• En El Diario conversamos con el periodista mexicano sobre su vida y carrera profesional, que lo ha llevado por grandes medios de comunicación. Actualmente trabaja en Univisión. Es en la migración donde apunta con especial ahínco su atención, su oído, su micrófono. Porque, según dice, “la objetividad periodística no equivale a la neutralidad moral”. Foto principal: Ulises Alatriste / HOY

En estos días de confinamiento, León Krauze se ciñe a una rutina espartana. O, como él dice, una rutina que se repite como “el día de la marmota”. Con algunas variaciones lógicas por las circunstancias, ya era así antes de la pandemia. En su caso, la disciplina le viene de la sangre, de su apellido. Es un legado familiar. Comunicador sesudo, ve esta circunstancia como un reto más en su laureada carrera de periodista para explicar y acompañar a sus espectadores por las consecuencias del Covid-19. Y es que ha hecho de grandes medios su tribuna ideal para defender sus convicciones: la de un periodista crítico con el poder y sensible ante las injusticias. Porque, en sus palabras, “la objetividad periodística no equivale a la neutralidad moral”.

Así, de 4:00 a 5:00 pm, emite su programa en Univisión Radio desde Los Ángeles, ciudad estadounidense que es también su hogar desde finales de 2011.  Además de escribir sus columnas de opinión en El Universal, de México, en el Washington Post y en Slate, conduce, junto a la periodista Andrea González, los noticieros de las 6:00 y las 11:00 pm en el canal 34 –la estación local más importante de Estados Unidos-. Es en esta última donde ha dado rienda suelta a la que dice ser la vocación de su vida. Aunque admite divertirse en él, no es el cuadrilátero de la política –donde ha dado y sigue dando más golpes de los que recibe de los rivales pugilistas, acaso politiqueros- lo que más le apasiona. Es, pues, en los escondrijos de la migración hispana hacia Estados Unidos, en donde la vida se vive al límite y el dolor muchas veces sigue perenne, donde León Krauze apunta con especial ahínco su atención, su oído, su micrófono. Es un interlocutor de historias ocultas.

Yo no conozco ficción alguna que esté a la altura de la vida real de la gente. Tener el privilegio de escucharlas y luego narrarlas, es uno de los privilegios de mi vida”, esboza para El Diario en una distendida conversación telefónica.

Dice que en eso de dar voz a los protagonistas para que sean ellos quienes cuenten sus historias, sin mayor añadidura e intervención del interlocutor, encuentra en la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich su mayor referente. Su “heroína”. Con la sensibilidad y el atino como características de su narrativa, Aleksiévich, también Premio Nobel de Literatura en 2015, escribió los relatos hoy más que nunca vigentes de acaso unas de las peores tragedias e hitos de la humanidad. Son las Voces de Chernóbil su mayor legado para la posteridad. Dicho por ella misma, buscó en el periodismo un género “donde las voces humanas hablan por sí mismas”. Es ese el mayor reto del periodista. Es ese el propósito de León Krauze.

Pero, además de las ocultas, desde hace más de una década son también motivo de investigación para León Krauze las Historias Perdidas; aquellas que pasan de generación a generación haciéndose leyendas y relatos de culto. De ficción también conoce. Al estilo del escritor inglés Charles Dickens, ha dado su voz para narrar enigmas como el misterio de Troya, el verdadero Drácula, la tumba de Tutankamón, entre otras muchas. Es un divertimento que dice haber adquirido de las charlas bíblicas de su padre, de camino a la escuela cuando apenas era un niño. Y es que, para entender su ideario, sus gustos, su oficio, hay que escudriñar en sus orígenes.

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El 5 de septiembre de 1939 los nazis bombardearon, de manera inmisericorde, el pequeño pueblo polaco de Wyszkow. Arrasaron con todo. Convirtieron lápidas de cementerios en un puente que, durante varias generaciones, recordó la imagen más atroz de la guerra. De ese pueblo ubicado a 70 kilómetros de Varsovia, huyó la primera generación Krauze. El destino del bisabuelo paterno de León, comenta, era Canadá. Se encontró, sin embargo, con un factor inesperado: una parada en el puerto de Veracruz, en México, y una caminata por el malecón, le hicieron cambiar de decisión. Se quedó en México a echar sus raíces, y construir un tejido que con el tiempo se volvió cada vez más mexicano. 

