• Un grupo de migrantes venezolanos en distintos países se escriben una carta sobre sus vivencias en cuarentena para abrirla en el futuro

Durante la noche de Luna de cuarto menguante del 12 de julio de 2020, Manuel De Sousa, Genessis Torrealba, Katerina Ríos y Rotsen Zambrano decidieron escribirse una carta a sí mismos que solo abrirán cuando cumplan 60 años de edad. Una carta que les hará recordar cómo lidiaron con la pandemia por covid-19, pero, sobre todo, cómo lidiaron con la cuarentena y consigo mismos.

Para comenzar, Manuel De Sousa nos ofrece Fight Corona, cover que, a manera de prólogo, abre las historias de esta crónica: 

Barcelona

De Manuel Alejandro de Sousa

12 de julio de 2020

Barcelona

Para Manuel Alejandro de Sousa, dentro de unos años

Vista desde el patio de edificio ubicado en el cruce entre la calle Ricart y Olivera, en el barrio Poble Sec, Barcelona | Foto: Manuel Alejandro Patio

Manuel Alejandro, ¿recuerdas cuántas veces pasaste por el estadio César Nieves de Catia La Mar?, siempre con ese sopor enternecido por el coraje de aquellos guaireños jugando pelota bajo ese sol “opresivo”, tal como lo adjetiva Charles Darwin en The Voyage of a Beagle, diario en el que relata su travesía por los mares de Suramérica y el Pacífico Sur; ¿recuerdas cuándo contemplaste ese terraplén por última vez?, justo antes de irte y sin asomos de enguayabamientos, porque no emigraste para huir de nada ni de nadie, igualmente, lo sabes, te habrías marchado aunque el país hubiera contado en aquel entonces con los niveles de vida de Noruega.

Había una sencilla razón: a ti te gustaba el frío y el rocanrol.

De los 44 años que tenías hoy, viviste 31 en Caracas; desde que, a pocas calles de la avenida Victoria, te sacaron al ruedo del Centro Obstétrico Las Acacias una madrugada de octubre de 1975. 

Como todo fritín de clase media, viviste como un fritín de clase media, y con amigos igual de fritines de clase media, exprimiste la oferta cultural de la ciudad, bebiste tercios en restaurantes chinos intentando componer el mundo con palabras o tertuliando en las taguaras de Los Chaguaramos, Valle Abajo, Bello Monte, y las respectivas escapadas esporádicas a playas, islas o Mérida.

No obstante y años atrás, la cosa transcurría en Caracas entre casetes de Los Beatles, Radio Capital, Kys FM, acetatos de Sentimiento Muerto e inducciones ajenas de Wilfrido Vargas; saltimbanqueando en los Valles de Aragua, en el Macuto Sheraton o en alguna playa superpoblada de zancudos sádicos.

De Coche a Los Palos Grandes, vía Los Chaguaramos, viviste los noventa y los primeros años del milenio como si los suburbios de Seattle o Londres colindaran con Fuerte Tiuna o Plaza Venezuela, décadas que cristalizaron los pormenores de la nostalgia de la generación post-boba de Chirinos y sus vivencias filiales: El Ávila, Choroní, Los Roques, Playa Parguito, La Belle Epoque, una ciudad piedrera y venerable, moderna y campurusa, como un pueblo con Metro de bahareque armado y concreto embarrado, con bodegones y bodeguitas, tierrúa y sofisticada.

La cuestión con Barcelona fue bastante casual, ¡cómo olvidarlo!, tenías amigos allí desde la época de los cupos de dólares y hacia 2003 surgió la idea  de ir a veranear a Noruega, ganar dinero vendiendo collares y haciendo tatuajes de henna, y recorrer el país como si fuera lo que parece: un parque nacional con población e instituciones. No obstante, la base era siempre Barcelona antes de subir para Noruega.

Durante tres veranos consecutivos estuviste “rodando” por el hermoso país nórdico, pero siempre volvías con tus amigos a Barcelona, hasta que llegó aquel mayo de 2007 y te quedaste definitivamente en esa ciudad, ya la conocías relativamente bien, con la suerte de que era cosa fácil encontrar trabajo con solo tener un pasaporte comunitario, e incluso sin tenerlo.

Eran otros tiempos, Manuel Alejandro.

Un trabajo de 30 horas resultaba suficiente para un piso compartido y disfrutar de una ciudad que podría definirse como “Occidentelandia”, un paraíso para cualquier persona que comparta los valores occidentales y cuente con los ingresos suficientes que las democracias liberales y el estado de bienestar europeo suelen (o solían) garantizar. Paralelamente, la recesión de 2008 afectó las economías y los visitantes en “Occidentelandia” se redujeron y la ciudad desaceleró su marcha hedonista multicultural.

Manuel Alejandro, menos mal que aprendiste inglés y francés, esto te permitió encontrar empleos en el ámbito cultural. Y conociste y entendiste con mayor nitidez el contexto en el que te encontrabas. Comenzaste a trabajar en el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona, el Monasterio de Pedralbes y el Mercat de les Flors, que de mercado nada y en realidad se trata del escenario de las mejores compañías de teatro y danza contemporánea del mundo; coincidiendo todo esto con tus intereses intelectuales, la investigación histórica y cultural cultivadas en la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV, de la que egresaste en 2003.

