• Las escritoras venezolanas Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin compartieron distintos viajes por el territorio europeo que estuvo, durante muchos años, bajo el yugo de la Unión Soviética. El equipo de El Diario conversó con ambas sobre la realización de los viajes, la importancia de la memoria y las correspondencias con Venezuela. Foto: Bellagio, 1999

“Nuestros viajes quedan en el pasado. Las nefastas secuelas del poscomunismo son ahora nuestro presente”. Con esta frase, escrita a cuatro manos, finaliza el libro Viaje al poscomunismo, publicado por la editorial Eclepsidra en 2020. Yolanda Pantin (Caracas, 1954), poeta y editora; y Ana Teresa Torres (Caracas, 1945), novelista y ensayista, visitaron la vida poscomunista que, para ese momento, todavía mantenía los residuos de la corrompida Cortina de Hierro en Europa. Nunca existió la idea de escribir un libro mientras estaban de viaje, recopilando fotografías y reflexiones sobre el pasado, pero para ellas la escritura es un oficio que se mantiene latente, como un tintineo en la sien, esperando el momento oportuno para reflejar lo ocurrido a través del lenguaje.

La presentación del libro será el sábado 7 de noviembre de 2020 y estará dirigida por la escritora Krina Ber y el historiador Tomás Straka.

El relato es de Ana Teresa Torres y el trabajo fotográfico y recopilatorio es de Yolanda Pantin. Ambas lograron la unificación de distintos tipos de lenguajes, donde la semántica de la imagen se entremezcla con el signo lingüístico, para refrescar los vacíos de la memoria que con el pasar del tiempo se modifican. Yolanda Pantin, ganadora del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en su edición número 17, comenta su afición por el hecho de coleccionar objetos, guardar pequeñas cosas que a simple vista pueden parecer nimias, pero que en sí mismas contienen todo un aparataje referencial y simbólico. Ese factor, según Ana Teresa Torres, fue primordial para lograr encauzar la narrativa de cada viaje. 

El primer viaje ocurrió entre el 8 y el 16 de agosto del año 2002. El recorrido comenzó en Varsovia, Polonia, una de las ciudades más destruidas por los embates de la guerra, pero recuperada desde sus cimientos, piedras llenas de dolor y pesar, por sus sobrevivientes. En ese mismo país visitaron Cracovia y, luego, tomaron camino a Vilnius, Lituania, a Riga en Letonia y a Helsinki en Finlandia. La última ciudad de ese primer viaje fue San Petersburgo, antigua Leningrado, bastión del comunismo soviético y donde la memoria se viste con los ropajes del conquistador Pedro, el Grande.

El segundo viaje ocurrió entre el 27 de marzo y el 13 de abril del año 2005. Las ciudades visitadas por ambas escritoras, ante un clima pesado y frío, con carreteras eternas donde la imagen parecía no cambiar jamás, fueron Tokaj, Eger, Budapest (Hungría), Maramureș, Suceava, Sighișoara, Sibiu (Rumania), Viena (Austria) y Praga (República Checa). 

El tercer viaje sucedió tres años después, entre el 23 de agosto y 7 de septiembre del año 2008. En este viaje Torres y Pantin estuvieron varios días en un tren para pasar los 10.651 kilómetros de la ruta transiberiana. Este recorrido estuvo, sobre todo, centrado en la geografía rusa, tan vasta y extensa, donde los tótems del comunismo trascienden a través del concreto del brutalismo y la magnificencia de la propaganda. 

Foto: cortesía | Ana Teresa Torres

El cuarto viaje fue entre el 12 y el 16 de junio del año 2009. Ambas cruzaron los 6.760 kilómetros del Ártico ruso. Además, la visita se centró en distintas ciudades rusas como Moscú, San Petersburgo, Níkel, isla Kizhi, entre otras. El quinto viaje fue entre el 15 de agosto y el 1° de septiembre del año 2010 y visitaron Minsk, Brest (Bielorrusia), Leópolis, Yalta, Kiev, Odesa (Ucrania), Chisinau (Moldavia) y Bucarest (Rumania). 

El sexto y último viaje, entre el 25 de mayo y 8 de junio de 2012, estuvo centrado en Uzbekistán en el Asia Central. Las ciudades visitadas por Torres y Pantin fueron Taskent, Fergana, Samarcanda, Kyzyl Kum, Bujara, Jiva y Nukus. Cada uno de estos viajes representó un momento importante para ambas escritoras, pues tuvieron el chance de escudriñar los restos de la barbarie y, quizás, encontrar algunas correspondencias con la situación venezolana. 