Lo azaroso del destino propició desde entonces, quizás, el primer nexo originario de León. En ese mismo puerto veracruzano vivía parte de su familia materna. “Siempre me gusta tener la fantasía de que, en esa caminata inicial de mi bisabuelo, cruzó camino con alguno de los Turrent”, dice. Sin embargo, fueron muchos años más tarde cuando se concretó la unión. Es León Rodrigo Krauze Turrent el hijo mayor del historiador Enrique Krauze y de la investigadora Isabel Turrent.

Nació el 4 de enero de 1975, en Ciudad de México. Más allá de cuestiones políticas, sociales y demás que no encuentra caso en comentar, dice que fue un día importante para ambas familias: fue el primer nieto varón. “No que el nieto varón tenga más valor que la nieta mujer, que es mi prima Alejandra, que es la que todo el mundo quiso igual que a mí, pero creo que fue un momento creo yo importante y de felicidad para todos”. De resto, observa esa fecha con la normalidad de cualquier otra.

Foto: Instagram León Krauze

Nombre novelero, inventiva grandilocuente de su madre, le pusieron León por el poeta español León Felipe, quien fue amigo cercano de sus padres cuando afloraba su noviazgo, y Rodrigo, por el Cid Campeador. Pero las referencias literarias no solo evocan a su nombre. Familia de estirpe intelectual, León es un eslabón más de una cadena de escritores y asiduos lectores. Su abuelo, su abuela, su padre, su madre y ahora Daniel, su hermano menor, tienen obra escrita. Intelectual pero no solemne, se educó en una atmósfera libresca en la que, exagerando ligeramente, había más libros que aire.

“Yo crecí en una casa donde había recursos económicos limitados, pero mi padre siempre nos dijo que cuando se tratara de comprar libros, podíamos comprar todos los que quisiéramos, lo cual no puede decir mucho, pero sí recuerdo ir a la librería y salir con 10 o 12 libros en unas bolsas de telas que daban ahí en una librería, que era la más importante de México”, dice.

Independencia creativa al aire ya desde su infancia, no leía cualquier cosa que cayera en sus manos. Eligió, pues, el mundo de ficción de Julio Verne y los cuentos de Oscar Wilde para encontrar su propia identidad. De este último, aun a los 45 años de edad, no puede leer El gigante egoísta sin dejar escapar alguna lágrima. Fueron ellos el primer ápice para descubrir un mundo de la intelectualidad. Luego fueron las novelas y crónicas de Gabriel García Márquez, luego J. D. Salinger, y así hasta hacerse con un sinfín de letras, de palabras autorizadas.

El mayor referente, sin embargo, estaba en casa. Como diría su mentor Daniel Cossío Villegas, “Don Daniel”, es Enrique Krauze uno de los últimos vestigios de un liberalismo casi de museo. Un historiador cuya travesía liberal lo ha llevado, entre tantas cosas, a hurgar en los desmanes del poder, en las ansias populistas, y los desafíos dictatoriales. De él, León no solo ha llegado a adquirir su profesión, sino también sus ideales. Lo primero, dice, es la ética de trabajo.

“Mi padre no ha parado de trabajar desde hace más de medio siglo, y quizás considerablemente más de medio siglo. Ya algún día él explicará exactamente en sus memorias, yo espero, la naturaleza exacta de su esfuerzo desde que era un adolescente. No me corresponde a mí, pero ha trabajado desde muy chico con enorme ahínco, y eso es lo primero que me enseñó”. Y lo segundo, agrega, es la valentía, “la necesidad de hacer lo correcto aun cuando hacer lo correcto tiene costos”.

Los costos están allí. Las últimas críticas lo sitúan como un representante de la derecha. Años atrás lo culparon de liderar una campaña mediática contra el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. Todo eso, dice León, forma parte de la injusticia, la injuria, la mentira y la reacción del “monstruo populista”, y del poder. No es de ahora. “Por supuesto mi padre ha sido muy crítico de López Obrador desde hace mucho, mucho tiempo, pero es su actitud frente al poder desde hace 45 años, porque mi padre denunciaba los abusos del sistema político mexicano cuando todavía no era cool, como se dice ahora. Es desde hace muchas, muchas décadas, cuando la enorme mayoría de sus críticos ni siquiera estaban en la imaginación del Señor. Esa es la realidad”.

