• Los politólogos brasileños Valdir Pucci y André Borges explicaron para El Diario la gestión del presidente de Brasil. En medio de la crisis del Covid-19, que ya ubica al país como el tercero con más contagios, la administración del ultraderechista se enfrenta a los cambios en el gabinete por diferencias con el mandatario. Foto principal: AFP

El domingo 17 de mayo, Jair Bolsonaro salió a saludar a cientos de manifestantes en las afueras del Palacio presidencial de Planalto, en Brasilia. “¡Cloroquina! ¡Cloroquina!”, y “¡Queremos trabajar!” gritaban los asistentes, quienes se agolparon para apoyar al presidente. Sin respetar el distanciamiento social, pero con tapabocas, Bolsonaro aprovechó para fotografiarse con al menos tres niños. Lo acompañaban 11 de sus 22 ministros; un gabinete repleto de militares. Horas antes, el oncólogo Nelson Teich había renunciado al Ministerio de Salud por diferencias con el presidente, solo 28 días después de haber asumido el cargo. Es el segundo en renunciar al puesto, y el tercero que abandona el gobierno desde que empezó la pandemia.

La imagen, aunque alucinante por ser Brasil el tercer país del mundo con más contagios de Covid-19 (más de 240.000 hasta el domingo y casi 272.000 al 20 de mayo), es la representación más clara de la estrategia de Bolsonaro para hacer frente a esta crisis. 

En conversación con El Diario, los politólogos brasileños Valdir Pucci y André Borges analizaron la gestión del presidente, marcada por la improvisación, acusaciones en su contra, cambios en el gabinete, y un predominio militar que preocupa a los analistas.

Caso omiso a los expertos

Desde el comienzo de la pandemia en Brasil, el presidente Bolsonaro se ha enfrentado con la comunidad científica de su país, inclusive a los más expertos dentro de su gabinete. Desoyendo las recomendaciones de sus ministros de Salud que alertaban de la gravedad del asunto, el mandatario ha intentado imponer su propia “cura” para el Covid-19: la cloroquina, una sustancia contra la malaria que aumenta el riesgo de sufrir peligrosas arritmias cardiacas.

Además, Bolsonaro también se opuso desde un principio a la cuarentena social, con la excusa de mantener la economía. Por todos estos desacuerdos, el 16 de abril decidió destituir a su ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta. Su reemplazo, el oncólogo Nelson Teich, renunció 28 días después de asumir el cargo. Ambos se negaron a firmar un protocolo para que los médicos receten a enfermos de Covid-19, desde el inicio del tratamiento, cloroquina.

Ahora la cartera de sanidad la ocupa el general Eduardo Pazuello, hombre de confianza del presidente sin experiencia en la medicina y recientemente a cargo de la inmigración venezolana en el fronterizo estado de Roraima. Su primera decisión fue nombrar nueve militares para cargos de asesoría, coordinación y directores de la cartera, mientras que la ciudad de San Pablo, en el umbral del colapso hospitalario, decidió anticipar feriados a partir de mañana para facilitar el aislamiento social.

“Para él (Bolsonaro), si la cloroquina se aplica indiscriminadamente, el país podría volver a la normalidad y por esta razón dos ministros de salud cayeron en menos de un mes. No aceptaron esta posición del presidente y esta visión solo se centró en la reelección. Esto también ha mostrado un perfil centralizador del presidente, quien cuando no encuentra apoyo en sus asistentes en lo que cree que es correcto, ya sea que tenga razón o no, basado en la ciencia o no, tiende a ‘freír’ al ministro, es decir, a forzar su salida o él mismo lo despide. No digo que el ministro o asistente estará condenado al fracaso, pero ciertamente no encontrará apoyo en la presidencia”, comentó Pucci.

En una reciente entrevista con Folha de Sao Paulo, el ex ministro Mandetta aseguró que la intención de Bolsonaro con su apuesta por la cloroquina es que las personas piensen que pueden volver al trabajo porque ya existe un remedio. De hecho, en un video que se hizo viral en las redes sociales, se observa al presidente acercarse a un grupo de seguidores, quienes exclaman “cloroquina, yo sé que tú me curas en nombre de Jesús”.