Un buen día, entendiste aquella frase de un cuento de Luís Laya, “a veces sucede que los hechos son los que lo reconstruyen a uno”, y también entendiste que había llegado el momento de organizarte mejor y buscar la independencia de la “vida loca” barcelonesa. Tomar las riendas de un apartamento y trabajar 40 horas en un ámbito no tan “culturoso”. Por fortuna, sabías inglés y francés, y te mantuviste trabajando en el mismo proyecto de relaciones con los consumidores de una monstruosa multinacional alimenticia, lo que te permitió probar y valorar chocolates de toda Europa en detrimento del factor cultural, por lo que decidiste tocar puertas en medios de comunicación alternativos para desarrollar aquellas ideas engavetadas.

Comenzaste a escribir artículos y publicar fotos en un interesante periódico trilingüe, fundado y gestionado por un par de norteamericanos y una alemana. De esta manera, dilucidaste una serie de observaciones cotidianas desde una postura liberal, crítica y relativamente polémica, hasta que una de las editoras decidió marcharse y el periódico tomó un rumbo más comprometido con las causas nacionalistas catalanas.

Nada más que hacer allí.

Entre viajes a ciudades europeas, lecturas e investigaciones, te inclinaste por el turismo académico, y presentaste tus papers en la Universidad Católica de Milán y en la Universidad de Amberes, no sin dejar de escarbar en tiendas de discos para poner música en las exposiciones de Paella Showroom, aquella galería extinta que unos viejos amigos de Caracas abrieron en el centro de Barcelona, y “vivir el sueño” entre conciertos, festivales, museos y romances.

Europa es el consumatum est de los postulados de la ilustración y los valores aristocráticos remezclados por la burguesía después de la Revolución Francesa y la Revolución Industrial. Cualquier snob de closet, persona con un mínimo de buen gusto o individuo sensible, encontrará su nido en el viejo continente.

Lo más provechoso de esta cuarentena, Manuel, debes recordarlo, fueron aquellas dos semanas de vacaciones forzadas y pagadas que los sindicatos correspondientes, el Estado y las empresas, te permitieron bajo la figura del ERTE, Expedientes de Regulación Temporal de Empleo. Fue entonces cuando te convertiste en una especie de versión postmoderna y working class de Jean Floressas des Esseintes, el antihéroe de A Contrapelo, esa novela-himno de la decadencia firmada por Joris-Karl Huysmans. Hasta que comenzaste a teletrabajar y compartir el tiempo con un proyecto musical en construcción y la escritura de poesía accidental para un siglo feo.

Leíste La peste de Camus acompañándote de un vino de Oporto en oferta y sin contemplar ningún Salomé de Gustave Moreau, sino más bien gente nerviosa y abusadora comprando papel tualé, carne y papitas fritas, como si Napoleón y sus tropas se aproximaran a la ciudad para ocuparla y saquearla.

La nueva anormalidad y la injuria sanitaria del tapabocas hacían del confinamiento una versión alargada, civilizada, ibérica, invernal y sin tiros de un fusil automatique léger, o un fal, del toque de queda de Carlos Andrés en febrero de 1989, en la que no se podía poner un pie en la calle sino era para comprar comida y chismear rumores.

Manuel Alejandro, menos mal que aprendiste inglés y francés, lenguas útiles antes de que se nos empezaran a poner los ojos chinos, como dice la canción de Sentimiento Muerto que tanto escuchabas a finales de los ochenta. Te cuento que el new wave y el post punk son más relevantes que nunca en este 2020 y ya verás que esas Dr. Martens que te compraste en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT) en 1993 te van a servir para caminar sobre suelos pestilentes por más de 30 años.

Fight Corona: Barcelona, París, Mérida y Belfast
Pepperoni pizza video date| Foto: Manuel De Sousa Pizza

Te dejo esta foto. Conversamos sobre cómo estaban las cosas en el mundo y la letanía estadística de la pandemia. ¿Te acordarás de esta velada?, la pizza se me quemó un poco, pero el vino estaba exquisito, un vino rosado de Navarra. Después de la cita, escribí estas líneas para ti, Manuel, que las leerás en 2036.

                                                                  Amorosamente, Manuel Alejandro.

París

De Genessis Torrealba

12 de julio de 2020

París

Para Genessis Torrealba

[No abrir antes de las 11:00 am del 19 de febrero de 2053]

Foto: Genessis Torrealba

París es una ciudad que puede dártelo todo si también decides perderlo todo. No sé bien cómo explicarlo, tal vez ya tienes una mejor definición, pero París es como un novio guapo del que te enamoras pero al tiempo le vas conociendo un montón de defectos y malos hábitos. Si la memoria no te falla, Genessis, te recuerdo que tus decisiones te llevaron a París, ciudad a la que llegaste el 29 de septiembre de 2016 junto a una delegación de intercambio entre el Pedagógico y la Embajada de Francia para trabajar en un colegio. Tenías 23 y dejabas atrás tus años universitarios, la familia y amigos, aunque muchos ya habían emigrado para entonces o no tardaron mucho en hacerlo, y extrañarías el calor irrepetible de tu pueblo cuando resistías los implacables inviernos que te cambiaron la vida.

