• En un presente de cambios e incertidumbres en la sociedad cubana, la única certeza que se mantiene está ligada al talante totalitario del régimen castrista. Represión, control y maltrato se unen al hambre y a la desesperanza en el contexto pandémico de la isla. El equipo de El Diario conversó con el periodista Abraham Jiménez Enoa sobre las razones y consecuencias de este sistema. Foto principal: AP News

El castrismo es racista. El castrismo es homofóbico. Es un régimen que, aunque los discursos panfletarios lo enmascaran, se ha encargado durante más de 60 años de perseguir, encarcelar y reprimir a las minorías. Y Cuba es un país que empieza a mostrar, nuevamente, los residuos de un sistema agotado. El hambre, la escasez y la desesperación son sustantivos que se pasean por las calles de la Habana y los fantasmas del período especial -enunciado creado por el régimen castrista-  aparecen, sobre todo, al momento de dormir con el estómago vacío. Esto lo relata en exclusiva para El Diario Abraham Enoa, periodista cubano, residente de la Habana y columnista de Gatopardo y The Washington Post. Además, ha colaborado en varias ocasiones con The New York Times.

En los últimos años la isla, caracterizada por los carros antiguos, las casas desoladas y con fachadas rasgadas por la desidia gubernamental, había encontrado una estabilidad considerable a través de los ingresos producidos por el turismo y por la importación de crudo venezolano a precios ínfimos. Además, las conversaciones entre la administración de Barack Obama y el régimen castrista, comenta Enoa, fueron primordiales para el repunte económico. 

“Eso hizo que también se realizarán una serie de reformas económicas, junto a la salida del poder de Fidel Castro y su posterior muerte, que modificaron la fisonomía del país. Los cubanos pudieron acceder a la propiedad privada y comprar casas, hoteles; vender sus autos y comprarlos”, dice.
En el mes de febrero de este año Petróleos de Venezuela (Pdvsa) aumentó el “apoyo” petrolero a Cuba a 173 000 barriles diarios.

Pero la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y las sanciones impuestas, tanto al régimen venezolano como cubano, redujeron esa estabilidad económica. Y, ante este panorama, la pandemia por covid-19 fue la estocada final para el retorno a los momentos más crudos de la historia ciudadana de Cuba, en los que, la vida se reducía a la esperanza de un pedazo de pan y un vaso de agua todas las noches. 

El periodo especial, que no es otra cosa que la situación económica y social ocurrida en la década del noventa por la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, es recordado por Enoa bajo los pesares del hambre. El Producto Interno Bruto (PIB) bajó 36%; los apagones oscurecían los días en La Habana y las grandes filas de compradores, contando sus pocos pesos, eran la imagen más reconocida de esa época. 

Fotos: | Abraham Enoa

“Cuba era totalmente abastecida y la economía cubana se amamantaba casi en un 100% de la URSS. Esta relación hizo que todo lo que se consumía en la isla, desde el diésel hasta los productos de consumo necesario, llegaran de la URSS. Con su desmembramiento y la caída de este entramado económico la sociedad cubana cayó en una debacle”, comenta.

La vida era muy difícil y la mentalidad del ciudadano común se debatía entre las horas de oscuridad por la falta de luz eléctrica, las grandes caminatas por la escasez de combustible y, sobre todo, por el pesar del hambre que no encontraba resolución. Uno de sus recuerdos más fecundos sobre esos años de su infancia se reduce a una canasta de pequeños pollos que su madre criaba para, luego de algún tiempo, servirlos en la mesa familiar. Él jugaba con ellos, los acariciaba, los veía caminar entre sus pequeñas cajas y escuchaba sus cacareos, pero, sin esperarlo, tenía que comerlos cuando llegara el día. No fue el único. Desde ese momento, con la ayuda del régimen también se creó una legislatura que condena, hasta con 20 años de cárcel, a los individuos que deciden asesinar a un animal para comérselo. El hambre es una fantasmagoría que nunca termina de irse porque, para Enoa, la razón de esa imagen espectral y dolorosa reside en un sistema agotado. 

