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Los ojos pueden ser ese lugar donde encontramos respuestas, algunas dolorosas, que nos negamos a aceptar. Ahí, en la mirada de quien amamos, podemos toparnos con una fuente inagotable de cariño. Es a lo que algunos de nosotros estamos acostumbrados. No hay nada como ver los ojos a tu ser querido y saber que en su iris se refleja el amor que se desborda de su corazón; pero, ¿qué pasa cuándo de repente dejas de encontrarte con esos ojos llenos de afecto?, ¿cuándo la mirada tierna deja de existir y pasa a ser una de incertidumbre?, ¿cuándo el amor es reemplazado por la confusión y de repente aparece el olvido? 

Poco se habla de perder mientras se tiene. Ese familiar, posiblemente de edad avanzada que hasta hace unos años celebraba tu cumpleaños, hoy te busca con la mirada. Pero esta vez los ojos envían un mensaje diferente. Escudriña tu rostro, buscando respuestas y haciendo un esfuerzo por esclarecer su mente, pero no lo logra. Aunque lo intente no puede hacerlo. La persona que probablemente conocía cada detalle de tu vida ya no recuerda como te llamas. El mensaje llega fuerte y claro, pero no con palabras, sino a través de unos ojos arrugados llenos de confusión. 

Sabes lo que está pasando, pero te niegas a aceptarlo. Te aferras a la idea de que sea solo una etapa, una necedad propia de la edad o un momento de falta de voluntad. Añoras los momentos de lucidez en los que te reconocía al instante y te saludaba con cariño. Una parte de ti sabe que volverá, o es lo que quieres creer. 

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Aunque te niegues a aceptarlo, cada vez el mensaje se va haciendo más claro. El Alzheimer apareció y la persona que era ya no volverá nunca más. Aunque la veas frente a ti y la puedas tocar y abrazar, su mente comenzó un viaje sin retorno. Pequeños fragmentos de lucidez se desprenden y se aventuran a un lugar desconocido. Recuerdos, momentos, alegrías y sonrisas, todos se marchan juntos para nunca más regresar. 

Toca ponerse la coraza. Vestirnos de dureza y guardar el dolor en un rincón del alma. Aunque no sepa cómo pedir, esa persona nos necesita. Necesita apoyo, atención, dedicación, pero sobre todo, en honor a los momentos vividos, necesita cariño. Empieza entonces otro viaje, con una fecha incierta de retorno. Un camino lleno de frustraciones, cansancio, agobio y agotamiento. Pero también es reconfortante saber que cada minuto dedicado a esa persona es desde el amor más puro y sincero. 

Se requiere fortaleza para transitar este camino. Es fácil decirlo, pero no lograrlo. Todo depende de ti y lo sabes. Los recuerdos más básicos también se fueron para no volver. Para esa persona tomar un cubierto, ponerse un pantalón o ir al baño pueden ser situaciones totalmente desconocidas. 

Entonces te entregas en cuerpo y alma porque sabes que es lo correcto. Tu mente se divide entre los cuidados y el resto de tu vida. No hay nada más, es tu entera responsabilidad y asumes todas las consecuencias. 

Pasan los años. Pensabas que el dolor se iría, pero no es así. Con cada “¿quién eres tú?” sientes un golpe en el estómago. Es inevitable que acudan a tu mente los momentos en los que esa pregunta no existía, donde todo era normal. Ese instante nunca deja de doler, aunque se repita con frecuencia. Las lágrimas se acumulan, pero las ocupaciones y responsabilidades detienen su caída libre por el rostro. 

Podemos intentarlo una y otra vez. Tomar la tristeza y esconderla en el último cajón del corazón mientras nos excusamos en los quehaceres de la vida. La acumulamos ahí sin darnos cuenta de que el espacio se hace cada vez más pequeño. Ya no hay más lugar para almacenar y cuando menos lo esperas, explotas. Puede ser de muchas formas: llanto, ira, frustración, de alguna manera ese sentimiento de tristeza busca naturalmente abrirse paso hacia el exterior. No sabes cuánto tiempo estuviste así, pero no importa, te obligas a reponerte, porque hay una persona que en definitiva te necesita.

Finalmente, llega lo que parecía imposible. Te resignas, aunque no deja de doler, nunca deja de doler. Ya la realidad se fijó fuertemente en tu cabeza y repites el mantra de que ya nada volverá a ser como antes. Los momentos vividos y las alegrías no son más que recuerdos, unos que atesoras y que se convirtieron en lo más valioso que puedes poseer. 

La vida no es buena ni mala, solo es la vida. Es un sinuoso camino lleno de pruebas por superar. Cada paso es difícil, quizás haya momentos de mayor exigencia psicológica y emocional y, aunque no lo parezca, al final sí hay un premio. 

La recompensa está en esa mirada perdida que aunque no te reconoce te sonríe con ternura. En ese momento te das cuenta de que aunque la mente se vaya, el amor siempre queda.

Es así como se vive el duelo de perder a alguien, pero teniéndolo.

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