• Un performance virtual, que nos retrata desde las distintas letras del género, convida a meterle el pecho a la causa y a triunfar sobre el despecho

Cuando Vilma Ramia dice que está segura de que el Ateneo de Caracas saldrá adelante no solo habla desde el anhelo. Ni cae en la tentación del pensamiento mágico. Constata la travesía tenaz de esta institución que entre trancas y barrancas, sorteando dictaduras, y no una ni dos, ha conseguido mantenerse en pie como espacio para la creación y el fermento del pensamiento crítico y transformador.

A un tris de los noventas, pese a las mudanzas forzadas y los ataques de los que ha sido blanco, este referente caraqueño y universal de la cultura no se deja y vuelve por sus fueros: el plan es, pese a la crisis, mantener las puertas abiertas a la belleza y, desde la pluralidad —con excepción de lo panfletario que ni es belleza ni es arte—, convocar la participación de las distintas manifestaciones artísticas.

El tiempo le da la razón; en la trayectoria del Ateneo está la respuesta: es esencial condición de la institución, capítulo uno, la lucha y la victoria. Constituido de manera formal el 8 de agosto de 1931 como Ateneo de Caracas, hacía rato que los intelectuales y artistas de la ciudad desmenuzaban la realidad desangelada y sofocada por el patriarca de largo otoño; debates tan enriquecedores parieron la llamada Generación del 28. Tiempos irrespirables, el aire denso, la represión cobrando vidas, sería la compositora y pianista María Luisa Escobar quien  propondría que las tertulias vespertinas, más que peñas musicales —no, no es paradójico—, se convirtieran en centro de activismo militante. Que las damas allí reunidas y más allá se deshicieran del corsé, ese con cuyos hilos apretaba (aprieta) fiero el poder, e hilar la democracia. Escobar sería una asertiva Hamelin.

Foto cortesía

La llamada República Libre de los Intelectuales devendría pues, por votación, el Ateneo de Caracas cuyos miembros comenzarían a reunirse de manera formal en la que sería la primera sede: la planta alta de la casa de ¡un militar!, el general Vicencio Pérez Soto —general sí, generalizar no—, entre las esquinas de Marrón a Cují. Una liga de mujeres comprometidas y en sus tacones alzarían la voz no solo para el bel canto. Periodistas, artistas, líderes todas, las reuniones serían verdaderos conciliábulos para ideas y fecundos proyectos. Pensado por y para la libertad, el Ateneo de Caracas, por cierto siempre dirigido por mujeres, se consolida como territorio que abonaría la democracia.

“Cuando María Teresa Castillo, de las activistas más señeras fue nombrada directora, resteada con la idea ambiciosa de que el Ateneo fuera territorio de libertad y contrapeso a las tendencias opresivas, pensó que impulsar una institución donde bullera la creatividad en todas sus manifestaciones, un espacio que fuera hervidero para la creación, y la creación de consciencia, debía tener más metros cuadrados, por lo que urgía mudarse del zaguán del centro y vino entonces la primera mudanza”, dice Vilma Ramia, su apellido, como su vida toda, imbricada al Ateneo.

Su abuelo, Farsen Ramia, es un libanés que viene al país intentando una mejor vida. Comerciante nato, crea en Caracas la primera tienda por departamentos del país, había de todo y, claro, telas; todos los tejidos y las tramas con brocados más sublimes. Ya consolidado como mercader, construye la casa que estará al borde de la que será la Avenida Libertador, esa donde nace su hijo Ricardo Ramia, y también su nieta Carmen, la promotora cultural, la que viaja a París, la que se casa con Miguel Henrique Otero. Esa casa, antigua residencia de los Ramia, será la escogida como sede del Ateneo, que sortearía los embates del otro dictador, al que Rodolfo Izaguirre llama retrogrado y rechoncho, léase Marcos Evangelista Pérez Jiménez.

Casa que crecerá y crecerá hasta convertirse en el edificio que un mal día, a golpe y porrazo, fue expropiado, albergó la fantástica Librería del Ateneo, la Editorial Ateneo y dio cobijo a Amnistía Internacional, fue sede de la Galería Los Espacios Cálidos (los grandes creadores del país expusieron allí) y del celebérrimo grupo Rajatabla e imán para la creatividad: allí se produjeron eventos emblemáticos aun tatuados en la memoria urbana, desde la ineludible Feria Navideña del Ateneo, muestrario de la artesanía, antigüedades y objetos utilitarios o decorativos y misteriosos de medio mundo, hasta los Festivales Nacional e Internacional de Teatro, productos culturales de exportación —hay una réplica muy parecida en Colombia— que trajeron la escena mundial y sus enjundiosos entretelones a Caracas, en tantos idiomas como forma de pensamiento y movimiento. Pasando por congresos, conciertos y festivales de cine.   

