• A propósito de la celebración del Mes del Orgullo, tres miembros comunidad de la LGTBIQ+ contaron para El Diario sus historias, sus procesos de reconocimiento y asimilación. También su relación con su entorno, en medio de una sociedad en la que orientación sexual o identidad de género diferente es señalada y juzgada

“Cuando uno se da cuenta de que es trans, automáticamente ya sabe que tiene menos derechos y eso no es secreto para nadie”, dice Michelle Artiles, una estudiante y activista transgénero venezolana. Para llegar a esta conclusión, y muchas otras, Artiles atravesó un proceso lleno de dudas, cuestionamientos, incomodidades y falta de información sobre su identidad de género. 

Sus 20 años de vida transcurrieron de forma “normal”. Su familia es de profundos valores religiosos y Michelle fue criada bajo esos preceptos. A diferencia de otras personas trans, ella no sintió esa disonancia entre su género y su sexo desde pequeña, incluso era algo que ni consideraba que le podía ocurrir. Es tajante al afirmar que durante toda su vida no sintió nunca ningún síntoma de disforia, o eso creía.

Qué es la disforia

La Clínica Mayo, una de las más importantes de Estados Unidos, define la disforia de género como la sensación de incomodidad o angustia que pueden sentir las personas cuya identidad de género difiere del sexo asignado al nacer o de las características físicas relacionadas con el sexo.

Ya como adulta y luego de hacer la transición, comprendió que durante su niñez sí hubo señales sobre su identidad de género. “Ahondando mucho, me di cuenta de que desde chiquita si había ciertas señales de que quizás mi género no correspondía con mi sexo adquirido al nacer. Ejemplo, yo de chiquita desarrollé una admiración a las mujeres, a un nivel muy sexual, que no era sexual romántico, sino sexual de querer senos, cabello y las manos así como ellas. Era un nivel de admiración que yo decía ‘yo quiero eso’. Pero siempre lo pensé como ‘yo quiero una mujer así’ y no como ‘yo quiero ser así’. Pero nunca tuve estas confusiones con mi identidad”, explica en entrevista para El Diario. 

Nunca sintió incomodidad o dudas con respecto a su identidad. Sin embargo, fue en su adolescencia cuando empezaron a surgir los primeros malestares. Se sentía deprimida, con ansiedad y tenía un autoestima bajo. Pero no lo asoció con una disconformidad por su identidad de género, sino de emociones propias de la adolescencia. En definitiva, sí sintió disforia de género durante esa etapa, pero lo asumió como algo “normal”. 

Su estado anímico no la llevó a identificarse como una persona transgénero en ese momento. Hubo tres situaciones, que asegura , fueron puntos de quiebre determinantes que la llevaron a reconocerse. En el año 2020 murió su papá a causa de una afección pulmonar y había un comentario que repetidamente le hacían en su entorno y que a ella le causaba rechazo: “Ahora eres el hombre de la casa”. 

Ese año inició el confinamiento en Venezuela por la pandemia del covid-19. El encierro la obligó a pensar en su identidad. “La cuarentena formó parte importante de todo este rollo, porque yo durante toda mi vida había tenido un poco de miedo de mirar hacia adentro, tener esta introspección. Prefería hacer muchas cosas y no mirar para adentro porque me daba miedo lo que pudiese encontrar. Durante ese tiempo todo estaba en pausa, empiezo a mirar hacia adentro y veo que no todo es lo que parece y evidentemente la disforia por las nubes”, comenta. 

En su mente empezó a rondar la idea si realmente ella era una persona trans. Pero al indagar en Internet sobre este tema, la información que encontró la espantó. Las noticias que prevalecen son las que reseñan hechos de violencia como prostitución y asesinatos que involucran a las mujeres transgénero y también las precariedades en las que muchas viven por la falta de oportunidades laborales. Ante ese panorama, Michelle se cerró a la idea de una identidad de género diferente pero continuó con el proceso de autodescubrimiento. En septiembre de ese año, su pareja intentó cambiarle los pronombres, en vista de su estado anímico. Cuando ella le decía algún halago Michelle no se lo creía. En su cumpleaños su novia, de forma repentina, le dijo: “Qué linda te ves”.

“Me quedé fría porque me lo creí. Si no te gusta tu nombre, no te gustan tus pronombres, no te gusta la ropa que te pones, no te gusta tu imaginario del género, pues eres transgénero. Ahí fue el break point en el que dije soy trans, no hay de otra”, enfatiza.
comunidad LGTBIQ+
Foto: Michelle Artiles @migurtcita

Una vez que asimiló la idea de que efectivamente era una persona transgénero, venía otra parte complicada: contarle a su familia. En su casa, la identidad de género de Michelle era “un secreto a voces”. En una primera conversación con su mamá ella no reaccionó de una forma que ella esperaba. Sin embargo, en un segundo encuentro, Michelle se dio cuenta de que su mamá había ido a terapia, se informó y se educó con respecto a lo que estaba pasando con su hijo. 

