• El confinamiento por la pandemia de Covid-19 ha cambiado la rutina de miles de niños venezolanos que a diario cruzaban la frontera con Colombia para asistir a sus aulas de clase. Ahora, deben adaptarse a la realidad de recibir educación online en uno de los países con la peor velocidad de Internet del mundo. Foto principal de El Periódico / José Luis Roca

De acuerdo con un registro de la Secretaría de Educación Departamental de Norte de Santander, la matrícula de estudiantes provenientes de Venezuela ha ido en aumento en los últimos tres años, especialmente en Cúcuta.

Cúcuta y Villa del Rosario acumulan la mayor cantidad de estudiantes en sus aulas de clase. Solo en la capital nortesantandereana se albergan unos 9.000, lo que representa 7,3% de la matrícula total de alumnos, mientras que Villa del Rosario alberga a unos 3.629 niños venezolanos. 

En cifras. 20.106 alumnos venezolanos estudian en los 40 municipios del Norte de Santander.

Estos niños estaban acostumbrados a su rutina diaria. Cruzar el puente internacional Simón Bolívar, por el lado de San Antonio, o el puente internacional Francisco de Paula Santander, por Ureña, era parte de su día a día. 

Esa cotidianidad se vio truncada por la pandemia. El presidente de Colombia, Iván Duque, anunció la suspensión de las clases presenciales en todos los niveles educativos desde el lunes 16 de marzo, por la propagación del coronavirus de Wuhan en ese país.

Desde ese momento, todo cambió para los miles de niños venezolanos que viven en frontera y estudian en Colombia. Debían adaptarse a una modalidad a la cual no estaban acostumbrados: la educación virtual.

Virtualidad y Venezuela parecen dos palabras casi imposibles de divisar en una misma oración. Sí, Venezuela, es el país que ocupa el puesto 175 en velocidad de Internet con 3,67 Mbps, superando únicamente a Turkmenistán, un país de Asia central que se ubica en el último lugar, según un estudio del portal Speedtest Global Index.

“La mayoría de niños no tienen cómo conectarse”, cuenta Heiddy Ramírez durante una entrevista exclusiva para El Diario. Heiddy es madre de dos niños: Sebastián David (de 9 años de edad) y Samantha (de 10 años de edad), quienes cursan cuarto y quinto grado, respectivamente.

Sebastián David | Foto cortesía

Samantha y Sebastián estudian, desde hace tres años, en el Colegio Club de Leones, ubicado en el barrio El Escobal, aledaño al puente Francisco de Paula Santander. Allí, 95% de los estudiantes son niños venezolanos que viven en Ureña, Tienditas y Palotal.

Desde hace poco más de dos meses se suspendieron las clases presenciales y ahora estudian bajo modalidad online. “El niño ve clases de lunes a jueves dos horas diarias, la profesora explica Matemática y Lengua y complementa con guías”, comentó Heiddy. 

“La niña no tiene clases online, le envían guías. Esas guías normalmente las trabajan en el colegio con los profesores, pero ahora por la pandemia se las envían en PDF y uno las trabaja con ellos y las envía por correo”, agregó.

Pese a la situación, los docentes buscan la manera de mantener la interacción con los estudiantes y aclararles las dudas que puedan tener. Heiddy comentó que su hija no tiene clases a diario y por ende le va preguntando por WhatsApp al profesor sobre cualquier duda y este le va respondiendo. 

Las aplicaciones de mensajería instantánea se han convertido en el mejor aliado de profesores y alumnos desde la suspensión de clases presenciales. “Cuando el niño tiene clases también puede preguntar por WhatsApp”, explicó Heiddy.

Limitaciones a la vista 

Pero no siempre las clases transcurren como deberían. Hay factores externos que interfieren y que no permiten que los niños puedan ver su lección completa o entregar sus trabajos escolares sin interrupciones. 

No todos los estudiantes cuentan con computadores o Internet en sus hogares y adquirir un equipo, en medio de la crisis económica y la hiperinflación que atraviesa el país, no está ni siquiera contemplado para ellos. Desde cualquier enfoque, se presentan obstáculos en su proceso educativo. 