Foto: cortesía | Yolanda Pantin

Yolanda Pantin, por su parte, escribió un texto corto e inédito llamado Acerca de 21 caballos y el viaje al poscomunismo para publicar con esta entrevista:

Esa vez, volamos desde Helsinki a San Petersburgo. Allí estuvimos unos días, nunca suficientes para conocer aquella extraordinaria ciudad. Recuerdo que detrás del hotel donde nos quedamos había una plaza y detrás de la plaza, un museo que quisimos conocer (el museo de arte ruso). En el último rincón de la última sala de ese museo estaba “La carga de la caballería roja” de Kazimir Malevich, y con la promesa de regresar, nos despedimos de esa pintura.

Pasaron los años, y desde la misma San Petersburgo tomamos un tren hacia Murmansk en la península de Kola, al norte de Rusia. El itinerario de ese viaje era único, así que llevé un cuaderno para anotar ideas, impresiones. De regreso, ya en Caracas, quise ver qué era lo que había escrito. Pronto me fijé que tenía un conjunto de poemas “crudos”. En uno de esos días de reescritura y “estructura” me enteré de la muerte por envenenamiento de los 21 caballos de la cuadra de polo La lechuza. Este libro ya tiene título, pensé. Pero, ¿por qué llamarlo así? Me parecía sugerente y misterioso. Entonces, por casualidad, en el chat con Corina Michelena, hablando de muchas cosas, de la pintura que había visto hacía años, y de lo que me había impactado la muerte de todos los caballos de La lechuza al punto de inspirar el título del nuevo poemario, ella me dio la clave: -¿No te das cuenta, Yola, de que los 12 caballos de Malevich son 21?
La carga de la caballería roja. Kazimir Malevich, 1932

Estos viajes, como todo acontecimiento, quedaron condenados a su ocurrencia efímera, pero el trabajo conjunto entre dos voces reconocidas y primordiales para la literatura venezolana permitió darle trascendencia a esas historias. Existen cientos de diferencias entre un contexto cultural y el otro, pero, al final, la presencia barbárica del totalitarismo tiene la misma oscura mascarada.

—Octavio Paz, en El arco y la lira, menciona que el poema es una invitación al viaje y el regreso a la tierra natal. ¿La escritura en sí misma puede representar un viaje dentro de la referencia imaginaria? ¿De qué forma la idea del viaje y la contemplación ha permeado, digamos, la escritura de este libro y la relación literaria de ambas?

—Yolanda Pantin: Efectivamente la idea del viaje está en la mayoría de mis libros de una manera viva porque yo nací y me crie con un atlas de la tierra en la mano. Ese atlas estaba en la casa de mis padres, en Turmero. En mi proceso de escritura, yo tuve un cambio notorio a partir del libro La épica del padre, que está a mitad de mi carrera porque con ese libro yo salgo fuera de mí, salgo de Turmero, me abro al exterior y empiezo a viajar. Antes había viajado con la imaginación, a través de viajes literarios, pero a partir de esta época los viajes auténticos se hacen realidad. Pienso que esa vocación del viaje es la de todo poeta, Octavio Paz tiene razón, en el camino de la escritura uno se viste también de explorador. A veces me veo a mí misma como una exploradora que va con un piquete de minería buscando entre las piedras. 

—Ana Teresa Torres: Yo tengo una visión un poco más enlazada a la escritura de narrativa. La idea del viaje, con respecto a la literatura, la he tenido siempre, desde la infancia. Leyendo libros para niños, el lector hace muchos viajes. La novela Miguel Strogoff, de Julio Verne, que recuerdo haber leído muy joven, la llevé a Rusia para recordarla. Uno descubre el mundo en los libros. Lees Mujercitas y conoces Estados Unidos, conoces la nieve, el otoño; los de piratas, por ejemplo. La idea de viajar está vinculada con imaginar y con escribir. 

Foto: Yolanda Pantin

—¿La contemplación del afuera, del viaje físico, puede detonar una mirada hacia el adentro, hacia la propia interiorización del escritor?

