• La agrupación venezolana estrenará disco el 31 de mayo. Se llama Cuando los acéfalos predominan. El cantante Beto Montenegro asegura que es una fotografía musical de nuestros tiempos

Han pasado cinco años desde el lanzamiento de Trippy Caribbean. Rawayana se ha convertido en una de las bandas venezolanas más activas en los años recientes.

Sí, puede ser que sea mucho el tiempo transcurrido desde entonces, pero no han dejado de estar. No solo se trata de los constantes conciertos previos a la pandemia. Incluso, llegaron a estar en el Movistar Arena de Chile, donde fueron la banda invitada de Cultura Profética. En diciembre de 2016 Rawayana dio un concierto sin costo al público en la avenida Francisco de Miranda, e incluso sus integrantes se han dedicado a la gestión cultural, cuando en marzo de 2019 intentaron realizar el Festival Nuestro Amanecer, con artistas como Cultura Profética, Akapellah, Apache, El Otro Polo, Alemán, Romina Palmisano y Lou Fresco. Pero fue infructuoso. Ahí grabarían un disco en vivo. 

Durante el confinamiento, no han parado. Las giras cesaron, pero han estrenado canciones, videoclips, y finalmente el 31 de mayo saldrá Cuando los acéfalos predominan, el cuarto disco de estudio de Rawayana. 

Beto Montenegro está de regreso en México, luego de haber estado unos días en Venezuela. Para el momento de esta conversación, finiquitan los detalles de un nuevo videoclip, el de la canción “Double Cheese & Bacon”, que se estrenó el 16 de abril.

Beto Montenegro integrante de Rawayana
Cortesía: Blanca Santos

Este nuevo proyecto representa el cierre de un ciclo. Es la sensación que tenemos todos. Por ahí escribimos un manifiesto que explica un poco, comenta el cantante.

Se refiere a la publicación en redes sociales de lo que podría llamarse una declaración de principios de este álbum de la agrupación.

—En ese manifiesto hablan de la globalización, de las nuevas tecnologías. Hay una frase que me llama la atención: “Este nuevo proyecto representa el cierre de un ciclo. Es la sensación que tenemos todos. Por ahí escribimos un manifiesto que explica un poco”. ¿Qué los llevó a subrayar este mensaje?

—Este disco está muy arraigado al lugar de donde venimos, claro, desde nuestra perspectiva. Con el álbum anterior, Trippy Caribbean, estuvimos dando vueltas por todo el mundo, pero a la vez, haciendo un documental cultural en Venezuela. Tenemos una perspectiva diferente de la gente que no tiene este ritmo. Hemos visto tanto las cosas bonitas como los problemas de otros países. Todo en medio de esta locura en la que estamos: desinformación, confusión, así como enterarnos de cosas que pensábamos que estaban bien, pero ahora no. En este disco quisimos hacer una fotografía musical de estos momentos.

—Cinco años por varios países. Me imagino hay un bagaje de influencias que se concatenan en esta obra

—Totalmente. No sé si la gente lo esté esperando. Para nosotros la evolución de la música siempre ha sido clave para no aburrirnos. Si bien empezamos con un proyecto de mucho humor, experimentar ha sido clave. En este álbum hay tambores afrocaribeños mezclados con soul y R & B, pero también tenemos rock psicodélico, funk, disco music, sones cubanos. Hay una intensidad que no habíamos cuidado demasiado, tanto en lo musical como en lo lírico. 

—Hace rato dijo que se había enterado de cosas que pensaban que estaban bien, pero que ahora no. ¿A qué se refiere?

—Yo no sé qué piensas tú, pero ahora te comes una hamburguesa, y lo piensas más. Desde eso, hasta enterarte, sin saber si la fuente es cierta o no, que una empresa reconocida hace pruebas en animales. Se refiere un poco a lo que citabas del manifiesto. Por eso el título del disco no solo está enfocado en gobiernos o Estados, sino en corporaciones, líderes religiosos, ideales. Hay una cantidad de elementos que han perdido la cabeza. Tenemos una escasez de liderazgo en el mundo. Un problema serio.

—En el arte, veo una etiqueta que dice que la fecha de elaboración fue el 3 de abril de 2016. ¿Qué tiene de especial ese día?

—No lo voy a revelar. Todo tiene un sentido. A pesar de que hablamos de temas globales, hay cosas muy nuestras. Invito a la gente a que no solo esté pendiente de los lanzamientos musicales, sino también de nuestras plataformas. El disco saldrá el 31 de mayo. Con nuestro artista plástico Joaquin Salim, que hizo la portada, están surgiendo cosas interesantes. Pero también con Adolfo Bueno y Alfredo Correia estamos haciendo en México una instalación plástica, una obra sobre lo que pensamos será el mundo en el que predominan los  acéfalos. La gente podrá venir a visitar este lugar. 

Una década de camino

La banda Rawayana
Cortesía: Blanca Santos

En 2021 se cumplen 10 años del lanzamiento de Licencia para ser libre. ¿Cómo ve en retrospectiva el tiempo transcurrido desde ese primer disco?

