• Foroozan fue una de las casi 20 mujeres encarceladas en una prisión de mujeres de Afganistán por asesinar a su esposo después de años de abuso. «Gracias al coronavirus, se me ha dado una segunda oportunidad de vivir»

Un jueves por la mañana en el mes de mayo, tres días después de salir de la cárcel, Foroozan salió de la casa de su madre para ir al mercado. Era la primera vez en seis años que pisaba las calles de Herat, la capital de la provincia del mismo nombre en el oeste de Afganistán. Mientras se abría paso entre la multitud de hombres con máscaras, se mareó, como si «el mundo girara alrededor de su cabeza». No se parecía en nada a lo que ella había imaginado. «Cuando estaba en prisión, pensaba que el mundo exterior era el cielo y los que eran liberados, iban camino al cielo», dijo. Pero ahora, luego de experimentarlo por sí misma, le ha parecido alienante e incluso aterrador. «Pensé que todos me miraban fijamente», dijo. «Apuntando sus dedos hacia mí mientras susurraba, como si supieran que era una prisionera,pero por supuesto todo estaba en mi cabeza».

Foroozan estaba en el décimo grado cuando su familia arregló todo para que se casara con un hombre 25 años mayor. Él era propenso a la violencia, y durante 15 años, ella tuvo que soportar su abuso físico y verbal. Una mañana temprano, sin embargo, su esposo agredió a una de sus dos hijas. Foroozan agarró una pala y le golpeó repetidamente hasta que murió. Cuando se entregó a la policía, su hijo de 12 años, Maqsood, se había adelantado diciendo que había ayudado a su madre en el asesinato. Foroozan fue acusada y declarada culpable de asesinato y condenada a 10 años de prisión. Maqsood fue enviado a un centro de rehabilitación juvenil durante dos años y medio años en ese momento, y sus hermanas Mozhdah y Mahtab, de 9 y 7, fueron enviadas a un albergue.

Foroozan preparando el almuerzo con sus dos hijas, Mozhdah y Mahta, y su madre, Afzal. Crédito: Kiana Hayeri para The New York Times

Foroozan fue una de las 20 mujeres encarceladas en la Prisión de Mujeres de Herat por matar a sus maridos. Muchas de ellas habían estado en relaciones abusivas, hasta que el instinto de sobrevivir o de proteger a sus hijos las llevó a asesinar a sus abusadores, terminando así en la cárcel con largas condenas y pocas posibilidades de una pronta liberación. Visité el centro por primera vez en 2019, y la mayoría de las mujeres me dijeron que se sentían más seguras y libres en la cárcel que en su casa con sus familias.

Recientemente muchas de estas reclusas han sido liberadas, luego de que el presidente Ashraf Ghani ordenara la liberación de miles de presos -en su mayoría mujeres, jóvenes y enfermos- para evitar la propagación del nuevo coronavirus. Los reclusos elegibles fueron notificados para que empacaran sus pertenencias y esperaran en el patio. Foroozan se unió a ellos, escuchando mientras se pronunciaban algunos nombres. Esas afortunadas reclusas fueron liberadas, pero después de horas de espera, Aalia Azizi, la directora de la prisión, daría a las demás mujeres la mala noticia: «Nadie más se va a casa hoy, ha habido un error». Azizi no sabía cuál era el error, sólo que tenía instrucciones claras de no liberar a nadie más.

Foroozan en prisión en 2019, entreteniendo a los hijos de algunos de los otros prisioneros. Crédito:Kiana Hayeri para The New York Times

Al día siguiente, la prisión se convirtió en un caos. Un grupo de presas furiosas trató de romper la puerta de entrada a prueba de balas y destrozar las ventanas de la prisión. El patio de recreo de los niños se quemó y una docena de reclusas fueron hospitalizadas, algunas con heridas graves tras tragar cristales rotos como acto de protesta. Se les había prometido la libertad, y se negaban a renunciar a ella. Las violentas manifestaciones continuaron y la prisión, que antes era un santuario relativamente seguro y pacífico en comparación con los hogares de los que provenían muchas de las reclusas, cayó en la discordia. Algunas prisioneras hicieron huelgas de hambre y otros intentaron suicidarse, todos exigiendo su liberación.