—Yolanda Pantin: Eso me pasó durante algunos de los seis viajes que hicimos, algunos de ellos en tren, particularmente en el que hace la ruta del transiberiano. Fue un viaje muy largo, estuvimos en un tramo tres días sin detenernos. Recuerdo que a Ana Teresa le llamaba mucho la atención que yo me paraba frente a una ventanilla del tren a mirar, exactamente, el mismo paisaje durante tres días, pero yo siempre veía algo diferente en él. La contemplación del paisaje es buscar eso que resuena dentro de ti y es diferente, pero que tienes que encontrar. Está en tu mirada. Ese fue uno de mis empeños durante el viaje. 

—Ana Teresa Torres: Es algo que no solamente tiene que ver con lo interior propio, sino que, según voy viendo un paisaje o un lugar que me resulta desconocido por completo, como es el caso de estos viajes, voy imaginando cómo vive la gente. No me interesa solo el paisaje en sí mismo, sino pensar cómo será la vida de la gente en ese lugar, en el interior de esas casas. Es un ejercicio de imaginación que no me permite llegar a ninguna conclusión, pero es mi manera de ver el paisaje: tratar de imaginar cómo habitan los residentes. 

—Una cosa que me llamó la atención del libro fue la maleabilidad de la memoria según los distintos países. Por ejemplo, en Polonia la política de memoria está referenciada en los invasores y en el saqueo; en cambio, en Rusia el pasado era glorioso y la historia se marcaba por eso. En ese caso, desde las perspectivas de ambas, ¿cómo funciona esta maleabilidad de la memoria y cómo la notaron en estos viajes a través del este europeo?

—Ana Teresa Torres: La memoria siempre es una construcción. La memoria no es relatar exactamente lo que sucede. Eso que sucedió, se perdió en el tiempo. La memoria y la historia son maneras de construir ese pasado. Por eso ocurre lo que comentas, que no se construyen de la misma manera. Para unos la memoria es del invasor, para otros es la gloria del conquistador, eso hace de la memoria un campo completamente subjetivo. Algo que me gustó mucho es que en estas culturas tratan de conservar esos lugares de la memoria; han guardado todo tipo de documentos para demostrar aquello que quieran demostrar, para unos la ocupación, para otros la doctrina, pero conservar las constancias, incluso de que hubo víctimas y esa es una idea que uno encuentra en todos esos países. Justamente hoy hablaba con un periodista que me contaba que en Chile hay un museo muy interesante de la memoria de las víctimas de la dictadura de Pinochet, así que no es solamente un fenómeno europeo.

—Cada uno de los viajes está separado por un intervalo de tiempo de dos años o un poco menos. En ese caso, ¿de qué forma cambió la perspectiva de ambas de acuerdo a la experiencia individual de cada viaje? 

—Yolanda Pantin: Bueno, nosotras estuvimos en Rusia cuatro veces porque el aeropuerto de Moscú era el de partida, pero, por una cuestión fortuita, me invitaron el año pasado a un festival de poesía en la ciudad. Lo que yo vi no tenía nada que ver con lo que vi en los viajes que hicimos. Es impresionante el vigor que tiene la ciudad. La energía que fluye, buena o mala, es demasiado poderosa para rehacerse sobre sí misma. Pude ver la Moscú de Putin. La ciudad está dorada. Es una ciudad de fantasía e imperial, con una impronta que te deja sin habla. Eso me hizo ver como estos países fueron cambiando en estos intervalos de tiempo. 

Foto: Yolanda Pantin

En el último viaje que estuvimos en Moscú fuimos a la Galería Tretiakov, la galería de arte moderno de Moscú. Esa vez no había nadie en la sala y me acuerdo que, ni siquiera, en el cuarto para dejar el abrigo había algún visitante. En cambio, esta última vez que fui tuve que hacer cola para poder entrar a la galería. 

—El objetivo del libro es “aproximarse a nuestro futuro a partir de las huellas que había dejado en otros lugares el pasado comunista”. En este caso, ¿qué descubrimiento, de un mundo al parecer desconocido por la “Cortina de Hierro” del siglo XX, le pareció, primero, asimilable a la realidad venezolana? ¿Cuáles fueron las correspondencias en esas huellas para reconocer aquello que puede ocurrir en Venezuela? 

