• El Covid-19 fue declarado como una pandemia el 13 de marzo de 2020. Venezuela, luego de ser uno de los últimos países de la región en reportar casos, decidió cerrar el espacio aéreo en todo el territorio nacional condicionando el regreso de muchos venezolanos que quedaron varados en distintos países

“Mamá, ¿el virus se acabó?”. La pregunta retumba dentro de cuatro paredes que, desde hace 70 días, no son las suyas. La respuesta, acompañada de una caricia en la frente, es la misma: “Falta poco, hijo”.

Anny Monsalve* mira por la ventana como si lo que busca está allá afuera, en alguna nube o calle fría de Oklahoma. La calidez de Cabudare, estado Lara, no se encuentra en el sur de Estados Unidos.

La incertidumbre se hizo compañera de Anny después de que llegó a Norteamérica para celebrar la boda de una prima, en el mes de febrero. Ella y su hijo son los únicos familiares venezolanos que pudieron asistir a la celebración, por tener visa de turistas. Sin embargo, un viaje como invitados, con los días contados y el presupuesto justo se convirtió en una estadía indefinida debido al Covid-19 y la suspensión de los vuelos hacia Venezuela.

La ceremonia parece un recuerdo muy lejano luego de que su prima fuese trasladada a otra ciudad debido al trabajo, y no la pudiera incluir a ella y a su hijo en los planes de mudanza. Oklahoma se terminó convirtiendo en un lugar sin referencia familiar, y el miedo, en una dirección que no quiere tomar. “Verme en situación de calle con mi hijo fue el peor de los escenarios. Agradezco enormemente a una señora que supo de mí y mi situación y nos dio refugio en una casa”, contó Anny en entrevista para El Diario.

La angustia de no saber cuándo podrá regresar lo invade todo. Admite que ver el calendario y los días pasar resulta demasiado fuerte para ella. Sus esperanzas amanecen con los lunes, pero desaparecen cada viernes; a veces los días terminan más temprano y empiezan más tarde, o viceversa. Las lágrimas también van y vienen. Todo depende.

Es muy difícil porque extraño mi vida. Mi mamá y mi hermana me necesitan. Aquí hacemos magia para comer. En Venezuela al menos puedo producir, aquí no”, asegura.

Sin embargo, Anny agradece toda la ayuda que le brinda la familia de la casa en la que se está quedando junto a su hijo, quien le da fortaleza cada día que pasa.

Foto: Anny Monsalve

“Mamá, ¿ya el virus se murió? Me quiero ir. Extraño a papá y a la abuelita”.

Venezolanos en Estados Unidos. Más de 900 venezolanos permanecen varados en EE UU debido a la cuarentena y suspensión de vuelos.

Rebeca Martínez* viajó con tres meses y medio de embarazo para visitar a su hermano. “Me niego a la posibilidad de dar a luz acá”, dice para El Diario.

El virus seguía solo en China cuando hizo su visita al Paso, Texas. Pero mientras estaba allí su estadía pasó a ser indefinida. Días después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el nuevo coronavirus se había convertido en pandemia, cerraron el espacio aéreo. Veía la fecha en su boleto de regreso y no hacía más que hacerse preguntas. Las mismas dudas que la aerolínea no pudo responderle.

“De saber que esto se convertiría en una pandemia no hubiese viajado. Dejar a mi hijo de dos años con mi esposo en Venezuela no se me hubiese ocurrido nunca”, asegura.

Aunque el 15 de abril recibió un correo electrónico de la aerolínea indicando que reagendarían la fecha de su vuelo y eso le hizo sentir cierta esperanza, el sentimiento se ha ido disipando con el paso del tiempo. Inicialmente regresaría a Venezuela a finales del mes de marzo, pero desde abril, su fecha de retorno ha sido modificada cuatro veces. La extensión de la cuarentena aumenta su desesperación, pasa los días en casa de su hermano sin saber cuando podrá volver.

Sentí pánico. Entré en depresión. Lloro casi todos los días por no saber cuándo voy a abrazar de nuevo a mi hijo. Mi urgencia es por él”, detalló.

Diariamente repasa en su mente el itinerario del viaje que todavía no puede realizar. Salir desde El Paso hacia Houston, pasar por México, luego Panamá y finalmente llegar a Maiquetía. Sabe que lo recomendable es no viajar durante el periodo de 32 a 36 semanas de embarazo.

“Para ese punto el embarazo estaría muy avanzado y como no es un vuelo directo, sino con varias escalas, no es recomendable. Por eso espero todos los días a que abran los aeropuertos y nos reciban. Mi hijo no entiende por qué su mamá está en el teléfono y me duele muchísimo. Se pone nervioso él y me pongo nerviosa yo”, explicó.

Rebeca decide hablar con su hijo una vez por semana para evitar más consecuencias en él. Eso sí, pide a su esposo que la mantenga al tanto de lo que hace su hijo diariamente.

