• El documental dirigido por Alberto Arvelo toma el nombre de la última gran idea del maestro del cinetismo venezolano, y que quedó como una promesa para el futuro. En entrevista para El Diario, el cineasta cuenta su experiencia durante la grabación del proyecto, mientras Gabriel Cruz, nieto del artista fallecido, expresa lo que significó esa gran obsesión por liberar al color de la forma. Foto: Cortesía Taller Articruz

Carlos Cruz-Diez (1923-2019) dedicó su vida por completo al color. Del reflejo de la luz proyectada por las botellas de la fábrica de su padre, nació una fijación que luego se convirtió en una de las carreras más prolíficas en la historia del arte venezolano. En las ocho líneas de investigación que componen su trabajo, el maestro del cinetismo siempre buscó que sus acontecimientos cromáticos fuesen independientes de la forma; sin embargo, su gran sueño era ver el color liberado del soporte, como un cuerpo etéreo que flota sin ataduras. Lo consideraba como la gran culminación de su discurso artístico, aunque la vida no le alcanzó para verlo hecho realidad.

De aquella obra pendiente, que algún día llevará el nombre de Free Color, quedó un testimonio presente. Bajo ese mismo nombre se presenta el documental dirigido por el cineasta Alberto Arvelo, y que se estrenó en Venezuela el 21 de abril de 2022. Hasta hace poco estuvo en 22 salas de cine en 13 ciudades de todo el país. A partir del 6 de mayo solo estará disponible en Caracas, y con proyecciones especiales el 14 y 15 de mayo en Barinas.

“La gente está muy animada de poder ver esta película y de encontrarse con el maestro Cruz-Diez, que es un afecto que todos tenemos muy arraigado de todos los venezolanos”, comenta Arvelo en entrevista para El Diario. Señala que la cinta funciona tanto como registro de la planificación de ese proyecto en los últimos años del artista, como un tributo a su vida y legado. 

Free Color es una película única en mi carrera, porque me conectó de una forma muy especial, a través del espíritu de este gran artista, con el discurso cinemático, y con el discurso de lo uno quiere decir con imágenes que discurren a su vez en el tiempo. Esa poesía que se genera allí, ese diálogo, esa danza entre el color, la luz, el tiempo y la forma siento que para mí fue un aprendizaje fascinante», afirma.

Un venezolano en París

Cruz-Diez (izquierda) y Édgar Ramírez, quien hace de interlocutor en el documental. Foto: Cortesía Taller Articruz

El director cuenta que el rodaje de Free Color tomó dos años, en los que alternó entre su residencia en Los Ángeles (Estados Unidos) y París (Francia), donde vivió Cruz-Diez desde 1960. Allí, en la “Ciudad de la luz”, pensaba realizar su obra final, como una exposición pública sobre el río Sena. “Él tenía en la cabeza una obra que había tratado de hacer desde los años setenta, que había estado tratando de cumplir, o de hacer realmente. Y cuando descubrimos esa obra empezamos a acompañarlo en ese proceso y ayudarle”, comenta Arvelo.

De este modo, el equipo de filmación terminó sirviendo también como una legión de asistentes. Se encargaron no solo de documentar las ideas del artista y su labor creativa, sino también de ponerlo en contacto con un grupo de científicos para estudiar la factibilidad de la obra desde la física. “Fue un proceso de ensayo y error, hubo momentos que estuvo muy cerca de lograrlo y luego se complicó, pero fue un proceso muy bello y de unión de ciencia y arte”, agrega.

Para la producción, contaron con colaboraciones destacadas como la de Gustavo Dudamel, quien dirigió la música junto a los compositores Devendra Banhart, Álvaro Paiva y Sebastián Arvelo. También tuvo una participación estelar de Édgar Ramírez, quien a lo largo de la cinta funge como guía para el espectador a través de sus conversaciones con Cruz-Diez. El actor era muy amigo del artista, por lo que Arvelo destaca que se volvió una pieza vital para salir del formato clásico de documental y darle un carácter mucho más íntimo.

Registro de una vida

Alberto Arvelo (izquierda, chaqueta negra) con Cruz-Diez y su familia. Foto: Cortesía Taller Articruz

Carlos Cruz-Diez falleció por causas naturales el 27 de julio de 2019, a los 95 años de edad. En vida pudo ver culminado el documental, en un momento emotivo donde Arvelo siente que logró tocar el corazón del maestro. De alguna manera, también siente que Cruz-Diez dejó, más allá del testimonio de Free Color, un mensaje de despedida en el que abrió al mundo sus recuerdos más privados. Quizás sin proponérselo, la película acabó siendo el registro definitivo de una vida dedicada al arte.

