• “¿Cómo resolvemos la nostalgia, si la tenemos en carne viva?”, se pregunta el escritor venezolano desde el exilio. Para él, los sustantivos “tragedia” y “catástrofe” ya no alcanzan para describir a un país que se prepara para unas nuevas elecciones, a las que califica de “acto de ilusionismo”. Mientras, trabaja en dos proyectos y presenta en Amazon su audiolibro Fuera de serie

De ir buscando un país, Leonardo Padrón busca ahora un sentido de pertenencia, que es una carencia mayor, afirma desde el otro lado de la frontera. “Muchos nos hemos vuelto gitanos de nuestro propio destino. Algunos con mejor suerte que otros, en temas de supervivencia”, expresa, para inmediatamente preguntarse: “¿Cómo resolvemos la nostalgia, si la tenemos en carne viva? Los venezolanos llevamos marcada la tragedia con un hierro rojo en la nuca. Tanto nos llamaron apátridas que lo lograron. Los más de 5.000.000 de personas que estamos en el exilio, somos gente deambulando sin patria por el mundo. La patria es un estado existencial, en todo caso. Pienso en la imagen de unos okupas que nos sacaron de la casa, a patadas”.

Así también dice que ocurre para los venezolanos que aún están en el país, resistiendo, sobreviviendo: “Saben que ya no es la misma casa, que las paredes duelen, que el aire se ha vuelto intraficable, que el país es un documento de dolor en todas sus líneas”.

En entrevista exclusiva para El Diario, el escritor caraqueño asegura que no dejará de buscar el ticket de regreso. Es un asunto de principios. “A veces pienso en la frase de Salman Rushdie en Los versos satánicos: ‘En el exilio todo intento de arraigo se considera traición: es el reconocimiento de la derrota’. Aunque pueda ser más sano construir nuevos arraigos, yo no quiero cancelar el último arresto de optimismo que me queda. Y el regreso siempre va a ser una opción en el horizonte”.

Leonardo Padrón: “El dolor nos ha enardecido hasta la irracionalidad”
Foto cortesía de Leonardo Padrón

Animal urbano, cuenta que durante estos meses de encierro por la pandemia del covid-19 ha extrañado “el hervor de la calle, el discurso de la multitud, la lírica de la masa en acción”. Aunque su dinámica cotidiana no ha sufrido cambios drásticos pues, como todo escritor, siempre ha ejercido su oficio en confinamiento. 

Poeta, guionista de cine y televisión, cronista y locutor –graduado en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello a comienzos de los ochenta–, actualmente trabaja en un dramático para la televisión mexicana. Se trata de la adaptación de un clásico colombiano: Señora Isabel, original de Bernardo Romero. “Es una historia que sigue siendo muy transgresora. Y no sabes cuánto lo estoy disfrutando. Es ya mi tercer proyecto para México y Estados Unidos desde que estoy afuera”, señala. 

En paralelo, escribe para otro proyecto, una historia original que lo tiene entusiasmado, pero cuyos detalles prefiere guardarse para más adelante. Además, lanzó recientemente en Audible, una plataforma de Amazon, un contenido llamado Fuera de serie. Es una especie de audiolibro que reproduce su acercamiento a una decena de personajes latinoamericanos para relatar aquello que los destaca.  Y, en materia literaria, aún espera el lanzamiento de su nuevo libro de crónicas, que debió postergar para el próximo año. “Ya sabes: el coronavirus y sus consecuencias”.

A casi diez meses de confinamiento, ¿qué diagnóstico haces de la cultura y sus creadores en el país? 

—A pesar del propio hombre, la cultura ocurre. A pesar de los dictadores, los artistas ejercen la pulsión creadora. Eso es indetenible. Y si en algún lugar va a quedar constancia de la herida profunda que hay en el alma venezolana es en la obra de sus artistas. Hoy sus escritores, sus músicos, sus dramaturgos, sus artistas plásticos, siguen construyendo su obra, a pesar del hambre y la precariedad, de tanta intemperie y orfandad. La tecnología ha sido el gran paliativo contra el confinamiento que ya era el país, y ese otro confinamiento –vasto, planetario– que es la pandemia. A pesar de todo, ves cómo se dictan talleres de escritura en los chats de WhatsApp, y cómo se siguen haciendo las ferias del libro a través de Zoom, las exposiciones virtuales, las obras de teatro, los festivales de cine, los conciertos. La cultura siempre busca su manera de manifestarse. Y, en particular, nuestros creadores siguen adquiriendo reconocimiento internacional. 

Has sido reconocido en diversas ocasiones en Venezuela, ¿cómo miras en la actualidad los premios que otorgan las instituciones oficiales? Como el ahora polémico Rómulo Gallegos

—Si yo no considero a Nicolás Maduro como el presidente legítimo del país, nada que ocurra –en nombre del Estado– lo es. Cualquier reconocimiento otorgado por las instituciones del Estado tiene un carácter tendencioso. Está contaminado por ese virus que es el chavismo. Todo el mundo tiene derecho a participar en el concurso que quiera, pero a la vez tiene que lidiar con las consideraciones morales que eso implica. Todo evento o política cultural que el régimen postula o celebra es, desde su concepción, un ardid, un gesto sectario, un acto de proselitismo, un navajazo a la libertad de expresión y la pluralidad ideológica.  Ese es otro de nuestros duelos, ver cómo arruinaron un certamen de tanto prestigio literario como el premio Rómulo Gallegos.

