• El cantante asegura que renunciar a la música no es una opción. Actualmente escucha artistas de los ochenta. Afirma estar cansado de la típica obra sobre sobre amor y sexo

Al fondo de la pantalla de Zoom se ve un afiche con la portada del disco Abbey Road de los Beatles. La puesta en escena desde donde se comunica Lasso, en días ajetreados entre tantas entrevistas. 

No solo acaba de estrenar el disco Cuatro estaciones, Universal Music México, que compila los 4 EP lanzados desde 2020, sino que para el momento de la conexión, preparaba los detalles para el concierto streaming que se llevó a cabo el 21 de agosto. Fue un show titulado ¿Quién mató a Aghata Hall?, presentado como el primer concierto jugable de la historia por su oferta de interacción con el público, reminiscencias digitales a juegos de mesa de misterios y detectives. 

Lasso se ha convertido en una de las figuras venezolanas más conocidas en la región en el pop latino. Cuando se busca su nombre en Spotify, los números de la plataforma indican que tiene un promedio de 2,6 millones de oyentes mensuales. 

En 2020, durante la pandemia, era recurrente que surgiera la noticia de algún próximo sencillo. Activo estuvo. Cada vez que ha habido un lanzamiento de canción o video, las redes se han convertido en un lugar de elogios y brindis por la buena nueva. 

—Cómo ha sido la experiencia de presentar un disco conceptual en una época en la que la idea de álbum se ha desvirtuado o dejado a un lado

—Pues mira, soy muy fan de los discos conceptuales. No sé si estás viendo mi cámara, pero en el fondo tengo Abbey Road, que es medio un disco conceptual. Por allá tengo otro de Pink Floyd. Cuando las canciones tienen un orden, un lugar y una metáfora, se hacen más poderosas. Todos mis discos preferidos son conceptuales. Una de las cosas lindas de Cuatro estaciones es que es un álbum que dura todo el año, dividido en cuatro partes, como bien dice el título. Eso hace que la gente lo aprecie más. Estamos en momentos en los que un disco sale, y a la semana hay otra cosa. Tenemos demasiada información, mucha música en estos momentos. Entonces, lo que estamos haciendo nos permite hacer que dure un poquito más.

—Tomando en cuenta esa idea, vemos cómo desde la primera canción, «Rompecabezas», hay un sujeto en una constante búsqueda sentimental. Cierra con la nostalgia en «De mí, de mí, de mí», con esa incertidumbre por el amor

—¡Literalmente! Es una relación desde que empieza hasta que termina. Ciclos. Lo lindo de todo es que hablamos de un disco que puedes empezar y terminar, y volver a empezar, porque así funciona la vida. Te enamoras, pierdes a alguien, y vuelves a comenzar. Eso no solo pasa con personas, sino con el trabajo, las pasiones, la familia. En Cuatro estaciones hay temas para cada momento, para el otoño, para cuando estás en primavera o en verano. 

—Como mencionó al principio, es un seguidor de bandas y discos clásicos. Como compositor y autor, ¿cómo han cambiado las maneras de hacer música en comparación a otras épocas?

—¡Esa es la gran pregunta! La música mutó. Una canción no es la misma que hace 30 años. Antes la música tenía un valor más duradero. Para comprar un disco, primero tenías que esperar que saliera, ir a una tienda. Tampoco podías comprar muchos discos a la vez. Ahora existe la posibilidad de escuchar cualquier cosa que tú quieras en este preciso momento en plataformas como Spotify. Estos momentos se tratan más de construir algo, una carrera, con base en muchas canciones que te digan algo sobre un artista. Creo que la canción especial y única ya no existe. 

—Estamos también en una época en la que la tendencia es encontrar canciones más cortas

—Sí, sin duda. Se debe al hecho de que ahorita lo que importa es tener presencia, que la gente conecte con la canción lo más rápido posible. Por eso llegas al coro volando, a los 30 segundos. Antes el estándar era escuchar el coro al minuto en canciones de 3 minutos y medio. Ahora duran dos minutos y medio, y a los pocos segundos llegas al coro, si no empezaste con él. Se trata de atención.

—En las canciones compuestas solo por Lasso se nota un predominio de la guitarra. Vemos un regreso al instrumento no solo para componer, sino también para interpretar

—¡Claro! Al final lo bueno de esta vorágine, en tiempos en los que hay tanta competencia, es el hecho de que uno tiene la posibilidad de explorar muchas más cosas que antes. Antes tenías dos o tres canciones anuales. Cada tema duraba tres o seis meses en rotación, dependiendo del tamaño de cada artista. Pero eso ya no importa. Se perdió esa perfección con las canciones, y ves más matices de los artistas. Hay cantantes  de música urbana que hacen baladas o canciones más rock. Existe esa posibilidad. No vas a tener solo dos canciones promocionales al año. Tienes cuanto tú quieras. No importa. Eso es muy, muy, muy bueno.