Sus preguntas siguen sin responderse.

Los venezolanos varados en Estados Unidos se han organizado para exigir su retorno al país y cumplir con los exámenes y pruebas necesarias. Han propuesto la opción de vuelos privados, así como humanitarios; sin embargo, la Cancillería venezolana afín al régimen de Nicolás Maduro ha indicado no recibir ninguna petición formal sobre viajes de repatriación.

De un grupo de varados a otro

Comprar medicinas fue el objetivo del viaje de la señora Lupita Delgado* hacia Estados Unidos. Pero el nuevo coronavirus cambió sus planes, como los de todos. Luego de que suspendieran los vuelos, y terminara quedando “arrimada” en casa de unos amigos, decidió ir a casa de su hija en España.

La aerolínea con la que viajó cambió las fechas de retorno por no tener respuestas claras sobre el espacio aéreo en Venezuela y el mes de abril parecía muy lejano como para quedarse en una casa ajena. Toda esta incertidumbre desató ella una migraña que se hizo frecuente con los días. A ese malestar se le sumaron problemas con la tiroide, síndrome de pánico e incluso una asfixia producto de una neuritis intercostal. Su mente seguía en Venezuela.

“Por lo menos estoy en casa de mi hija y no molesto a nadie. Una cosa es viajar por unos días estipulados y otra es quedarse indefinidamente como visita. Se me acabó todo lo que tenía y me quedé a la deriva. Es más difícil cuando tienes un tratamiento que no puedes costear afuera. En Estados Unidos todo es más costoso”, explicó.

Los días transcurren y el tiempo lo aprovecha con su hija, quien emigró debido a la situación de Venezuela. Sin embargo, no tener a la familia completa ha sido otra manera de vivir para Lupita. Ella ha sido siempre el pilar de su hogar. Su esposo, insulinodependiente, y su sobrino con hidrocefália y discapacidad intelectual, la esperan todos los días. Sus vecinas los ayudan mientras ella vuelve.

“Yo no me fui de mi país, esto no es vida, allá tengo todo ¿Por qué no nos devuelven como han hecho otros países con sus ciudadanos? Lo peor es que no tenemos información de nada”, expresó para El Diario.

Respira después de la desesperación. Se repite que nada es eterno y vuelve a la esperanza, aunque le ha costado “Si no me mata la ansiedad, me mata el coronavirus”.

Lo que le da fuerza a Lupita | Foto: Lupita Delgado

Su mente sigue en Venezuela.

La solidaridad también es medicina

Querer visitar a su familia en Chile le exigía pasar por Colombia para tramitar la visa de turista. El doctor Luis Gaslonde tenía pensado viajar para estar presente en el matrimonio de su hija en la ciudad de Santiago. Pero el nuevo coronavirus alteró el calendario del mundo y aunque la boda puede esperar a que las sociedades consigan una nueva dinámica, la idea del retorno flota en el aire mientras no haya decisión que ponga alguna marca en el almanaque.

Luis se encuentra a la espera, junto con otros 400 venezolanos aproximadamente en territorio colombiano, de respuestas sobre vuelos de carácter humanitario. Muchos tienen presente la opción de regresar por tierra vía Cúcuta, con el conocimiento de que serán llevados a un albergue donde reciben la prueba rápida, para luego quedarse dos semanas para una segunda prueba y luego ser remitidos a sus ciudades. Pero esta no es la principal opción de Luis.

Él, además de ser médico, también es paciente trasplantado y quienes fueron alguna vez sus alumnos, que hoy viven fuera del país, son quienes lo ayudan a continuar su tratamiento mientras se encuentra en el exterior. El agradecimiento lo multiplica ayudando a quienes puede a través
de consultas por teléfono.

Foto: Luis Gaslonde
Me preguntan cuánto me van pagar y yo no sé cuánto cobrar por una llamada telefónica. La relación entre médico y paciente que yo conozco no es por teléfono. Ya lo que estamos viviendo es suficiente tragedia. Ayudaré mientras esté en mis manos”, detalla.

La angustia pasa entre los que aguardan la respuesta del regreso. Para el doctor Luis Gaslonde, aún cuando extraña volver a su Caracas y caminar por los pasillos de la escuela Vargas de la Universidad Central de Venezuela (UCV), lo esencial y lo más importante en estos momentos es valorarse y
reinventarse.

Perú y una lista

Dicen por ahí que una de las mejores noticias que pueden recibir las madres es saber que van a ser abuelas. La señora Lourdes Prieto* planeó el viaje a Perú para conocer a su nieta con muchos meses de anticipación. Su esposo coordinó las vacaciones que le correspondían en el trabajó para aprovechar y también estar presente en el momento que se convertiría en abuelo.