Finalmente el gobierno ofreció una solución: Si las mujeres querían irse, podían comprar el resto de su sentencia con la aprobación de la oficina del fiscal. Foroozan, desesperada por reunirse con sus hijos, pidió prestado un poco más de 1.000 dólares a sus parientes y pagó su salida. Fue liberada el 11 de mayo.

Las escuelas están cerradas en Herat debido a la pandemia, por lo que Foroozan pasa todo el día en casa con sus hijas. Crédito:Kiana Hayeri para The New York Times

«Gracias al coronavirus, me dieron una segunda oportunidad para vivir», dijo Foroozan. «Salir de la prisión antes de tiempo y empezar una nueva vida con mis hijas a mi lado». Mozhdah y Mahtab, que ahora tienen 15 y 13 años, describieron los últimos dos meses como el período más duro de todos los años que estuvieron separadas de su madre. «Durante la cuarentena sólo se nos permitía una llamada telefónica por mes», dijo Mahtab. «No podíamos ir a la escuela, no podíamos volver a casa con nuestra abuela y no podíamos visitar a nuestra madre. También nos habían encarcelado». Lloró mientras hablaba.

Foroozan y sus hijas están juntas de nuevo, pero la cruda realidad de ser mujer en el Afganistán dominado por los hombres se cierne sobre sus vidas cotidianas. Dentro de la prisión, Foroozan obtuvo unos pequeños ingresos como sastre, cosiendo vestidos y reparando ropa para los guardias y los reclusos, pero en Herat no podrá encontrar un trabajo tan rápido. La pandemia ha causado estragos a la economía afgana y ha dejado a millones de personas sin trabajo.

Los últimos ahorros de Foroozan fueron usados para pagar a un contrabandista para que sacara a Maqsood del país luego de que fuera liberado hace tres años. Actualmente se encuentra en Alemania, donde viajó a pie con sólo 14 años después de ser liberado. En enero, su solicitud de asilo fue rechazada por las autoridades alemanas. Su abogado ha apelado el caso, pero podría ser deportado de vuelta a Afganistán cuando cumpla 18 años este año.

En la casa de su madre, entre momentos de alegría y fuertes risas con las niñas, Foroozan se pierde entre sus pensamientos y se encuentra a menudo aturdida, en un mundo oscuro de incertidumbre. Los familiares de su marido la han amenazado repetidamente con tomar venganza quitándole su vida y la de sus hijos.

La cruda realidad de ser mujer en el Afganistán dominado por los hombres se cierne sobre Foroozan. Crédito: Kiana Hayeri para The New York Times

Una tarde, Mahtab preguntó si podía salir a comprar helado. Foroozan levantó la ceja pero se mordió la lengua y dijo que sí. Mientras Mahtab bajaba las escaleras, Foroozan corrió detrás de ella y le dio una mascarilla quirúrgica: «¡No te toques la cara y ve rápido!» Una vez más, está protegiendo a sus hijos: protegiéndoles del virus, de sus despiadados suegros, de una guerra furiosa y de una sociedad patriarcal que no la acoge ni a ella ni a sus hijas.

Mientras veía a Mahtab desaparecer en el pasillo, susurró: «Dentro de la prisión tenía un problema. Ahora aquí fuera, tengo mil».

Kiana Hayeri es una fotógrafa iraní-canadiense y una becaria de la TED. Es colaboradora habitual del New York Times desde Afganistán, donde está establecida desde 2014.

Esta es una traducción hecha por El Diario de la nota She Went to Prison for Killing Her Husband. The Pandemic Set Her Free. original de The New York Times.

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