«Es algo para tranquilizar, para recuperar la normalidad sin tanto peso en la conciencia. Si tuviera lógica de asistencia, la idea habría partido de las sociedades especializadas. Por eso no hay nadie serio que defienda una medicina como panacea», dijo Mandetta, y agregó que el presidente “claramente consideraba que la crisis económica proveniente de la de salud era inaceptable por más que lo alertáramos de que era una enfermedad muy seria y que el número de casos podría sorprender».

Plantear esa dicotomía entre salud y economía, opina Pucci, obedece a la preocupación de Bolsonaro por su reelección. “Sabe que, si la crisis económica se extiende hasta allá, tendrá dificultades. Él cree que mantener el aislamiento social solo agravará la crisis económica y no ve el aislamiento como algo efectivo. Por esta razón, insiste en la cloroquina como respuesta a este dilema”, dijo el politólogo.

En las declaraciones, el ex ministro Mandetta también dijo que su cartera comenzó a alertar sobre la gravedad del coronavirus en enero y, pese a que en la época el asunto no generaba tanto interés, el ministerio emitía boletines diarios. En este aspecto, aseguró que además del presidente, también alertó a los gobernadores, quienes a pesar de que comenzaron a adoptar medidas de distanciamiento social recién 60 días después de que el ministerio abordara esa necesidad, hoy son el mayor contrapeso a Bolsonaro en su afán de eliminar el confinamiento. En Brasil, por ser un sistema federal, las gobernaciones gozan de mayor autonomía.

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Jair Bolsonaro y Nelson Teich. Foto: Marceloa Casal Jr / Agencia Brasil

Militares al poder: ¿democracia en peligro?

La sustitución de Teich por el general Pazuello a cargo del ministerio de Salud abrió nuevamente el debate de la militarización del gobierno brasileño. Con este, ya son 10 de 22 ministros que fueron o son uniformados. Desde 1985, año en el que terminó la dictadura militar, en Brasil los militares no estaban tan involucrados en un gobierno.

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El gobierno brasileño está pasando por un proceso de militarización, es decir, una gran parte de los puestos clave están siendo ocupados por los militares. Vale la pena recordar que después de 30 años lejos de la política, con el proceso de reapertura democrática, los militares ganaron la confianza de la sociedad y, en un gobierno que está comenzando a perder el apoyo público, es muy importante mantener este capital”, aseguró Pucci.

Sin embargo, el politólogo considera que esta militarización viene desde el año 2019, cuando el presidente puso a militares en los cargos de mayor confianza. El ex militar Walter Braga Netto, de 63 años, asumió el ministerio de la Casa Civil, uno de los más importantes por su tarea de coordinar las acciones del gobierno. El general Luiz Eduardo Ramos, de 63 años, es el ministro de la Secretaría de Gobierno, quien se encarga de gestionar las relaciones políticas con la Cámara de Diputados y el Senado. Y Augusto Heleno, de 72 años, está al frente del ministerio de Seguridad Institucional.

A pesar de la alta presencia militar, Pucci cree que los militares no están interesados en emprender una aventura antidemocrática con el presidente Bolsonaro: “Los 24 años que pasaron el frente de la política nacional durante el régimen militar les enseñaron mucho y se dieron cuenta de que el tiempo no es para aventuras. Ahora, atención, esto no significa que los militares, en su mayor parte, no apoyen a Bolsonaro, lo hacen y es un segmento social muy importante para el presidente, lo que estoy diciendo es que no hay interés en este momento atacar la democracia. Enfatizando que hay, por supuesto, excepciones que abogan por un golpe militar, pero estas son una minoría en las filas de la institución militar”, dijo.