La gente le tiene mucho temor a la posibilidad de que ocurra otro periodo especial. De hecho, el periodo especial es como un fantasma al cual los cubanos siempre están huyéndole. Es una sombra que siempre asoma y los cubanos intentan eludirla. Pero todo parece indicar que, nuevamente, van a tener que verla de frente y esa sombra se convertirá en una efigie real”, exclama.

El contexto actual es idéntico: el gran benefactor, en este caso Venezuela, se encuentra en su peor momento histórico. La pandemia acabó con el flujo turístico y, aquello que antes asustaba solo en la memoria, se volvió una realidad. Además, el fin de las presidencias socialistas en Latinoamérica como Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil fue un estocada para los acuerdos bilaterales de salud que conformaban el segundo renglón en la economía de Cuba. Un naufragio anunciado en un mar sistémico de totalitarismo. 

Foto: cortesía

El hambre, como resultado de las políticas económicas, también puede ser utilizada como medio para la dominación social. “Una persona no puede preocuparse por el status quo de su país cuando no tiene un plato de comida encima de su mesa”. Cuando una persona se encuentra ensimismada en su búsqueda perpetua de alimento, por tener algo que llevar a la mesa, se olvida, consecuentemente, de la realidad socio-política que lo subyuga. 

Los cubanos la mayoría del tiempo se la pasan hablando de comida, de qué van a comer o a conseguir. Habría que ver hasta qué punto esa hambre sistémica es motivo de las secuelas del régimen o hasta qué punto el régimen la utiliza para tener ensimismados a los cubanos, que los hace olvidar su propia realidad política. Es difícil cuando tienes la barriga vacía pensar en otra cosa que no sea un plato de comida y eso es lo que pasa a diario en Cuba”, plantea Abraham.

Por ahora, comenta Enoa, la única luz al final del camino es la consumación biológica de una generación de comandantes, revolucionarios y, ante todo, dictadores que maneja la isla, bajo el yugo ideológico, desde hace más de 60 años. Las dificultades del periodo actual obligarán, de alguna manera, a una revisión de la centralización económica.

Inevitablemente, el militarismo de Estado entrará en conflicto con los nuevos cuadros que van a empezar a subir y, quién sabe, si con este cambio en el sistema económico se genere una lucha de poder -que algunos aseveran que ya existe-; pero es necesario que se haga más visible para que produzca, no sé, una perestroika en Cuba”, puntualiza.

El militarismo cubano y la represión a las minorías

Mientras en Estados Unidos y el resto del mundo las luchas raciales se abocaron a las calles, reclamando por la visibilización de códigos racistas estructurados en la sociedad, en Cuba un joven negro de 27 años de edad era asesinado por la policía. Ocurrió, comenta Enoa, a mediados del mes de junio de este año y la respuesta del régimen, acostumbrada en estos casos, fue el silencio. Sus familiares reclamaron la brutalidad del acto y, a través de Facebook, exigieron justicia. “Porque un policía, un uniforme, no da derecho a asesinar de tal manera a nadie (…) y quitarle un hijo a una madre, a un padre, un sobrino a su tía, un hermano a su hermanita menor (…) por favor, justicia”, se leía en la publicación. 

La población civil, al ver lo ocurrido, decidió reunirse en las calles para protestar pacíficamente, pero, llegado el día, el régimen secuestró, encarceló y persiguió a 80 personas involucradas en la manifestación. Una vez más la mordaza militar tomaba el control. “Yo fui victima de eso: fui rodeado por la seguridad del Estado, por policías y militares. Se me impidió salir de la casa. Es un método muy común: me ha pasado en otras ocasiones. También me han secuestrado y me han llevado a interrogatorios por más de 11 horas”, agrega. 

