• La comunidad musulmana en la capital venezolana no pudo celebrar el evento religioso como lo hacían antes, en comunidad y juntos. Persisten, sin embargo, en acercarse a Dios a través del ayuno y de los rezos en el confinamiento. Foto principal: Douglas Mujica

En la sala de su casa, Wassim Chaaban cierra sus ojos y hace una reverencia ante la alfombra de la oración. Su thaub, blanquecino con largas rayas grises, cubre todo su cuerpo, hasta los tobillos. La luz, bajo el filtro de la sempiterna calima que ahora cubre el desoído valle caraqueño, se ve más blanca, y acaricia las paredes con pena. 

Wassim está solo, pero debería estar acompañado. No puede rodearse de otros hermanos, amigos. Se acerca a Dios aislado, en el recinto deshabitado. Un enemigo invisible, fuera de las puertas de su hogar, ha prohibido el juntarse con el otro.

Un triste Ramadán

Acaba de concluir el Ramadán, el noveno mes del calendario lunar islámico. Es el momento en que los musulmanes buscan el perdón de Dios. Desde el alba, cuando los primeros rayos de sol despuntan en el horizonte, hasta el anochecer, al imponerse la oscuridad, los musulmanes ni comen ni beben. Es el mes del ayuno, del sawm. Con devoción leen mucho el Corán y se esfuerzan, con mayor ahínco, para no ofender a nadie, no hablar mal de los demás, depurar los rencores que se hayan sembrado en contra del prójimo, no mentir.

Es un mes de ritos colectivos. A la mezquita Ibrahim Bin Abdul Aziz Al Ibrahim, ese templo imponente y majestuoso de la fe en el centro de Caracas, habían ido musulmanes durante años para escuchar, mientras guardan silencio, la recitación del Corán por parte del Imam.

Antes de despuntar el brillante orbe en el firmamento, los musulmanes se preparan. Degustan el suhur, la primera comida del día con la que aguantan la ausencia premeditada de alimentos, y beben el líquido suficiente. La carestía también es del sexo, el cual no pueden practicar durante el día. El trabajo y las labores cotidianas sí están permitidas.

Pero este año el santuario está cerrado, y la colectividad del Ramadán fue bruscamente interrumpida, por el que muchos han llamado el «enemigo invisible»: el Covid-19.

Foto: Wassim Chaaban

“Es la primera vez que vivo el Ramadán en soledad”, dice para El Diario Wassim Chaaban, miembro de la comunidad musulmana de Caracas.

En lo espiritual no ha sido lo mismo para Wassim. “Cada oración en conjunto, en jamaa, vale entre 25 a 27 veces más”. La esencia del Ramadán es la unión, es acercarse más a Dios, comenta.

“Antes vivía un ambiente alegre, de felicidad. Compartía con los demás, aunque no se puede decir que era una fiesta. Íbamos -parte de la comunidad musulmana en Caracas- a la mezquita, rezábamos, asistíamos a charlas sobre el Ramadán y el Islam en general. A todos nos incomoda la situación del aislamiento social”.

Foto: Wassim Chaaban

Un color especial ausente

Cuando el profeta Muhammad llegó a Medina, lo primero que hizo fue construir una mezquita. Casi dos milenios después, en el año 1989, la comunidad islámica en Caracas tendría su propio templo.

Rodeada por la avenida Libertador y el bulevar Amador Bendayán, la mezquita Sheik Ibrahim Al-lbrahim era el punto de encuentro de gran parte de los musulmanes caraqueños. Bajo la majestuosa lámpara de cobre de más de un siglo de antigüedad, donada por el gobierno de Arabia Saudita, que cuelga del domo de la cúpula, los feligreses se congregaban. Rodean a los piadosos seguidores de Dios los acabados de madera. Bajo sus pies, una alfombra blanquiazul que hay que pisar, siempre, sin zapatos.

mezquita Sheik Ibrahim Al-lbrahim. Foto: Cortesía

“Sin tanta solemnidad, como en las iglesias, se trataba de un sitio más para estar y compartir. Es una ventana de una cultura que ya forma parte de Venezuela. Las mujeres deben entrar con la cabeza y hombros cubiertos, y allí mismo proporcionan los atuendos para ingresar”, relata Pablo Peña, fotógrafo venezolano que visitó el lugar.

El Tarawih, la oración de las noches del Ramadán, imprimía un color, un “algo especial” a la mezquita, dice para El Diario Brigitte Cortez, venezolana convertida al islamismo. 