Eres abiertamente crítico con el gobierno en tus redes sociales. Otras figuras públicas también han manifestado sus posturas políticas, como los casos de Érika de La Vega, Édgar Ramírez o las Morillo sobre las elecciones presidenciales en EE UU ¿Cuál consideras que es el costo?

—Ese tema ha tenido dos grandes capítulos. Ninguno muy afortunado. En principio, a todos los artistas que alzamos la voz contra las dictaduras de Chávez y Maduro nos la cobraron de una u otra forma. Incluso, en muchos casos, nos lo cobraron de todas las formas posibles. La censura, los despidos, el veto, la satanización, las amenazas de muerte, el hurto de tus redes sociales, el secuestro de tu pasaporte y un largo etcétera. La mano de los gorilas terminó apretándonos tanto que a muchos no nos quedó más remedio que el exilio. Ese capítulo se sigue escribiendo. El otro capítulo forma parte de la virulencia que genera toda polarización extrema. Es la fiesta del odio en la hora loca. El virus del chavismo internalizado en millones de personas. “Te condeno porque piensas distinto a mí”. La gente puede tener toda la vida admirando a un artista y un solo tuit o una opinión contraria a la que quieren escuchar bastarán para que ese artista caiga en desgracia y será arrojado –sin contemplación– a los leones del circo romano. Si dejamos de respetar las ideas de los demás, entonces ya perdimos la noción de lo que implica vivir dentro de una estructura social. El dolor nos ha enardecido hasta la irracionalidad.

Leonardo Padrón: “El dolor nos ha enardecido hasta la irracionalidad”
Foto cortesía de Leonardo Padrón

¿Cómo evalúas la actualidad venezolana de cara a las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre?

—Se nos agotaron los sustantivos para definir lo que ocurre en Venezuela. Dices tragedia y sabes que en esa palabra no cabe todo lo que nos ha ocurrido. Dices catástrofe y no alcanza para relatar la pesadilla. Por eso, hablar de la situación política venezolana es entrar en una ciénaga profunda. Es un tema que huele muy mal por todos sus flancos. Y el sistema electoral forma parte del inventario. Chávez entendió muy rápidamente que su permanencia en el poder necesitaba de una estructura electoral diseñada para la estafa. Luego del triunfo de la oposición en las parlamentarias de 2015, el régimen desplegó –con total impudicia– el blindaje necesario para escamotear la voluntad real del electorado.  Han perfeccionado el fraude. Y ya no hay tornillo flojo en ese diseño. Es el instinto de supervivencia del aparato criminal. Por eso las elecciones –tal como están diseñadas– son solo un acto de ilusionismo. Su estrategia es fingir, cada cierto tiempo, que estamos en una democracia y que la gente puede elegir. Yo muchas veces abogué por la participación ciudadana en una buena cantidad de elecciones. Pero ya –a estas alturas– sería pecar de ingenuos o de cómplices.

¿Cómo describes a los dirigentes políticos? De las todas las tendencias

—Esa es otra valoración que debemos hacer con total honestidad y crudeza. Las últimas dos o tres generaciones de políticos de talante democrático no han estado a la altura de los acontecimientos.  El momento histórico –se ha dicho hasta el cansancio– es inédito. Que un teniente coronel, lleno de resentimiento y verbo populista, haya conquistado el poder los agarró fuera de base. Y luego, que todo haya derivado en la edificación de una banda criminal de factura internacional es algo que los sobrepasó largamente. Cuando debieron jugar a la política en serio, no supieron cómo hacerlo. Cuando debieron ser más audaces, no lo fueron. Cuando se impone estar unidos, los ha derrotado su incapacidad para dejar de lado el ego y la mezquindad. Cuando se necesita pulcritud y decencia extremas, sucumben a la corrupción. Por supuesto –también hay que decirlo– estamos ante el gobierno más infecto, sanguinario y cruel de nuestra historia. Y, en esta desigual batalla,  la oposición ha demostrado coraje y templanza. Sería mezquino negarlo. Hay líderes opositores que han perdido la vida, la libertad y la familia en el esfuerzo. Hemos caído muchas veces en el vicio de generalizar y los arrojamos a todos en el paredón de la condena. Porque nos desespera que todo intento desemboca en fracaso. Pero, en simultáneo, la oposición política ha ido perfeccionando el arte de la implosión.  Maduro no debió haber estado ni un solo día en el poder.  Todos lo sabemos. Y por eso nos duele tanto el estado actual de las cosas. En el otro espectro político, el chavismo es –en esencia– una secta criminal disfrazada de ideología. Ha usado las herramientas de la política para canibalizar el sistema democrático. Todo lo demás lo ha logrado con el poder que otorgan las armas, el dinero y la absoluta falta de escrúpulos.

¿En qué crees que se ha convertido la política nacional en estos 20 años?

—Ha sido el triunfo del populismo en su versión más abyecta y decadente.  El juego político en Venezuela cayó en una siniestra arena movediza. Cada paso que damos, más nos hunde.  Ese es el panorama  justo cuando estamos en el momento más neurálgico de nuestra historia.  A los venezolanos nos han saqueado la esperanza. El país está herido por todos sus costados. La gente se ha empobrecido de una manera muy dolorosa. Hay un hilo de tristeza que une a los que están dentro y afuera. Un estupor que arropa a 30.000.000 de personas. Un cómo llegamos hasta aquí que nos sigue quitando el sueño. En Venezuela se extinguieron los derechos humanos, pero sobre todo el derecho a una vida normal. Somos el gigantesco laboratorio de un exitoso ensayo del crimen organizado.

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