• Erick Langer, profesor de Historia de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Georgetown, explicó para El Diario que, desde el siglo XX, el accionar de los segundos al mando del poder en Estados Unidos ha sido más determinante que en décadas atrás, cuando el cargo carecía de importancia

“¿Ha tenido usted una conversación o ha llegado a un acuerdo con el candidato a presidente respecto a los procedimientos para salvaguardar su salud y qué pasaría con una discapacidad en el cargo?”, preguntó la moderadora Susan Page durante el primer y único debate vicepresidencial de Estados Unidos 2020 de este miércoles 7 de octubre. La pregunta era, quizás, de las más importantes de la noche. Iba al grano del asunto: la mayor responsabilidad que asumirían los participantes en caso de resultar ganadores. Sin embargo, no hubo respuesta.

El primero en –no– responder fue Mike Pence, actual vicepresidente y aspirante a la reelección con el presidente Donald Trump. Ignoró por completo el tema para hablar del coronavirus y, sobre todo, para atacar a sus rivales. Que si Estados Unidos tendrá la vacuna en tiempo récord. Que, para fracasos en epidemias, el de Barack Obama y Joe Biden en 2009 con la gripe porcina. Que si su rival juega a la política con la vida de los estadounidenses. Y poco más de lo mismo. Se agotó el tiempo.

Le siguió Kamala Harris, candidata a la vicepresidencia por el Partido Demócrata. Ella sacó chapa de su historia de vida. El gran atractivo y quizás el mayor mérito de su nominación. Que el día que Biden le propuso ser su compañera de fórmula fue, probablemente, de los más felices de su vida. Que si su madre llegó de la India a Estados Unidos cuando tenía 19 años de edad y a los 25 años dio a luz en California. Que, si estuviera allí, estaría orgullosa de ella. Luego repasó sus méritos:  primera mujer afroamericana como fiscal general de California, segunda mujer negra en el Senado, viajes con soldados de guerra y demás.

Vicepresidente Pence y la senadora Harris
Kamala Harris y de Mike Pence, durante el debate. Foto: Morry Gash (POOL)

La pregunta de Page, sin embargo, era más que lógica. Y es que tanto la nominación de Trump como la de Biden tienen categoría de histórica por una sencilla razón: en caso de que cualquiera de los dos sea electo como presidente el próximo 3 de noviembre se convertirán en los mandatarios más longevos en el ejercicio del poder, con 74 y 78 años de edad, respectivamente. Y, en caso de que ninguno pudiese continuar por razones de salud, los reemplazantes en su cargo serían sus vicepresidentes. Es decir, Pence o Harris.

Cargo simbólico

En teoría, y de acuerdo con el artículo 2 de la Constitución estadounidense, el cargo de vicepresidente solo ostenta dos funciones. Asumir el cargo en caso de fallecimiento, incapacidad o renuncia al cargo de presidente y dirimir con su voto, en su calidad de presidente del Senado, los posibles empates que se produzcan en la Cámara alta. Si el vicepresidente no puede servir, la línea de sucesión recae en el presidente de la Cámara de Representantes, luego en el presidente pro tempore del Senado y después en los miembros del gabinete.

No obstante, Erick Langer, profesor de Historia de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Georgetown, explica para El Diario que, en la práctica, el rol de los vicepresidentes queda más bien supeditado a lo que el presidente le permita hacer. Esto podría ser desde tomar decisiones hasta simplemente representarlo en eventos dentro y fuera del país. Tradicionalmente, explica el historiador, el puesto se convirtió más en un hecho simbólico, más inclinado hacia las conveniencias electorales.

Ante esa definición constitucional y efectos en la práctica, no es de sorprender, entonces, el escaso valor que algunos vicepresidentes han expresado sobre la importancia del cargo que desempeñaban. Muchos de ellos dejaron perlas memorables:

John Adams, el primer vicepresidente de la historia, manifestó en una carta dirigida a su esposa, que ejercía “el más insignificante oficio jamás concebido por una mente humana”. John N. Garner, vicepresidente de Franklin D. Rooselvelt en su primer mandato dejó dos frases contundentes. Decía que “el vicepresidente se encuentra en una tierra de nadie entre el ejecutivo y el legislativo” o, un paso más allá, que “la vicepresidencia no tiene más valor que una escupidera”. Thomas R. Marshall, vicepresidente con Woodrow Wilson, contaba la siguiente historia: “Hubo una vez dos hermanos. Uno se perdió en el mar y el otro fue elegido vicepresidente. De ninguno de los dos se oyó hablar nunca más”. Theodore Rooselvelt, vicepresidente con William Mckinley, opinaba que “prefería ser, por ejemplo, profesor de Historia mejor que vicepresidente”.

El vicepresidente más joven fue John C. Breckinridge, de 36 años (1857-1861) y el de más edad fue Alben W. Barkley (1949-1953), a los 71 años.

Y, por último, Harry S. Truman, vicepresidente de Roosevelt en su cuarto mandato, quien pensaba que “un vicepresidente es tan inútil como una quinta tetilla en una vaca”. Explicaba Truman que su trabajo era «ir a bodas y funerales», de acuerdo con el autor Jeremy Lott en su libro The Warm Bucket Brigade: The Story of the American Vice Presidency.

No es casualidad, entonces, que para Langer los vicepresidentes más importantes de la historia de Estados Unidos fueron quienes asumieron el cargo de presidente. En total, son nueve.

