En mi vida me he encontrado con muchos vendedores de libros y con pocos libreros. Mi experiencia con los vendedores de libros ha sido muy contradictoria: muchas veces he conseguido joyas de la literatura a muy buen precio, pero en ocasiones me han querido vender un libro por su tamaño y no por su contenido. La relación termina ahí: comprar-vender un libro.

En cambio,  el vínculo con un librero se crea desde un primer encuentro. La prudencia y el tacto para abordar al lector y estudiar el panorama intelectual es única y a la vez distinta, que varía con la personalidad de cada librero. 

Tal vez sea uno de los pocos que  piensa de esta forma, pero tiendo a sobrestimar el aporte de este gran oficio, por eso, últimamente he fantaseado imaginando cómo sería mi país si tuviera a un librero como presidente de la República.   

Con su oficio tendría la capacidad de entender la heterogeneidad de pensamientos que coexisten en un país, a pesar de no estar de acuerdo con muchas de esas ideas.  Como al momento de recomendar libros, legislaría de acuerdo con los requerimientos de cada quien, recomendaría las acciones a tomar y nunca las impondría. No pediría lealtad a una sola ideología ni mucho menos catalogaría a alguien de traidor si llegase a adoptar la contraparte de alguna tesis filosófica.

Las leyes serían hechas por escritores que con una admirable redacción no dejarían cabos sueltos a interpretaciones codiciosas. El gabinete Ejecutivo estaría compuesto por lectores que interpretarían el pasado y el presente, llegarían a conclusiones y las cotejarían hasta llegar a un consenso. No se obligaría a leer en las escuelas, se enamoraría a los niños con palabras y se dejaría al libre albedrío ese descubrimiento íntimo del lenguaje. 

Foto: @CaracasEscribe

Las cadenas de radio y televisión se convertirían en ensayos filosóficos donde nunca aparecería el presidente.  En las plazas del país se construirían estatuas de Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra, Eugenio Montejo, Hanni Ossott, José Ignacio Cabrujas, Ramón Díaz Sánchez, Manuel Díaz Rodríguez, Salvador Garmendia, José Rafael Pocaterra… 

Con la economía no se especularía, estoy seguro de que el presidente librero designaría a los “autores” más capaces para dirigirla y no se metería en aguas desconocidas.

Ahora imaginemos que mientras ese librero está en el poder Ejecutivo los dictadores se encargan de las librerías. Que cuando usted vaya a comprar un libro lo atienda ese “temible hombre” que hace valer su voluntad a placer y que no escucha sino sus intereses personales. Imagine que en las estanterías de su librería favorita solo hay ejemplares del mismo autor, que le prohiban visitar otra librería distinta, que lo obliguen a repetir en planas las palabras exactas en el texto, omitiendo cualquier tipo de opinión o pensamiento propio sobre ese tema.

Se aceptaría una sola interpretación del libro, los lectores deletrearían las palabras sin entenderlas, los diccionarios estarían prohibidos, a las letras se le rendiría culto individualmente y no por lo que en realidad pueden crear, se racionarían las palabras para obligarlos a ir todos los días. De vez en cuando regalarían una que otra oración para hacerlos sentir a gusto, responzabilizarían a otras librerías de su escasez de letras y no  se distinguiría entre un bar y una librería.

¡Suficiente!

Ya me cansé de hablar tanto gamelote, que si un librero presidente, que si un dictador librero… si estás leyendo tal vez pienses que perdiste tu tiempo ante tanto rodeo y nada concreto. Pero no, la próxima vez seré más formal y están invitados a leer algunas recomendaciones literarias de libreros caraqueños.   

Volvamos a lo nuestro, ¿se imaginan lo siguiente?: que ese ese librero presidente del que les hablé en un principio se convierta en un dictador de las letras. 

Paremos aquí.

Foto: @CaracasEscribe
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