“Ella me dijo: ‘Estoy lista para lo que me tengas que decir. Antes no lo estaba y te pido disculpas, pero ahorita estoy lista’. A mí lo que me faltaba para dar el último paso era la aprobación de mi mamá. Ahí mismo cambié nombre en mis redes sociales y lo hice formal”, comenta. 

Para esta joven estudiante el proceso de redescubrimiento nunca se acaba. Al conversar con personas de su edad, que también son trans, se dio cuenta que el panorama tétrico que encontró en Internet hace algunos meses no era una realidad generalizada de todos los transgénero. Para ella la visibilidad es importante en la lucha por los derechos de la comunidad LGTBIQ+, por eso quiere inspirar a otros en la búsqueda de su identidad, a pesar de los estereotipos y prejuicios que prevalecen en el país, así como la inexistencia de leyes que protejan a esta comunidad.

Lucha de la comunidad LGTBIQ+

Uno de los pilares de las exigencias de la comunidad LGTBIQ+ en Venezuela es el respeto de sus derechos ante la ley. La legislación venezolana no contempla la existencia de personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas. De esta forma se ven vulneradas ante la sociedad y tampoco gozan de una normativa que proteja sus derechos ante la discriminación y la homofobia.

“Desde el activismo yo siento que el hecho más importante que se ha dado es el tema de la visibilidad. Eso hace que la gente genere empatía. Como decía Rubén Blades ‘cuando conectas a uno conectas a 10’. Se trata de ir normalizando y rompiendo ese estigma para que la sociedad poco a poco vaya entendiendo la importancia que tienen estos derechos. De nada sirve una ley sin una sociedad que la respete”, puntualiza. 

comunidad LGTBIQ+
Foto: Michelle Artiles @migurtcita

Entre la docencia y el arte

Keiber Orellana se sintió aterrado cuando empezó a explorar una sexualidad diferente a la heterosexualidad. Su miedo se basaba en no saber a qué se iba a enfrentar porque desde pequeño le enseñaron a comportarse de una forma que la sociedad consideraba normal. Sin embargo, esa normalidad le resultaba incómoda, aunque no sabía el por qué. 

Cuando entró al bachillerato empezó a entender con más claridad cuál era su orientación sexual. Decidió ocultarla para evitar ser víctima de discriminación. Esa realidad quedó oculta por un tiempo hasta que a los 12 años de edad  encontró en el teatro un refugio. 

“Yo entré al grupo de teatro del colegio y ahí cambia mucho la manera de ver las cosas. Comencé a ver las cosas distinto, con más claridad. Ya tenía atracción por chamos de mi edad o incluso más grandes. Era algo complejo porque me debatía entre el hecho de que me gustaba gente de mi mismo sexo pero me limitaba porque no sabía qué consecuencias me iba a traer eso en mi vida”, comenta para El Diario.

Durante su adolescencia ya había asumido cuál era su orientación sexual, pero lo mantuvo siempre en secreto, quizás por falta de coraje y la prevalencia del miedo, afirma. 

Pero todo cambió cuando empezó a estudiar Educación a los 16 años de edad. Muchos de sus compañeros de clases pertenecían a la comunidad LGTBIQ+ o eran más despreocupados y tolerantes con ese tema. Este ambiente le brindó la fortaleza necesaria para sincerarse consigo mismo y su orientación sexual. Es por eso que decidió armarse de valor y hablar con su familia sobre esto, a pesar de que en su caso también era un secreto a voces. A  los 18 años no había presentado una novia en su casa, además tenía gustos que para la sociedad no corresponden a una persona heterosexual por lo que su familia comenzó a sospechar sobre la realidad de Orellana. 

A muchas personas que conocía los corrieron de sus casas al declararse homosexuales, por lo que su temor se centraba en cómo lo podía tomar su familia. 

Reuní a mis hermanas, agarré un block de dibujo e hice unas especies de láminas por cada hoja. En cada hoja coloqué una frase y la última decía ‘Soy gay’. Cuando mostré la última bastaron solo cinco segundos para que viniera el llanto. Mi mamá me dejó de hablar por dos semanas. Después de esas dos semanas ella me pidió que habláramos y que aclararemos las cosas. Fue muy significativo hablarle de lo que siempre he sido porque nunca hubo un antes y un después”, narra.

Como profesor de primaria ha tenido que manejar con pericia el tema de su orientación sexual, sin ocultar su verdadera esencia. Sin embargo, ha vivido momentos en que ha sido señalado o cuestionado, principalmente por su vida artística. 

En un momento fue citado a la dirección del colegio. ¿El motivo? Él había publicado una foto en sus redes sociales con un vestuario de mujer que formaba parte de una obra teatral en la que estaba participando. La imagen se difundió entre los padres y representantes e iniciaron los cuestionamientos sobre si ese era era el comportamiento apropiado de una persona que enseña a niños. 

“Lo primero que vi al entrar a la dirección fue la foto mía vestido como el personaje. La monja me pidió que le explicara la foto y me dijo que la habían desvirtuado. Ella me dijo: ‘Keyber, es que muchos representantes no van a concebir que a sus hijos les de clases un profesor que se viste como mujer y que tiene una inclinación sexual distinta a la norma y que está perturbando al estudiantado’. Yo respiré profundo y le dije que yo no estaba perturbando a nadie porque no estaba yendo al colegio vestido de mujer. Mi realidad en la escuela es diferente a mi realidad teatral”, narra. 