Cuando finalmente te mudaste a Francia, habías empacado el entusiasmo por vivir en un país del que lo sabías todo y al mismo tiempo se te presentaba completamente ajeno pero no tan lejano, ya que pretendías hacerlo tuyo en pocos meses, porque ya dominabas el idioma y porque tantas otras cosas que sabías de Francia y de la vida.

Genessis, no sé si adaptar sea la palabra correcta, conozco bien París, algo que me enorgullece, sí, pero no considero que encajo completamente en esta ciudad. Te escribo esta carta en plena mudanza. Mi sexta mudanza en París. Y me siento como este cuatro al que le busco acomodo en mi maleta y no le encuentro lugar.

Imposible que lo deje ir,  done, lo regale o lo bote, como siempre hago con todo aquello que ya no uso, pero no, acaricio sus cuerdas de vez en cuando, y aunque la única canción que sepa tocar sea El constructor de Laura Guevara, paradójicamente, siempre lo llevo conmigo, como aquel diario homemade que conservo desde mi adolescencia con fotos de Madonna y del elenco de Un paso adelante y tú, Genessis del año 2053, probablemente aún lo conservarás porque planeo quedármelo siempre.

¿Se me extraviará algo esta vez como aquella Caperucita Roja de porcelana que jamás apareció cuando tenías 7 años de edad y te tocó mudarte de Santa Lucía a Charallave? La metiste en la maleta, o sería en un bolso, o qué sé yo, y desapareció como un personaje de Toy Story. Lo dudo, porque siempre dono, regalo y boto lo que no sea necesario. Ha sido así en cada mudanza. Recuerda aquellos lugares en los que viviste durante tus primeros cuatro años en París:

1. Thorigny-sur-Marne,

2. Villejuif,

3. Aulnay-sous-Bois,

4. Bondy,

5. Boulogne-Billancourt

6. Pré-Saint-Gervais.

Foto: Google Maps

“Tengo dos ciudades”, te decías, Charallave y Caracas. Definías a Charallave como un pueblo que se quedó a medio camino, con las ganas de ser ciudad. Allí viviste la adolescencia hasta que partiste. ¿Recuerdas las fiestas a las que ibas con tu tío y los primos?, ¿aquellas noches infinitas de baile y joropo? Durante los dos últimos años participaste como bailarina en proyectos artísticos organizados por la escuela de tu tío, Joropo Central Tuyero, donde aprendiste todo lo que sabes sobre el folklore y las tradiciones de la región en la que te criaste. Charallave fue para ti tranquilidad dominguera, y desde tu hamaca te mecías levemente, veías la televisión y el mundo oscilar a su ritmo parsimonioso mientras abuela y mamá cocinaban sopa a la leña.

En la universidad no lo pensabas dos veces para involucrarte en los proyectos del Departamento de Idiomas y nunca faltaban planes para los fines de semana, aquel concierto de La Vida Bohème o del pianista Víctor Morles cuando presentó su disco Natural; alguna “reu” en casa de tus amigos, numerosas excursiones a El Ávila, las cervezas y las tascas de El Paraíso. Nunca escasearon las fiestas, las borracheras y los conciertos de tus bandas favoritas. En Caracas lloraste, reíste y amaste, hasta que se te agotaron las lágrimas, hasta quedar afónica y hasta que te exprimiste el corazón, allí conociste a tu primer novio, los mejores amigos y los mejores momentos. En Caracas también estudiaste Francés y comenzaste a soñar con pasear por la avenue des Champs-Élysées de París, mi ciudad actual y quién sabe si aún será la tuya, Genessis, allá en 2053.

Naciste un viernes a las 11:00 am en Caracas. Un 19 de febrero de 1993. Cuando tenías 7 años de edad nació tu hermano. Tu niñez transcurrió en Santa Lucía, un pueblito sosegado y generoso de los Valles del Tuy, en Miranda. Luego te mudaste a Charallave con mamá y tu hermano. Aún hoy atesoro a mis amigos de aquellos tiempos y espero que dentro de 33 años aún los conserves.

Luego te fuiste a estudiar a Caracas, presentaste la prueba esa de Inglés en el Pedagógico. Tu inglés era bastante bueno, no cabía duda, tu tío era profesor de Inglés y se había casado con una chica trinitaria, y no fueron pocas las tardes en las que el idioma gravitó con naturalidad en las conversaciones familiares. Lo hablabas, lo entendías perfectly, pero habías descuidado la gramática. Cuando llegó el día de la prueba para ingresar en la Upel, el exceso de confianza lo pagaste caro y te sentiste perdida en la parte de selección múltiple y reprobaste.

Pero, por cosas de la vida, alguien te alentó, “¿por qué no lo intentas con Francés en el Pedagógico?” Irónicamente, Francés en ese entonces nunca te había pasado por la mente, nunca fue tu primera opción, ni tu segunda, ni tu tercera. Sin embargo, siempre pensaste que fue tu destino. Y comenzaste en esa universidad a estudiar sin conocer absolutamente nada de ese idioma, ni un verbo, ni una preposición. Y voilà!, lo aprendiste. Y lo amaste. Y lo hiciste tuyo. J’adore cette langue, le decías a todos, y ¿recuerdas?, ese fue el origen de tus ganas de venirte a vivir a París.

