• La actriz, directora y docente presentó en Segovia el monólogo Instrucciones para hacer una maleta, de la venezolana Ana Melo. Vive en España desde finales del año pasado, allí dicta talleres de teatro, protagonizará y dirigirá obras, aunque no ha tomado una decisión sobre quedarse o volver. Habla del drama que representa para la escena local la migración de creadores

Diana Volpe es una especie de migrante profesional. Ha vivido en tantos lugares y por tanto tiempo que lleva ese vértigo del tránsito estampado en su identidad. Por motivos laborales, principalmente de su esposo, un diplomático, hizo vida en Tokio, Londres, Washington y Nueva York. Pero en algún punto del viaje, Venezuela terminó siendo su casa de verdad. Ahora, desde noviembre pasado, volvió a pasar la llave a la puerta y decir adiós. No sabe aún por cuánto tiempo. Es, quizás, un ya volvemos

Tras sortear los efectos de la burocracia venezolana y la pandemia, aterrizó junto a su esposo en España con una determinante y poderosa resolución: conocer a su nieta Aurelia, la única hija de su único hijo. En este camino, se presentaron propuestas para dictar talleres de teatro con La Máquina Teatro, espacio que lleva el venezolano Rafael Cruz; luego dictará otros en Barcelona, protagonizará una obra en Valencia para octubre y dirigirá otra en Londres, en abril. Y este mes presentó en Segovia con La 5ta Pata Teatro el monólogo Instrucciones para hacer una maleta, cuyas escenas grabó meses atrás en su casa de Caracas. La pieza es original de la dramaturga venezolana Ana Melo. Todo, de alguna manera, tuvo sentido.

Foto: Cortesía

Volpe (Caracas, 1951) es referencia de la escena teatral nacional. Desde pequeña mostró una inclinación al arte, primero convertida en danza. Pero fueron los textos dramáticos los que terminaron ocupando su vida. Luego de sacar su licenciatura en Ciencias Políticas en Pensilvania y finalizar su posgrado en Relaciones Internacionales en Georgetown, se inscribió en el HB Studio de Nueva York. Su formación incluyó talleres en Venezuela con creadores como Carlos Jiménez, Juan Carlos Gené y Enrique Porte. 

En su historial personal acumula piezas de William Shakespeare, August Strindberg, Tennessee Williams, Federico García Lorca. Recibió el premio Municipal de Teatro en 2005, formó parte del colectivo Teatrela, creó el grupo Hebu Teatro y es cofundadora –junto a Orlando Arocha y Ricardo Nortier– de La Caja de Fósforos, sala teatral independiente ubicada en la Concha Acústica de Bello Monte, en La Gran Caracas.

Con más de 40 años de viaje artístico, también ha hecho cine y televisión: trabajó en las telenovelas Cambio de piel y Nadie me dirá como quererte (RCTV) y en largometrajes venezolanos como Cien años de perdón de Alejandro Saderman y Reverón de Diego Rísquez. 

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En una tarde soleada de febrero, con 18° grados tras la ventana, Diana Volpe contesta desde Valencia (España) vía telefónica esta entrevista para El Diario. Habla de la migración de artistas, la urgencia en formar nuevos creadores y los proyectos futuros.

—A la presentación de Instrucciones para hacer una maleta que hiciste en Segovia asistieron varios colegas artistas que decidieron migrar. ¿Cómo fue ese reencuentro?

