• Resiliente pero no combativo, el candidato presidencial del Partido Demócrata tiene un pasado que lo lleva más por el consenso que por las ideas polarizantes, acaso su mayor atractivo en un momento incendiario en la Casa Blanca. Foto: Amanda Northrop/Vox

Un día, en la escuela, un joven molesto le puso a Joe Biden (Scranton, Pensilvania, 20 de noviembre de 1942) el apodo de “Dash”. No era una referencia a su velocidad en el campo de fútbol, ​​sino una forma de burlarse de su tartamudeo. De pequeño, su nombre era “JJJ-Joe BBB-Biden”. Trabajó duro para cambiarlo. Según dijo a The Atlantic, sostenía una linterna en su cara frente al espejo de su dormitorio y recitaba Yeats y Emerson con atención al ritmo, buscando ese control esquivo. Todavía se sabe las líneas de memoria: “Los jóvenes mansos crecen en bibliotecas, creyendo que es su deber aceptar las opiniones que Cicerón, que Locke, que Bacon, han dado, olvidándose de que Cicerón, Locke y Bacon eran sólo jóvenes en las bibliotecas, cuando escribieron estos libros”.

“Ya sabes, se burlaron de él”, dice su hermana, Valerie Biden Owens. Valerie era su mejor amiga, compañera inseparable de batallas personales y políticas. Ella estaba allí cuando se burlaron de él. “Mi hermano odia, odia, odia a los matones”, dijo en una entrevista. “El hombre que empujó a la chica. Al tipo que se burla de ti porque estás gordo”. Pero su hermano, asegura, no entiende de rencores ni enemistades. Es resiliente pero no combativo. Aquel fue, quizás, el primer encuentro con un tipo molesto que se burlara de él.

La dureza viene de familia. Así son los Biden, iguales, no por debajo ni por encima de nadie. O, al menos, así los criaron. “Nadie es mejor que tú”. Ese es el mensaje que su madre, Catherine Eugenia Finnegan, les grabó en la cabeza. “No eres mejor que nadie, pero nadie es mejor que tú”.

Bajo ese mantra se educaron, primero, en el pequeño pueblo de Scranton. Hogar de raíces irlandesas, la número 2446 de la North Washington Avenue, en el barrio de clase media Green Ridge, no fue nunca un espacio de lujos. En esa vivienda de unos 130 metros cuadrados, con seis habitaciones y un baño, el pequeño Joe pasó la primera década de su vida. Además de sus padres y su hermana Valerie, “la princesa de la casa”, vivía también con su tío Ed. Le llaman tío Boo-Boo. Otra vez, el apodo se debía a la tartamudez. Él nunca lo superó: nunca se casó, vago para el trabajo, se entregó al alcohol.

1952 fue el año del primer cambio determinante. Sus padres, totalmente arruinados, vendieron la casa a Robert y Ann Kearns, por 12.000 dólares de la época. Lo primero que hicieron los nuevos dueños fue pintar las paredes. En especial las de los dormitorios, que estaban llenas de garabatos de Joe y sus hermanos, según Josh Kearns, uno de los seis hijos del matrimonio, a El Mundo. De ese entorno salió, junto con su familia, el hombre que podría convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos. La primera parada fue Delaware.

Familia difícil

Joe Biden nunca fue un estudiante sobresaliente, aunque consiguió graduarse en Historia y Ciencias Políticas en 1965. Un año después, durante unas vacaciones en Bahamas, conoció a Neilia Hunter, con quien se casó ese mismo año. Tuvieron tres hijos: Beau, Hunter y Naomi. Casi de inmediato, con el interés por la vida profesional, cursa una especialización en la Universidad de Siracusa y consiguió unas prácticas como abogado, lo que le llevará a vivir en Wilmington y a entrar en contacto con la política local. Para 1971, a sus 27 años de edad, se hizo del puesto de concejal en el condado de New Castle.

Pero, para bien y para mal, el año 1972 fue el determinante en su vida. Biden estaba en Washington, tratando de averiguar cómo construir un personal para su cargo de senador, que sorpresivamente había ganado por una diferencia de 3.000 votos. Valerie estaba con él. Ella atendió una llamada. Biden leyó su rostro. Conoce a la perfección cada gesto de su cara.

-Está muerta, ¿no?, preguntó Biden.

Mientras hacían las compras navideñas, un camión chocó con el carro. A bordo iba Neilia con sus hijos. Ella murió. Su bebé Naomi, de tan solo un año, también murió. Biden prestó juramento antes el Senado en un hospital de Wilmington, donde sus hijos, Beau y Hunter se recuperaban. Su esposa, dicen, había sido el “cerebro” detrás de su campaña. Pero ahora solo tenía a Valerie, quien se lo ayudó con los niños.

Biden pensó en abandonar su carrera política, pero el Partido Demócrata lo convenció de lo contrario. Un año después, tras el juramento de su cargo, se convirtió en el sexto senador más joven de la Historia de EE UU.

