• Saray Figueredo es una activista social de 24 años de edad. Creció en un ambiente rodeado de violencia, pero lejos de amilanarla, la impulsó a crear un proyecto social que transforma vidas

Nacer en un ambiente rodeado de violencia, tener a dos hermanos que delinquían y uno en el mundo de las drogas, impulsaron a Saray Figueredo a convertirse en una líder comunitaria. A través de su proyecto de panadería, pastelería y repostería criolla dirigido a jóvenes y  adolescentes de la Cota 905 y El Cementerio, en Caracas, que les brinda oportunidades para apartarlos de la delincuencia.

Ella era una niña cuando su hermano mayor, quien pertenecía a una banda delictiva, fue asesinado. Su hermana también conoció esa realidad, al punto de participar en el lanzamiento de una granada, hecho que le dejó secuelas. 

Su hermano menor consumía sustancias ilícitas y se sentía desmotivado, mientras que su madre diariamente, permanecía por horas en el cementerio, frente a la tumba de su hijo. Con todo ese cuadro familiar, marcado por el dolor y fuertes experiencias, se propuso no solo cambiar su vida sino la de su entorno más cercano y la de sus vecinos.

Fue a través de la ONG Caracas Mi Convive que obtuvo las credenciales necesarias para convertirse en activista social. Cursó algunos semestres de Derecho en la Universidad Católica Santa Rosa (Ucsar), en Los Mecedores, pero no asistió más por falta de recursos. De momento, se dedica únicamente al “Taller de Panadería y Pastelería La Rosalía”, que en su primera cohorte contó con 20 participantes, cuyas edades oscilan entre los 14 y los 21 años de edad.

Líneas de impacto

Este trabajo de corte comunitario y con impacto social consta de cuatro fases. La primera es la enseñanza del oficio, en este caso, panadería, pastelería y repostería criolla. La segunda es la educación financiera, de manera que puedan impulsar emprendimientos. La tercera línea es el apoyo psicosocial, y la última es la mentoría, que consiste en el seguimiento de la formación, relató Figueredo para El Diario.

Precisó que una vez el primer grupo de alumnos culmine las clases, iniciará otro, con 30 inscritos. «El curso consta de tres meses. Cada mes se dedica al aprendizaje de una técnica, es decir, un mes de pastelería, otro para la repostería y otro para la panadería», aclaró la joven, de 24 años de edad y madre de un niño de tres años.

Alumnos del curso de panadería en El Cementerio y la Cota 905

Saray contó que sus vecinos no creían en el éxito del programa y le auguraban el fracaso, porque no veían viable que un joven no cayera en las manos del hampa y prefiriera aprender un oficio para vivir de forma honrada.

Lo bueno es que cambiaron de opinión. Esos que no creyeron en nuestro proyecto al principio, ahora prestan sus casas para que nuestros muchachos horneen los panes y bizcochos. Por eso yo le digo a los jóvenes que no permitan que nadie les diga que no se pueden hacer las cosas y no podemos superarnos. No todos los que vivimos en El Cementerio y La Cota 905 somos delincuentes», sentenció.

Necesaria transformación

Figueredo está orgullosa por todo lo logrado hasta ahora, pero mucho más porque sus hermanos se dieron otra oportunidad y decidieron cambiar sus vidas. «Mi hermana ya está alejada de la delincuencia y ahora estudia Educación. Mi hermanito se sumó a la Red Solidaria y participa también en labores a favor de la comunidad. Yo les hablo desde la transformación, si no hubiese existido el activismo social, mi hermana estaría presa, mi hermano en las calles y mi madre enferma de la depresión por la muerte de mi hermano mayor», recordó.

Figueredo hizo su sueño realidad con el apoyo de la Red Internacional de Cruz Roja, que le donó algunos ingredientes necesarios para la elaboración de los panes y tortas, y la ONG Caracas Mi Convive, con todo el tema de la formación profesional para ejecutar su proyecto social.

Alumnos del curso de panadería en El Cementerio y la Cota 905

«Esto va más allá del morbo»

La Cota 905 es noticia desde hace meses por las incursiones armadas de los miembros de la agrupación criminal que lidera Carlos Luis Revette, alias El Coqui, quien también tiene células en la parroquia La Vega y ha mantenido en vilo a los vecinos de ambas zonas. 

Figueredo es consciente de que ese hecho llama la atención entre los usuarios de redes sociales, pero dejó muy claro que El Cementerio y la Cota 905 está más allá del morbo, de los enfrentamientos de El Coqui.

Yo invito a la gente a que visite ambos sectores, porque es verdad que pasan cosas malas, pero también buenas. Todo esto que vivimos se va a acabar y quedarán las experiencias positivas», subrayó.

Agregó que un vecino les cedió un espacio en el bulevard de El Cementerio para impartir las clases, aunque hace falta mobiliario e ingredientes para las prácticas. «De momento necesitamos mesas de acero inoxidable para poder trabajar las masas, no tenemos nevera para almacenar los ingredientes, tampoco una cocina. Nos hace falta mantequilla, azúcar, esencia de coco, levadura. Quienes quieran ayudarnos, bienvenidos serán, las puertas están abiertas para que vean todo lo que hacemos», detalló.

Para Figueredo, la vida es impulso, cambio y movimiento. Atrás dejó los tragos amargos del miedo y la desesperanza que trae la violencia. La transformación le llegó para comprobar que muchos quieren un mejor futuro y eso solo es posible con una mano amiga.

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