—Sin dudas, han cambiado los paradigmas para hacer música, y vemos también como ya no es común la figura de un único productor para un disco, como ocurre en Cuatro estaciones, álbum en el que trabaja con varios, que aportan cada uno un matiz diferente

—Creo que lo importante es que cada artista sepa cuál es la dirección, antes que el productor. Si el productor impone la suya, pierdes, especialmente al momento de hacer un disco. Yo tuve, si mal no recuerdo, cinco productores. En un álbum de 21 canciones, no está tan mal. Yo sabía para dónde quería ir. El productor debe ser tu mano derecha e izquierda, una herramienta tuya, no alguien que te de una identidad. Si te fijas en artistas grandes norteamericanos, es raro encontrar un productor dos veces. En trabajos de Justin Bieber, Ariana Grande, Katy Perry, puedes encontrar 16 o 18 productores, incluso varios en una misma canción. Eso está bien siempre y cuando sepas cuál es la dirección, o tengas un productor que sea como un showrunner, que vea todo el proyecto, como un gerente.

—El año pasado en una entrevista publicada en Cúsica afirmó que «Un millón como tú» era su último intento en la música. ¿Qué estaba pasando?

—Uno de mis últimos intentos. Yo paso por esa situación cada tres semanas. Eso es parte de ser cantante: querer renunciar todo el tiempo. Esta es una carrera muy rara, muy difícil, ingrata. Puedes estar muy arriba, y luego muy abajo, sin ningún tipo de sentido. Y no tiene que ver con algo que estés haciendo, sino que a veces simplemente no funciona. Cuando eres muy sensible, como la mayoría de los artistas, es muy duro y sueles deprimirte muy rápido cuando no funciona algo en lo que tenías muchas expectativas. Con «Un millón como tú» no tenía ningún tipo de expectativas. Una balada de 4 minutos y medio en un momento muy raro de mi vida, pero funcionó. Alcanzó dimensiones que no había imaginado, llegué a muchos  lugares y trabajé con personas con las que nunca pensé que trabajaría. Eso es lo bonito de las canciones y de la vida, que nunca nada está escrito. Me enseñó que yo nunca dejaré de hacer música. No sé si seguiré haciendo canciones de la misma manera que ahora, pero siempre estará conmigo. Me costó mucho ver eso. Renunciar a la música no es una opción. 

—En diciembre de 2020 las cuentas en redes de Paul McCartney compartieron la versión que hizo de «Pretty Boys». ¿Eso lo llevó a otras audiencias?

-(Sonríe) No tanto como eso, pero sí me llevó a pensar: ¡qué bolas que Paul McCartney me tenga en sus historias!. También me dio RT en Twitter. Es una estupidez. Pero a mí lo que me dio a entender es que la vida es muy loca. No creo que él sepa quién soy yo, ni que él haya tenido algo que ver con eso. Fue probablemente un community manager. ¡Pero no importa! Es ver qué no importa qué tan pequeño seas tú en el organigrama de las cosas, o que seas más pequeño que otras cosas, sino darse cuenta del alcance que pueden tener las comunicaciones ahora. Eso me impresionó mucho, más que un chamo de Caracas haya aparecido en la redes de Paul McCartney, el equivalente a las pirámides de Giza de la música. Hablo de maravillarse de las cosas que ocurren cuando uno está trabajando.

—¿El nombre del concierto es también un guiño a su banda de juventud Karnavali?

-Quería darle un nombre que tuviese que ver conmigo. Es una canción muy vieja que habla de un misterio. La pude haber escrito cuando tenía 17 o 18 años de edad, ni idea. La idea era tener un nombre que tuviera que ver conmigo, y para hacer marca. Por eso, me alegra que se pueda hacer. Está muy lindo, muy bien trabajado. No tienes idea.

—¿Qué escucha en estos momentos? ¿Cuáles son esas influencias que se concentran para la música que está por hacer?

—Mira, estoy escuchando mucha música de los setenta y de los ochenta. Tiene que ver con lo que estoy haciendo ahorita, pero lo que me gusta de los ochenta, más allá del sonido que es una belleza y está muy en boga, es que las letras son mucho más profundas. No es una profundidad intelectual, sino que son canciones que van más allá de amor y sexo. Encuentras «Africa» de Toto que habla de África, o Dire Straits, que te habla de amor con unas metáforas sobre Romeo y Julieta. También vemos temas como «Sultans of Swing» de Dire Straits sobre una banda de swing en un bar de mala muerte. Iban más allá de la típica canción que uno hace, y que está muy bien, pero que ya fastidia. Eso de me gustas o no, quiere tener sexo contigo o no, o lo que sea. Me gustan mucho los años ochenta. 

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