La mayoría de los niños no tiene computador, se conectan por teléfono, pero se desconectan porque el teléfono se les recalienta, se les descarga. Normalmente terminan la clase cinco o seis niños que tienen la facilidad del computador”, enfatizó.

Aunque tener o no un computador no es el único problema. La calidad de la conexión a Internet también se interpone entre alumnos y docentes para recibir las explicaciones diarias. 

“La mayoría de los niños no tiene cómo conectarse, por lo menos en el salón del niño son 30 alumnos y solo 13 o 14 dependiendo del día, si tienen luz, si tienen buena conexión, se pueden conectar”, expresó preocupada. 

Samantha | Foto cortesía

Es decir, aproximadamente la mitad de los estudiantes no tienen la posibilidad de conectarse para recibir sus clases virtuales y sus padres deben hacer malabares para lograr acceder a las actividades, guías y material de apoyo que les envían a sus hijos para estudiar. 

“El resto solamente accede a las actividades vía WhatsApp que la profesora las envía. Envía videos de YouTube, explicaciones por ahí, todo lo envía vía WhatsApp”, dijo. “Hay mamás que viven cerca y se colaboran así pasándose las tareas para que los niños puedan estudiar”, agregó. 

En el caso de Sebastián, el hijo menor de Heiddy, ve clases por Zoom y Meet, dos softwares de videollamadas y reuniones virtuales a los cuales puede acceder sin problemas de conexión, pues en casa cuenta con señal colombiana para conectarse. 

“Por ejemplo nosotros aquí tenemos señal colombiana y cuando llega la luz, llega el Internet de una”, dijo Heiddy. “Y hace como tres semanas ya no falla tanto la luz, hay muchos apagones durante día pero en el sector donde vivo no se va tanto la luz, en cambio en otros sectores sí se va de siete a ocho horas diarias”, agregó.

Pese a que los cortes de energía eléctrica han disminuido en las últimas semanas, al principio era uno de los mayores problemas para Heiddy y sus hijos. No tenían la posibilidad de conectarse a tiempo o entregar los trabajos en el período establecido, porque la electricidad no se los permitía.

Los profesores tuvieron que hacer un consejo entre ellos para poder ver si les colocaban las clases online, porque la mayoría de niños que estudian en ese colegio son de Ureña y como saben las condiciones de luz y que no hay buen Internet, no querían habilitar la posibilidad de clases virtuales”, explicó.

Los docentes, en vista de la falla de los servicios públicos de este lado de la frontera, llegaron a un acuerdo. Las clases no son obligatorias para los niños, se usan como una herramienta para reforzar sus conocimientos. Así no se perjudican sus calificaciones por factores que –aunque quisieran– no pueden controlar. 

Otras historias, mismos obstáculos

Marlen Zárate vive en Ureña y también es madre. Tiene dos hijos: Alejandro, de 9 años de edad, y Lisbeth, de 11 años de edad, quienes cursan tercero y quinto grado de primaria, respectivamente. Ambos estudian desde hace dos años en el Colegio Club de Leones del barrio Escobal, igual que los hijos de Heiddy. 

Para Alejandro y Lisbeth las clases también se suspendieron desde marzo y ahoradeben estudiar vía internet. Él ve clases online y a ella le envían guías con actividades para resolver en casa y enviar por correo para que sean corregidas.

Lisbeth y Alejandro | Foto cortesía

“Hay profesores que los llaman al interno y hacen videollamadas, a los niños de quinto, que son los que se gradúan este año con el favor de Dios, les están haciendo clases privadas desde la semana pasada”, dijo Marlen en entrevista para El Diario. 

Alejandro ve clases de tres a cuatro horas diarias a través de la plataforma web del colegio y por redes de mensajería instantánea como WhatsApp. Marlen no ha tenido problemas de conexión porque cuenta con Internet de Colombia y “la señal es muy buena”, asegura. 

