• La actriz y escritora publicó Nunca pierdas la fe, un libro que comienza con los días en los que perdió a su padre, el actor Yanis Chimaras. A partir de ese momento, registra un proceso interno de revisión sobre cómo superó la adversidad, las emociones y la superación. Foto: Elizabeth Mua | Juan Hernández

Laura Chimaras logró una meta de vida. Un sueño en el que estaba su padre se transmuta en un libro. En ese momento, recibió el impulso definitivo para dejar constancia en palabras un proceso de transformación personal que comenzó en abril de 2007, cuando su papá, Yanis Chimaras, fue asesinado. 

Ahora, en Nunca pierdas la fe, la joven actriz y escritora no solo hace una revisión de esos días trágicos, sino que se reencuentra con aquella adolescente que perdió a un pilar de su vida, pero también, en un ejercicio de conocimiento y de reconocimiento en medio del caos, se sobrepone para también impulsar a las personas a seguir, a pesar de cualquier adversidad. Los significados de la vida, los misterios del ser humano, las revisiones internas en medio de tanto, y la responsabilidad. 

Laura Chimaras
Foto: Elizabeth Mua | Juan Hernández

“Mis redes sociales no paran con las personas que dicen que perdieron un ser querido y que se identifican con el proyecto. Entonces tengo mucha fe de que todo va a salir bien. Dentro de todas esas emociones, creo que estoy tranquila. Es un libro muy importante, es un libro que lleva el nombre de mi papá, que fue tan respetado en nuestro país y en gran parte de Latinoamérica. Implica mucha responsabilidad”, cuenta.

El libro será lanzado el 14 de agosto. Hay una página web con los detalles

No es un libro religioso. Muchas personas piensan que sí. Tampoco está escrito con una postura política. He tenido muchas preguntas sobre la posición política de mi papá. Y de verdad, yo no quise polarizar el libro, ni tratar de picar a las personas por alguna postura política. Es simplemente una crónica. Conté una historia. Bueno, parece una película, pero es mi vida. Y a través de esta historia, busco que las personas sanen y vuelvan a sonreír”.

En los primeros capítulos hace una recreación bastante detallada de lo que fue todo ese momento tan doloroso en abril del año 2007, que todos recordamos. Claro, no teníamos toda esa intimidad. ¿Cómo fue recrear esos momentos para registrarlos en el libro? 

El primer capítulo fue muy duro, aunque no lo creas. Lleva escrito más de dos años. Recuerdo haber llegado de un viaje de Bogotá y haber soñado con él. Llegué directo a Miami y pensé: Él me dijo que había que empezar a escribir el libro. Esa primera escena de la clínica tiene dos años y medio escrita. La emoción, la impotencia, la tristeza y todos esos sentimientos  que uno tiene cuando pierde a alguien. Después de todo eso, hace 7 u 8 meses fue que entré en otro proceso. Empecé a sentir un poco de alivio, de esperanza y claridad porque había pasado esas aguas turbias, y cada vez que hablaba sobre mi papá, lo hacía feliz y orgullosa. Me preguntaba por qué no lloraba y no me sentía mal. (Ríe). Tuve una terapia entre esas letras.

—Ocurrió cuando tenía 15 años de edad. ¿Cómo evalúa a la muchacha que tuvo que atravesar ese duro momento?

—Admiro mucho a esa Laura de 15 años. Le tengo mucha admiración a esa niña, mucho respeto. No diría que lo hubiera hecho mejor o que hubieses aprovechado mejor alguna situación. La veo bastante madura. Automáticamente tuve que convertirme en una mujer. Pensaba en que teníamos que comer, en que mi familia debía estar bien, seguir adelante. Hubo una primera etapa del duelo donde yo estaba completamente en shock. Mi papá estaba de viaje y yo simplemente no me quería sentir mal.

Realmente lo lloro cinco años después, cuando comprendo que él no está. Me costó mucho reaccionar porque entré en piloto automático por la necesidad de sobrevivir, de que mi mamá y mi hermana estuvieran bien. Por ejemplo, mi hermana quedó embarazada al año y medio. Entonces me propuse que en la casa no podía faltar nada. Ahora sé que no estuvo bien ponerme el morral de papá, porque no lo soy. Pero en mi cabeza ocurrió ese juego de roles. Las únicas personas que trabajaban en la casa éramos mi papá y yo. Mi mamá estaba estudiando en ese momento, se graduó de abogado tres años después. Ese rol que asumí hace que ahora me vean en persona y noten cierta conducta. No masculina, pero sí fuerte, como de líder, de decir cómo deben hacerse las cosas. 