—Han sido 10 años intensos que pasaron rápido. Una década en la que hemos cambiado para bien en muchas cosas, y para no tan bien en otras. Afortunadamente el grupo base de esa época permanece unido. Aunque en esa época la batería la tocaba Rodrigo Michelangeli, quien todavía hace cosas con nosotros. Estamos escribiendo unos guiones para proyectos. Celebro la capacidad que tenemos para mantenernos innovando en lo personal, y refrescando con música nuestras relaciones internas. Podemos vivir de lo que nos apasiona, conocer tantos lugares. Creo que no seríamos lo que somos sin la música.

—¿Considera que Rawayana es la banda venezolana, de la reciente generación, más exitosa actualmente en el exterior?

—(Suspira). No sé. Sabemos que colegas de allá de Venezuela no han tenido esta oportunidad. El éxito es relativo. Existe una responsabilidad con la posición que tenemos con el público, pero también con nuestros colegas. He entendido muy bien que fue clave el trabajo que hicieron nuestros antecesores en Venezuela para abrir las puertas. Sé que Rawayana está abriendo ciertas puertas. Se trata de tener claro que esto llegará hasta un punto, pero que deben permanecer las puertas abiertas, así como lo hicieron King Changó, Los Amigos Invisibles, Desorden Público o Montaner. Ahora viene una etapa muy bonita. Siento que las bandas, los solistas, los raperos, van a empezar a sentirse con más fuerza. 

—Veo en la lista de canciones del nuevo disco una en la que participan Los Amigos Invisibles y José Luis «Cheo» Pardo. ¿Rawayana los reunió?

(Ríe). Yo les digo que nosotros parecemos esa película de Lindsay Lohan sobre unas gemelas que ayudan a que sus papás se reconcilien (Juego de gemelas). A ver. Yo no hubiese hecho canciones si no existiesen Los Amigos Invisibles. Ahorita estuvimos trabajando en el videoclip. Cheo es el productor de Trippy Caribbean, así como de este disco. Nosotros somos tercos con la idea de conectar con esa esencia que sigue fluyendo en nosotros,  así como agradecidos con todos los que han formado parte de Los Amigos Invisibles. Y bueno, se hizo fácil. Trabajamos en el estudio con Cheo y luego se agregaron a los otros muchachos.

Veo que vuelven a colaborar con personas del rap. En Trippy Caribbean estuvo Apache. Ahora tienen a Akapellah. Cuénteme sobre ese interés por este género y la propuesta de Rawayana. 

—Sí, en tres canciones tenemos a Akapellah. Sabes que he intentado influenciar con un sonido en el que pueda usar más palabras, algo muy bonito que tiene el rap. Esa poesía callejera que permite, por la forma en la que se expresan las ideas, decir muchas más cosas que cuando cantas. Si bien en algunas canciones de este disco intenté hacer eso, algunos temas requerían de alguien que lo supiera hacer bien, como ocurrió con  Apache en «High». En esta ocasión, Akapellah no solo estuvo en los featuring, también cantó en coros. Me enteré de esa faceta artística. Es un gran cantante, un corista con unas ideas increíbles. Estuvo con nosotros en momentos claves.

—Hace poco estuvo en Venezuela, ya regresó a México. Cheo Pardo sigue en el país y ha trabajado en algunos proyectos que se realizan acá. ¿Qué considera que necesita la movida venezolana para equipararse al resto de la región?

—Básicamente tener el respaldo del país. No me refiero a su gente, sino a que por ejemplo, no sea un problema sacar un documento de identidad. Muchos artistas venezolanos tienen problemas migratorios de toda índole. También, la empresa privada está ahogada. Como todo lo que sucedió en estos años, la dependencia del Estado es muy grande. Un proyecto como nosotros no tiene la menor intención de involucrarse con el gobierno o el Estado. Los proyectos que tengan liderazgo y dos dedos de frente tampoco lo harán. En muchas conversaciones nos preguntamos por qué no tenemos un Juanes, un Ricky Martin o una Shakira. De entrada, no hay suficientes espacios que remunere el trabajo de manera justa. Si te conviertes en alguien medianamente influyente, siempre surge algo desagradable por el tema de la polarización política. Las grandes productoras no hacen grandes eventos. Entonces, uno se queda como un huérfano de país, dándose golpes internacionalmente, para hacer lo que tienes que hacer.

La nostalgia de un país

—En «Camarones y viniles» vemos ese lado jocoso de Rawayana, y en «Welcome to el sur», se nota la nostalgia, la melancolía. ¿Cuánta nostalgia y melancolía podemos esperar del resto del disco?