Nos sorprendió porque pensábamos que irían unas 40 personas y fue un gentío, eso ha abierto otras puertas también. A la obra fueron compañeros de Madrid, fue Consuelo Trum, Jesús Nunes, Jósbel Lobo, y otros amigos que están viviendo en Barcelona. Ver a todo ese grupo fue una cosa que nos emocionó muchísimo, todos están haciendo un poco de todo, abriéndose camino. El grupo de Jósbel alquila una salita en Madrid donde se reúnen, hacen prácticas y talleres. Estos jóvenes se están organizando de alguna manera. Me encontré de pronto llena de cosas que no me esperaba, te confieso, porque to venía a conocer a la nieta, dar unos talleres e irme a Londres a dirigir. Y ahora resulta que no tengo tiempo para nada. Pero estoy agradecida, porque siempre es difícil. Constantemente hablo con Orlando y Ricardo allá en Caracas, estoy súper pendiente de lo que ocurre en La Caja de Fósforos, que sigue siendo mi casa, no me he desligado de ella. Sigo haciendo planes para el futuro. Honestamente no sé qué va a pasar, si me quedo, me voy. Uno llega a un punto en la vida en que el dicho ‘como vaya viniendo vamos viendo’ suena. Es un poco eso. No puedo decirte que haya decidido irme de Venezuela y no volver. Anímicamente no creo que esté preparada para decirme eso a mí misma. Ahí dejé mi casa, mis afectos. Pasamos llave y nos fuimos como un ‘ya vuelvo’. Yo creo que los que estamos en España, por lo que veo de mis amigos de Barcelona, Valencia, Madrid, se han encontrado. Siento que poco a poco nuestros jóvenes se están dando a conocer con mucha valentía. Algunos me contaban que trabajaron en todo, hicieron cualquier cosa. Ahora muchos tienen trabajos más acordes con su nivel educacional. Es un proceso que toma tiempo. En la presentación de la obra, todos estábamos muy conmovidos de vernos, se conmovieron con la obra. Porque Instrucciones para hacer una maleta habla la maleta de tu vida: qué dejas, qué te llevas. Y casualmente yo estaba leyendo las memorias de Gabriel García Márquez que dice que la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla. Y así estamos todos un poco.

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—¿Cómo son esas instrucciones y qué han representado para ti en esta aventura?

El monólogo se grabó en Caracas. Ana lo escribió pensando que en algún momento la montaríamos, pero ella se fue a Segovia y no quisimos dejar pasar la oportunidad de trabajarla un poco. Así que la grabamos, con una tableta que un joven sostenía. Una cosa muy casera. Pero lo más impactante es el texto, que es muy filosófico; un texto que hasta de lo cotidiano hace poesía y te invita a la reflexión: me muestra las maletas que me llevo, qué dejo atrás, qué guardo, si puedo llevar cosas de otros en mi maleta o no. Te preguntas qué es eso que hace que este personaje que está sentado en un cuarto lleno de maletas comente que hay una que siempre se cae. Ella la vuelve a poner en el estante y siempre se vuelve a caer. Y la maleta que se cae es la que le está diciendo: te tienes que ir. Creo que Ana lo escribió en un momento en que ella misma estaba pasando por esa etapa agonizante de tomar la decisión de irse o quedarse. Hasta que lo decidió. La maleta se le terminó cayendo y no la recogió más sino para irse. Es lo que le ocurre al personaje que yo interpreto. Cuando la presentamos, creo que todos se reconocieron en ese tránsito, en ese momento de tomar una decisión. Cuando una actriz como yo dice el monólogo, a través del personaje, hay implicaciones que van más allá, por el tiempo transcurrido y mi edad. En este punto de la vida, uno se pregunta si esta será la última maleta a preparar. Y para mí fue conmovedor también, porque estaba grabada en mi casa y ver aquello, revivirlo, fue muy fuerte.

—¿Qué tan diferente ha sido esta experiencia migratoria de las que viviste en años anteriores?

Es muy distinta. La primera vez que migré era muy chiquita. Nací en Venezuela y mis padres me llevaron a Italia. A los 20 años volví, fue una decisión personal, de esas que uno toma sin pensarlo mucho. De ahí en adelante, las otras salidas del país se debieron básicamente al trabajo de mi esposo Carlos, que era asignado a varios destinos y yo me iba con él. Pero en este caso, esta ha sido una decisión completamente nuestra. Pero, te repito, estoy aquí por un tiempo y no sé qué haré. Por ahora todo es bastante temporal, compromisos puntuales. Es muy extraño, porque nadie espera que alguien de nuestra edad decida migrar. Es una cosa un poco loca pasar la llave e irse. Si no hubiera habido el aliciente monumental y poderosísimo de la nieta, quizás lo hubiéramos planificado más. Fíjate, la vida te va llevando.