Desde hace meses, la idea de un acción militar resuena como un rumor. De hecho, el domingo 17 de mayo seis ex ministros de Defensa de Brasil divulgaron un mensaje en contra de un posible golpe de Estado. “Cualquier petición o estímulo a las instituciones armadas por una quiebra de la legalidad democrática –originados de grupos desorientados– merecen la más vehemente condena”, dijeron.

El actual ministro de Defensa, Fernando Azevedo e Silva, también ha salido al paso para recalcar la independencia de las Fuerzas Armadas ante las presiones de Bolsonaro. En un comunicado emitido a principios de mayo, Azevedo afirmó que «la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea son organismos del Estado que consideran la independencia y armonía entre los poderes imprescindible para el país”. Horas antes, Bolsonaro –saltando la cuarentena– había liderado otra manifestación a favor de la clausura del Congreso y el Tribunal Supremo, en la que dijo a sus seguidores “las Fuerzas Armadas están de nuestro lado”.

Por ello, el politólogo André Borges considera que Bolsonaro es una amenaza para la democracia brasileña, y asegura que, pese a que es poco probable que suceda por la baja popularidad del mandatario y gracias al sistema federal de Brasil y a la fragmentación de partidos políticos, al mandatario le gustaría ser como un Fujimori, en referencia al ex dictador peruano.

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Yo no tengo dudas de que Bolsonaro es un riesgo para la democracia brasileña. A mí me parece que al presidente le gustaría redimir a un Fujimori, hacer como un autogolpe, y gobernar como un dictador. Pero también me parece que eso es difícil de que pase en Brasil, porque Bolsonaro no es un político tan popular como Fujimori, o como Chávez, u otros líderes de América Latina. En realidad, para 7 de cada 10 brasileños es un gobierno pésimo. No es un buen gobierno”, dijo el también coordinador del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia.

En opinión de Borges, la militarización del gobierno brasileño obedece a que Bolsonaro decidió gobernar sin partidos, por lo que no tiene hombres de confianza y debe recurrir al ámbito castrense. Explica que esto, a su vez, es visto por algunos sectores de las Fuerzas Armadas como una oportunidad “para que los militares consigan recuperar el prestigio, la importancia que tuvieron en el pasado”. Para reforzar el apoyo militar, Borges dice que Bolsonaro ha aumentado sueldos y presupuestos en gastos para la defensa. Casi similar, dice, a lo que en su momento hizo Chávez en Venezuela, por lo que considera que el actual mandatario brasileño tiene puntos en común con el fallecido presidente venezolano.

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Foto: EFE

“Hay algunas similitudes entre el bolsonarismo y el chavismo. Bolsonaro es un político de derecha, no es socialista, pero Bolsonaro es un populista autoritario y que quiere gobernar sin partidos, sin contrapunto a su poder. Y también en la relación con las Fuerzas Armadas, porque Chávez, al igual que Bolsonaro, hizo una alianza con los militares. Muchos de los ministros de Chávez eran militares, y yo no tengo ninguna duda que Chávez no se hubiera mantenido en el poder si no tuviera el apoyo de las Fuerzas Armadas, y creo que con Bolsonaro pasa por algo que es muy parecido”, agregó Borges.

La sombra del impeachment

Además de la crisis ocasionada por el manejo de la pandemia, Bolsonaro tiene otros frentes abiertos que amenazan con poner fin a su presidencia, aunque los politólogos difieren sobre las posibilidades de este procedimiento. Sergio Moro, el reconocido abogado que lideró la investigación del Lava Jato y quien llevó a la cárcel al ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ex ministro de Justicia y uno de los hombres insignes de su Administración en los primeros meses de gobierno, ahora impulsa una investigación que complica al presidente y a sus hijos. Algunos partidos opositores ya estudian iniciar un juicio político que lleve a la destitución del presidente, tal como sucedió con Dilma Rouseff en el año 2016.

Moro renunció el 24 de abril después de que Bolsonaro destituyera al entonces director general de la Policía Federal, Mauricio Valeixo y falsificó su firma digital para poder retirar al uniformado del cargo.