El camino de sus hijos tampoco ha sido fácil. Conocidas sus adicciones al alcohol y a las drogas, la compra de crack en terrenos ilegales de Los Ángeles, las multas por conducir en estado de embriaguez y, en especial, los presuntos negocios turbios en Ucrania que fueron la sombra de su padre durante la carrera presidencial, Robert Hunter le ha dado más de un dolor de cabeza.

A su hermano mayor, Beau, siempre lo equipararon a su padre. Era todo lo contrario a Hunter: aplicado, sin polémicas personales, ex fiscal general del estado de Delaware y una carrera promisoria. Un cáncer cerebral cortó cualquier aspiración y, tras muchos meses con un sufrimiento atroz, falleció en 2015. Por suerte para él, a su lado ha tenido el apoyo de Jill Tracy Jacobs, una exprofesora con quien se casó en 1977 y tuvieron una hija, Ashley, trabajadora social.

Senador de consenso

Las referencias de su carrera política, en su mayoría, son positivas para Joe Biden. Pero en el camino dejó un sinfín de acusaciones en su contra que, ahora que puede convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos, remarcan en blanco o negro: para sus seguidores, es borrón y cuenta nueva; para sus detractores, una marca imborrable.

Joe Biden

Durante su tiempo en el Senado, Biden fue conocido por sus estrechas relaciones de trabajo con algunos de sus colegas del Partido Republicano. “Joe Biden no tiene un hueso malo en su cuerpo”, llegó a decir John McCain, excandidato presidencial republicano. “Es único desde el día en que fue elegido antes de cumplir los 30 años. Es único porque ha tenido algún papel en todas las grandes crisis de seguridad nacional que ha enfrentado su nación en los últimos treinta y cinco años. No conozco a nadie como él en el Senado de los Estados Unidos. Mire la cantidad de veces que ha podido llegar a acuerdos”.

En el historial de acuerdos al cual se refería McCain, tiene el apoyo a la intervención en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre y, dos años después, la invasión de Irak propuesta por George W. Bush.

Pero sus andadas con los republicanos le hicieron ganar, en más de una ocasión, el reproche de su propio partido. Biden fue criticado como presidente del Comité Judicial del Senado en 1991 por su gestión de las acusaciones de acoso sexual contra el candidato conservador al Tribunal Supremo del presidente republicano George H.W. Bush, Clarence Thomas, por parte de su excolaboradora Anita Hill. El ala más progresista de los demócratas lo criticó por hacer muy poco por defender las acusaciones de Hill, que Thomas negó.

En eso de las buenas relaciones, no siempre puede sacar pecho. Durante su carrera, él mismo ha reconocido, tuvo buen trato con senadores segregacionistas. “No creo que seas racista, pero…”, le recriminó la senadora Kamala Harris durante un debate presidencial por la candidatura demócrata en el año 2019. Hoy, Harris es su compañera de fórmula para vicepresidente.

Su carrera ha estado, pues, lejos de lo que hoy sus adversarios lo acusan: el socialismo.

Biden ha mantenido siempre una actitud estoica. A pesar de sus desatinos verbales, ha resistido al aluvión de críticas. Lejos quedan ya aquellas acusaciones de plagio en la universidad para conseguir su título de derecho, y las ocho denuncias sobre supuestas agresiones sexuales que se hicieron públicas en 2019. “Inequívocamente, nunca, nunca sucedió”, dijo sobre la acusación de una exasesora del Senado de haberla agredido sexualmente en 1993.

Rumbo a la Casa Blanca

“Puedo morir feliz sin haber sido nunca presidente de los Estados Unidos de América”, dijo un día en su residencia de Washington durante una entrevista. “Pero eso no significa que no voy a correr”. La primera postulación fue en 1984, aunque pronto abandonó la idea o la pospuso. La segunda, también sin éxito, fue en 2007. De todas maneras, llegó a la Casa Blanca: Barack Obama lo rescató y le pidió ser su candidato a vicepresidente.

«Y yo dije, ‘¿Por qué quieres que sea vicepresidente?’”, reveló a GQ, admitiendo que nunca quiso el puesto de vicepresidente, pero Obama lo convenció. “Me dijo: ‘Ayúdame a gobernar. Joe, tú haces Irak. Defensa, Estado, hazlo. Ley de Recuperación, casi un billón de dólares, hazlo, Joe'». Aceptó y, en 2008, se convirtió en vicepresidente de Estados Unidos. Desde entonces, ha sido uno de los más relevantes en el cargo.

“Yo diría que ha sido el vicepresidente más impactante que he conocido, ciertamente en los tiempos modernos”, reconoció McCain. Ni siquiera Dick Cheney, segundo de George W. Bush. La experiencia le ha servido ahora para lograr un reto nada fácil: vencer a Donald Trump. “Estamos en una batalla por el alma de esta nación”, dijo Biden. Es, quizás, su última oportunidad. 

Noticias relacionadas