Pero además de hijo y, por lo que se desprende de sus palabras, de admirador, guarda también con su padre una relación de amistad. No lo dice convencido; condiciona su respuesta. Para él, la amistad tiene un sentido de equivalencia que difícilmente pueda igualar el vínculo entre padre e hijo. Cree en la confianza, en el apoyo, pero también en la autoridad. De todos modos, dice, si le preguntan a Enrique Krauze, probablemente diga que sí son amigos.

Foto: Instagram León Krauze

Dicho todo esto, advierte: sus mejores recuerdos de la infancia no son, sin embargo, ni la literatura, ni charlas de Hegel, o ni siquiera la figura polarizante de Octavio Paz, a quien inevitablemente conoció por la estrecha relación con su padre. Sus sueños y aficiones eran exactamente los mismos que la del común de los niños mexicanos. Su imaginario del pasado tampoco visualiza a su padre entre libros, sino con la camiseta verde, siguiendo los “improbables” triunfos de la selección mexicana. El fútbol fue su primera pasión. Todavía lo sigue siendo.

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Era un 17 de junio de 2018 cuando México enfrentó a Alemania en el mundial de fútbol de Rusia. Las probabilidades de que la selección alemana -que venía de ganar hace cuatro años la copa del mundo a la Argentina de Leo Messi- perdiera contra los mexicanos, de una larga tradición de desilusiones en este torneo, parecían mínimas. La historia tenía preparada una de las tantas sorpresas en las páginas del fútbol. El partido llegaba al minuto 35, cuando Hirving Lozano anotó el primer y único gol del partido. México le ganó a los campeones del mundo. A los cuatro veces campeones del mundo.

En Los Ángeles, a más de 9.700 kilómetros del estadio Luzhnikí de Moscú, León Krauze festejó “el triunfo más improbable” de la selección mexicana junto a su padre Enrique, su hermano Daniel y sus hijos Mateo, Alejandro y Santiago. Años anteriores habría estado en el partido: en 2006, fue el cronista oficial de la selección de México en el mundial de Alemania. A pesar de que es uno de los recuerdos más recientes que tiene, dice que es uno de los más entrañables para él. Para obtener su primer recuerdo y así entender la importancia de este deporte en él, hay que irse hasta el año 1978.

Foto: Instagram León Krauze

Tenía entre 3 y 4 años de edad cuando su padre, fiel fanático del América –de los clubes más tradicionales y laureados del fútbol local-, cometió lo que León llama una “equivocación incomprensible”: lo llevó a ver un partido entre el Cruz Azul –acérrimo rival del América- contra el modesto y ya desaparecido Atlético Español. El Cruz Azul borró del campo a los contrincantes; por algo le decían “la Máquina”. El amor fue inmediato y para siempre. Desde entonces, León Krauze es del Cruz Azul. “En aquel momento era el mejor equipo. Y pues a partir de ahí dejó de ser el mejor equipo”, dice en un tono en el que es difícil identificar la línea entre la broma y la resignación. Reír para no llorar. Los comentarios más jocosos le llaman “el eterno subcampeón”. La “equivocación” de su padre le ha dado más tristezas que alegrías, pero se resiste a renunciar a ella.

“La pelota me parecía hipnótica. Me parecía fabuloso y único lo que ocurría en un estadio de fútbol cuando un equipo salía a la cancha y decenas de miles de personas se unían en un mismo canto, en un mismo afán. Y, sobre todo, me encantaba jugar. Desgraciadamente no soy y nunca fui un jugador talentoso, pero me sigue gustando jugar. Entonces yo creo que la mezcla me hizo enamorarme del fútbol y el Cruz Azul era un equipo que en ese momento era irresistible y luego, ya una vez que uno se enamora, o por lo menos así soy yo, ya no había manera de dejar ese amor. Aunque me hubiera convenido, yo aquí sigo”.

