• “El bar es, no digo la selva, pero sí el bosque que le queda a la ciudad”, dijo Enrique Symns. Caracas, por su parte, tiene una memoria líquida entre sus bares, taguaras, esquinas, callejones o restaurantes chinos. Son lugares llenos de ficción que se asemejan a pequeñas rendijas para mirar el pasado y reconocer la historia de cada individuo en correspondencia con la historia de la urbe. Una cerveza, por favor, que comenzará el recorrido entre la maleza del bosque

No me acuerdo de la primera vez que fui, tampoco de la última. Todos tenían, en ese momento, una tasca predilecta. Un lugar oscuro, con un par de sillas añejas, para beber un viernes en la noche. También estaban los chinos que notaron la sed de los caraqueños para crear un símbolo en la geografía de la ciudad a punta de curda barata. Pero, luego de mucho caminar y de visitar algunas tascas,  encontré un lugar notable por su falta, no por su pomposidad.

Era, quizás, la ausencia de todo lo que hacía que ese lugar parecería agradable, tranquilo y apacible. Era un callejón en el corazón de Altamira. Entre las grandes torres y la parafernalia de los restaurantes costosos de la ciudad aparecía, como una artería escondida, este lugar. No tenía mucho que ofrecer, solo un extenso pasillo de paredes sin frisar, un hueco detrás de una puerta que se usaba como baño y la cerveza más barata de Caracas -esto no sé si es verdad, pero creo que lo era-. Todo eso se acabó. El callejón se mantiene. En su entrada está un mural de azulejos que mimetiza, como era de esperarse, un pajarito.

La artería en el corazón de Altamira se destapó de sus vicios, del ruido y de la humareda de sus visitantes que, a veces, ante la molestia de las señoras que hacen vida entre los recovecos del callejón eran mojados con baldes de agua. Todos sabíamos que algún día nos tocaría despedirnos de ese callejón. Éramos conscientes de que causábamos molestias y, que un día, tendríamos que subir por los escalones con un vacío de cerveza en la espalda, como el migrante que se va y no regresa.

Ese día llegó entre mensajes e incertidumbre. A veces abría para los fieles que decidían tomar un tiempo para visitar, bajar las escaleras y revisar el tarantín. Si tenías suerte estaba abierto y había pocas personas sentadas en el suelo. Había silencio.

Antes las conversaciones eran el único ruido, como pequeñas libélulas del aire que se entremezclaban, para confundir a los caminantes. Todos hablaban al mismo tiempo y se entendían. No había necesidad del conflicto ni de la música ensordecedora. Uno que otro vallenato, de vez en cuando. Quizás cuando el dueño del tarantín estaba despechado. Otras una canción de salsa, con poco volumen, en un par de cornetas de computadora. Ninguna de ellas lograba apaciguar la cantidad de diálogos que nacían y morían al mismo tiempo, con la futilidad de la palabra dicha, como viajeros expectantes ante la llegada de Caronte. Era una de las cosas que marcaban las horas en ese callejón, donde cientos de estudiantes universitarios se reunían, entre las venas de la ciudad para tomar una cerveza.  

Claro está, la figura de ese callejón en el medio de Altamira representaba un equilibrio semántico entre lo callejero y lo seguro, entre la sensación de una ciudad moribunda, empujada al límite, pero, de igual forma, encerrada en el centro de la comodidad. El reconocimiento de la periferia en su forma más pura, entre los extensos escalones de una barriada que se despierta con el silbido del miedo, es un relato marcado de la sociedad, irreconocible para algunos y eterno para otros. Esos lugares también, al igual que este, son parte de la cartografía del intento de urbe que pretende vivir de sus recuerdos. Conocí la mayoría a punta de malas experiencias.

Ilustración: Lucas García

En esos años, mientras el callejón vivía con intensidad entre martes y domingo, lograba visitarlo un par de veces cada semana. Algunos días solo me alcanzaba para una cerveza y un cigarro. Se podía pagar con billetes, cosa que hoy parece una extrañeza de la ficción. Quizás así lo fue y este cuento solo es una gran mentira.