Así como Tomás Lander se empeña en que se construya el Complejo Cultural Teresa Carreño, el Ateneo también brega por expandir sus espacios y es así como, a principios de los ochentas, las dos instituciones hermanadas en un mismo núcleo vital devienen epicentro de la inventiva local hasta volverse referente ineludible. En suerte de distrito cultural que se extiende hasta la Plaza Morelos y alrededores. Se aprueba, pues, la ampliación, o rediseño más bien, y la fundación que trabaja en diversas direcciones y, funcionando como comodato, reestrena sede, una que imaginarían definitiva.

Foto cortesía

Punto del mapa caraqueño que se reconoce como espacio para el sueño, por años la energía y dinamismo del Ateneo fue de vértigo. Hasta que llegó el teniente coronel y mandó a parar. Bueno, luego de ofrecer desde estos espacios plurales su primer discurso como presidente, y tras convocar a Carmen Ramia como ministra de Comunicaciones; pero serían los puntos de mira, decir y callar, información y neolengua y posverdad, agua y aceite. Se desligaron. Ramia renunció al cargo a la brevedad y la bravata fue de pronóstico reservado (la resaca oficialista alcanzaría hasta El Nacional) ¿Quién contra mí?, diría endiosado el que se apuntaba con el índice cuando se refería al Estado.

Fue en 2009. Acumular rencillas es divertimento de un tipo extraño de coleccionista. Chávez expropia el Ateneo y se instala allí y allá, estirando sus brazos ávidos hasta el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, Parque Central, el Hotel Hilton que pierde su encanto y el Teresa Carreño al lado: la sala donde se exponen los vestidos y memorabilia de la insigne pianista que da nombre al edificio es desocupada porque el entonces presidente quiere que se realicen allí sus reuniones con el sector de la ¿cultura? por lo que las pertenencias de la compositora se deshilachan en un cuartico húmedo y cundido de cucarachas. Fue un día horrible, sí, de los tantos que sigue habiendo. Debían los ateneístas (¿quién no lo es?) irse con sus efectos personales a otra parte. A la calle con sus carpetas, proyectos en marcha, memoria.

Entonces se creó la asociación José Ignacio Cabrujas para defender la causa del Ateneo que quedaría flotando en el aire como triste aleteo. Quedaban truncos acuerdos y planes. El presupuesto que provenía en buena parte de los subsidios cortados se volvió borrón sin cuenta nueva. Pero estaba claro que el Ateneo no dejaría de funcionar, fuera donde fuera y desde 2010 persiste reducido en una hermosa casona en la subida que va a la Colina de la Salle, en Los Caobos. Un espacio que convierte la casa como destino reiterado y tiene de vecinas a ValeTV, Venevisión, el Miss Venezuela y oficinas tristes donde estuvieron la Radio del Ateneo y la Emisora Cultural de Caracas. Cima que pudiera ser un Montmartre caraqueño, la suculenta calle que da vuelta en redondo podría ser plaza para el arte y el turismo pop, con cafecitos al aire libre llenos de curiosos encantados por ver pasar a Vilma, a Héctor Manrique, a María Cristina Lozada, a Elba Escobar, a Javier Vidal, a Tulio Hernández, ahora mismo desterrado en Colombia, o a alguna chica 90-60-90.

Allí está ahora mismo el Ateneo, comprometida su programación desde que el coronavirus vino a rematar. Sin embargo, como respuesta a tanta ferocidad, se reinventa nuevamente para la creación virtual. Este 20 de noviembre será promotor de un performance que retrata la realidad que nos agobia: El país es un bolero. Guion de letras y músicas que cuentan en su secuencia seleccionada adrede las circunstancias venezolanas de despecho, penar, ausencia, este performance que fue estrenado en la Sala Cabrujas ahora se reestrena de manera virtual con doble intención: conseguir fondos para apoyar a la casa amada del Ateneo, casa a veces más espaciosa que otras pero siempre grande, y recordar que hay que superar el mientras tanto.

Las voces que se alzan: Violeta Alemán, Gregory Antonetti, Frederich Gómez, Tabaire Díaz y el Indio Hernández. Invita, además del Ateneo, la Guayaba de Pascal, grupo literario que tuvo la tutoría de Armando Rojas Guardia. Autores los nueve integrantes de esta trama urdida desde la pasión por la canción sensual y sus líricas, y por la vida a pecho pero sin despechos, la transmisión por zoom tiene lugar a las 7:00pm. Artistas como Armando Reverón o Felipe Herrera, cuyas exposiciones marcan las puntas del tiempo de esta institución velan desde el cielo, pumpá y rosas rojas mediante, para que el Ateneo que los recibió entre marcos devotos sea de nuevo reflejo de tiempos mejores. Los que vendrán.

Noticias relacionadas