Pero sí se ha visto afectada por las fallas continuas de energía eléctrica. “Aquí en Ureña nos está afectando mucho el problema de la luz, nos la quitan ocho horas y a veces diez horas diarias”, comentó con frustración.

Luz entre tinieblas

Táchira se ha visto fuertemente golpeada por las fallas en los servicios públicos, entre ellos, la energía eléctrica. En ocasiones los tachirenses se han visto en la obligación de romper la cuarentena para expresar su descontento por los racionamientos a los que son sometidos diariamente. 

“A veces en el día solo tenemos seis horas de luz y se nos complica porque los profesores nos llaman de lunes a viernes y cuando nos llaman pues no tenemos luz y no hay comunicación y pues esto se está complicando para los niños”, comentó preocupada.

Aun así, los padres aprovechan al máximo las horas que tienen electricidad para ayudar a sus hijos y adelantar las tareas y trabajos pendientes. “Todo se maneja por Internet y la falla de luz es la que nos está perjudicando mucho el estudio de los niños”, dijo. “Por eso aprovechamos la luz así sea sábado o domingo”, agregó.

Por otro lado, los profesores han sido comprensivos ante esta realidad y “se toman la molestia de calificar el trabajo de los niños vía correo, sea sábado o domingo”, indicó Marlen. 

Afortunadamente no les han puesto límites en la entrega de los trabajos, pues comprenden las circunstancias que se presentan en la frontera del lado venezolano y han sido flexibles para permitir que los niños puedan estudiar con cierta normalidad, pese a las trabas que implica la educación virtual en un país como Venezuela.

Para Dayana Zambrano, la suspensión de clases en Cúcuta y el resto de Colombia ha implicado un cambio drástico en su rutina y la de sus dos hijos: Santiago, de 7 años de edad, y José Manuel, de 11. Santiago estudia segundo grado y José Manuel está cursando séptimo, ambos asisten al Colegio Integrado Simón Bolívar.

Desde hace dos meses estos niños no cruzan la frontera para ir a sus aulas de clase y han tenido que adaptarse a una nueva modalidad de estudio a la cual no estaban acostumbrados. 

La computadora ya no es un artefacto de distracción. Se ha convertido en su nuevo salón de clases y las redes de mensajería, como el WhatsApp o el correo electrónico ya no se usan para enviar stickers, emojis o saludar a los amigos. En esta nueva realidad, estas son las vías para comunicarse con los profesores y aclarar dudas respecto a las actividades escolares.

“Es difícil ver las clases online, porque a veces no hay Internet, se hace por la compu cuando hay Wi-Fi o sino toca por el Internet del teléfono”, dijo Dayana en entrevista para El Diario, estresada por las fallas de conexión y energía eléctrica. 

Dayana vive en Ureña con sus hijos y cuenta con servicio de Internet, pero asegura que “la conexión es mala” y eso le dificulta a sus hijos conectarse a las clases virtuales o entregar sus trabajos en el tiempo reglamentario.

Para ella, como madre, ha sido una situación compleja y frustrante, pues los docentes no han tenido flexibilización alguna al momento de entregar trabajos o evaluaciones fuera del tiempo establecido. “Si no entregan a tiempo pierden la nota, no pueden entregar los trabajos tarde”, indicó.

Como Dayana, otras madres están en la misma situación, angustiadas por las evaluaciones de sus hijos que, gracias a los continuos apagones que se generan en Táchira, no pueden entregar a tiempo. Hacerse de una conexión a Internet colombiano no está contemplado para muchos por el gasto que eso implica.

La nueva realidad

La educación virtual no solo se hace complicada por las fallas de electricidad o Internet que, de por sí, son el principal obstáculo. La adaptación de los niños a esta nueva realidad tiene mucho que ver. No es fácil cambiar su rutina de un día a otro y sin previo aviso.

Les genera un choque y una confusión que no comprenden a primera instancia y que, incluso ahora, más de setenta días después, todavía no logran asimilar a cabalidad.

“No, no se han adaptado, es un proceso muy duro para ellos”, dice Heiddy un poco triste. 