Todos los días ocurría algo o aparecía alguna conversación apacible. Incluso, cuando iba solo podía encontrar espacio para pensar, en ese pequeño intervalo de silencio, sobre muchas cosas. Era un callejón y su mayor virtud, entre las paredes peladas y las matas de sábila, era la posibilidad del diálogo entre el caos. Luego, quizás, cuando todos los presentes se creían inmortales ante la existencia de la cerveza en el torrente sanguíneo la ciudad se introducía como un cuerpo fétido. No importaba mucho la violencia de las calles ni el sonido de las balas que repicaban, de vez en cuando, en la lejanía de los cerros. Pronto aprendería que la vida no es tan sencilla y que lo único posible de transitar, sin el peligro de la muerte pronta y con la misma pesadez de la urbe abierta, es la memoria. Lo único que queda y se difumina con el tiempo. 

Al pasar por la esquina de Pajaritos y ver las escaleras pienso en cada uno de los amigos que encontré en ese lugar. Esas arterias que se multiplican, como las raíces de un árbol aferrado a la tierra, guardan un lugar en la memoria. Veo el rostro de Andrea, ante las gotas de lluvia, mientras corríamos para llegar al Metro luego de tomar durante horas en ese callejón.

La mirada de Cristal en cada saludo lejano, cada vez que, aunque separados, nos encontrábamos. La  urgencia de Yosmel. Las conversaciones eternas en el primer año de la universidad forman parte de una etapa muy importante. El miedo de algunos cuando veían caer la noche. El toque de queda del transporte público que tocaba mi conciencia a las nueve de la noche. Todo aquello mantiene viva la figura de Pajaritos y de sus vías coyunturales, de sus casas coloridas, donde todo vendedor de cerveza tendría clientes e, incluso, de las señoras cansadas del ruido que un par de veces eran capaces de unirse a la peregrinación de esos bebedores intermitentes y pactar una paz momentánea. 

Un día el ruido de los visitantes latía en el centro del callejón. Era viernes. Los cocineros de los restaurantes conjuntos salían un momento con sus filipinas a tomar una cerveza y fumar un cigarro. Los estudiantes universitarios de cada rincón de Caracas, al parecer, hicieron un pacto para encontrarse esa noche en Pajaritos.

El lugar retumbaba tras las voces y el diálogo se hacía intenso. La noche caía y no parecía apaciguarse. Yo estaba sentado en el piso con una amiga, en una pequeña esquina, ya que el resto estaba repleto de personas. una señora salió a su balcón con el rostro marcado por una mueca de molestia, en la cual la arruga que se encuentra entre una ceja y otra se contrajo como un acordeón. Nos miró a la cara. Algo diría, pero el ruido era mayor y, ante la presencia de cientos de personas, desenfundó un chorro de agua que nos mojó a todos. Ninguno dijo nada y todos nos reímos. ¿Qué más se podía hacer? Al finalizar esa noche el lugar se empezó a quedar vacío. 

El callejón, como en las películas en las cuáles la escena se difumina de manera exasperante, se mantenía quieto y la gente se iba, corría, se agrupaba para alzar a los borrachos. Yo también me fui. No sé si fue la última vez que lo visité, pero luego solo puedo materializarlo en mis recuerdos. La mayoría de esos amigos dejaron el país y, al igual que Pajaritos, ellos también viven en un lugar de la memoria. Es un espacio inmenso donde la vida encuentra fulgor y el presente se encuentra con la imposibilidad de su repetición, aunque, algo sí es cierto, siempre supimos que algún día diríamos adiós. 

Ilustración: Lucas García

Me pareció bien y todos estuvimos de acuerdo. Nuestra presencia no era la mejor y nadie quiere una caravana de borrachos frente a su casa. Era el momento de irnos. De escapar a otras tascas, que en algún momento también cerrarán porque así son las cosas aquí, pocas y con fecha de vencimiento. Hasta las personas. Encontramos otros lugares, algunos con olor a sardina frita o con la figura del campante Colón en su puerta. Miles de chinos, taguaras de mala muerte y cuchitriles donde, si tenías un poco de dinero, podías apostar en la cuarta válida por el caballo que el mesonero catalogaba como un “palazo” o “dinero seguro”.

Ese caballo siempre perdía y tu cartera lloraba la pérdida. Ya los billetes no existían y la posible ficción se acababa. El adiós se volvió una suerte de palabra repetida, pero, ahora, con el tiempo a mis espaldas Pajaritos aparece, junto a todas las despedidas, como un lugar ameno anclado en el recuerdo. 

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