Desde los tiempos de Hugo Chávez Frías y los comienzos de la revolución bolivariana, por allá por los años de 1999 y 2000, la relación bilateral entre Colombia y Venezuela se distanció más y más; entre otras cosas por la suscripción del llamado “Plan Colombia”, llegada de Álvaro Uribe al Palacio de Nariño y la aplicación de lo que se conoció como la Política de Seguridad Democrática, que incluía, entre otras cosas, una guerra frontal contra el narcotráfico y un fortalecimiento del poder del Estado para combatir a los grupos guerrilleros de las FARC y el ELN.

Recordemos que en ese entonces, Chávez, quien buscaba la consolidación de la revolución bolivariana y de su política exterior de proyección llamada Socialismo del Siglo XXI, declaró grupo beligerante a las FARC –es decir, con derechos y deberes para negociar la paz con el Estado colombiano y de alzarse en armas contra un proceso injusto que viene desde mediados del siglo XX con la muerte de Jorge Eliecer Gaitán–, se ofreció como mediador e interlocutor frente a las FARC para tener injerencia en la política colombiana.

Así, Venezuela y Colombia, que son dos naciones hermanas, unidas no solo por la vecindad y proximidad cultural, sino por ser libertadas ambas por Simón Bolívar, producto de la ideología, de pronto se convirtieron en “Caín y Abel”, es decir un hermano bueno y uno malo, con dos visiones diametralmente distintas, a ambos lados de la frontera (socialismo del lado venezolano y capitalismo y democracia liberal del lado neogranadino), y en el medio, la frontera más amplia y más viva del continente americano.

Esto ha generado lo que en relaciones internacionales y política internacional conocemos como interdependencia compleja, es decir, que la frontera es porosa y quienes habitan en esa zona comparten valores, intereses y prácticas sociales sin importar de qué lado de la frontera se esté: Así, hay venezolanos, por ejemplo de San Antonio del Táchira, que pueden estudiar o trabajar en el Norte de Santander o viceversa… Y por ende, se comparte, tanto lo bueno como lo malo, cual hermanos siameses que están indisolublemente unidos.

Así, a partir de 2018, cuando comienza la emergencia humanitaria compleja en Venezuela, con evidencias en las crisis en el tema de abastecimiento alimentario, de servicios públicos, de salud o de educación, los venezolanos vieron como opción dos cosas en aras de la supervivencia: o bien cruzar el puente Simón Bolívar para comprar alimentos y demás insumos, o bien, migrar en búsqueda de mejores oportunidades de vida y condiciones; teniendo a Colombia, bien como Estado receptor o bien como “Estado en tránsito” para ir a otros países de América Latina.

Y como ya lo hemos dicho, la interdependencia compleja o la interconexión de las sociedades en tiempos de globalización, como todo en la vida, tiene su lado bueno, como es el intercambio de culturas, costumbres, la cooperación entre países, etc.; empero también tiene su lado malo, que ha surgido a partir de la pandemia del covid-19, como lo es que, ante las vulnerabilidades que se generan y las exigencias al Estado (en términos de servicios públicos, renta de viviendas, servicios de salud, protección social de los ciudadanos), los gobiernos prioricen en la atención de las necesidades de sus nacionales en perjuicio de los migrantes, quienes muchas veces viven al día producto de actividades informales y que además pueden estar ilegales en el Estado receptor, lo cual los deja en situación de indefensión y entera vulnerabilidad; lo cual hace que vean como opción regresar a Venezuela.

Bien sabemos que para la revolución bolivariana y para el Socialismo del Siglo XXI, la “joya de la corona” sería conseguir el poder en la nación neogranadina, porque, 1. Le quitaría un aliado esencial a los Estados Unidos en la región; 2. Les permitiría retomar la proyección del socialismo hacia los países de la región andina y 3. Le daría estabilidad interna a la revolución en Venezuela para permanecer y perpetuarse en el poder.

Lo que sí es inaceptable desde todo punto de vista, es tratar de mellar el piso político de Iván Duque, dejando a nuestros hermanos venezolanos que retornan a la patria, que vienen en situación de vulnerabilidad, en una situación de fuego cruzado, como parias y donde además se les discrimina, se les estigmatiza y se les denigra como “trocheros, bioterroristas y se les somete a tratos crueles e inhumanos, a cuenta de considerar que desde Colombia, los envían infectados para diseminar el coronavirus por toda la geografía nacional.

Todo esto se constituye en una violación flagrante a los derechos humanos de los venezolanos por parte de su propio gobierno, que en vez de discriminarlos, estigmatizarlos y criminalizarlos, lo que debe es protegerlos, tal y como debe actuar un buen padre de familia con sus hijos, salvaguardándoles de cualquier amenaza a su existencia.

De acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en ese documento, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición; todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona; todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley; todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación; nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado; nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación; toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado y toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país y finalmente, pero no menos importante es que toda persona tiene derecho a una nacionalidad.

Por esto, hay que decir que es totalmente reprochable que desde el ejecutivo se anteponga la confrontación ideológica y el proyecto geopolítico regional del Socialismo del Siglo XXI, tratando de mellar el piso político de Iván Duque, para tratar que fuerzas revolucionarias obtengan el poder a mediano plazo en Colombia o peor aún, se busque la tesis del “enemigo externo” para distraer la atención de la opinión pública de la profunda crisis que representa la emergencia humanitaria compleja agravada aún más por la pandemia del coronavirus, en vez de actuar como un buen padre de familia, haciendo lo indecible por proporcionar el bienestar, la paz, el progreso y la seguridad de los venezolanos que retornan a la patria.

En vez de utilizar a los hermanos que retornan como escudos humanos para distraer la atención, señalándolos como traidores, fracasados o bioterroristas, un gobierno realmente humanista primero, intensificaría la cooperación con Colombia, más allá de las diferencias que pudieran existir, y generaría dinámicas internas de búsqueda de consensos para salvaguardar a todos los hijos de esta tierra de gracia. Porque migrar en búsqueda de mejores condiciones de vida y un mejor futuro no es delito, y volver a la tierra que nos vio nacer, mucho menos. Sin duda, urge solidaridad, humanidad y cooperación porque la vida humana con dignidad, es lo primero.        

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