• La cumbia es un género mutable que se adaptó en varios países, con distintos formatos. El equipo de El Diario conversó con Mario Galeano, integrante de Frente Cumbiero, sobre su nuevo proyecto con Minyo Crusaders (una banda japonesa) y las características del tropicalismo de montaña

Desde la guacharaca de la costa colombiana, acompañada con el acordeón y la caja, marcada por el sonido del mar y la algarabía del tamborero, pasando por las búsquedas psicódelicas en Perú que marcaron la transición experimental de lo popular, hasta la espacialidad de las rebajadas en Monterrey. Todo estos ritmos nacen de la cumbia y son, a su vez, mutaciones que este género tan particular ha tenido a través de los años. 

Pareciera ser que Latinoamérica es el único lugar donde el mestizaje de sonidos y vivencias, relatos de un época segregada, es posible, pero la verdad, según Mario Galeano, es que la multiplicidad encarnada, en un principio, en la tambora, en las flautas de millo y los distintos tipos de gaita permite que un habitante de cualquier parte del mundo pueda bailar y cantar con alegría una cumbia. 

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Foto: Minyo Crusaders

Este es el caso de Minyo Crusaders, un grupo japonés que experimenta con los ritmos tradicionales del país asiatico y agrega ritmos africanos, caribeños y latinos. Por el otro lado, desde el altiplano bogotano, en Colombia, está el Frente Cumbiero, con Sebastián Rozo en el bombardino, Marco Fajardo con el clarinete y el saxofón, Pedro Ojeda en los timbales y Mario Galeano con los sintetizadores, la guaracha y las secuencias electrónicas. Dos grupos dispares, separados por un extenso mar, por un aparataje cultural de signos diferentes que se encontraron en 2019 para crear La cumbia del Monte Fuji. 

Mario Galeano conversó con el equipo de El Diario sobre los distintos matices que tiene la cumbia en la actualidad y sobre la interacción entre un grupo japonés que, aunque no era la primera, experimentaba con los ritmos caribeños con un grupo bogotano que se encarga de jugar y ensayar distintas novedades con la herencia de la cultura popular. 

Estreno del nuevo álbum. Se llama Cera Pérdida y se estrenará en el mes de octubre.

El primer encuentro entre ambos se dio hace dos años en Tokio. Frente Cumbiero, aunque nace en el seno del “tropicalismo de montaña”, como Mario denomina a esta vertiente del género, trabajó con dos empresas discográficas de Japón: Okra y Tokyo Sabroso. En ese momento, fueron invitados en 2018 al Festival Fuji, donde, a su vez, tocaba Minyo Crusaders. Todavía no se conocían, pero se habían escuchado mutuamente. Los japoneses primero y, luego, ellos se acercaron y el vínculo a través de la música se fortaleció. 

El regreso a Bogotá no significó un quiebre entre la amistad creada. Al contrario, las conversaciones se mantuvieron y Mario, junto a sus compañeros, empezó a mostrar el material de Minyo Crusaders en la industria de la música bogotana. A muchos les gustó y en la siguiente edición de Colombia El Parque, un festival de música que se realiza en la ciudad, Minyo fue el grupo invitado. En ese momento se unieron para grabar y lograr, con los buenos tragos que nunca faltaron, la experimentación de una cumbia en japonés. 

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Hay un parche (grupo) en Tokio que se llama Tokio Sabroso, que hacen cruces entre DJs y hacen fiestas con música tropical. Entonces, teniendo estas bases en común en realidad era simplemente reunirnos y empezar a entendernos”, dice Mario Galeano.

“¡Un, dos, tres!”. Comienza el sonido del timbal en el fondo, las trompetas y el clarinete se preparan, el tintineo de un par de cervezas se aglomera entre la sinfonía de sonidos y, de repente, lo que antes se consideraba del Caribe y Latinoamérica se enmarca en la particularidad del habla japonesa. Todos los vocablos pudieron ser traducidos, pero hubo uno que se quedó arraigado a su raíz: el fandango. La sonoridad característica de la palabra, agrupada al habla japonesa, con las sonrisas y las complicidades que la lengua no permite, pero que la música exacerba, se presentan en la grabación del EP entre estos dos grupos.