Arvelo está convencido de que Cruz-Diez más que a la cámara, le hablaba a la posteridad. Una mente que, a su edad, todavía trabajaba incansablemente, trayendo al mundo ideas como si el tiempo no estuviera en su contra. Y aun así, tuvieron acceso a archivos inéditos de su álbum familiar, sus planos, e incluso bajo la amenidad de un paseo, llegó a mostrar sus lugares favoritos, sus pasatiempos y la relación con sus seres queridos.

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“Fue un proceso muy grato, tengo que decir, porque él era una persona enormemente llena de vida, llena de mensajes, de ganas de vivir. Yo pienso que representa profundamente lo que los venezolanos somos: una persona muy familiar. Trabajar con él fue un proceso muy de buscar, de investigar, encontrar y narrar. Todo estaba marcado por la energía del maestro Cruz-Diez y él se emocionó muchísimo con el rodaje”, resalta el cineasta.

La película tenía previsto estrenarse en 2020. Llegó a participar en festivales como el Palm Springs International Film Festival y el Miami International Film Festival; sin embargo, la pandemia de covid-19 frustró su gira. En un año terrible para la industria cinematográfica, Arvelo y su equipo tuvieron que ver cómo cada semana llegaban las cartas informando la cancelación de los eventos a los que habían aplicado. Ahora están en proceso de negociación para llevar Free Color a salas de cine de otros países, así como a plataformas de streaming.

Un aprendizaje

Cruz-Diez y Alberto Arvelo. Foto: Cortesía Rafael Guillén/Taller Articruz

—Como artista audiovisual, ¿qué aprendizajes pudo tomar del estilo de Cruz-Diez para su propio trabajo?

—Yo siento que este rodaje fue un aprendizaje de muchas cosas del maestro. Para mí fue un ejemplo de vigor, de humor, de cómo involucrar a tus afectos en tu vida creativa, y cómo eso te protege y te lanza de una manera mucho más inspirada. Hacer una película sobre un artista de este nivel es un reto, porque sabíamos que cada plano tenía que servir al ojo del maestro, conectarse con esa visión del mundo tan particular y del color.

Él siempre fue una persona muy perfeccionista, delicadísimo con todo lo que tenía que ver con él. Entonces todo eso implicó un reto visual que yo siento que fue muy bien manejado por nuestro director de Fotografía, John Márquez, de manera que en general la cámara, la luz, todo estuviera conectado con el discurso del maestro. Eso fue para nosotros como un leitmotiv, siempre tratamos de que cada fotograma estuviera conectado con su propio mensaje»

—¿Qué elemento diferenciador siente que tiene Free Color respecto a otras películas y documentales de su filmografía?

—Lo fundamental es trabajar con un artista directamente. El cine a final de cuentas es un arte que tiene que ver con lo visual. Entender la forma, la luz, el movimiento, incluso el tiempo. El cine está hecho de tiempo también. Y todos esos elementos forman parte de la obra de Cruz-Diez. En artes plásticas el tiempo no parece formar parte en general de la pintura o la escultura, pero una obra de Cruz-Diez está viva. Para entender una de sus obras necesitas espacio y tiempo, el poder moverte allí. La creas de acuerdo con su percepción de qué tan cerca o lejos estás. Entonces de alguna manera tiene los mismos ingredientes del cine. Yo nunca había tenido un proceso de este tipo porque nunca había trabajado con un artista así, y de esa manera.

Negocio familiar

Arvelo y Jorge Cruz Delgado, hijo de Cruz-Diez y fallecido en 2017. Foto: Cortesía Articruz

Uno de los aspectos más llamativos de Free Color es el papel que tiene la familia dentro de la obra de Cruz-Diez. Casi cuatro generaciones que crecieron en sus talleres, entre inducciones cromáticas y colores al espacio. Cada uno de ellos aportó a cada proyecto, y ahora les toca ser los guardianes de su numeroso legado. Entre esos colaboradores está Gabriel «Gabo» Cruz Mendoza, nieto del maestro y director de la Cruz-Diez Art Foundation en Houston, Estados Unidos. Desde Panamá, también dirige el taller Articruz y la galería Marión, además de ser uno de los productores del documental.

En entrevista para El Diario, explica que al nacer en un ambiente tan marcado por el arte, nunca se dio cuenta del momento en el que quedó inmerso en la producción, difusión y preservación de las obras. “La familia siempre estuvo involucrada porque así lo dispuso el abuelo. Él le planteó a la abuela que vivir en arte significaba que el taller y la casa iban a ser el mismo lugar, que los asistentes y la familia iban a ser la misma persona, y que los hijos y los nietos nacerían y crecerían en un taller”, comenta.