—Bastante. (Ríe). Hace rato hablábamos de qué hacer para que Venezuela tuviera más relevancia musical. Bueno, nosotros nos metimos a hacer un festival cultural. No hablamos mucho sobre esto porque estamos trabajando. Desde 2015 estamos haciendo conciertos en Venezuela pagados con nuestras giras afuera.  Así fueron prácticamente gratuitos, y los que fueron pagos, eran muy baratos. Ese trabajo lo hemos documentado. En 2019 queríamos cerrar ese ciclo de Trippy Caribbean en Mérida en este festival con varios artistas. Uno ve la giras por redes de manera muy superficial. Pero a nosotros nos gusta hacer after party. Es una forma de encontrarnos con la gente más conectada con el proyecto. Un lugar para bailar, disfrutar, pero también para hablar. La idea es tener eternos debates, no solo en esas fiestas, sino en eventos aledaños. Es una cosa de locos. Vas a un concierto de Rawayana en Santiago de Chile o en Madrid, y la vibra que existe es muy intensa por la cantidad de personas con la que te mezclas. También hemos regresado a Venezuela y hemos vivido ciertos momentos, como el apagón. Ver cómo la gente resuelve para sobrevivir. De alguna forma, como ciudadanos, hemos experimentado un contexto que da para echar historias de locos. Este disco es la consecuencia de todas estas situaciones.

—¿Alguna historia que recuerde?

—Son un montón. Gente que se fue caminando desde Venezuela hasta Santiago de Chile. Gente que empezó un trabajo en el que limpiaba el excremento de los caballos, y ahora se encargan de dirigir un hipódromo. Hay infinitos cuentos en todos los países. El mensaje final del manifiesto del disco es el problema del talento, y todo lo que subestimamos esa fuga de talento. Mira, nos hemos sentado en restaurantes de Buenos Aires y un mesonero, como agradecimiento, nos brinda un postre. Cuando volvemos al año siguiente, el tipo es director del restaurante. A eso hay que añadirle la discusión entre los que se van y los que se quedan. En realidad, resolver el problema es tan sencillo. Hay gente tan capaz. La eterna conversación del venezolano. ¿Cómo musicalizamos eso tomando en cuenta tanto a los que están adentro, física o mentalmente, y los que están afuera, mental o físicamente?

—¿Sienten que tienen una responsabilidad como artistas en esa eterna conversación del venezolano?

—Tengo actualmente cierta distancia con los medios de comunicación masivos del mundo, y en especial de Venezuela, porque cualquier cosa que hagas puede ser tergiversada. Entiendo la razón porque tengo amigos dueños de medios. No siento un respaldo. Entonces, cuando te metes en un proyecto en el que sientes esa responsabilidad, puedes salir con las tablas en la cabeza. De alguna manera, ahora estamos en una etapa en la que digo que hacemos canciones, arte, y tal vez más adelante me sume a eso de sumar algo en el mundo en el que vivo. Ahorita me concentro en el tema del arte para comunicar ideas.

—¿A  qué se refiere con las tablas en la cabeza?

—Después de mucho tiempo haciendo actividades en Venezuela para el desarrollo cultural, y así no perder espacios, quisimos llevar a cabo el proyecto del festival de Mérida. Entonces, nos atravesaron la farsa de la ayuda humanitaria. En el contexto en el que estábamos, teníamos que apoyar a Juan Guaidó porque sí. Entonces, un esfuerzo de un año y medio, se nos cayó. Un festival cultural con un montón de artistas para una semana de libertad artística en Mérida. Habíamos ido a Mérida para alejarnos de Caracas, pero montaron eso por allá. Fue frustrante. Cuando lo ves en retrospectiva, te encuentras a personas influyentes que llegaron a atacar algo que ni sabían de qué se trataba. Ni siquiera lo quisimos explicar por toda la desconfianza que sentimos. Fue todo un año y medio de trabajo, con artistas incluso internacionales. Buscamos los aliados correctos, porque ahora el contexto es tan complejo. Eso es lo que van a escuchar en este disco.

—La canción «High» sigue siendo exitosa. Es la más escuchada de ustedes en Spotify, por ejemplo. ¿A qué cree que se deba?

—Bueno, es tremenda canción. Todavía la escucho y me sorprendo por haber participado en ese tema. Qué locura. Luego, tengo esa teoría sobre las ideas que se transmiten, tomando en cuenta el contexto de Latinoamérica. Nosotros la hicimos desde nuestra perspectiva como venezolanos, pero en general el mundo está demasiado jodido. Esta canción representa un himno, con todo eso de pasarla bien, creer en ti, feel good music para empoderar a quien la escucha. Ahora, desde un punto de vista más venezolano, la unión de nosotros con Apache tuvo una fuerza interesante. Nosotros venimos de un contexto demasiado clasista. Hugo Chávez metió el dedo en el clasismo de una manera absurda. Por ejemplo, nosotros hicimos un concierto gratuito para un montón de gente en la avenida Francisco de Miranda. Estuvieron Apache y Akapellah. Yo no quise decir nada, sino que hablaran las acciones, pero lo único que afirmamos fue que observaran cómo estaban ahí, gozando, tanto el este como el oeste de Caracas. Y cuando tocamos «High», fue uno de los momentos más especiales que hemos tenido. Creo que hay algo de eso.

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