“El espíritu de la música nos fue llevando poco a poco. Por suerte esas grabaciones quedaron con un espíritu muy vivo y muy bonito. Esto también queda reflejado en el sonido”.

 

Por ahora, solo han salido dos sencillos de este álbum: «Cumbia del Monte Fuji» y «Tora Joe». La respuesta de la gente, comenta Mario, ha sido muy positiva porque la comunicación a través de la música, con la experimentación de los ritmos populares, propios, enraizados en las fibras de cualquier ser humano que quiere seguir bailando esa cumbia que “está muy caliente”, caracterizó la emoción de la grabación.

El tropicalismo de montaña: símbolo de Bogotá

A mediados de los años noventa, mientras Colombia aparecía en las primeras planas de los diarios y noticieros por las cruentas imágenes de un conflicto que solo ha dado vencidos, un grupo de jóvenes, acostumbrados a los discos de Pastor López, Fruko y sus Tesos, Adolfo Echeverría, Lisandro Meza, entre muchos otros, en la reuniones familiares, decidieron intervenir estos ritmos considerados “de la casa”. Era la época del rock, punk y rock progresivo y, lógicamente, ellos eran parte de la movida marcada por películas como Rodrigo D: No Futuro, del cineasta antioqueño Víctor Gaviria, pero notaron que los ritmos que los identificaban no estaban en las guitarra eléctricas y en los coros anglosajones, sino en la guachara, las gaitas y el acordeón. “Esto empezó a cambiar cuando con varios amigos entramos a estudiar música”.

El primer proyecto “serio”, comenta Mario, se llamó Ensamble Polifónico Vallenato y se caracterizaba por la experimentación con un vallenato que, para ellos, se había transformado en una maraña de sentimentalismo llorón. Junto a él, desde pequeño, iban Eblis Álvarez y Pedro Ojeda. La ciudad estaba diseccionada entre las tradiciones de una ruralidad perenne y un crecimiento urbanístico sin precedentes y, como era de esperarse, el encuentro entre ambos mundo era caótico. Ese es el contexto de la experimentación bogotana con los ritmos tropicales. Los tres eran parte de una clase media pujante, con figuras de la infancia de autoridad insoslayable y, de repente, la música fue el punto de escape para todas las represiones. 

Ensamble Polifónico Vallenato
Foto: cortesía

La idea para la época, como dicen entre risas en una entrevista de Vice, era “cagarse en el sistema”. Desde la ruptura a la conformación de una experimentación trascendental. Hoy día, 20 años después del primer ensamble vallenato, el nicho de la cumbia experimental en Bogotá ha crecido y se ha internacionalizado por las conversaciones que produce un ritmo nacido en las entrañas del Caribe, pero que, a su vez, asimila cualquier ritmo del mundo de forma camaleónica. 

Romperayo, Meridian Brothers, Bomba Estéreo, entre muchos otros, han sido grupos insignes de la movida en la capital colombiana que, aunque es muy distinta a los menesteres de la Costa, es el filtro del país y todo lo creado, hecho y experimentado entre los límites del territorio, de una u otra forma, termina pasando por Bogotá. 

Frente Cumbiero
Foto: Frente Cumbiero

Además, en las últimas dos décadas han fortalecido su relación con los festivales de gaita, porro o bullerengue en la costa; con los carnavales de Barranquilla y la sazón constante del tabaco y ron, compadre, que quita la amargura; con los músicos locales y sus experimentación. Pero, ante todo, son claros y directos al momento de explicar que son bogotanos y que hacen un tropicalismo de montaña. Sin la explotación del sombrero vueltiao, la palmera o la imposición de un acento costeño que, al final, sería infructuoso. “Estamos utilizando de referencia la música de la costa, pero con un espíritu muy local”. 

— ¿Ha cambiado la relación de los jóvenes con los ritmos populares? 