—Hay una frase del libro, Laura, que dice: «Y que cada quien lleve su propia revolución interior, es decir, despertar y ver la vida en su verdadera dimensión». ¿Se podría decir que esa revolución interior está llevada al 100% en su caso o todavía está en proceso?

Yo soy de las personas que siente que lo que uno tiene que vivir, y lo que uno tiene que transformar, realmente nunca se acaba. Bueno, se acaba el día que te toca partir a otro lado, pero esa revolución interior ha tenido un peso bastante exponencial en los últimos 4 o 5 años de mi vida por el hecho de encontrarme en las letras. Me propuse no ser más la niñita inconsciente, la que no ve más allá de las cosas, ese ser humano que simplemente está aquí para trabajar y para hacerse famosa a través de telenovelas. Decidí que me quiero convertir en una mujer realmente culta en letras. Estudiar, prepararme, dejar algo en el mundo que funcione. Necesito ayudar a las personas. El día que dejemos de evolucionar y revolucionarnos, siento que ese día es donde muere una parte del ser humano.

—En uno de los capítulos narra que su papá le dijo que la vida no puede estar determinada por oráculos. Me pareció tan críptica y tan poderosa la imagen. ¿Cómo una persona puede determinar cuáles son esos oráculos que pueden  determinar la vida de una persona? 

—Claro. Él estuvo muchos años inclinado hacia el budismo. En su momento, antes de fallecer, él estaba leyendo algo que se llaman las runas vikingas. Cuando me enseña a leer las runas, empiezo yo a meditar con él. Imagínate, yo con 13 años, cuando no tenía noción ni siquiera de qué era la religión o qué tipo de religión nos define a nosotros. Mi papá me empieza a introducir en todo este mundo, totalmente complejo, que es la primera estructura que nosotros tenemos para construir nuestra consciencia, nuestra realidad. Le preguntaba muchas cosas, le pedía que me enseñara. Quería saber las razones por las que meditaba o leía tales cosas. Creo que también está el tema de ser artista. Desde pequeños nos enseñan muchas cosas espirituales para poder interpretar un personaje, y la inclinación de los actores es bastante profunda, pero no se tiene una religión exacta.

Es como ser una persona que está en muchas dimensiones. Siento que mi papá me vio inclinada hacia algo. Claro, a él no le gustaba ser extremista. No era de decir que ser cristiano me iba a solucionar la vida, o que ir a misa, era pertenecer a Dios. Después de 15 años pienso que él buscó enseñarme que la vida no es un dogma, que la vida no es la religión que practicas, el político que sigues o la carrera que desempeñas.

La vida eres tú, un ser humano, y el ser humano se construye con bondades, con buenas acciones, con la ayuda a los demás. Después de ahí, puedes empezar a ponerte todos los títulos que tú quieras. Por ejemplo, él me decía que antes de ser actriz, yo era un ser humano. Insistía en que no me pusiera un título, que los títulos son tontos. Creo que a eso se refería con los oráculos. 

La portada del libro nunca pierdas la fe de Laura Chimaras
Foto: Elizabeth Mua | Juan Hernández

—Es decir, siente que hay un afán de cumplir con los requisitos de aquello que deseamos ser, sea una profesión, o cualquier otro rol

—Sí. Estamos viviendo en una década que es completamente rápida porque tenemos las redes sociales, en las que cualquiera puede construir una carrera y empieza a hacer mucho dinero. Eso por una parte es excesivamente positivo, pero por otro lado, pasan a otro planos las cosas que a través de los años se construyen como los valores, los principios. Eso puede sonar un poco duro, pero no estamos en la época del talento o de la educación, sino que vivimos en la época de la atención. Por eso parte de mi lema es que primero te construyas como ser humano, que conozcas esta máquina en la que andamos. Es un poco lo que yo estoy estudiando y tratando de llevar.