En el fútbol, pues, él es la excepción familiar. Además de su padre, su madre también es americanista. Su abuelo materno jugó en el América; cuando murió, lo incineraron con una bandera del club. Ni siquiera sus tres hijos han adquirido su afición. No los culpa. La última vez que uno de ellos lo acompañó al estadio Azteca para ver al equipo, fue en 2013. Perdieron el campeonato contra el América en una final digna de película: a pocos minutos para el final del partido, y con un jugador menos, el rival anotó dos goles para forzar los penales. Allí les ganaron 4-2.

— Pero este año pintaba bien para el Cruz Azul, ¿no?

No me lo recuerdes. Era nuestro año, pero nuestra maldición es tan grande que hasta la pandemia histórica se suma ahora a nuestra lista de infortunios.

La afición se compaginó, sin embargo, con la profesión desde temprana edad. A los 17 años, en 1992, publicó su primer texto en el diario El Norte de Monterrey. Los siguientes artículos los publicó en Reforma. En ese momento, cuando no el crédito de un comunicador avezado, su apellido paterno le ayudó a “entreabrir” la primera puerta profesional. A partir de allí, comenta, le tocó demostrar a pulso que su presencia en los medios era por mérito propio. Encontró a quienes intentaron sabotear su trabajo, pero prefiere mencionar a quienes le ayudaron. Con ellos dice estar profundamente agradecido.

Ya para los 21 años de edad, estaba en Radio Fórmula y, consecutivamente, por el programa Hazaña, en Televisa. Todo esto, mientras escribía libros sobre la historia del futbol mexicano para Editorial Clío, que dirige su padre, e hizo más de setenta piezas documentales para Televisa.

Pero, cuando parecía que su camino en el periodismo recién empezaba en el deporte, un comentario antes de entrar a grabar el noticiero en Radio Fórmula, lo cambió todo. Recuerda la fecha con exactitud. Fue el 11 de septiembre de 1998, cuando se cumplían 25 años del golpe de Estado contra Salvador Allende: “Le dije al conductor, buen amigo mío, José Cárdenas, algo así como ‘qué lástima que no puedo hablar del golpe de Estado a Allende, porque conozco muy bien el tema’, y me dijo ‘ah, pues perfecto’. Y abrió el micrófono y dijo ‘bueno, quiero decirles que hoy León Krauze se retira del comentario deportivo y debuta como analista de política internacional’. Me preguntó qué había pasado en Chile 25 años antes y así comencé. No puedo decir que no volví, porque el periodismo deportivo siempre será parte de quien soy”.

Ocho años después de eso, en 2006, la Federación Mexicana de Fútbol Asociación lo invitó a ser el cronista oficial para el mundial de Alemania. En Núremberg, en otro de los azares del destino, como quizás ocurrió alguna vez entre los Turrent y los Krauze en el puerto veracruzano, León conoció a Érika, por la decisión fortuita de su hermano de ir hacia otra dirección. No fue sino meses después que volvieron a salir. Hoy es su esposa. “Tengo la suerte de compartir la vida con una mujer que camina a mi lado, y yo al lado de ella, con la convicción de que tenemos un proyecto juntos que, Dios quiera, durará décadas”.

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León Krauze entró al Salón Azul de la Casa Blanca. Dos sillas marrones de fina madera oscura estaban dispuestas frente a frente. Iba a entrevistar a Barack Obama, presidente de Estados Unidos, para Univisión. Era mediados de 2013, ni dos años después de haber llegado a Los Ángeles desde México. La consigna para la entrevista era clara. Es la misma que se repite en cualquier otra: tenía que sacarle alguna revelación. Pero el tiempo era, de pronto, un inconveniente. Tenía 7 minutos de entrevista. Ni más ni menos. Necesitaba ser preciso.

Foto: Cortesía

“Si uno no tiene una revelación, entonces uno habrá fracasado. Es así de sencillo. Cuando uno tiene 7 minutos con el presidente de Estados Unidos, pues el reto es mayor porque la disciplina del montaje del presidente de Estados Unidos es notable y no suelta prenda, y el chiste está en encontrar una salida de ese laberinto para emerger de esa entrevista con una nota. Esa es la meta central y por eso hay que prepararse con toda claridad para no dejar que el político hable a sus anchas”, dice.

