.

Sí, no nos estamos moviendo. Pero ella ha visto cómo se posponen actividades en otros países. Nada extraño que en su agenda haya tenido anotado desde hace meses una presentación el 14 de junio en el Palau de la Música de Barcelona, con un programa de obras de autores como Astor Piazzolla y Alberto Grau, fundador de la Schola Cantorum y esposo de la directora coral que se encuentra en Miami con ella. También tenía previsto actividades en Canadá, Brasil y Argentina. “Será después. No pasa nada”, afirma sin pesar. 

En estos tiempos de cuarentena, distintas campañas han instado a la unión, a la responsabilidad grupal para evitar la propagación de contagios, así como llamados a la solidaridad. 

Y el mundo coral es así, de trabajo mancomunado. Hace unos días, María Guinand hablaba con un colega sobre su oficio, que siempre se regenera y recompone. Así que es inevitable no pensar en las lecciones que se pueden tomar de un grupo que logra compaginarse para que seamos testigos de la sublimidad.

Siempre hay personas que quieran estar en equipos para buscar la belleza. Puede ser con la música coral, bailando, haciendo yoga, en una orquesta. Tiene que haber más sincronía y empatía entre los humanos a través de equipos que tengan un objetivo espiritual, intangible y que satisfaga. Es un logro en un equipo que es más que la suma de sus partes. Es una magia que se produce al final. Todo este trabajo de ensambles y grupos, de alguna forma tiene que potenciarse en un mundo tan individualizado”.

Registro de un legado

Para la Fundación Schola Cantorum de Venezuela, durante 53 años, ha sido importante escribir la historia de la institución. Han procurado tener un archivo de programas, reseñas de prensa, cartas, y de grabar, bien sea en video o en audio, las presentación más importantes, así como los discos que ahora también se consiguen en digital. Ahora, bajo la dirección del museólogo Javier Silva, han organizado el archivo histórico para migrar paulatinamente a las plataformas digitales. En el canal de Youtube están también activos. En estos días de cuarentena, han subido varios conciertos, uno de los más vistos es el de La pasión según San Marcos, dirigido por María Guinand en 2008. 

“Estamos programando nuestro legado”, dice, un legado que define como uno de amor y  dedicación hacia el canto coral en Venezuela, América Latina y el mundo. “En él, hay aspectos muy importantes como la enseñanza. El maestro de coro es alguien que tiene que animar. Luego, está la formación de una gran familia, hacer de nuestros coralistas no solo cantores, sino personas que se quieran y acompañen a lo largo de la vida en la medida de lo posible. También hacer del repertorio coral y latinoamericano una herramienta de trabajo y disfrute para muchas audiencias. Alberto Grau ha compuesto  una obra coral que es una escuela de amor a la música. También el legado es ser un faro que atravesar las vicisitudes, ha decidido mantenerse encendido, y no se apagará”, asevera María Guinand, quien el año pasado recibió el Premio a la Trayectoria que otorga la Federación Internacional de Música Coral, de la que también fue nombrada miembro honorario.

El regreso a los escenarios

Planes, habían previsto varios. No solo la Sinfonía n.º 9 de Beethoven, sino también sus motetes, así como Jesu, meine Freude de Johann Sebastian Bach, y un programa de obras latinoamericanas. En estos momentos, hay que evaluar cómo será ese regreso a los escenarios. 

“No creo que será como el final de una guerra. No lo veo así. Creo que será paulatino, de forma sensata. A lo mejor no podrás reunir a 8.000 personas en la Concha Acústica de Bello Monte codo a codo, como se hizo con la presentación de Carmina Burana antes de la pandemia, en la que estuvimos nosotros. Eso no quiere decir que no regreses. Yo no quiero ser estruendosa al pensar en cómo será. Así como un día nos apagaron la luz. Bueno, acá no se va a prender de repente y todo el mundo a la calle. No es así. No podemos pensarlo de la misma manera”. 

No lo imagina con ostentación en puesta en escena y gran parafernalia, pero sí quiere dejar claro: “Dar una palabra de esperanza y de fe. Sí nos volveremos a encontrar y abrazar. Cantaremos nuevamente juntos. Sí vamos a seguir cantando y compartiendo nuestra voces codo a codo. Pero lo haremos cuando se pueda. Todo pasa. Nada es eterno, tanto lo bueno como lo malo. (Sonríe). Con esto, es importante saber que cuando tenemos momentos buenos hay que aprovecharlos y disfrutarlos”.

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