Por los momentos, Genessis, no estoy estudiando. Mucho menos en estos meses de una cuarentena que poco a poco se levanta, en este tiempo detenido que tú sí sabes cuándo concluyó pero que yo ignoro. Ya terminé Literatura en la Sorbonne Université y entre mis metas en el futuro contemplo retomar en septiembre el master en Lingüística que empecé el año pasado, claro, si la pandemia nos deja, pues ya se habla de otro lock down; y aprender todo lo que pueda sobre fotografía, además de seguir sobreviviendo, y escribo sobreviviendo y te imagino reírte un poco de mí dentro de 33 años, de tu yo de 27, te imagino queriéndome abrazar.

La Candelaria, Caracas |Foto: Genessis

Hasta hace unas semanas mi rutina era de una simplicidad inquebrantable: despertar, ir al trabajo en bici, unos seis, siete kilómetros, salir del trabajo y regresar a casa. Eventualmente trabajaste como nounou, pero tanto tu carrera universitaria en el Pedagógico, donde te enseñaron “a hablar con la gente”, como tu experiencia como bailarina, te sirvieron para ser mesera. Fuiste mesera en un restaurante en París y allí debías desplazarte entre la gente, la cocina, la terraza, la pista de baile, hacer piruetas y explicarle cosas a los clientes de la manera más clara posible, y a todo eso añade mantener en equilibrio la bandeja con los pedidos.

En tus ratos libres y en la medida de lo posible, hacías lo que estuviera a tu alcance para encontrarte con los pocos amigos de por aquí, planificar algún fin de semana para visitarlos o recibirlos en casa, pasarte un rato por Gare Jazz, en la avenue Corentin Cariou, uno de tus lugares favoritos, un bar con música en vivo y tragos baratos muy cercano a esta casa de la que hoy me mudo y un tanto lejos de la que me mudaré. Si bien te agradaba lo populacho y lo bohemio de esta zona, repleta de bares, parques y galerías, ya te habías hartado del estudio que habitabas, muy estrecho y escandaloso, con vecinos con un amplio repertorio de ruidos vocales para tus parámetros de la discreción. A excepción de madame María, a quien le dejaste dos de tus plantas.

Madame María | Foto: Genessis

Durante estos meses de cuarentena, me he movido entre dos rutinas, una a la que intento no sucumbir reiteradamente, y consiste en no hacer nada, sentarme a llorar porque estoy sola en esto y la frustración no me deja ni respirar. Jamás había estado 24 horas tras 24 horas tras 24 horas encerrada en casa por tantos días. La otra es más optimista: levantarme a eso de las 10:00 am preparar té o café mientras paso un buen rato leyendo.

De estas lecturas te marcó Persépolis de Marjane Satrapi, novela gráfica que te prestó tu amiga Carmen Andreína Suárez y te llevó reflexionar sobre tu condición de extranjera. Después de la lectura, salías a correr por Parc des Buttes-Chaumont. Cocinabas tu almuerzo mientras escuchabas algún podcast. Y finalmente te tomabas un momento para hacer algo creativo, las más de las veces escribir.

Persépolis | Foto: Genessis

Desde que empezó la cuarentena llevo un diario con mis pensamientos del día, sobre cómo me va con el confinamiento, reflexiono sobre recuerdos, justo como lo estoy haciendo en este instante que te escribo. Tener tiempo y saber aprovecharlo no es tarea fácil. A pesar de las circunstancias, si uno puede sacar algo bueno de esto, pues, bienvenido sea. También estoy aprendiendo alemán y, por supuesto, hacia el final de la tarde, me tomo el tiempo para ver las series que tenía en mi lista, vi Chernobyl, simplemente genial, odié Games of Thrones, también vi You, Euphoria, Big Little Lies, y ya estoy por terminar la primera temporada de Dark. ¿Quién será ese con pinta de malbañado que se aparece en todos los tiempos y en todos lados? Ya seguro que tú, Genessis, lo sabes.

Si algo he aprendido de todo esto, Genessis, es que estar sola conmigo misma era algo que me daba miedo. Nada que una botella de vino no pueda arreglar. Ya hoy me estoy llevando mejor conmigo misma.

A falta de vino, poesía para esta noche de cuarto menguante. Recitaré para ti en inglés, francés y español I Carry Your Heart With Me, poema de E. E. Cummings.

Et à la prochaine, Genessis, prends soin de toi!

Mérida

De Katerina Ríos, a.k.a. Abnashpal Kaur

12 de julio de 2020

París

Para Katerina Ríos, a.k.a. Abnashpal Kaur, de 2042

 Foto: Abnashpal Kaur

Le llaman la Ciudad Blanca porque los mayas trazaban sus recorridos dejando líneas de cal. Consideraban el henequén tan valioso como el oro, y persiste la creencia de que nunca conocieron la derrota y mucho menos el despojo, más bien todo lo contrario: se retiraron invictos y nos dejaron ofrendas milenarias. La neta es que, un buen día, cuando los españoles ya andaban por estas tierras, los mayas simplemente se marcharon. Cumpliendo su ciclo. ¿Quién sabe?, eso dicen. Se perdieron del mapa y dejaron una buena cantidad de construcciones. Monumentos que se vinculan con el cosmos debido a su diseño, debido a su ubicación y debido a su arquitectura. En rima con el universo y las estaciones y el tránsito de los objetos celestes. Por estos lares vivo desde hace dos años, en Mérida, la de Yucatán, México.

