• La oficina del Saime de La Trinidad trabajó hasta pasada la medianoche del lunes, primer día del operativo de cedulación a menores, tras un año en pandemia. Atendieron a todos los niños en la cola. Foto: José Daniel Ramos

Gustavo Vizcaíno, director del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), anunció hace dos semanas un operativo de cedulación por primera vez a menores de edad. Después de un año sin hacerlo por la pandemia, busqué de inmediato la partida de nacimiento de David. La inspeccioné una y otra vez para verificar que todo estuviera correcto. Revisé la página del organismo para chequear los requisitos, aunque ya los conocía. 

Ya David tiene 11 años de edad. Cuando cumplió los 9, edad para ser cedulados en Venezuela, fui a varias sedes del Saime en Caracas para encontrar que nunca había sistema o no había material. O no había operativos. Y el año pasado llegó el covid-19. 

El lunes, el primer día del operativo, llegamos a las 5:00 am a la fila del Saime de La Trinidad. Había gente desde la 1:00 am. Conté a las personas que teníamos adelante, había 70 niños. Decían que iban a repartir 150 números. “De aquí salimos con la cédula”, le dije a David, quien siempre ha tenido esa virtud rara de madrugar incluso cuando no es necesario. 

A las 7:00 am nos dejaron pasar al estacionamiento del centro comercial Plaza La Trinidad. Al otro lado se hacía la cola de quienes iban a retirar las prórrogas de los pasaportes. Comenzaban a trabajar a las 8:00 am. A la fila donde estábamos nosotros se incorporaron adelante unos 50 niños. Sus papás los esperaban desde la madrugada. Ya éramos, por lo menos, el número 130. “Aún podemos, quédate tranquilo”, le insistí a mi hijo. 

Los recuerdos

Mi mamá siempre fue muy rigurosa con todos nuestros papeles. No como yo, que lo dejé para después. Me llevó a sacarme la cédula en lo que era la DIEX de Plaza Miranda cuando aún no había cumplido los 9 años. Fui la primera de mi salón en tenerla. Mi cédula es 14 millones, las de mis amigos de mi edad, 16 millones. 

Sede de la Diex en 1945 | Foto cortesía

Recuerdo que llegamos a la DIEX a las 4:00 am. Hicimos una cola tremenda. A las 11:00 am ya habíamos salido y mi mamá me llevó al colegio para que al menos copiara las tareas y no perdiera el día. Estando en la cola con mi hijo el lunes, de repente recordé todo eso. Y el comprobante verde, ese que decía que ya estabas cedulado, que tu documento estaba en elaboración. Mi mamá no me lo dio. Sacó una copia y la plastificó. Eso era lo que cargaba conmigo para lucirlo en mi colegio, en 4to grado de primaria. 

El comprobante original no lo podía tener conmigo. No se podía perder. “Es que después es un proceso igual o más largo. Si llegas a botar eso vas a tener que volver a hacer la cola”, me decía mi mamá cuando le reclamaba. Con ese papelito retirabas la cédula, de 6 meses a un año después del proceso.

Cedularse era un paso para convertirse en jovencito, ciudadano de un país, miembro oficial de una sociedad. Así me lo enseñaron las monjas de mi colegio y mis papás, que eran maestros. Era importante, era un hito como la primera comunión, al menos para mí.

Esos recuerdos me sacaron una sonrisa, me cambiaron el humor y me permitieron afrontar el larguísimo lunes que me esperaba. 

El resto del lunes

A las 10:00 am, una funcionaria del Saime salió a recoger las partidas de nacimiento. Vi, no sin asombro, que la fila delante de nosotros se reducía de a poco. “Esta partida no es original”; “Muéstreme su cédula y la autorización, usted no es el representante legal del niño”; “Esta partida de nacimiento está en malas condiciones, está rota, manchada, rayada”; “Esto es un certificado, no una partida de nacimiento”. Más de 30 personas habían perdido al menos 5 horas de cola. 

Me cuestioné la decisión de haber ido el primer día del operativo. “Es que ya no lo puedo seguir dejando para después”, me dije. En Venezuela todo cambia de un día para otro. Dicen que el operativo durará hasta marzo pero la verdad es que aquí nunca se sabe. Y menos en pandemia. Muchos pensaron como yo, ahora lo sé. 

Volví a revisar los papeles: partida de nacimiento original (“Voy a tratar de que me acepte la más feíta”, pensé). Además, llevé copia de mi cédula, de la de su papá, el certificado de nacimiento que me dieron en la clínica, aunque nada de esto es requisito para obtener el documento. Le comenté a una amiga que nunca me siento preparada para esos trámites si no exagero y llevo hasta pruebas de ADN porque nunca se sabe qué pueden pedir. 