— Pues, hermano, la verdad eso no ha cambiado porque los jóvenes están más apegados a lo gringo y a lo europeo que nunca.

La globalización de las redes sociales ha permitido que la música, mucho más que antes, sea un factor de gusto universal y las pequeñas aristas de resistencia popular se ven empujadas a trabajar con grupos pequeños, con “parches”, como dice Mario, puntuales que encuentran un transcendencia en la experimentación de las raíces culturales. Antes, agrega, los padres estaban apegados a la música popular porque representaba los ritmos de la época: el merengue, la salsa, el porro, la cumbia, entre otros, participaban del mercado activamente. Ahora, la cinta cambia y los géneros que todos escuchan, que resuenan en Spotify, en Youtube, y en las radios son los mismos. 

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Foto: Frente Cumbiero y Minyo Crusaders

La diferencia con el pasado recae en la compenetración de una movida vanguardista, si se puede llamar de esa manera, que toma los ritmos populares para experimentar con ellos a través de la electrónica. La cumbia es, quizás, el género con mayor capacidad de mutabilidad y adaptación. Esto produjo, para Mario, el ejemplo del gran dilema tercermundista del continente: lo autóctono solo es visto cuando es validado por el extranjero. De resto, son expresiones periféricas, desdeñadas a las ferias de pueblo y las radios AM, porque no participan de la comercialización.

Además de Frente Cumbiero, Mario ha trabajado en varios proyectos de tropicalización como Las Pirañas, que todavía mantiene, junto a Eblis Álvarez y Pedro Ojeda y Ondatrópica que, en sus palabras, es un registro discográfico de la historia del género y su expansión. Este último proyecto fue una conexión con sus ídolos discográficos, con sus primeros maestros de lo tropical a través del acetato y el cassette, porque para ellos la conexión con la expresión músical de la costa ocurrió a través de estos medios. No había un tío tamborero ni una abuela cantautora ni, tampoco, un abuelo que tocará la guaracha. 

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Foto: Los Pirañas

“Nosotros fuimos a buscar los vinilos y empezamos a descubrir quiénes eran esas personas. Eventualmente, fue increíble poder invitar a nuestros héroes y poder interactuar con ellos. Está Aníbal Velásquez, Fruko, Michel Sarmiento y la lista es interminable”, agrega.

En esa larga lista, casi interminable, estaba el pianista venezolano Ray Pérez. Junto a él pasaron toda la gira por Europa y Estados Unidos. Una de las cosas que mantienen de ese proyecto es la sinergia entre las distintas generaciones, identidades y lugares de nacimiento a través de la música. En ese momento no existían diferencias y, al igual que pasó con Minyo Crusaders, el ritmo dicharachero de la cumbia fue el único vaso comunicante. 

La cumbia: un género mutable

Ante la rigidez del resto de géneros, que se encuentran anclados a una forma de ser y hacer muy clara, específica y, sobre todo, intocable, la cumbia se yergue como un ritmo que se nutre de las multiplicidades y sus vertientes aparecen desde la Patagonia hasta Monterrey. Desde el teclado de la cumbia villera, hasta la nebulosa de las rebajadas del norte de México que, entre todos, mostraron una codificación distinta del género. Mario estuvo en 2006 en el lugar y durante un mes investigó lo característico de este grupo de peinados extraños, ropajes anchos y coloridos, con cumbias de los setenta, a puro acordeón y tambora. “Lo que más me llamaba la atención era la idealización distorsionada que tenían ellos de lo que es Colombia”. 

En ese momento el Internet, todavía, era un lujo que los cholombianos -epíteto de los integrantes de esta subcultura- no podían darse y su relación con Colombia ocurría a través de la idealización musical. Para ellos, envueltos en un conflicto entre el narcotráfico y el gobierno mexicano, Colombia era el idilio. Eso ha cambiado, comenta Mario, porque el extranjero ha podido conocer la historia de país a través de la extensas ficciones de la época cruenta del narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo. El sueño se encuentra, de manera estrepitosa, con la realidad. 