Katerina Ríos, o mejor te llamo por tu a.k.a., Abnashpal Kaur, nombre que usas desde 2014, tal como lo indica el libro sagrado de los Sikhs o Sijs: Gurú-grant-sajib, te escribo esta carta un tanto achicopalada. Ayer me enteré de la partida del precioso maestro Armando Rojas Guardia. Estuve visitando su casita alrededor de un año. Por aquella época disque aprendía de poesía y la verdad verdad de todo es que me fui acercando a Dios gracias a las profundas conversas con Armando.

Siempre recuerdo uno de sus poemas, “El diseño”: “Tiene que haber un mapa, la estructura, aquella quieta forma flotante en el vacío, los arcos invisibles, columnas camufladas, las líneas presentidas de un diseño / Tiene que haber alguna geometría por debajo. Quizá un círculo, quizá un cuadrado tácito o una red de hexágonos iguales. / Quiero decir, dibujos que sea posible ver sobre lo blanco. Quiero decir, figuras cuyos límites, fronteras o finales, no se puedan traspasar impunemente”. Su poesía, de alguna forma, nos guiará siempre, como un mapa, ciertamente, en el vacío.

En aquellos años descubriste lo que llaman sueño lúcido, aquel “invento” de Jodorowsky, y ya te recordarás cómo es el personaje. Después de mucho entrenamiento fue que logré entrar conscientemente a mis sueños y redirigir los eventos. Por ejemplo, aquel sueño recurrente que desde niña se repetía como un loop. Me quedaba encerrada en un ascensor con dos amiguitos de la escuela. Todo estaba oscuro y apenas por un resquicio se deslizaba un poco de luz. Veníamos de preparar una exposición y ya regresábamos a casa. Era un edificio inmenso, de esos que se encuentran frente a la plaza Diego Ibarra, bajando por la antigua Torre del Banco Unión de La Hoyada. Y siempre el sueño quedaba atorado en el punto de la inmovilidad del ascensor. Allí despertaba.

Siempre volvía a ese sueño. Era tan real. La mente acude a cualquier mecanismo para generar la emoción que necesita repetir. Hasta que finalmente logré escapar del ascensor y volver a casa. Y ahora en ese ascensor me desplazo a donde quiera en mis sueños lúcidos. Imagínate que puedo viajar a cualquier parte de mi cuerpo, siempre que esté en un estado genuino de paz. Viajo a través de mis venas y huesos. Solo debo ver mis manos antes de dormirme y en algún momento durante el sueño. Por alguna razón que hoy se me escapa, siempre termino en las raíces de la Tierra, como una alcabala ineludible.

Relaciono esta cuarentena con aquel ascensor, con esa oscuridad densa y detenida de mi sueño. Nos estamos pariendo como humanidad, creo que aún estamos en la primera fase del encierro. Intentando mirarnos las manos para reconocer que somos nosotros los únicos responsables y quienes tenemos el poder de redirigirnos hacia la luz, ser conciencia. Espero que cuando leas esta carta, Abnashpal Kaur, la humanidad haya ascendido en su escalada espiritual. Por lo pronto, estamos en un momento de conexión con el alto astral, la fuerza mayor se hace presente. Un silencio que lo contiene todo. El espíritu resonando en el cosmos. Ordenando el sonido, la luz y la forma. La vida. Su canto y su flama tibia y purificadora. Cuando salgamos del ascensor oscuro, estaremos listos para entrar (¡ya está sucediendo!) a una dimensión cuántica, donde seremos capaces de crear nuestra propia realidad.

En Venezuela, la maternidad me permitió abrirme a otros campos. Me reseteé cuando di a luz y ya miles de mis creencias las estaba poniendo a prueba cada día. Me encontraba adquiriendo herramientas para explorar la sombra, la mía, y explorar la sombra en todo. Aprendí a sostener la luz de mi vida y la de mis peques.

Crecí en el centro de Caracas hasta los 12 años de edad. Luego estuve en el este y después me fui al suroeste. Esto trazó en mi memoria un mapa amplio de la ciudad. Caracas era árboles y aroma a eucaliptos, calles desajustadas que recorrí en patineta. Me acerqué a la fotografía y la pintura cuando estudié Diseño Gráfico. Trabajé con el maestro Nelson en la Organización Nelson Garrido mientras estudiaba en la Universidad Central de Venezuela. Por aquella época también conocí las medicinas ancestrales y con esto se me abrieron nuevos horizontes. Llegó mi tiempo de maternidad y con este una nueva yo, más lúcida y sensible, los estudios de doula y naturopatía marcaron el inicio de una nueva etapa.

Por alguna razón, quise venir a México. Me encantaría descubrir esta ciudad a través de la fotografía. Trazar esos “arcos invisibles”, “las líneas presentidas”, la “red de hexágonos” que describe Rojas Guardia en su poema.