En 2002, Gabriel viajó a París para continuar sus estudios superiores, y allí pudo empaparse del negocio familiar. Cuenta que aquel contacto directo lo cautivó al punto que hoy es uno de los mayores expertos en el arte de Cruz-Diez en el mundo. “Cuando mi abuelo me enseñó a ver cómo funciona todo este fenómeno cromático, cómo sucedía todo este fenómeno de los colores que se están haciendo en el tiempo y el espacio reales, me decidí a ayudarlo a transmitir este discurso”, declara.

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Al igual que él, antes sus padres y tíos se dedicaban al trabajo de producción y logística de las obras. Ahora, su generación está a cargo de la difusión de su obra y la conservación del legado en diferentes países. Incluso su sobrina, bisnieta del artista, ya está involucrada con el taller, lo que garantiza la continuidad de la familia en la culminación de aquel proyecto pendiente de Free Color.

La búsqueda de lo imposible

Foto: Cortesía Taller Articruz

Ya en su serie Cromosaturación (1965), Cruz-Diez convirtió al color en un acontecimiento único. Un estado puro que evocara los sentimientos originarios del ser humano, libres de cualquier convención social o cultural, como una fuerza primaria. De allí sus investigaciones se enfocaron en la búsqueda de un color autónomo. Esta inquietud se acrecentó en los años noventa, cuando comenzó a pensar seriamente en una forma de separar al color de sus soportes.

En el documental, se ve al artista sostener varias conversaciones por Skype con científicos del Instituto Tecnológico de California (CalTech). Allí barajaron diferentes ideas, como el uso de campos magnéticos y fenómenos ópticos para la realización de aquella empresa tan complicada. Arvelo afirma que si bien estuvieron cerca un par de veces de lograrlo, al final quedó como una tarea pendiente para la próxima generación.

Precisa que Cruz-Diez, lejos de desistir, dejó una serie detallada de instrucciones para el momento en que la tecnología consiga lo que él ya concibió desde el arte. «Queda como una promesa, porque queda esa obra inconclusa que la ciencia en este momento no puede lograr, pero que esperamos que pueda ser. Él dejó todo perfectamente demarcado, exactamente como quiere que sea esa obra», apunta.

***

Gabriel Cruz y su abuelo, Carlos Cruz-Diez. Foto: Archivo

—¿Por qué la obsesión de Carlos Cruz-Diez por el color?

—Gabriel Cruz: Un artista, en su proceso de introspección, tiene que analizar el pasado, adaptarlo al presente, para entonces hacer una propuesta a futuro. Cuando el abuelo estaba estudiando el pasado, se dio cuenta que casi todo estaba hecho. A nivel de pintura y escultura se había hecho absolutamente todo; sin embargo, él consiguió una rendija por donde meterse, que es el color. Él consideraba que el color no había sido estudiado lo suficiente y por ahí consiguió algo que decir. Es interesante, porque en la película el abuelo dice: “si yo hubiera utilizado las técnicas y materiales de los pintores, iba a llegar al mismo lugar donde llegaron los pintores que ya lo habían hecho mejor que yo”.

Él tuvo que buscar, ya no solamente el tema del color, sino cómo hacer del color un discurso artístico coherente que aportara algo a la historia. Es un milagro pensar que un artista pueda modificar algo en la historia del arte. Es casi imposible, y por eso creo que es importante la trascendencia histórica de Cruz-Diez»

—Como herederos de la obra Free Color, ¿cómo se preparan para el momento en que sea tecnológicamente posible de hacer?

—GC: Efectivamente no se ha podido realizar aún la obra, y esto habla de lo visionarios que son los artistas. Que un artista esté pensando en algo que ni los científicos más prominentes del presente pueden lograr, es impresionante. Eso significa que la visión del artista es de otro nivel. Por otro lado, hemos conversado mucho con los científicos que nos ayudaron en la película, y ellos se comprometieron a ayudarnos a realizar esta obra. Sin embargo, la tecnología todavía no está lista, nos han dicho que hay que evolucionar un poco más. Lo más importante para nosotros como familia es que ya queda un documento bien escrito. Ya nosotros tenemos los colores que el abuelo quería ver, los planos y toda la idea muy bien descrita. Nuestra generación, que es la tercera, o la cuarta, van a tener cómo realizar esta obra porque el abuelo la describió muy bien. 

—¿Y dejó alguna especificación sobre cómo le gustaría que se celebre el momento en que esa obra se presente?