—Ana Teresa Torres: Hay diferencias fundamentales porque son sociedades completamente distintas a las nuestras. No es fácil para una persona de nuestro contexto comprenderlos a ellos, ni al revés. Pero algunas huellas reconocibles que nos llamaron la atención fueron los proyectos abandonados. Aquí en Venezuela uno puede ver empresas agrícolas abandonadas y allá, por ejemplo, podrías ver fábricas totalmente abandonadas. Otro ejemplo que es muy cercano eran las víctimas de la violación a los derechos humanos. En todos los países eso estaba presente y, bueno, en nuestro país también lo está. También puedes ver algo que, tristemente, también podemos reconocer en nuestra sociedad: extensiones importantes de personas que viven en la pobreza. 

Foto: Yolanda Pantin

Ahora, también podemos ver las diferencias. Al lado de todo lo que mencioné anteriormente existieron grandes construcciones sociales que no hemos visto aquí. Por ejemplo, se logró la electrificación de todo el país y, bueno, hay que ver lo que es electrificar al país más grande del mundo. Nosotros, por otro lado, hemos vivido la deseslectrificación. Existe una paradoja muy grande: hubo grandes destrucciones a la par de grandes construcciones. Aquí las construcciones, desde mi óptica, no existen. 

 —Desde el primer viaje narrado en 2002 hasta el último en 2012 Venezuela cambió de manera rápida y volátil. Entonces, ¿su percepción sobre las diferencias y correspondencias con los países postsoviéticos de qué manera se modificó? 

— Yolanda Pantin: Te respondo con lo obvio: Venezuela se ha ido deteriorando paulatinamente hasta el colapso total. Bueno, no sé si total, pero sí está en el fondo. La Venezuela que nosotros dejamos en cada viaje que hicimos y la Venezuela que encontramos cuando regresamos no se parecen en absoluto a esta Venezuela de ahora. 

Estos años han pasado como siglos. Te das cuenta lo que pesa cada mes de 2020.

—Cada día…

—Yolanda Pantin: Cada día de 2020 son 10 años. Es una precipitación de cómo se van amontonando las ruinas de la historia. ¿Te acuerdas de lo que decía Walter Benjamin? Que el ángel de la historia avanza y atrás están las ruinas. Bueno, no sé si algo como eso puede ser. 

—Una lleva la fotografía y la documentación y la otra el relato. En la lectura se pueden notar las correspondencia entre la imagen y la narrativa, pero, enfocado en el oficio del libro, ¿cómo lograron el equilibrio entre estos dos tipos de lenguaje? 


— Ana Teresa Torres: Yo lo veo como dos lenguajes que corren en paralelo. El lenguaje, digamos, narrativo y literario con el lenguaje visual. Entonces, cada detalle aportó algo al relato en general. Es importante aclarar que el libro no era un proyecto cuando estábamos de viaje. La idea de hacer el libro es posterior, porque, aunque siempre estaba rondando por ahí, nunca nos planteamos hacer un viaje para escribir un libro. No viajamos con la idea de escribirlo, aunque, pienso, estaba latente.

Foto: Yolanda Pantin

—Yolanda Pantin: Ana Teresa estaba todo el tiempo pensando y reflexionando, mientras visitabamos esos lugares. Y yo estaba siempre fotografiando sin parar. Ella producía reflexiones y pensamientos sobre lo que veía y yo, por otro lado, fotografiaba. Entonces, cada una se vino con su maleta llena. Ella con sus reflexiones y yo con cientos de fotografías que nunca pude catalogar del todo.

—Ahora, ¿en qué año el libro se convierte en un proyecto plausible? 

—Yolanda Pantin: ¿Quizás hace año y medio? 

—Ana Teresa Torres: Sí, año y medio. 

—Yolanda Pantin: a Ana Teresa se le ocurrió esa idea demencial de escribir el libro. Yo siempre tuve la nostalgia de “oye, porque no escribí un diario mientras viajabamos”. Entonces, a ella se le ocurrió levantar el relato y para eso yo fui muy importante porque guardé, algo me hizo guardarlo, la memorabilia de todos los viajes en siete cajas enormes. Ahí se podían ver todos esos papeles que había guardado: el ticket de metro, la entrada a un museo, cualquier cosa que tuviera una fecha o un lugar. De esta manera, ella pudo levantar los itinerarios. 

