• Los ciudadanos agotan todas las posibilidades para lograr llegar hasta una estación de servicio donde solo surten 20 litros de combustible

Era la sexta vez que intentaba surtir gasolina. Salir de madrugada, anotarse en listas, números inútiles en el parabrisas, dormir en el carro; así han transcurrido los días y el resultado es el mismo: el tanque de combustible vacío.  

Mi preocupación aumenta cada vez que acelero el carro, la poca gasolina que hay en el tanque es para ir a la bomba y soy consciente de que no tendré suficiente combustible para regresar a casa. Durante la cola de autos la aguja fue bajando hasta llegar a la reserva. 

Era medianoche y la avenida Sucre estaba desierta. Había una alcabala de la PNB y una oficial —pestañas postizas, cabello largo planchado— estaba recostada de la patrulla. «¿Disculpe, podemos hacer la cola de una vez?», «¿disculpe, podemos hacer la cola de una vez?», «¿disculpe, podemos hacer la cola de una vez?». Tres veces la misma interrogante para que la oficial dejara de limarse las uñas y respondiera: «¿Para qué me preguntas, si igual harás lo que te dé la gana?”. Bajó la mirada y siguió acicalándose las manos.    

Luego de “su eficiente respuesta”, recorrí las transversales de la avenida, ya había carros al acecho, esperando a que se fuera la alcabala para internarse en la cola. 

La patrulla iba y venía. Cuando la Policía desaparecía de la zona, se iniciaba una carrera a toda velocidad por la avenida. Había vehículos de todos los tamaños que eran empujados, muchos de ellos con el capó abierto. En cinco minutos ya todos estaban formados.

“¡Todas las noches en este peo!, estamos cansados de esto. Es la cuarta vez que hacemos la cola, pero ya verás que en un rato nos quitan”. El tipo que se quejaba en voz alta tuvo razón. Minutos más tarde llegaron comandos de la PNB en camionetas y motos. Mientras tocaban sin cesar sus cornetas, amenazaban con quitar los papeles de propiedad de los vehículos de las personas que no se retiraran del lugar.

Esta situación, gato-ratón, se repitió varias veces durante la noche, pero la gente sabía que si la cola se mantenía, había que estar allí para lograr una cómoda posición y así poder llenar parte del tanque de gasolina.

Las horas pasaban y cada vez había menos gasolina en el tanque. 

A las 3:30 am un concierto de motores hizo pensar que había valido la pena haber permanecido allí, pero no fue así.  Los oficiales nos mandaron a hacer la cola al final de la avenida. “Pa’ tras, mano, pa’ tras, dale pal’ fondo”, gritaban los policías. 

A los 300 carros los mandaron muy atrás para organizar la cola de manera “efectiva” y la avenida se convirtió  —otra vez—  en una pista de carreras, pues los vehículos iban a toda velocidad para tratar de llegar de primeros. Había frenazos, carros que se golpeaban e insultos. En este punto, el cansancio y la frustración ya eran evidentes.

Ahora, a casi un kilómetro de la bomba, los carros colapsaban la avenida. Entre regaños y amenazas, se empezó a ordenar la fila y se les asignó un número a cada vehículo. 

114 ¿un buen número? Tal vez. Al menos era menos que la mitad de los carros que se encontraban en el lugar. 

Entre quejas, maldiciones y mentadas de madre: amaneció.

Catia despertó y mostró sus calles llenas de vendedores y compradores, tapabocas y guantes, niños y abuelos. A las 9:00 am pasaron verificando la cola y anunciando con un megáfono: «Solo entregamos 100 números y llenamos 20 litros. Todos los demás tienen que desalojar, esto es una ruta presidencial».

Desconcertados y frustrados, quienes no tenían posibilidad de colocar gasolina se retiraron. En este momento me fui a casa, usando los gases que quedaban en el tanque, el fiel vehículo aguantó hasta llegar a su estacionamiento.

Nuevamente en casa, con el tanque de gasolina vacío.

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