Mi hija menor ama los pájaros. Ambas tenemos un proyecto de pintar pájaros y flores. Justamente unos días antes de la cuarentena iba a retomar la fotografía y, tons, la mejor excusa era ir con mi hija de excursión fotográfica y echarle una mirada distinta a la ciudad.

Estoy en Mérida porque el mero destino me trajo hasta acá, por más que quiera explicarlo siempre encuentro razones increíbles. Como dicen por aquí: están volviendo los que ya la habían habitado en otros tiempos. Me gusta creerlo. Me hace sentir parte de esta ciudad blanca y legendaria.

Antes de que se decretara la cuarentena, mis rutinas eran más o menos así. Cada 15 días canto con un grupo que se llama Santo Daime.

Un conocido ponto de Umbanda.
Letra:
Defuma com as ervas da Jurema
Defuma com as ervas a coroa
Bejoim, alecrim y alfazema
Ora vamos defumar filhios de fé

Y los días de semana, me desempeño como profe en L’art. En la escuela comenzaste dando clases de yoga y expresión corporal. Y después pasaste a Matemáticas. Aunque la escuela tiene nombre en francés no está dirigida por franceses, y propone una educación a través de las artes, cuyo eje transversal es la música como herramienta pedagógica para desarrollar el sistema neurológico, lo que favorece las habilidades de los niños para las otras áreas. Cada área tiene su propio salón y cada cuarenta minutos, ¡como minicuarentenas!, los chamos van rotando de un salón al otro, de un área a la otra, de Ciencias a Inglés, de Música a Filosofía. 

Pensabas, Abnashpal, y con toda la razón, que había niños al que este sistema les iba de las mil maravillas mientras que a otros no tanto, pues cada uno era diferente, cada uno aprendía a percibir el mundo a su manera, en los años larvarios de su carácter, y ya lo decías: hay tantos métodos como personas. Se necesita mucho más tiempo para que ellos dominen ese espacio de expansión, sobre todo en esas áreas más analíticas como la Filosofía. Ignoro si cambiarás de parecer.

Aquí a las plazas le llaman parques. Y los hay por todos lados. Los fines de semana paseo a mis niños por esos parques. Hay parques que al mismo tiempo son zoológicos. Hay jirafas, leones, hipopótamos, dromedarios, avestruces: la materialización del libro Bestiario de Juan José Arreola. A mis hijos les encanta, pero ya han adquirido conciencia de lo que es el encierro. Lastimosamente, el tema de la cuarentena les ha permitido reflexionar sobre eso. Y me dicen, mami, me siento como los animalitos de aquel parque.

Suelo llegar a casa a eso de las 3:00 pm. Necesito dormir, hace mucho calor. La temperatura oscila entre los 35 y 38 grados. Con sensación térmica de cuarenta y tres. Hay que estarse bien guardado hasta las 6:00 pm o 7:00 pm. Si tienes clima —recuerda que aquí le llaman clima al aire acondicionado—, resistes, pero en mi caso aprendí a aceptar que hay momentos de autoregulación, de meditar y respirar profundo, como también es un hábito ineludible el jugo verde cada mañana, te revitaliza y limpia, ya que contiene todos los nutrientes para el día.

Durante esta cuarentena, además de una buena cantidad de recetas para preparar jugo verde, descubriste en ti a una nueva persona, Abnashpal Kaur, porque te fuiste quitando de a poco capas, reconociéndote, le encontraste sentido  a lo que significaba Abnashpal Kaur: Princesa Leona Guerrera que ve la Luz en Todo y en Todos. Encontraste equilibrio y enfocaste con nitidez aquellos tiempos en los que estabas a nada de salir de Venezuela, hasta que comprendiste que tu familia y tu país transgredían la sangre y las fronteras, que te vinculabas a un todo con el universo.

Amas esta tierra en 2020, y te lo digo en presente porque tengo la certeza de que jamás la desamarás, te mudes o no de aquí. Te escribo desde una tierra de vibración volcánica, donde las emociones siempre están a punto de hacer erupción. A unos cuarenta minutos se ubica el cráter de Chicxulub, un lugar con anomalías gravitatorias y metales importados desde el espacio exterior, transportados en aquel asteroide de quince kilómetros de diámetro que dejaron una mordida de 200 kilómetros hace 65.000.000 de años.        

Nunca había vivido cuarentenas de esta índole. Sí he estado en retiros. En el kundalini yoga, siguiendo las enseñanzas del maestro Yhogi Bhajan, se hacen cuarentenas. Con ciertas meditaciones, y se cumplen ciertos programas con sus secuencias de ejercicios. Es un viaje al interior. Un viaje interior de 40 días en los que tienes que repetir la misma actividad. Eso va detonando cosas en tu conciencia. Los retiros y las cuarentenas no son más que un proceso de purificación.