—Habló hace rato de  ese interés por cultivarse en las letras. Todo autor que está en momento de escritura o en  desarrollo de una obra, atiende a distintas referencias, a inspiraciones. ¿Cuáles fueron aquellos autores que la impulsaron aún más a llevar a cabo este proyecto?

—Mira, tengo varios años, creo que son más de dos, en los que había dejado de leer libros de ficción y estaba inclinada un poco a la preparación para entrar a estudiar psicología. Entonces todos los libros que yo tenía sobre la mesa eran libros académicos, de psicólogos, filósofos, y hay un autor por el que me incliné mucho, se trata del gran psicólogo Jordan B. Peterson. Llevo muchos años estudiando su obra. Por eso al final Nunca pierdas la fe se convierte en más académico, con una inclinación psicológica. Se nota un interés más filosófico por hacer preguntas. Hay otro autor que se llama Sam Harris por el que también estoy muy influenciada. 

—No conozco a profundidad la obra de Jordan B. Peterson, apenas la estoy descubriendo, pero sé que es una persona no solamente polémica, sino que se esfuerza por llegar a la gente para que se conozcan a sí mismos de una manera bastante didáctica. Todo el tema de los miedos, las debilidades. Es famoso el consejo de primero ordenar el cuarto, de limpiar la habitación. 

—Exactamente. Él tiene mucha inclinación por la responsabilidad, tema sobre el que hablo en Nunca pierdas la fe. Él también tiene mucha inclinación religiosa. Hay unos videos en Youtube sobre lecturas bíblicas de dos y tres horas. Hay videos que tienen millones de reproducciones. No estamos hablando de canciones de reguetón. Es un señor que se va a presentar en un salón de 5.000 personas, y lo llena. Es mi primera influencia.

Empecé a estudiar psicología clínica porque estoy muy influenciada por él. Me identifico muchísimo con su forma de pensar, por cómo percibe la vida y la manera en la que se convirtió en psicólogo. Iba a estudiar leyes, pero cuando se percató de cómo se construían bombas nucleares, y todas esas cosas que pueden destruir el mundo, decidió que necesitaba estudiar al ser humano para comprender la razón de la existencia de personas tan malas. Quería ver el origen de esas emociones. 

—Hay una parte del libro en la que se pregunta si hay fórmulas para las despedidas. Dice que no hay. Que solo queda el proceso del espíritu, el corazón y la mente de ir aceptando, entendiendo y creciendo. También menciona esas lecciones que ayudarán a mantener la esperanza de un reencuentro, pero un reencuentro basado en la espiritualidad

—Sí, me incliné un poco más a la espiritualidad por el tema de que ha sido lo más fuerte que me ha mantenido a través de los años. Y que a pesar de que estudies mucho, te prepares y trates de buscar una respuesta científica a todas estas cosas, lo que te mantiene en pie, y lo que te hace no perder la fe, es la espiritualidad. Yo no te digo que tienes que ser cristiano o  budista. Simplemente llevo ese mensaje de que tu espíritu tiene que estar lleno de mucha riqueza, de mucha conexión con tu Dios, el Dios que sea.

Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido dice algo muy cierto. Comenta que en los campos de concentración, aquellas a las que no llevaban a la cámara de gas, aquellos que sobrevivieron a los campos de trabajo, fueron los que mantuvieron una fuerza espiritual, los que no dejaron de orar y rezar. Tengo la fe de que capaz en el momento en que me toque partir, voy a sentir algo de papá. Confío en ese espíritu que está en otra dimensión o que está en otra vida, y que esos nexos se vuelven a reencontrar. Nosotros no somos simplemente un cuerpo. Somos materia y espíritu. No hablo tampoco de una sola religión. Hago énfasis en varias. Mi intención fue tener un texto universal, en el que hasta el ateo se pueda identificar. 

La actriz y escritora Laura Chimaras
Foto: Elizabeth Mua | Juan Hernández

—¿Cómo ha sido el feedback con aquellas personas que han podido leer el libro?

—Mira, las primeras 15 personas que leyeron el libro, hace como 5 meses, lloraron mucho. Me llamaban y me decían que por qué era un libro tan doloroso. Me asusté. Intenté modificar el libro. Me pregunté si había escrito un libro muy trágico en lugar de uno que ayudara a las personas. Les pregunté si lo habían leído completo, y hubo gente que no pudo terminarlo porque les pareció muy fuerte. Los que sí pudieron terminaron satisfechos, sonriendo. Me decían que si bien sintieron la tragedia, también experimentaron las ganas de llamar a sus familias, y con fuerza, con ganas de vivir.