—Ana Teresa Torres: Sí, por eso digo que, quizás, la idea del libro estaba. El hecho de que Yolanda haya guardado todo eso era como si estuviera almacenando todos los recuerdos. Sin eso que guardó -y sin las fotos- yo no hubiera podido levantar el relato porque no me acordaba de todo. 

Foto: Yolanda Pantin

—Yolanda Pantin: Yo soy tan obsesiva con el tema de las colecciones, bueno, de hecho trabajé en el Museo Alejandro Otero y sé lo que significa una colección, que en cada viaje comprábamos cositas, de esas que llaman souvenirs y yo las guardé todas. A mi me gustaban las cosas que no tenían ningún valor, cosas muy pequeñas, que puedes ver en la calles. Tengo una colección de souvenirs especial y sería una colección muy bonita porque estos objetos hablan de otra cara de esos países. Son pequeños objetos, pequeños pajaritos; todo muy frágil. Nada que ver con imperios ni con matanzas. Algo del alma popular que está en esas pequeñas cosas. 

—Hace poco, señora Yolanda, estaba escuchando una conversación entre usted y varios poetas jóvenes y el tema principal era “el error” como un elemento primigenio del poema o de la escritura. Comentaban la idea de que toda escritura es una especie de “tanteo”. ¿Será que la escritura de este libro es una especie de “tanteo” en la memoria?

—Yolanda Pantin: Por mi parte sí. A mi me gusta pasar por los lugares como flotando por encima de ellos. Ana Teresa tiene una mirada distinta. En el libro complementamos las miradas: yo estaba errando y ella estaba afincada en una realidad, en un territorio, en una historia, en una geografía, en unos hechos. Y yo estaba divagando. Ella, a veces, me ponía sobre la tierra y otras veces  yo la ponía a ella a flotar sobre el paisaje. 

—Una de las características notables en el relato de los países visitados es la idea de “reconstrucción”, de “volver a hacer el país con las propias manos”. En este caso, ¿podría existir una correspondencia con el caso venezolano? 

—Ana Teresa Torres: Las ciudades están perfectas. Si a ti no te cuentan que esa parte de la ciudad fue destruida durante la guerra uno no sabría que lo fue. Por ejemplo, la ciudad de Varsovia, en Polonia, fue reconstruida por los habitantes en una postguerra muy dura. Yo diría que ojalá eso fuese un estímulo para todo lo que tocaría reconstruir en Venezuela. No solamente desde el punto de vista material, sino desde lo cultural y lo social. Se han perdido muchos espacios para la vida. A veces caminando por Caracas recuerdo lugares a los que iba cuando era pequeña y que ya no están. No digo que deberían estar los mismos, pero pudieran estar otros. Esos espacios no han sido sustituidos, algo normal en una ciudad; solo ya no están. 

—¿Cómo es la perspectiva de ambas sobre la ciudad de Caracas y las modificaciones que ha sufrido el país a través de los años? 

—Yolanda Pantin: No voy a hablar tanto de Caracas, sino de mi pueblo. Mis padres todavía viven en Turmero, en el estado Aragua. La última vez que fui fue la semana pasada y de esta vez a la vez pasada, que fue hace un mes, la sensación de vacío, soledad, abatimiento, desgano y abandono me dolió como nunca me había dolido antes. Lo vi en Turmero y en Cagua: son pueblos fantasmas. Ambos están vacíos de personas, con la santamaría cerrada. Todavía en Cagua se nota cierta prosperidad, porque es un pueblo industrial, pero Turmero está devastado. Atravieso el estado Aragua y la imagen es bastante fuerte. 

Foto: Yolanda Pantin

—Ana Teresa Torres: Si hay algo en Caracas, que compartimos muchas personas, es la sensación de la reducción de la ciudad. Es decir, tú te vas reduciendo dentro de la ciudad porque hay espacios que han desaparecido, por las razones de inseguridad y, bueno, la pandemia es un fenómeno que aumenta la reducción. Caracas no es todavía una ciudad fantasma, pero sí hay una reducción significativa de actividades. 

—Señora Pantin, más allá del premio Federico García Lorca, ¿qué referencia mantiene del poeta andaluz? 

Yolanda Pantin: Como me lo hizo ver Sandra Caula, García Lorca es un poeta sin tumba que guarda el dolor de la España derrotada en la guerra civil, una de las dos Españas que decía Antonio Machado: Españolito que vienes al mundo te guarde dios/ una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

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