Te recordarás que algunos años antes de venirte a vivir a México, en aquella época en la que andabas de artista, estudiaste con mayor detenimiento el yoga y el Vipassana, y lograste entenderlo un poco más. Participaste en una docena de retiros de Vipassana en Venezuela, precisamente la que practicó el maestro Budda Gotamma para su iluminación. Consiste en mantener una respiración natural. A esta se le conoce como Anapana, sin reaccionar a las sensaciones, dejándolas pasar sin apego. De esa manera había vivido encierros. No en este formato a escala mundial. Esto es otro impacto. Sientes toda esa energía dinamitándote como un asteroide psíquico. Estoy sorprendida de la experiencia, pero no me sorprenden las causas. Estamos en un proceso en el que el ser humano sí o sí tiene que cambiar de percepción, como sea.

Hace poco, en una meditación, viajé al reino vegetal. A las raíces. Logré ver y sentirme en el interior de una ceiba que estaba a unos metros de mí. El tiempo del reino vegetal es como el tiempo de la luz, un territorio imposible de cartografiar. Allí iba, explorando todo lo que pueda pasar, sintiéndome en calma conmigo misma.

Y recuerda, Abnashpal Kaur, que ayer es nunca jamás. Ten siempre espacio reservado para tu jardín y los pensamientos más elevados para nutrirlo. En el horizonte todo continúa, solo la calma será el arca que necesites para navegar y atravesar este umbral. Ama sin remedio. Y evita revueltas. Esta noche de cuarto menguante, estaré pendiente del cielo, que quizá hoy sí alcance a ver al cometa Neowise, un evento cósmico que no volverá a repetirse hasta dentro de 7.000 años.

Nos amo, iré a dormir un rato, aquí en Ciudad Blanca

hace un calor de la chingada y necesito autoregularme.

Belfast

De Rotsen Zambrano

12 de julio de 2020

Belfast.

Para Rotsen Zambrano del porvenir.

Países Bajos.

Fuiste chef en el restaurante de gastronomía internacional del Holiday Inn Express de Belfast. Como cabeza de cocina, diseñaste menús que el hotel promocionó como especiales. Una estrategia de manual empresarial para incrementar ventas.   Tu turno fue el de la cena, el más ajetreado. Aprovechabas cualquier instante libre entre los fogones y condimentos McCormick para publicar fotos de tus platos en las redes sociales.

En 2020, ya contabas con 15 años de experiencia y un amplio catálogo de sabores. La sazón criolla y caribeña combinada con el toque internacional. A tu cargo, tenías un personal que se esmeraba con tus recetas, media docena de colegas te elogiaban con sus acentos polacos, portugueses, eslavos y británicos en general.

Aún no te habías adaptado a Belfast, y probablemente esto es algo que nunca harás del todo. Desde antes de partir de Aruba, Belfast era para ti y tu familia una ciudad de paso. La mirada la tenías puesta en otro destino, en Europa y a orillas del Rin. Una vez tu esposa culminara sus estudios de Idiomas Modernos se marcharían a Países Bajos, donde crecerían las niñas, ahora la mayor tiene 4 años de edad y la bebé cumplirá su primer añito dentro de poco. Ya adelantaste algo de los trámites y te convertiste en ciudadano holandés por derecho. También por esta época afinas el oído y la gramática neerlandesa, un idioma bastante complejo.

Foto: Rotsen

Irlanda del Norte contaba con las leyes y beneficios del Reino Unido, es un país pequeño y, en función al presupuesto, alquilar una casa en Belfast salía más económico que, por ejemplo, Londres. Apenas llegaste, atinaste con los ingredientes perfectos, conseguiste dónde vivir, un trabajo estable y bien remunerado, y empezaste a tomarle el pulso al temperamento del pueblo norirlandés. Por una parte, esto favoreció el social distancing, aquellos dos metros de lejanía que se recomendó entre las personas, y que para ti fue una norma que no implicaba ninguna dificultad.

Recordaste cómo era caminar Caracas, con los sentidos despiertos gracias a esa naturalidad curtida por lo cotidiano. Si alguien se te acercaba en El Silencio, La Candelaria o Sabana Grande, por instinto, te dabas la vuelta para examinar de quién se trataba, si era algún conocido, si un gesto delataban sus intenciones y si estas acaso te resultaban amenazantes. Con vigilante paranoia te preguntabas, “este tipo qué es lo que quiere”, “este tipo me va a robar o qué”.

En la infancia y adolescencia distribuiste equitativamente los afectos entre la familia, el rock, que tanto influyó en tu manera de ver el mundo, y los amigos. Los amigos eran tu apoyo. Tus hermanos, tus psicólogos, tus familias. En Europa, no tardaste en percibir que la amistad tenía una resonancia distinta y probablemente será lo que más extrañes de Caracas, y esa situación tan común en la que alguien que acababas de conocer esa misma tarde de finales de los noventa te invitaba a su casa a jugar Nintendo o a una fiesta el próximo fin de semana.

Intentaste cursar estudios universitarios, pero renunciaste tempranamente a ellos. Entendiste que era algo que hacías a regañadientes por convicción social y no por gusto, y pasaste la página para tomar una decisión trascendental en tu vida: aprender todo sobre el arte culinario. Emigraste hacia finales de 2001 a los 22 años de edad, cuando en Venezuela se asomaba un escenario de constantes y repentinas agitaciones políticas.

La meta junto a tu esposa era establecerte en Países Bajos, pero primero fue Belfast, el mejor lugar para que ella cumpliera su sueño de terminar sus estudios mientras trabajabas como chef, aprovechando las múltiples oportunidades.