La revelación más importante de aquella entrevista fue, probablemente, el apoyo de Obama al gobierno de Enrique Peña Nieto por su compromiso en la lucha contra el narcotráfico. Un día antes, el gobierno de México había anunciado la captura del Z-40, líder del grupo delictivo de los Zetas. La noticia le vino como anillo al dedo. La revelación de Obama ya era tema en la opinión pública mexicana. Touché.

Cuestionador orgulloso, interrogador insaciable e impaciente de carácter, se define como un periodista que va al grano. Al hueso. “Yo sí prefiero que se me recuerde como un periodista que interrumpe políticos, y no como un periodista que dice ´sí señor, continúe usted´, porque rara vez cuando uno le dice a un político ‘sí señor, continúe usted’, uno va a obtener una revelación, porque los políticos no están armados para eso. Solamente desde el proceso de interrogatorio y de la impaciencia es que uno puede tener realmente una revelación y pues así es como trato de conducir mi vida periodística”.

Que lo saben, entre muchos otros, el ex candidato presidencial de México por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade. Cuestionado por Krauze en pleno debate presidencial sobre si el presidente Enrique Peña Nieto hizo bien en recibir en Los Pinos al entonces candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, el candidato priísta comenzó con su larga respuesta. Que si el Tratado de Libre Comercio, que si es inaceptable que llamen a los migrantes “animales”, o que si el acuerdo del cambio climático. Krauze, moderador del debate, puso los puntos. “Eso ya nos lo dijo”, criticó, mientras Meade pedía seguir con la palabra. Continuó Krauze: “¡Permítame usted a mí!, ¡Permítame usted a mí!, “¡Permítame usted a mí! Le pido una respuesta binaria. ¿Se equivocó el presidente sí o no?”, preguntó otra vez. “Juzgado por los resultados, no”, respondió Meade. Ese momento define, quizás, el talante periodístico de Krauze.

En México también entrevistó al entonces presidente Enrique Peña Nieto, y al entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. En su país no le ha quedado mucho por hacer. En 2007 condujo su propio noticiero en W Radio y a principios de 2010 arrancó como conductor del noticiero Hora 21 en Foro TV.

De él se ha dicho –y se dice–, sin embargo, que responde a intereses políticos. Que es anti AMLO o anti Trump. Que no es objetivo. A ellos les responde que la objetividad no equivale a la neutralidad moral. Que ante la falacia siempre le encontrarán de frente. Antes que todo hombre de convicciones democráticas y liberales, se encuentra en León Krauze una genuina emoción y sensibilidad ante lo que quizás los padres del periodismo advertían en el verdadero ser de la profesión. Envueltos en la aspereza de la crítica, son los hechos, los datos, lo comprobable, lo que acompañan sus opiniones.

Si uno ve un atropello de la crueldad, como por ejemplo hemos visto contra la comunidad de inmigrantes en Estados Unidos, uno tiene que manifestarse con profunda claridad en contra de eso, porque lo contrario es también traicionar la obligación del periodista como testigo de su tiempo. Ese es un ingrediente indispensable. Ahora, de ahí a sumar otro tipo de intención que se acerque más a la intención política, yo me resisto a ello”, dice.

Daño, dice, el que le ha hecho al periodismo esa necia costumbre de la propaganda política. En estos días le es inevitable voltear la mirada hacia Estados Unidos. “El daño que ha hecho Fox News al discurso público y al debate público en Estados Unidos, la manera en la que ha envenenado el río de la conversación pública, es indescriptible”. Complicidad cínica del poder, le llama.

Perseguidor también de verdades incómodas, ha sabido cambiar de tribuna con la agilidad de un periodista acaso universal para dar con sus objetivos. Su firma ha desfilado entre los grandes medios: El País, The New Yorker, Los Angeles Times, Newsweek, The New Republic, Foreign Policy, entre otros. Por ello, entre el periodismo estadounidense en inglés y en español navega como en las mismas aguas. Entre ellos no advierte mayor diferencia que la de sus espectadores. El segundo, el hispano, fija más su mirada en el migrante, esos que León Krauze ha sentado en una mesa para dar con sus historias. Para hacer lo que aprendió de Svetlana Aleksiévich.