Foto: Guillermo Novoa

No es el único caso. En los últimos cuatro meses, escribió Enoa en el Washington Post, 10 policías golpearon y encerraron durante toda una noche, mientras las heridas frescas mancharon de sangre el lugar, a dos artistas por tener la mascarilla en el cuello. Dos jóvenes fueron agredidas por intentar documentar los errores policiales en el trato, al ser injuriadas por no cumplir con el procedimiento de la mascarillas, y, luego, fueron trasladadas al hospital. Finalmente, las llevaron a una cárcel donde estuvieron más de dos meses. Todas las víctimas fueron personas afrodescendientes. Entonces, la violencia policial que se cierne sobre la población tiene como característica irrebatible el maltrato a las minorías.

Es un país donde levantar la mano, alzar la voz y declarar los desmanes y violaciones de Derechos Humanos significa que te echen en un saco y te etiqueten, hasta el último día, de ‘lavagallo’ o de persona no grata”, agrega desde la isla.

Los fundamentos totalitarios del Estado cubano que llegó al poder en 1959, luego de la cruenta “revolución”, son, para Enoa, las primeras razones de la marginación de las minorías. La imagen del gobierno vestido de verde oliva se ha caracterizado a través de los años, más que por las largas e hirsutas barbas y los habanos, por los dirigentes blancos. Fidel Castro, en los primeros años de la revolución, acabó con una organización que federaba más de 500 sociedades de negros y mulatos llamada el Directorio Central de las Sociedad de la Raza de Color. Se prohibió la creación de grupos sociales para pensar los problemas raciales en el país; se ignoró, desde la raíz, todo tipo de discriminación y se guardaron bajo la alfombra roja los problemas endémicos de la sociedad cubana. 

Foto: R. Espinosa

El panorama no ha cambiado y la participación de la población negra y mulata en los aparatos del poder es, prácticamente, inexistente. “Cuba es un país donde 35% de la población es afrodescendiente, pero ese porcentaje es el más encarcelado y el que menos accede a la información”, comenta Enoa. Incluso, en febrero de 2019 un grupo de investigadores alemanes publicó un informe sobre la nueva estructura social de Cuba, luego de 60 años de revolución comunista, y los resultados reflejaron una extensa desigualdad racial en la isla: 75% de la población negra comentó que no tenían acceso a Internet; frente a 25% de la población blanca. Solo 11% de la población negra y mulata ha sido capaz de obtener una cuenta bancaria; mientras que 75% de la población blanca lo logró. 78% de las remesas que llegan al país van dirigidas a la población blanca y, además, controlan 98% de las empresas privadas. 

La comunidad LGBTI también ha sido objeto de una persecusión y represión histórica por el castrismo que comenzó, podría decirse, en la década de los sesentas con la creación de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP), -campos de trabajo donde los disidentes, opositores y homosexuales eran encarcelados-. Entre 1965 y 1968 más de 25.000 hombres, considerados homosexuales “burgueses”, fueron enviados a estos campos. 

El escritor Reinaldo Arenas es un ejemplo de ello y relata en su obra la represión del castrismo ante su disidencia y homosexualidad. Estuvo dos años en la prisión El Morro, en la Habana, y nunca olvidó los maltratos del régimen. Luego, en 1980, escapó a Estados Unidos, donde vivió durante 10 años hasta su suicidio en 1990. En su carta de despedida escribió: “Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Solo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”. 

Foto: Getty Images

En el mes de mayo de 2019 la comunidad LGBTI en Cuba convocó, a través de las redes sociales, una marcha contra la homofobia, después que el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), dirigido por Mariela Castro, hija de Raúl Castro, cancelara “la conga” -una celebración anual para luchar contra la discriminación sexual-. Los manifestantes se congregaron, pero, nuevamente, la policía hizo presencia para reprimir la convocatoria y encarcelar a los asistentes. 

Entonces, para Enoa, si el régimen es capaz de oprimir, encarcelar y maltratar a las minorías declaradas que, en los últimos años, han posicionado una voz de lucha y visibilización alrededor del mundo, también lo es de clausurar la libertad de todos los ciudadanos. Así ha sido durante 60 años y lo es durante la pandemia. 