Hace énfasis en que su vida personal no desvirtúa su capacidad ni desempeño como docente, debido a que se considera una persona entregada a la enseñanza. Afirma que es necesario comprender que una persona actúa diferente en cada situación de la vida sin dejar de lado su esencia. Su argumento convenció a la directiva del colegio e incluso lo felicitaron por su trabajo actoral. 

El teatro se convirtió en su refugio, lo  describe como un espacio sin límites ni barreras,  donde puede ser él mismo. “Podía ser auténtico, sin caretas, sin temor a que me juzgaran, siempre fue así, mi espacio de supervivencia.”, expresa.

 

Respuesta legislativa

La Asociación Civil Venezuela Igualitaria, en conjunto con otras 47 organizaciones que defienden los derechos de la comuniad LGBT, presentó en el año 2014 ante la Asamblea Nacional (de mayoría oficialista) el proyecto de reforma parcial del Código Civil venezolano para incluir la extensión de ejercer el derecho civil al matrimonio a las parejas del mismo sexo.
En 2008 el Tribunal Supremo de Justicia dictaminó que la Constitución no prohibía ni condenaba las uniones entre personas del mismo sexo. Si bien las parejas homosexuales tenían contemplados todos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, la Constitución no les reconocía protección especial. Equiparable al matrimonio o concubinato entre un hombre y una mujer. El 22 de octubre de 2020 Nicolás Maduro pidió a la Asamblea Nacional ilegítima discutir sobre el matrimonio igualitario. Hasta el momento dichos debates no se han llevado a cabo.

“No estás solo”

Ángel Sanz le contó a su mamá, no de forma explicita, que era homosexual por medio de una carta cuando tenía 14 años. La escribió y la guardó en su cartera justo antes que ella saliera de su casa a trabajar. En la noche, al preguntarle si leyó la carta, la respuesta de ella fue: “La leí y no me gusta la idea”. 

Siempre supo que le atraían las personas de su mismo sexo, pero no tenía la definición en su mente de lo que eso significaba. Cuando entendió lo que estaba ocurriendo fue cuando decidió contárselo a su mamá. Después de su reacción con la carta, ninguno volvió a mencionar el tema. Solo hasta que Ángel vivió una mala experiencia en la calle y llegó llorando a su casa. No le quiso contar a su mamá lo que había ocurrido pero si le confesó que le gustaría que fuesen más cercanos. Ella le hizo saber que con el tiempo entendería lo que estaba ocurriendo con su hijo. 

Al darse cuenta que tenía una orientación sexual diferente a la hetero, a Sanz lo dominó el miedo a ser rechazado  y a quedarse solo. “Cómo debo ser ante una sociedad que no me entiende y que no me ve de la forma que yo me veo. Es súper complicado y definitivamente el miedo es lo que te domina a partir del momento en que tu te reconoces hasta que terminas de aceptarte”, comenta para El Diario.

Este joven estudió Idiomas Modernos en la Universidad Central de Venezuela (UCV) donde afirma que la diversidad es muy grande y nunca fue víctima de discriminación. Sin embargo, fue en el teatro donde encontró las herramientas para fortalecer su autoestima y comprender a quienes de alguna manera emitían comentarios prejuiciosos, agresiones y rechazos en contra de la comunidad LGTBIQ+.

“El teatro me ayudó a ver la otra cara de la moneda. Porque cuando uno es parte de una minoría que es discriminada, uno inconscientemente pasa a ser la víctima. A mí el teatro me ayudó a ponerme del otro lado y preguntarme los motivos por los que esas personas discriminan y en consecuencia a saber cómo sobrellevar ese tipo de cosas”, afirma Sanz, quien también se dedica al maquillaje profesional, la danza y la costura. 

A su juicio, la discriminación es casi nula dentro del teatro porque la comunidad es mucho más diversa y porque la actuación ayuda a ampliar las mentes de las personas y ver las cosas desde otra perspectiva. 

Como miembro de la comunidad LGTBIQ+ asegura que una de las razones por la que las personas discriminan a otras con orientaciones o identidades diferentes es por la falta de educación e información sobre el tema. “En el caso de mi mamá, lo que a ella le permitió  aceptarme fue que estaba estudiando Educación. Al leer y estudiar  entendió que existe la diversidad. Yo creo que es un tema de educación sin importar el rango de edad del que estemos hablando”, afirma. 

Uno de los primeros miedos que puede sentir una persona al reconocer su identidad u orientación sexual es a quedarse solo, explica Sanz. Es por eso que le recuerda a esas personas que aún no han asumido su esencia frente a su familia o la sociedad que no están solos. 

“Es necesario saber que todos en este mundo somos diferentes. Así las personas que más amamos no nos acepten por alguna u otra razón siempre van a haber personas dispuestas a querernos y brindarnos su apoyo seamos lo que seamos, nos guste lo que nos guste”, puntualiza.

Noticias relacionadas