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Nélida llegó a Estados Unidos desde Palín, un pequeño pueblo guatemalteco en el que las aspiraciones de vida chocaban con la extrema pobreza. En Guatemala, durante su primer embarazo entró en parto prematuro. Dio a luz a dos niñas; pero ella pensaba que solo sería una. Se dio cuenta que, para alimentarlas, debía dejar su país. Dejó a las pequeñas con su madre, emprendió la caminata que la llevó primero hacia México, y después a Estados Unidos. Llegó con éxito. Pero, una vez allí, recibió la noticia de que su madre falleció. Las gemelas, todavía infantes, debieron atravesar por la misma odisea que su madre. Les tocó cuidarse entre ambas. Una hacía de madre de la otra. Cruzaron el desierto con una carriola. Se perdieron. Casi mueren. Pero lo lograron.

La de Nélida, al igual que otras tantas, son historias que recoge León Krauze en La Mesa, un experimento periodístico que inició en 2013. En las calles de Los Ángeles y de otros lugares de Estados Unidos, donde el dolor trabajado por la nostalgia campea por las calles, pero que se esconde en la profundidad del sentimiento, Krauze ha dispuesto dos cámaras, dos micrófonos y una mesa redonda y se sienta, fundamentalmente, dice, a escuchar. Pregunta de la infancia, de los padres, de la familia, de su país. Dentro de ese pequeño perímetro que es su mesa, abierto al tiempo y al espacio, Latinoamérica aparece como casi una provincia propia de Estados Unidos. El periodismo al servicio de la comunidad. Es esa su vocación.

Foto: YouTube / Animal Político

Hablar de León Krauze sin hablar de la migración latina hacia Estados Unidos resulta, pues, misión imposible. El haber crecido escuchando la voz del exilio en boca de su padre y en experiencia de sus abuelos, le dieron la noción de un fenómeno conmovedor, difícil y fundacional que dan las migraciones. Pero no se vale de su historia de vida particular para reflejarse en ellos. Se sabe un afortunado entre tantas experiencias dolorosas. Su conexión, pues, pasa más por la de un entrevistador humano. Su comunidad se lo agradece.

La experiencia por el relato latino, además de hacerlo acreedor de tres premios Emmy durante toda su carrera –el primero de ellos, en 2013, por un reportaje sobre el caso de Mayra Gutiérrez, una madre deportada con dos hijas nacidas en Estados Unidos–, le ha hecho reconocer un hilo conductor que se asemeja, grandes rasgos, en todo aquel que firma su mesa: la pertenencia. Son ellos latinos, pero también estadounidenses. Es lo que llama como “biculturidad”. Las costumbres del país de origen se funden con la idiosincrasia del nuevo país.

“La ‘biculturidad’ está viva y existe plenamente, sobre todo en las nuevas generaciones, que tienen orgullo del idioma español –no se resisten a hablarlo, cosa que sí ocurre en las generaciones pasadas–, y ven la cultura de México, y de otros países de origen, como algo propio. Pero, al mismo tiempo, no añoran el regreso a la tierra original. Ellos se asumen estadounidenses y al mismo tiempo mexicanos, salvadoreños, guatemaltecos, con una maravillosa y conmovedora naturalidad. No es algo que estén pensando en términos teóricos o filosóficos, sino es algo que de verdad viven absolutamente todos los días. Así que esa famosa atención sobre la asimilación y demás, a mí me parece que se resuelve de manera virtuosa, por lo menos en lo que yo he escuchado, en la vida de millones de personas”.

Tampoco es su objetivo idealizar la migración, advierte. La dureza de no tener unos papeles y que por eso se cierren las puertas de un país, le parece profundamente dramático, innecesario, inmoral. Quien echa raíces en un país tiene la misma condición que el resto. “Mucha de esta gente que he entrevistado viene a Estados Unidos no a buscar una vida mejor, sino  a buscar una vida. Punto. ‘Es que no estoy viviendo lo suficientemente a gusto en mi país y voy a Estados Unidos a ganarme unos dolaritos y vivir mejor’. No es así. La gente viene a buscar una vida. La posibilidad, incluso, de sobrevivir”.

Y en esas experiencias de sobrevivencia, a León Krauze le queda mucho por contar. Si pudiera hacerlo el resto de sus días, habrá cumplido con su presencia en esta vida, dice. Que pare el dolor; que sigan las historias.

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