Cuatro suplieron al presidente a causa de su asesinato (Andrew Johnson por Abraham Lincoln, en 1965; Chester A. Arthur por James A. Garfield, en 1981; Theodore Roosevelt por William McKinley, en 1901; y Lyndon B. Johnson por John F. Kennedy, en 1963). Cuatro le sustituyeron en razón de muerte por enfermedad en el cargo (John Tyler por William Henry Harrison, en 1841; Millard Fillmore por Zachary Taylor, en 1850; Calvin Coolidge por Warren G. Harding, en 1923; y Harry S. Truman por Franklin D. Rooselvelt, en 1945). Y, por último, Gerald Ford sustituyó a Richard Nixon en el año 1974 por el famoso caso del Watergade.

Elegir mejor

Pero, a pesar de la mala fama, la historia demuestra que la escogencia de ese vicepresidente no debe ser un caso menor. Explica Langer que el caso de Truman es un ejemplo de ello. Durante el breve cuarto mandato de Roosevelt en 1945, el presidente no consideró importante mantenerlo al tanto de la Segunda Guerra Mundial ni sobre el desarrollo de la bomba atómica. Las consecuencias están allí: Roosevelt murió el 12 de abril de ese año y Truman, un hombre sin estudios universitarios y que, según él, en su cargo de vicepresidente prácticamente solo asistía a eventos, pasó a ser el hombre más poderoso del mundo.

La residencia oficial del vicepresidente es Number One Observatory Circle, en los terrenos del Observatorio Naval de Estados Unidos, aunque tiene una oficina en la Casa Blanca.

Truman fue, por cierto, el presidente que cambió, para bien y para mal, la historia del mundo. Durante su mandato se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Plan Marshall o la Alianza Atlántica. Aunque, en realidad, se le recuerda más por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

“En este sentido”, explica el historiador, “el sistema político americano ha entendido que el vicepresidente hay que tomarlo en cuenta, porque en cualquier momento pueden tomar las riendas del poder y tiene que tener una cierta preparación. Truman fue el último vicepresidente no muy bien preparado de la historia política de Estados Unidos”.

Esta necesidad de que el vicepresidente estuviera más al tanto de las decisiones trascendentales de Estados Unidos, por la razón de que en cualquier momento pudieran asumir el cargo presidencial, llevó al Congreso a determinar en 1949 que el segundo al mando fue también uno de los cuatro miembros del Consejo Nacional de Seguridad.

De allí en adelante, la historia demuestra que el desempeño de quienes asumieron fue cuanto menos positiva. A causa de la muchas veces salud precaria del presidente Dwight D. Eisenhower, el entonces vicepresidente Nixon se ocupaba de la política exterior, temas que le servirían después para convertirse en el mandatario. Langer hace mención especial a Lyndon B. Johnson, sustituto de Kennedy, “porque él empezó la nueva sociedad, que era contra el racismo, que era para ayudar a dar el voto a los afrodescendientes”. Johnson es recordado, de hecho, como uno de los máximos defensores de los derechos civiles, algo que luego dificultó el voto en favor de los demócratas en algunos estados del sur del país, apunta el catedrático.

El salario actual del vicepresidente es de 230,700 dólares al año. Su salario fue fijado en 1989 por la Ley de Reforma a los Salarios del Gobierno.

Más recientemente, el historiador comenta que el cargo ha asumido más relevancia. Es visto ya, pues, como un asesor de alto nivel o incluso, en algunos casos, son hasta responsables de muchas de las políticas del país. Como ejemplo de ello, menciona que George H. W. Bush, vicepresidente de Ronald Reagan en el año 1984, se encargaba de cortar el narcotráfico en el Caribe. Pero, sobre todo, explica el caso de Dick Cheney, segundo de George W. Bush. Según Lange, “era el ideólogo y era el que ponía las políticas dentro de la Casa Blanca”.

Vicepresidente de George W
Se dice que Cheney era quien realmente gobernaba durante la presidencia de George W. Bush. Foto: Getty Images.

Por último, asegura que Joe Biden, como vicepresidente de Barack Obama, realizó un trabajo en equipo, ocupándose de distintas tareas, pero ejerciendo además la engorrosa labor que mencionaba Truman de asistir a eventos.

Peso electoral

Sin embargo, afirma el catedrático de la Universidad de Georgetown, aunque desde hace algunos años se busca más preparación a la hora de elegir a un vicepresidente, la elección final depende también del interés en la captación del electorado. Así, la raza o el sexo pueden ayudar a conseguir la victoria.

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“Para los demócratas en particular, porque el mayor bloque son los afrodescendientes, si no hay demasiado entusiasmo de estos, puede perder el candidato. Como fue el caso de Hillary (Clinton), ella realmente no supo tener una conexión muy fuerte con los afrodescendientes, como sí tuvo su esposo (Bill) Clinton. Por eso perdió otros lugares como Michigan. Ni tampoco hubo tanto entusiasmo como con Obama”, comenta.

En el caso Pence y Harris, cada uno tiene diferentes ventajas. Pence, por la captación del voto evangélico. Harris, por ser mujer afrodescendiente (el solo hecho de ser mujer, dice Lange, quizás no sea suficiente. Como muestra de ello, las derrotas de las duplas Walter Mondale y Geraldine Ferraro, en 1984; y de John McCain y Sarah Palin, en 2008).

Del republicano, como hasta ahora, Lange asegura que se podría esperar el mismo desempeño en un eventual segundo mandato. Discreto, suavizando las palabras del presidente Trump. De Harris, en cambio, dice que podría ser más participativa y determinante, como se lo ha asegurado el mismo Biden.

En cualquier caso, explica el historiador, ni la victoria ni la derrota serán de Pence o de Harris. La responsabilidad recae, como en casi todo, en el –candidato a- presidente. 

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