“En la oración de Tarawih, la recitación del Corán se hace en voz alta. Los musulmanes que llevan a cabo esta oración solos, dirigen su propia oración en voz alta. Los que lo hacen en compañía de otros en la mezquita, siguen en silencio la recitación del Imam, que es en voz alta. Lo idóneo es realizar la recitación de memoria, pero al ser esta opcional, se puede hacer uso del mushaf -un ejemplar del Corán- para seguir la lectura. Esto le da un aura de bendiciones al Ramadán, una energía de armonía, ya que es una oración especial que solo se hace para estas fechas”, explica.

Cercanos a Dios pese a las adversidades

Brigitte es maestra de preescolar y licenciada en Publicidad y Mercadeo. Tiene 28 años de edad, y se convirtió al islam hace tres. Un amigo empezó a hablarle de la religión y le dio mucha curiosidad.

“Empecé a leer el Corán, y un día fui a la mezquita. Hice la Shahada -el testimonio de la fe, uno de los cinco pilares del islam- en la que decimos que ‘no hay divinidad excepto Dios’, algo fundamental para convertirnos al islam. Me trataron muy bien, la comunidad islámica es maravillosa. Todos los conversos son muy agradables, y los árabes si son un poco más reservados”, relata.

Foto: Brigitte Cortez

Su familia, de religión católica, aún no acepta que ahora sea musulmana. La estirpe de Brigitte, dueña de una distribuidora de cerdo -cuya carne no consumen los adeptos al islam-, empezaron a notar que la joven maestra cambiaba de atuendos. Que ya no se le veía el cabello en las calles debido a que usaba el hiyab, que ya no publicaba fotografías propias en redes sociales, que su manera de relacionarse con los demás ha cambiado.

“Aún no lo aceptan”, confiesa. Este año, como los demás, ha hallado refugio en quienes ahora llama sus hermanos.

Muchos no han seguido a cabalidad el Ramadán este año porque están deprimidos por el encierro. He hablado con muchas hermanas que están decaídas, les ha afectado. Antes nos reuníamos a rezar y a romper el ayuno”.

—¿Y tú has logrado mantener la tradición religiosa, Brigitte?

—Estar todo el día encerrada complica todo. Como la mayoría de mi familia es católica, se me dificulta llevar el ayuno yo sola. Antes, al terminar el día, iba a la mezquita, donde, para empezar, comíamos dátiles y tomábamos todos un vaso de leche. Ahora como lo que pueda.

Muchos de sus ahora hermanos, advierte Brigitte, se han quedado sin trabajo debido al Covid-19. Y los menos favorecidos, los musulmanes pauperizados, siempre podían ir a la mezquita, donde se les proveía gratuitamente de alimentos. Ahora están cerradas.

Brigitte ha aprendido a valorar. A ensalzar lo mucho o poco que tiene. Ve a los hambrientos, a los que no pueden permitirse el confinamiento porque carecen de techo, a los que carecen de todo. Si algo le ha permitido la cuarentena a esta joven es a sentir empatía por los que menos poseen.

No se ha permitido, eso sí, alejarse de Dios.

«No abandonéis»

Todo lo que antes se hacía se ha dejado de hacer. Ir a casa de algún amigo a romper el ayuno, leer el Corán, rezar, la convivencia. Pero para algunos, la soledad ha permitido un Ramadán más completo.

“Si le dedicas más tiempo a Dios, es un Ramadán más completo, más puro”, dice Alí Mattar para El Diario.

Otrora, en las reuniones para romper el ayuno, en las noches, se podían contar hasta 30 asistentes. No ha sido fácil, para la comunidad musulmana, el acomodarse a la nueva realidad, la del distanciamiento social, la de la falta de encuentros. “En los anteriores pasabas la mayoría del tiempo en el trabajo o en el negocio propio. Por eso digo que es más completo”.

Foto: The New York Times

De acuerdo con el Carnegie Endowment for International Peace, para el año 2010 aproximadamente 0.5% de la población venezolana era musulmana. Descendientes del éxodo libio, sirio y palestino, muchos llegaron al país huyendo de la violencia del Imperio Otomano, según investigaciones de Nadya Ramdjan.

Nunca habían vivido un Ramadán así los musulmanes de Venezuela, ni los del mundo, que se contabilizan, aproximadamente, en 1.600.000.000 personas. Pero su fe persiste. Llevan consigo las palabras del profeta Muhammad: Si os enteráis de la propagación de la peste en un una tierra, no entréis en ella, y si la peste se encuentra en la tierra en la que estáis, no la abandonéis”.

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