Llevabas cinco años en Irlanda del Norte cuando se presentó el covid-19. Anteriormente, estuviste viviendo diez en Aruba, donde retomaste tus estudios gastronómicos que habías dejado en Venezuela y forjaste tu carrera en la EPI Hospitality & Tourism. Aruba es un país caribeño que forma parte del Reino de Holanda, cuya marcada influencia legislativa, cultural y genética era evidente, y de ella aprendiste e, incluso, reemplazaste algunos aspectos de la idiosincrasia que heredaste y que ya no iban más contigo por esta manera de organizar el mundo. En Aruba y Venezuela quemaste las naves, to burn the ships, como dicen por acá, y te trasladaste a otra isla, irónicamente conocida por sus astilleros y la fabricación de embarcaciones legendarias.

Llegaste a esta otra isla hacia finales de 2014, cuando ya habían transcurrido unos 12 años del fin de The Troubles. Por tres décadas Belfast fue un campo de batalla. Una guerra civil, ideológica y religiosa, entre protestantes y católicos. Ya recordarás, la ciudad donde se construyó el Titanic, de allí el nombre de Ciudad Titánica, se encontraba en este proceso. Incluso, hasta 2020, aún existían zonas a las que los protestantes británicos no debían acceder porque se encontraban bajo el control de fanáticos católicos irlandeses. De igual manera, había individuos católicos que no se atrevían a desplazarse por zonas controladas por fanáticos protestantes.

Y las cosas estaban más o menos así antes del covid-19: trabajabas desde la 1:00 pm hasta las 10:00 pm y tenías dos días libres a la semana. Regresabas exhausto a casa, te dabas un buen baño y conversabas con tu esposa. Rato después, revisabas tus redes sociales y chateabas con algunos amigos.

La cuarentena inició el 25 de marzo en todo el Reino Unido y, con ello, sus consabidas restricciones. No estuviste trabajando por un buen tiempo. El Gobierno se comprometió a cancelarte el ochenta por ciento de tu salario por un período de tres meses. Se trataba de un programa de protección económica llamado Furlogh. En pocas palabras, te pagaron por permanecer en casa. A mí y a millones de trabajadores. Algo inédito en el Reino Unido.

Durante ese tiempo compartiste con la familia. Se levantaban a eso de las 8:00 am, pues Isabel, tu hija mayor, era un reloj despertador orgánico. Tu trabajo en el Holiday Inn Express te absorbía, por lo que debías canalizar toda tu energía en él. Los meses de cuarentena se los dedicaste a tus pendientes. Esa fue tu Fight Corona, como aquel cover que escuchaste por aquellos días. Tiempo para ti. No sin cierto asombro, descubriste tu capacidad para realizar una buena cantidad de actividades estando en casa.

Evitaste salir en la medida de lo posible por todo el asunto de los contagios. A veces no tenías ni media hora para leer y le dedicaste a la lectura; ni tiempo para tocar tus instrumentos, y ensayaste con tu guitarra y teclado, recordando tus tiempos con Resistor, la banda que fundaste y de la que fuiste guitarrista. En tanto que te apoyabas en las redes sociales, el Internet y tu teléfono para compartir tus conocimientos con el mundo. Y abriste tu propio canal de YouTube, Chef Rotsen:

Junto a tu esposa hiciste buen equipo de trabajo. Se organizaron y cada uno se enfocó en lo que mejor sabía hacer. Tú siempre fuiste el que cocinaba más rápido y más sabroso. Por tanto, te encargaste de la cocina. A ella le gustaba lavar. Uno cocinaba, el otro lavaba. Todo cincuenta cincuenta. En cuanto a cuidar a las niñas, ella contaba con más experiencia didáctica y las ayudaba con las tareas.

Estuvimos en cuarentena hasta el 22 de junio y después de esa fecha las restricciones se flexibilizaron gradualmente. Comenzaste a trabajar medio tiempo. El resto de las horas eran compensadas por el Furlogh. De mis cuarenta horas a la semana, la mitad me las cubría el gobierno.

Ya llegará el momento de retomar la rutina. El clima en este país es lluvioso en exceso y no te permite salir mucho. Cada vez que se asomaba un rayito de sol, te ibas de paseo. Amabas cruzar la Cregagh Road en bicicleta o irte de picnic con tu familia al Ormeau Park, que tantas veces te recordó a la mejor época del Parque de El Este en Caracas.

Ya volverás, antes de irte a Países Bajos, al Ulster Hall, el teatro en el que Led Zeppelin tocó por primera vez Stairways to Heaven y seguramente te recordarás de adolescente, hacia 1998 o 1999, aprendiendo a tocar guitarra con los métodos de Antonio Lauro para luego hacer tus versiones de Metallica y Pantera. Cuando la pandemia ya sea asunto del pasado y andes en los preparativos para mudarte a Países Bajos, es probable que te acerques a la Bedford Street y visites nuevamente el Ulster Hall. Te recuerdes de adolescente y pienses en todos los caminos andados.

Este artículo de El Diario fue editado por: Irelis Durand |José Gregorio Silva |Génesis Herrera.

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