Es duro porque no tienen el horario, no están con sus compañeros, les hace falta interactuar allá en sus actividades en el colegio. Para ellos ha sido un proceso muy duro”, agregó.

Con preocupación, Heiddy expresó que Sebastián y Samantha están muy desanimados y apáticos y “no solo los niños míos, nosotros tenemos un grupo de madres y ahí todas comentan lo mismo”. 

Con respecto a la nueva faceta como profesora dice que ha sido complicada. “Hay que tener vocación para cada profesión que uno escoge. Yo soy enfermera y a mí me encanta cuidar pacientes, incluso la higiene personal, pero ya que me pongan a enseñar un niño para mí es complicado”.

Sin embargo, sabe que debe hacer un esfuerzo por adaptarse. Es un proceso en el que todos, padres, niños y profesores están aprendiendo.

Ningún padre estaba preparado para este cambio brusco en la educación de sus hijos, a algunos les cuesta más que a otros. Saben que el regreso a la normalidad todavía está lejos. 

“El presidente Duque todas las noches hace una cadena nacional y dijo que posiblemente vuelvan los niños a clase, según como se dé el pico de la pandemia. Pero no es todavía concreto que regresen y si lo hacen, van a ser alternadas”, comentó Heiddy. 

Eso significa que, de volver, los niños tendrán clases presenciales algunos días de la semana, cumpliendo con los protocolos de seguridad para evitar el contagio de coronavirus de Wuhan, y otros continuarán con el proceso de las clases online. 

“Pero ha habido muchos comentarios sobre que es muy difícil que los niños regresen a clase”, concluyó.

Alejandro y Lisbeth tampoco se adaptan. Las clases online son nuevas para ellos y desean que todo vuelva a ser como antes. 

Los niños no se adaptan, extrañan mucho sus rutinas en el colegio, porque están estudiando mucho y no tienen a su docente para explicarles bien el punto de cada materia”, comentó Marlen.

Todo lo que está viviendo el mundo en el ámbito educativo es nuevo para padres e hijos. Ambos intentan aprender y mejorar sobre la marcha. Los padres, para ayudar a sus hijos a comprender cada lección escolar y los niños, para intentar estudiar desde un ambiente diferente al que estaban acostumbrados.

“No poder salir, estar 24 horas en la casa y estudiar en la casa, es complicado para ellos y más porque tienen una energía física que necesitan quemar”, expresó. 

Pero no solo se trata de adaptarse a la virtualidad como nueva alternativa educativa para los niños. Los padres, o en este caso, las madres, deben dividirse entre las labores del hogar y desempeñar el papel de profesora.

“Para mí como mamá es muy estresante y frustrado el encierro y sobre todo para explicarles a dos niños sus tareas, más las cosas de la casa, todo eso me genera un gran estrés”.

A Santiago y a José Manuel les ha costado adaptarse a la realidad de ver clases por Internet. “Ha sido difícil”, cuenta Dayana en medio de una risa nerviosa producto del cansancio que conlleva hacerse cargo de los deberes escolares de dos niños pequeños.

Santiago y José | Foto cortesía

“Para mí como madre ha sido aún más complicado, muy muy malo”, enfatizó. No solo ha sido difícil por la cantidad de actividades que debe ayudar a sus hijos a resolver, sino por las fallas de electricidad e Internet que atrasan el trabajo y le agotan física y mentalmente.

La suspensión de clases como una de las acciones para contrarrestar los efectos del Covid-19 en Colombia ha afectado en mayor medida a los niños que viven del lado venezolano de la frontera. Hablar de educación online sin interrupciones parece ser una utopía, en uno de los países con mayor precariedad en lo que a servicios públicos se refiere.

Pese a los problemas, estas madres intentan salir adelante con sus hijos y buscar todas las alternativas que estén a su alcance para ayudarles con la entrega de actividades y a comprender cada clase como si estuviesen en el aula. Pues ellas saben bien que, pasará algún tiempo, antes de regresar al salón de clases.

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