“Menos mal pudo venir mi esposo, porque ha sido un apoyo indescriptible. El 23 de febrero nacía mi nieta y mi intención era estar un mes para ayudar en lo que pudiese con la bebé. Ahora vivimos los cinco en una habitación”, explicó para El Diario.

Lo común es la incertidumbre. La desesperación de permanecer en un espacio cerrado con otras personas, a pesar de que sean familiares, sugiere soluciones, que a veces suenan bien, otras no tanto. La idea de volver por tierra cobra fuerza todos los días.

Aquí no solo debemos cuidarnos a nosotros mismos de no contagiarnos y respetar las normas de la cuarentena, también debemos lidiar con la xenofobia. Y a todo eso hay que sumarle episodios de depresión. No saber si vuelves, o si no tienes trabajo, sin saber cuánto tiempo vamos a estar aquí es difícil”.

Ningún ente u organismo parece dar respuestas claras. Quedarse hasta septiembre sería una opción catastrófica para la vida de Lourdes y su esposo.

“Mi vida y mi trabajo están en mi país. Si debo regresar por tierra, lo haré. No sabes lo que significa escuchar a mi mamá, una señora mayor, llorando por el teléfono y preguntándome cuándo vuelvo. Tengo que aguantar las lágrimas y es complicado”, asegura.

Su agradecimiento por ser abuela supera en muchos momentos la desesperación. Ya su nieta tiene tres meses. Los cinco aún duermen en el mismo cuarto.

Llegar a Lima y no poder regresar a Venezuela

El aeropuerto de Lima presentaba un ritmo inusualmente más acelerado. Las preguntas parecían suspendidas en el aire mientras las respuestas no se encontraban por ninguna parte. Todo pasaba muy rápido. El decreto de cuarentena sorprendió a Natalia Páez* al aterrizar en Lima y ya volver a Caracas no era una opción.

Le aguardan 900 kilómetros de camino para llegar a casa de su familia en Piura. Su padre le insiste que lo haga y ella tomó el único vuelo que pudo hasta el noroeste de Perú.

El calor de marzo rondaba los 30 grados centígrados. El desierto costero de Sechura hace vida en el departamento de Piura. Para Natalia, el calor de sus arenas no se siente en quienes caminan las mismas calles que ella desde hace casi tres meses. Ahora son pocos los días que faltan para que el invierno inca llegue y toque la puerta de la casa de sus padres. Aunque
nació en Perú, ella es venezolana. El sentir y la pertenencia traspasa latitudes. La angustia de no ver su hija la visita todos los días desde Caracas.

No es sencillo. Una cosa es vivirlo y otra que te lo cuenten. ¿Cuánto tiempo más va a pasar para que pueda ver a mi hija? Verla por teléfono es muy triste para mí y trato de ser fuerte para ella ¿Cómo le dices al corazón que se quede en cuarentena?”, cuestiona.

Natalia saca la cuenta. Llegar desde Piura hasta Cúcuta son alrededor de 450 dólares. Espera que Dios interceda y propicie el escenario en el que se abran los vuelos y pueda regresar a su país. La idea de volver por tierra es considerada y descartada diariamente. Su esposo le pide que aguante y espere. Volver por las trochas y atravesar ese camino incierto, entre
carreteras, ríos y montañas, puede ser peligroso. Lo más importante para él es que llegue sana para poder reunirse con ellos.

“Sé de mucha gente que desesperada por regresar se aventuró a volver por tierra. No es nada fácil y siento terror ante la idea de contagiarme y complicar más las cosas. Es una mezcla de sentimientos porque ves a los venezolanos que fueron desalojados y ahora enfrentan el mismo deseo de volver. No es fácil. Te sientes desamparado”, detalló.

Cerca de una ventana de la casa, la muñeca que Natalia compró para su hija
también aguarda por el regreso. Cada vez que hablan por teléfono ella se la muestra y le dice que ese es su regalo para cuando se vuelvan a ver. Las lágrimas caen una vez que tranca la llamada. No le gusta que su hija la vea llorando.

Foto: Natalia Páez

Las preguntas son las mismas desde hace tres meses. Las respuestas también.

El régimen de Nicolás Maduro extendió hasta el 12 de junio la prohibición de vuelos a causa de la pandemia por Covid-19, manteniendo restricciones que comenzaron a aplicarse a mediados de marzo. Cientos son los venezolanos varados en el exterior a la espera de vuelos humanitarios que les permitan volver con sus familias. Niños, ancianos, mujeres embarazadas, padres de familia y pacientes que esperan atención médica aguardan por la autorización del régimen. Desde Argentina, Colombia, España, Panamá, Perú, entre otros países, muchos se han organizado para hacer llegar el mensaje de las numerosas voces que piden regresar a casa.

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los entrevistados.

Este artículo de El Diario fue editado por: Génesis Herrera.

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