El peligro del periodismo en Cuba

Las características básicas del periodismo, durante muchos años, fueron reconfiguradas por el aparato ideológico del Estado que existe en Cuba. Un periodista era un propagandista o, al contrario, un opositor perseguido. Ahora, Internet creó un nuevo espacio independiente para el oficio. Es la generación de Abraham Enoa que, agotada de un periodismo militante, está centrada en la crónica, en los relatos de largo aliento e investigativos y, sobre todo, en la recopilación de testimonios olvidados bajo las campañas propagandistas del castrismo. 

El régimen cubano permitió el acceso libre a Internet en 2009. De resto, era un servicio puntual para las funciones del Estado o para comunicaciones en locales aceptados.

Internet fue el primer bastión para una disidencia periodística en Cuba que comenzó, relata Enoa, en la década de los noventa. Eran periodistas opositores que, a través de este medio, trataban de contar la realidad del país; la escasez, el hambre y la represión constante a los ciudadanos. 

La única manera de silenciar es con represión y amenazas. Es que, incluso, los ciudadanos comunes que tienen la necesidad de pedir auxilio y describir el día a día sufren este tipo de represalias. La llegada de Internet supuso que el gobierno aumentara su represión y la pandemia ha hecho que ese sometimiento sea doble.

El trabajo del periodismo opositor estaba centrado en una escritura testimonial que denuncia los atropellos y que tiene una finalidad política. La generación de Abraham, por otro lado, reconocibles en los movimientos de la red, intenta despojarse de las cargas disidentes y busca un sentido básico del oficio: informar la realidad sin talante político. 

Foto: CubaNet
“Es una generación comprometida con el periodismo y no con el activismo y empezó a fundar medios con la llegada de internet, alrededor de 2015, hasta la fecha. Eso cambió el juego: explotó una nueva narrativa, diferente a la prensa cubana que se dedicaba, básicamente, a contar el activismo político”, agrega.

En los primeros años del periodismo independiente -llamado “alternativo” por el régimen- no existía represión, explica Enoa, porque el castrismo reconocía a los medios opositores como su objetivo directo. Estos, solamente, eran jóvenes que escribían. Pero su escritura, enfocada en encender la luz de la oscuridad totalitaria, se convirtió rápidamente en un problema para el Estado. Era una narrativa que, de cierta manera, se entrecruzaba con el objetivo que tenían los medios opositores de relatar la cruenta realidad socialista y, en ese momento, comenzó la represión. “Terminamos como lo que siempre habíamos sido: medios independientes de comunicación”. 

Foto: ADN Cuba | Abraham Enoa

El sonido de las motocicletas detiene la conversación. Abraham espera. El ruido de los motores se disipa y, en ese instante, continúa su relato. Quizás es el temor ante las fuerzas policiales que, varias veces, lo han detenido, secuestrado e injuriado o, simplemente, es una mera casualidad. Pueden ser ambas, ya que el 30 de junio denunció por Twitter el arresto domiciliario del que fue víctima. 

“Varios agentes de la Seguridad del Estado y una patrulla con cuatro oficiales están apostados en los bajos de mi casa para impedirme ir a cubrir la marcha de protesta por la muerte de Hansel Hernández. El gobierno cubano es abusador y racista”, escribió en ese momento. 

Esto ocurrió luego de la publicación de Enoa en El Washington Post denunciando la muerte de Hansel Hernández, el joven negro asesinado por la policía, y explicando la violencia sistémica y racial por parte de las fuerzas policiales. Varios reporteros también fueron amedrentados ese mismo día. 

En los últimos meses, comenta, la represión aumentó por la llegada de los controles policiales de la pandemia. La cantidad de funcionarios es mucho mayor; la violencia estatal también y se ha establecido un toque de queda para evitar las filas por alimentos. La excusa de la “normalidad controlada”, de los peligros del contacto físico, ha provocado que se fortalezca, de alguna manera, el aparato de control manejado por el castrismo. Desde hace más de una década, comenta, no ocurría una escalada de persecución tan notable y peligrosa. “Habría que remontarse a 2003 o 2004, en la Primavera Negra, cuando 75 periodistas (entre opositores e independientes) fueron encarcelados y condenados hasta por 20 años”. 