A las 10:30 am recibieron la partida de nacimiento de David. Primera victoria del día. Ya tenían el documento en la oficina, de ahí nos íbamos con cédula. 

Podía intuir a lo que nos íbamos a enfrentar. La noche anterior había preparado un morral con sanduchitos, chucherías y agua mineral. La fila comenzó a avanzar, de 15 en 15, cada dos horas y media aproximadamente.  

A mediodía ya David había hecho amigos, se intercambiaban los números de teléfono, compartían los dulces, se prestaban los juguetes. A las 2:00 pm, en pleno sol, correteaban por el estacionamiento. “Va a salir sudado en la foto”, pensé. “Pero que corra, el pobre. Tanto tiempo encerrados y además estas casi 10 horas en cola”. Baños de gel antibacterial y recordatorios de mantener la distancia se veían a cada rato.

Los niños pasaban solos a las oficinas. Se ponían nerviosos, no revisaban sus datos bien, había que corregirlos. Una de las máquinas se dañó y tuvieron que volver a tomar los datos de todos los que habían pasado por ahí. 

Abro Twitter a la 1:00 pm, hora del cierre de la jornada. Leo que han atendido a 500 niños en todo el país y que iban a extender el horario hasta las 3:00 pm. ¿Lo lograríamos? Mi esperanza era que ya la partida de nacimiento estaba adentro.

A las 3:00 pm quedamos de primeros en la fila. La nueva hora de cierre. “Tranquilo, que de aquí salimos máximo a las 5”, le dije cuando me comentó que estaba cansado. “Ya estamos aquí, tenemos 10 horas en cola. Ya nos queda menos tiempo del que hemos estado”, insistí tratando de consolarlo. Aproveché que había decidido descansar a mi lado, en una acera y le dije: “Tienes que revisar todos tus datos. Deletréame tus nombres, tus apellidos, dime tu dirección, tu fecha de nacimiento… 20 puntos, te sabes todo”. De vez en cuando se lo volvía a preguntar. 

Salió una funcionaria del Saime, nos dijo que iban atender a todos los que estaban en la fila.

A los adultos les podemos decir que no, que trabajamos hasta ahorita, pero a los niños no. Por favor, rieguen la voz. Vamos a trabajar hasta atender al último niño en la cola”, y lo hicieron.

El martes supe que trabajaron hasta después de la medianoche.

Nos hicieron pasar a las 6:20 pm a una especie de antesala. Le lavé la cara como pude, lo peiné. Vi su cansancio y saqué la copia de la partida de nacimiento. Le subrayé los datos: fíjate que en la pantalla de la computadora esté todo exactamente igual que aquí. Cambiarlos es demasiado trabajo y ni tú ni yo queremos volver a hacer cola. 

Adentro del centro comercial, el calor, la gente encimada, el coronavirus no existía. Quería intentar ver cómo iba David en el proceso, pero me daba asco y miedo. “Lo que falta es que todos aquí salgamos contagiados con el virus”, bromeó alguien. No me dio risa y más bien salí corriendo. 

Sede principal del Saime, año 2020 | Foto: José Daniel Ramos

Cuando llamaban a un representante era porque algo no iba bien con los datos. A las 7:00 pm  le dijeron a alguien, que estaba cerca de nosotros en la cola desde las 5:00 am, que no iban a poder cedular a su hijo porque tenía el trámite del pasaporte abierto. “Que no me llamen”, pensaba mientras veía la cara de cansancio y derrota de los que se iban sin haber logrado su objetivo después de 14 horas. 

“La mamá de David” escuché a lo lejos. Me asusté, veo la hora 7:10 pm. Me acerco a la puerta. “¿Puede pasar? Para que verifique los datos que él no ve bien la pantalla”. Claro que no veía bien, además de ser miope, que las letras son blancas y mínimas en sobre un fondo azul chillón, tiene 14 horas en una cola inhumana.

Me contuve porque durante toda la jornada, los trabajadores del Saime La Trinidad fueron muy empáticos, no dejaron de trabajar ni un minuto y siempre nos informaban del proceso. Ellos también estaban cansados. 

Después de empadronarlo le tomaron las huellas. Salió con las manos arriba casi a las 9:00 pm. 15 horas y media después. Y salió sin cédula, contrario a lo que se veía las fotos en las redes oficiales del Saime.

—Te portaste muy bien, hijito. ¿Cuándo hay que buscar la cédula?

—El lunes, má. Pero vienes tú sola porque esta cola horrible no la vuelvo a hacer ni de chiste. 

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