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—Esa primera vez que saliste de Venezuela, en la infancia, has contado que tu familia decidió irse a Europa por miedo a que se instalara un régimen comunista tras la caída de Marcos Pérez Jiménez. ¿Cómo miras esa decisión ante la Venezuela que tenemos hoy en día?

Yo tendría unos 6 años. Recuerdo que poco antes de irnos hubo un incidente en la calle, unos disparos, probablemente influyó en el viaje. Fue una decisión que mi familia tomó por nosotros, los niños, que somos cinco. Empacamos y nos fuimos. Fue muy difícil porque llegamos a Génova a un apartamento, luego de haber vivido en una casa en Caracas donde jugabas en la calle; nos sentíamos un poco raros con eso. Y recuerdo también que en mi casa siempre se habló italiano, pero había palabras que me faltaban, de pronto decía algo en español y los demás se reían un poco. Mi padre después volvió, muchos años después. Si me preguntas por un paralelismo, lo que me pasa es que la Venezuela de ahora no la reconozco. No sé qué es. Yo allí tengo mi casa, mi carro, mi trabajo, La Caja de Fósforos, no me faltaba el agua porque tengo un tanque y cuando se iba la luz tenía 40 mil velas. Ya era una cosa normal que uno prendiera las velas. Pero poco a poco te vas acostumbrando a vivir con menos. Justamente lo comentaba con mi esposo mientras caminábamos: en Caracas no salíamos nunca a dar un paseo fuera de nuestra urbanización. Y si no hubiera tenido La Caja de Fósforos no hubiésemos salido. Simple y llanamente. Uno vive como en una prisión. Yo sigo pensando que hay mucha gente maravillosa en Venezuela, mucha gente solidaria, creadora, que echa pa’lante. Pero tu mundo se va haciendo chiquito. Se va cerrando poco a poco y eso me angustió un poco. 

—¿De qué manera ha afectado la forma de hacer teatro en Venezuela el éxodo de creadores? Y ahí se suma otro tema: ¿en qué estado está la formación de nuevos talentos?

Es un drama, en efecto. Lo hablo mucho con Orlando, y ya lo comentábamos antes de irme. De hecho, el otro día fue su cumpleaños y estaba viendo una foto de esas multitudinarias que sacábamos los primeros años de La Caja de Fósforos, había entonces unas 150 personas alrededor de él. Y me puse a detallar: el 90% no está. Ese era un grupo grande de gente que gravitaba alrededor de La Caja, a muchos los formamos nosotros, dramaturgos, directores y actores que han salido de nuestros talleres, y la gran mayoría está fuera del país. Definitivamente nos queda un trabajo muy grande de formación. Orlando está preparando una obra maravillosa que va a estrenar en marzo y armar un elenco se le hizo bastante difícil. Antes tenías varias opciones y ahora son menos; y quizás tienes que trabajar más con los actores porque tal vez no tienen todas las herramientas todavía. Eventualmente todos estarán maravillosos. Pero sí hay que hacer una labor de formación; La Caja lo tiene planteado para esta temporada: seguir con los talleres de dirección, dramaturgia y de actuación. 

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—Con un currículum repleto de obras, ¿qué representa el teatro para ti en esta etapa de tu vida?

En este momento, más que nunca, es una fuente de vida. Y siento que cuando más vieja me pongo, en lugar de pensar en retirarme, porque dirán: ya te cansaste, ocurre más bien lo contario. Esa necesidad de crear, de interpretar un texto o de dirigir, esa posibilidad de verter sobre el escenario lo que puede ser una visión de la vida, la siento fundamental ahora más que nunca. Y creo que en Venezuela la sentía aún más fuerte. Todo el mundo siempre me ha dicho que ando en 40 mil cosas, pero sí y más vale que en el país lo hagas, porque si no, ¿qué te queda? Vivir presenciando las miserias y la escasez diaria. Entonces uno se refugia en la lectura, en Netflix, en el teatro, en la creación.  Entre otros proyectos futuros, hablé con un grupo de jóvenes que está en Madrid pues tengo pensado montar una obra que escribí justo antes de irme que se llama Juntos. Entonces hicimos algunas lecturas y dos funciones y me gustó cómo quedó. Es un plan que tengo muy cercano al corazón, a ver si logramos presentarla en Madrid el año que viene o antes.

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