Según el ex juez, “el cambio al frente de la policía federal sin ningún motivo real es una injerencia política que me resta credibilidad a mí y al gobierno”, expresó el ex ministro y añadió que Bolsonaro le dijo que “quería tener una persona con la que tuviera contacto personal, con la que pudiera recoger informaciones” o “informes de inteligencia”, y presentó ante la justicia unos videos de una reunión de gabinete en la que presuntamente se escuchan las peticiones del presidente.

Para Pucci, la salida de Moro fue más perjudicial para el presidente que para el propio ex juez. Al momento de su salida del gobierno, la gestión de Moro era aprobada por el 60% de los brasileños, frente al 30% de apoyo a Bolsonaro.

“El ex ministro Moro es un nombre muy fuerte en la sociedad brasileña y es la figura más identificada con la lucha contra la corrupción. Su salida del Ministerio estuvo asociada con su incompatibilidad, en muchos aspectos, con el presidente, que tiene el perfil de no tolerar al adversario”, comentó el politólogo.

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Sergio Moro, ex ministro de Justicia

Además, el domingo 17 de mayo, la Policía Federal brasileña abrió una investigación contra Flavio, uno de los hijos del presidente. En una entrevista publicada este lunes por el diario Folha de Sao Paulo el empresario Paulo Marinho, un importante aliado de Bolsonaro durante la campaña electoral de 2018, aseguró que el propio Flavio le relató que un comisario de la Policía Federal lo alertó sobre una investigación que terminaría salpicándolo, lo que le dio tiempo a reaccionar antes de que la información perjudicara su campaña electoral y la de su padre.

“Me parece que las acusaciones sí tienen sustento”, comentó el politólogo Borges, y aseguró que “son muy graves” estas denuncias de interferencia. Y, a pesar de que el propio Lula Da Silva ha dicho que su formación, el Partido de los Trabajadores (PT), no puede iniciar el impeachment para no dar la sensación de que es un movimiento político en medio de la pandemia, Borges considera que “no es imposible” que se lleve a cabo el juicio político que lleve a la destitución de Bolsonaro.

“La oposición de izquierda no tiene fuerza para hacer un impeachment, pero si los partidos de izquierda se juntan con algunos partidos de centro y derecha que son más independientes, sí es posible. No me parece una cosa imposible. Ahora, también lo que pasa es que Bolsonaro está intentando construir una mayoría en el congreso, negociando con los partidos algunas bases ministeriales, para tener apoyo de unos 200 o 250 diputados, porque así podría evitarlo. Pero nadie sabe si esas negociaciones serán bien sucedidas. En los partidos hay una desconfianza con respecto al presidente, porque él se eligió con un discurso muy en contra del presidencialismo de coalición, de negociaciones, que para muchos de sus apoyadores en realidad ellos son la corrupción”, explicó el también coordinador del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia.

Agregó que el presidente Bolsonaro ha perdido el apoyo de una parte significativa de la élite empresarial, así como de personas con estudios, de clase media y alta. Según Borges, debido a que están decepcionados con Bolsonaro porque no cumplió con sus promesas de campaña.

Sobre el impeachment, Pucci coincide con Borges en que no hay fuerza opositora en este momento por lo que no visualiza el proceso en el corto o mediano plazo. Además, considera que, si bien hay indicios de crímenes de responsabilidad política en el presidente, estos aún no han encontrado suficiente eco en la población y que la oposición aún está muy dividida luego de la derrota electoral de 2018, por lo que no encuentra un discurso que pueda presentar a todos los segmentos sociales.

“El presidente solo tiene una salida en este momento: mantener su posición. Era tan irreducible y reacio al diálogo antes de esta crisis que ya no hay vuelta atrás. Solo puede endurecer el discurso y atacar a sus críticos. El problema es que esta alternativa no traerá ganancias políticas al presidente y tendrá que negociar apoyo en el Congreso Nacional para la realización de sus políticas, lo que lo llevará a practicar la llamada ‘vieja política’ tan criticada por él. La tendencia es el debilitamiento político del presidente, pero como se dijo, sin la perspectiva, hoy, de un proceso de destitución a corto o mediano plazo”, dijo Pucci.