—¿Con los años, se le ha hecho más fácil separarse de las personas que llega a amar?

—Mira, por ejemplo, hablando de mi papá, ha sido el proceso más complejo, pero ahorita ya lo puedo entender. Lo acepté. Sé que papá está en cada uno de nosotros, en los corazones, en las personas que lo recuerdan. También sé que la gente muere cuando es olvidada. Papá no se olvida. Ahora bien, en el caso de amistades o parejas que tienen que salir de la vida, soy una persona que no sé porqué razón he podido salir de eso rápido. No se trata de una fórmula. Hay algo en mi cabeza que dice: ¡Siguiente! En cuestión de semanas puedo continuar la vida. 

A veces pienso que se debe a que por el colapso que me mandó la vida, fui creando una especie de defensa, por decirlo así. Pero sí, se me ha hecho hasta ahora normal, de verdad nada complejo. 

—Imagino también que este momento mundial que fue la pandemia, especialmente en esos momentos de mayor incertidumbre, hubo también un ímpetu para poner en práctica lo que hasta ese momento estaba experimentando o había aprendido

—Sí, claro. Recordemos además que la pandemia me agarró escribiendo el libro. No fue nada sencillo. Lo paré durante el primer mes de la pandemia. Entre las noticias, y lo que estaba viviendo el mundo, fue muy fuerte todo. Tuve que detenerme y dedicarme un segundo a hacer lo que practico cuando trato de mantener mis pensamientos coherentes. Empecé a entrar en mi ritual.

Soy una persona que medita mucho, que hace mucho deporte. Tuve que pasar ciertos días creando una dinámica que controlara mi ansiedad, mis pensamientos y que a nivel físico me permitiera descansar. Después de hacer eso, pude volver a la escritura, aunque no fue sencillo.Todavía me da ansiedad el hecho de que la pandemia esté 50/50. En unos lados está, en otros no. También se trata de recordar que hay cierta prensa amarillista. Por eso hay que ser cuidadosos con lo que se lee. Al final, se logró el libro en medio de este colapso mundial. Es cierto que me inspiró mucho ver a tantas personas perder a sus familiares, ver cómo atravesaban esta crisis. 

—En una parte del libro se lee que cada individuo deberá entrenar su valentía para enfrentar con esperanza las vicisitudes que nos presenta la vida. Ahora, siento que quizás algunas personas buscan los procesos o las respuestas inmediatas, cuando lo que propone en el libro son procesos que pueden ser lentos. Primero hay que entenderse uno. 

—Yo soy muy clara. Le digo a las personas que si quieren el camino rápido, no lo van a conseguir. Si la gente quiere una evolución, y una revolución interna en cuestión de 3 días, no lo va a conseguir. No te voy a vender una motivación barata buscada en Google. El duelo como proceso dura años y siempre le digo a las personas que todos los trabajos que tenemos que hacer, tanto emocionalmente como espiritualmente, llevan tiempo y no solo eso. Una vez que logras ese equilibrio, o ese momento donde sientes que tu vida tiene sentido y las cosas están funcionando, es el momento donde tienes que mantener todo lo que vienes haciendo. Es como  el deporte. La gente entrena y tiene una resistencia. Logra el objetivo, y una vez que dejas de entrenar, pierdes la resistencia y engordas.

Pasa también con el cuerpo humano, con la salud mental, con el corazón. Sé que hay gente a la que le da fastidio. Personas que prefieren seguir una red social, instruirse con fotos de los amigos. Ver quién tiene más dinero y quién no, o más seguidores. Si de repente mañana vivimos un apagón mundial, y se nos acaban las redes sociales y la electricidad, puedo apostar que muchos no aguantarán. Decidirán quitarse la vida porque hoy en día la fuerza que están teniendo las redes sociales es muy delicada. Por eso no vendo mentiras. Todo esto toma tiempo. El tiempo te hace más sabio. Te hace tener más calma, construir serenidad y buenas relaciones. Eso es lo que a través de los años te ayuda a sanar.

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