Las estrategias para desprestigiar y acabar con las voces contrarias van desde, explica Enoa, la persecución e interrogación durante horas, tanto del periodista como de sus familiares, hasta la injuria por redes sociales de escuadrones de cuentas falsas para torcer y manipular la realidad. “Ser un periodista independiente o ser un opositor es igual que ser un delincuente, en un país donde pensar diferente, con una ideología distinta, significa ir a prisión y ser tratado como una persona sin derechos”, comenta. 

Foto: Tomás Munita

De resto, los medios manejados por el Estado (radio, televisión, periódicos, etc) están marcados por la finalidad ideológica. “Esto es un país donde la Constitución de la República establece que los cinco medios de comunicación autorizados para funcionar e informar son los que trabajan subordinados al partido comunista de Cuba. Por lo cual, todo lo que esté fuera de esa sombra legal, valga la redundancia, es ilegal”. Entonces, la función del periodismo independiente se convierte en una lucha constante, con las teclas y la libreta, para intentar comunicar las verdades de la isla y deslastrar, al mismo tiempo, el discurso socialista internacional que ha moldeado una imagen errónea del régimen castrista. 

“Yo creo que el chavismo es una copia a carbón del castrismo”

Desde los primeros discursos del fallecido expresidente Hugo Chávez la figura de Fidel Castro se convirtió en un referente indiscutible. El romanticismo de la revolución, de los “buenos salvajes” que salvaron a la población cubana del yugo militar, era un ideario que se mantenía constante. Incluso a pesar de los testimonios de escritores como Arenas o de balseros que escapaban, con las esperanzas flotando en un embarcación endeble, de la “bonita revolución”. Nada parecía detener la utópica figura del castrismo. 

Foto: cortesía

Con el pasar del tiempo y la posterior llegada del chavismo, la relación entre los dos gobiernos, uno el maestro y el otro el estudiante, se fortaleció. Cuba, un país que Enoa define como imposibilitado de mantenerse por sí mismo, encontró a su segundo benefactor. El chavismo estudió y copió el estilo totalitario de la isla y, poco a poco, se convirtió en un reflejo. 

“La única diferencia es el poderío de recursos naturales que tiene Venezuela, que hasta cierto punto se puede valer por sí misma y que Cuba no. Son dos regímenes que ahogan a sus ciudadanos para imponer sus placeres, sus políticas y bajo ese precio limitan, con total impunidad, las libertades fundamentales de todos los seres humanos”, analiza Abraham.
Foto: cortesía

Ambos regímenes se estructuran en un discurso populista y en la imagen de sus creadores, ya fallecidos, inmortalizados en la propaganda. Pero los testimonios comienzan a esclarecer la situación actual de los dos países, las fotografías de la migración y el hambre, con el relato incisivo de los ciudadanos es primordial para entender el pasado y escudriñar el presente. En Cuba el internet logró esto y fue el primer lugar, después de años, donde la población encontró un resonador de su voz. Empoderó a la ciudadanía que en la actualidad, con miles de peligros, se enfrenta a las injusticias y dio un espacio para el periodismo. En Venezuela, para Enoa, la situación es inestable y la figura del presidente interino, Juan Guaidó, aún no es clara. 

“Creo que el deslumbramiento del régimen cubano llegará por sí solo, por desgaste de un sistema caducado”. No será, agrega, a través de insurrección social o militar porque la dictadura castrista está inmersa en la psique del ciudadano. Es una realidad irrebatible, pero el final biológico de la generación “revolucionaria” y los cambios en el status quo provocados por la pandemia pueden llegar a ser, quizá, la última estocada. 

Este artículo de El Diario fue editado por: Yazmely Labrador|Génesis Herrera | José Gregorio Silva .

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