El paso a paso del Impeachment

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De acuerdo con la ley brasileña, cualquier ciudadano puede presentar una petición de impeachment o de juicio político contra un presidente de la república, responsabilizándolo de un delito común o de un así llamado “delito de responsabilidad”. Una vez que el presidente de la Cámara de Diputados acepta un pedido de esa naturaleza, se da inicio al proceso de destitución.

El próximo paso consiste en la creación de una comisión especial de la Cámara para analizar la denuncia, compuesta por 65 diputados titulares e igual número de suplentes, que representan a todos los partidos en forma proporcional a las respectivas bancadas.

Tras recibir la notificación de la Cámara, el presidente tiene un plazo de 10 sesiones plenarias –con presencia de un mínimo de 51 diputados cada una– para presentar una defensa por escrito.

Cumplido el plazo, independientemente de que haya recibido o no una defensa escrita del presidente, la comisión especial tiene cinco sesiones más para decir si recomienda o no la continuación del proceso de destitución.

La comisión envía su pronunciamiento a la Cámara de Diputados para que lo sometan a votación. Esta debe llevarse a cabo en el lapso de 48 horas y es nominal.

El proceso de impeachment solo seguirá adelante si cuenta con la aprobación de por lo menos dos tercios de la Cámara (342 del total de 512 diputados).

Si el proceso continúa, el presidente tendrá 20 días más para responder a las acusaciones y presentar una nueva defensa. Cumplido el plazo, la comisión especial pasa a recoger testimonios. Luego, la comisión tiene diez días para pronunciarse sobre la procedencia o no de las denuncias.

El pronunciamiento es sometido otra vez a votación en la Cámara de Diputados. Nuevamente se requiere el apoyo de dos tercios para que el proceso siga adelante.

Está en manos del Senado aprobar o rechazar luego la decisión de los diputados. En esta votación se requiere una mayoría simple para que el juicio de destitución propiamente tal sea instaurado.

Si el Senado refrenda la decisión de la Cámara, el presidente queda alejado temporalmente de sus funciones, por hasta 180 días, y asume el cargo el vicepresidente.

Finalmente se llevaría a cabo una nueva votación en el Senado, en la que se requeriría un apoyo de dos tercios para que el impeachment sea aprobado y, en tal caso, perdería definitivamente su mandato y sería inelegible por ocho años. Asumiría el cargo el vicepresidente.

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Apoyo reducido, pero fuerte

A pesar de todo este contexto, la base electoral de Bolsonaro es sólida y suele manifestarse en las calles en apoyo al presidente y en rechazo a la medida de cuarentena obligatoria. Para este grupo, opina Pucci, “existe una creencia ciega de que el presidente siempre tiene la razón y debe ser seguido, independientemente de todos los indicadores opuestos y la opinión de que el aislamiento es esencial para combatir Covid-19”. Son, dice, lo que los analistas llaman “bolsonaristas de raíz”, y representan el 15% de la población.

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Foto: AP

Según Borges, una explicación de este apoyo, es que es que buena parte de la población brasileña se identifica con los valores de un presidente conservador y de derecha, que desde hace mucho tiempo no gobernaba el país. Además, coincide con Pucci en marcar que buena parte del electorado de Bolsonaro no son debido a sus cualidades como político, sino que fue visto como el hombre capaz de sacar al PT del poder, y acabar con la corrupción ligada a este partido de ideología socialista.

“Bolsonaro prometió luchar contra la corrupción, que eso es una cosa que pasa en toda América Latina. El discurso populista, contra los políticos, contra los partidos, es una cosa que también pasó en Venezuela con Chávez, o en Perú con Fujimori. Son liderazgos populistas que se benefician del rechazo de la población a los partidos y la política, y eso pasó en Brasil”, dijo Borges.

Sin futuro certero, pero con un panorama desalentador, el ADN Bolsonaro amenaza a Brasil al mismo tiempo que la pandemia. 

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