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Es un fenómeno sobresaliente porque Monterrey está, literalmente, a tres o cuatro horas de la frontera con Estados Unidos. Uno se imaginaría que esos chicos estarían metidos con el hip hop y, en realidad, ellos están con ese tipo de cumbia con acordeón de los sesenta y los setenta”, agrega.

Lo mismo ocurrió en Perú con la inclusión de los ritmos psicodélicos del punk y rock norteamericano. Aquellos acordes eternos, rasgados con los pantalones de cuerina y LSD, se fusionaron con la guaracha y las gaitas para crear un sonido autónomo de experimentación y notas extensas. En Argentina, por su parte, las villas -nombre de los barrios populares- encontraron una forma de expresión en la cumbia donde dominaba el teclado de mano y los coros adictivos. Así, sucesivamente, todos los países del continente adoptaron la cumbia como un ritmo propio y, eternamente, cambiable. 

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Además, para bailar la cumbia no tiene unos códigos estrictos que seguir, aunque si tienen algunas características. No es como la salsa, por ejemplo, que sí que si no lo sabes bailar te sientes como un estúpido y te sale de la pista de baile. La cumbia no tiene eso e invita, sobre todo, a los públicos europeos, asiáticos o estadounidenses”, comenta.

Cada persona, de una u otra forma, es capaz de adaptarse al género y de manipularlo para su expansión. Esta es una de las características que, para Mario, permitirá el sostenimiento del género a través de los años. Salga lo que salga, siempre existirá la manera de fusionarlo con la cumbia. 

Es momento de mirar hacia adentro

Mario Galeano habla desde su experiencia, desde su país y su conexión latinoamericana, desde un recuerdo latente de una expresión que se ve menguada por la idea comercial. Para él la única forma de revitalizar los ritmos característicos de las regiones campesinas, alejadas de la vorágine de la urbe, pero sostenidas en las tradiciones es con la evolución de la herencia cultural. La búsqueda de Frente Cumbiero, Las Pirañas, Ondatrópica y el resto de los participantes del tropicalismo de montaña es la supervivencia de las raíces identitarias a través de la experimentación de la música, de su adaptación a nuevos instrumentos para, de esta forma, llegar a nuevos oyentes. 

Frente Cumbiero y Minyo Crusaders
Foto: Frente Cumbiero y Minyo Crusaders

En un país -o continente- donde la pobreza y la violencia son el pan de cada día, comenta, es imperante desviar la mirada ante la riqueza expresiva de la idiosincrasia, sin caer en nacionalismo huecos o en vitoreos a la bandera, sino, simplemente, reconociendo la capacidad de adaptación de los ritmos latinoamericanos. “Esto nos representa como latinoamericanos. Todos los países de latinoamérica tiene su propio estilo de cumbia. Nuestros espíritus trascienden las fronteras”. 

Frente Cumbiero y Minyo Crusaders
Foto: Frente Cumbiero y Minyo Crusaders

La cuestión identitaria ha sido la búsqueda más pesada del individuo latinoamericano. La mezcla, aunque factor de la riqueza, también ha sido el detonante de la desestabilidad para definir: ¿qué somos? Para Mario el hecho de que el individuo de aquí, de estos límites y cañaverales, de las urbes en crecimiento y las otras ahogadas de personas, se mire como globalizado es, meramente, un artificio. 

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Nosotros vivimos acá parados en este territorio y, por más que sea inevitable y queramos saber lo que sale en Inglaterra o Nueva York, nadie podrá hacer lo que nosotros podemos hacer desde acá para intervenir nuestras tradiciones”, asevera.

En el reconocimiento del pasado, de la historia, de la música, la gastronomía, el arte, el habla y la literatura se podrá, de alguna manera, construir un futuro desde las bases de una autonomía y no, quizás, desde la parafernalia de la correspondencia extranjera. Es una labor que se sintoniza con el sonido de la guaracha, la tambora, los sintetizadores, trompetas, entre decenas de instrumentos, para esclarecer la identidad de un continente a través de la cumbia que suena. 

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