—GC: Lo más importante es que sea en el espacio público, que no exista forma, y que solamente se hable del color haciéndose. Por supuesto que la idea original es que se realice en el Pont Neuf, donde lo dice la película, sobre el río Sena, pero la verdad es que esto lo podríamos realizar en cualquier espacio público y en cualquier latitud el día que la tecnología nos acompañe. Mientras tanto, porque yo creo que sí va a pasar bastante tiempo para esto lo podamos realizar, creo que debemos usar esto como un nuevo punto de partida para los artistas, cómo hacer para pensar mucho más allá de los que nos dijeron que era el arte convencional, mucho más allá de la pintura y el lienzo, pensar de verdad fuera de la caja.

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Preservando el legado

Cruz-Diez ante su Cromointerferencia de color aditivo (1978). Foto: Cortesía

Aunque vivió por casi seis décadas en París, e incluso llegó a nacionalizarse como ciudadano francés, Cruz-Diez nunca dejó de crear arte pensando en Venezuela. De hecho, gran parte de la identidad contemporánea del país quedó impresa en sus colores, desde los cruces peatonales que engalanaban algunas avenidas de Caracas en los años setenta, hasta iconos de la modernidad como su Doble Fisicromía Cóncavo-convexa, ubicada en Plaza Venezuela, Caracas; la Ambientación Cromática, en la Central Hidroeléctrica del Guri; o la plaza con su nombre en el complejo La Hechicera de la Universidad de Los Andes, en Mérida. 

Sin embargo, si una obra de Cruz-Diez parece ser todo un símbolo de la Venzuela actual es su Cromointerferencia de color aditivo, más conocido por ser el piso del terminal internacional del Aeropuerto de Maiquetía. Sus baldosas han sido testigos en los últimos años de miles de abrazos de despedida, pero también han quedado grabadas en la diáspora venezolana como parte de su acervo cultural.

“Nosotros crecimos con Cruz-Diez. Los venezolanos crecimos con sus esculturas en los parques, en la plazas, en los museos y hasta en las paredes de los edificios. Es decir, Cruz-Diez forma parte de nuestro imaginario colectivo de alguna manera. Yo siento que los venezolanos admiramos profundamente a esa persona que dejó ese mensaje visual y esta película ayuda un poco, sobre todo a las nuevas generaciones, a entender la dimensión de este artista”, apunta Arvelo al respecto.

Más allá de su significado circunstancial actual, Gabriel Cruz resalta el valor iconográfico del suelo de Maiquetía. Lo considera un símbolo casi equivalente al de la torre Eiffel para París, o los cuadros de Andy Warhol para Nueva York. Por ese motivo, desde la fundación Cruz-Diez han heredado la tarea de preservar estas obras no solo en Venezuela, sino cada rincón donde el artista dejó plasmado su color. La labor es ardua, reconoce, por su gran número y dispersión alrededor del mundo, pero que ha logrado llevar a cabo con el apoyo de los gobiernos locales y empresas privadas.

Hombre universal

Foto: Cortesía Taller Articruz

En su carrera, y con su doble nacionalidad, Cruz-Diez llegó a participar dos veces en la Exposición Universal: una en representación de Venezuela, y otra por Francia. Quizás por su forma de titular sus obras en francés, muchas personas ajenas pensarán en el artista como un maestro del cinetismo europeo, aunque su nombre está intrínsecamente relacionado a la historia del arte contemporáneo venezolano.

Durante décadas, Cruz-Diez exportó a diferentes partes del globo su intervención en el espacio urbano y su integración en la arquitectura. Aquellos cruces y penetrables que antes parecían exclusivos de Venezuela pronto se masificaron. Incluso después de su muerte, siguieron apareciendo obras como Anillo de Inducción Cromática, que se inauguró en abril de 2022 en una plazoleta de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, Colombia. Aunque el origen del proyecto se remonta a 1998, con los planos listos desde 2014 y retrasados por problemas de presupuesto. Aun así, es un ejemplo de que la obra trascendió incluso la vida de su creador.

Por su parte, Gabo Cruz señala que aún hay mucho por ver del trabajo de su abuelo. En los próximos meses se tiene previsto inaugurar varias exposiciones con facetas poco abordadas de la trayectoria del artista, entre ellas su rol como fotógrafo y su extensa trayectoria como diseñador gráfico. Todo esto será el preámbulo de la celebración del centenario de su nacimiento, el 17 de agosto de 2023.

Una forma magnífica de celebrar los 100 años del artista sería con las nubes de Free Color flotando sobre el Sena. Cruz Mendoza lo cree complicado todavía, pero la familia sigue trabajando para que algún día sea una realidad. Algo a lo que también apunta Arvelo, quien desea estar ese día allí para filmarlo. “Yo creo que hay un compromiso colectivo y eso es muy hermoso. De alguna manera este documental sigue vivo con ese sueño del maestro y esperamos que algún día podamos también registrarlo si no pasa mucho tiempo”, añade.

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