• El diseñador desde Barcelona cuenta cómo han sido sus años en España. Están en desarrollo varios proyectos que elogian su obra, a la vez que invitan al discurso permanente sobre sus carteles. Se publicarán libros, a la vez que mantiene su actividad como creador

Santiago Pol no sabe muy bien el número preciso, pero cree que entre Caracas y la ciudad española de Barcelona hay como 10.000 kilómetros. Se pasa un poco de la cuenta, según una página de Internet que calcula distancias entre lugares, es poco más de 7.000. Igualmente, está lejos, él no está en casa.

“Lo que pasa es que no los he contado”, dice el diseñador, que nació en España en 1946, pero cuya vida personal y profesional transcurrió mayormente en Venezuela. Ahora, de regreso a Barcelona desde hace cuatro años, su ímpetu no ha sido mellado.

Santiago Pol: “Tengo mi vacuna cromática de Venezuela”

Hace unas semanas comenzó una serie de charlas online tituladas Historias íntimas de mis carteles. También está en desarrollo el Proyecto Santiago Pol, con el objetivo de sistematizar su obra para su disfrute y estudio inmediato. Está por publicarse un libro titulado El cartel, escrito por Joan Costa. Además, hay otro en proceso sobre la obra del artista escrito por Humberto Valdivieso y diseñado por Álvaro Sotillo.

La revista alemana Grafik Magazine preparó recientemente un extenso artículo sobre su obra, y también fue invitado a participar en la Barcelona Annual International Poster Exhibition. 

Santiago Pol es un referente del cartel. Su ingenio se ha convertido durante décadas en la imagen de distintas referencias de la vida diaria del venezolano. Ha sido artífice de los emblemas de instituciones como el Orfeón Universitario o la Dirección de Cultura de la UCV, el Festival Internacional de Teatro, así como de distintos acontecimientos internacionales, como el cartel que realizó para los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. También ha sido el autor de portadas de discos como Yordano (1984) y De sol a sol (1992), de Yordano. Es tan solo una corta lista de tanto.

“Me maravillo por la la manera en la que nos comunicamos. Veo que una aplicación como Instagram se puede usar de distintas maneras. Están los narcisistas que se hacen selfies de cuanto vaina hacen. Están los  que son educadores o los eróticos. Hay un panorama para todos los gustos. En mi caso, lo uso como una herramienta de comunicación y de producción de trabajo. Imagínate que realizo mis dibujos en Barcelona. Yo hago todo manual. Una vez listo, se lo mando a Susana Abreu, mi asistente en Caracas. Ella lo escanea, vectoriza y finalmente termina siendo un cartel. Qué bonito es que pueda hacerlo en Barcelona y en Caracas realicen lo que yo no sé. Eso me parece una maravilla de este medio, pero bueno. Creo que tú me quieres preguntar otras cosas”.

Santiago Pol: “Tengo mi vacuna cromática de Venezuela”

—Bueno, pero eso forma parte de todo. En este caso, la dinámica del arte en la llamada diáspora y desde la diáspora

—Sí. Te quiero comentar algo que es bien puntual. Soy un delegado, o no sé cómo llamarlo, de la Bienal del Cartel de México acá en España. Tengo lazos intensos desde su fundación. Ya va a cumplir 30 años. En 2022 ha hecho una especie de homenaje a un español hijo de un gran general de la república española. Me refiero a un diseñador que emigró de España después de la Guerra Civil. Se llama Vicente Rojo. ¿A ti no te suena verdad?

—No

—Pero me imagino que has leído Cien años de soledad. Bueno, la versión de la portada de  México es de Vicente Rojo. (Ríe). Comento esto para decir que los diseñadores me recuerdan a un chiste. Hay dos margariteños que están en una lancha en medio del mar. Pasa un helicóptero, y uno dice ‘¿hey compai, y eso qué es? Yo creo que a eso le llaman helicóptero’. Entonces el otro le contesta ‘yo no lo conozco, pero seguro que lo he comido’. (Ríe). A los diseñadores no se nos conoce por el nombre, sino por lo que hacemos. La razón es muy simple. El diseñador no es un fin. El artista plástico sí lo es. Ves un cuadro de Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez o Armando Reverón y sabes quiénes son ellos. Pero cuando ves un cartel, el nombre del que lo hizo, la imprenta, la fecha y lo demás, es tan minúsculo. Simplemente está ahí para crear una autoría legal del contenido y creatividad. No tiene ningún resalte tipográfico en la composición. Somo un puente entre un emisor y un grupo de receptores. Como los periodistas, que usan los medios para transmitir una información a una audiencia. En eso nos parecemos muchísimo. (Ríe).

—Ha estado bastante ocupado también con un ciclo de conferencias…

—Al principio, en mis primeros años como diseñador, pensé que no había comunicado nada, que mis carteles no decían nada. Hablo de finales de los setenta y principio de los ochenta, cuando ya tenía diez años de trabajo. Me daba cuenta que nadie decía absolutamente nada. Me pregunté en muchas ocasiones si tenía sentido mi profesión. Te hablo en singular, pero eso era una conversación que tenía con muchos diseñadores del Consejo Nacional de la Cultura. Nos quejábamos de lo mismo. Pasábamos dos o tres meses haciendo un cartel, lo llevamos al sitio donde tenía que estar, y ni se molestaban en decirnos muchas gracias. Llegamos a pensar que no comunicaban. Pasados los años, me doy cuenta de una gran verdad. Había una gran diferencia entre las artes del espectáculo, que al final tienen un aplauso, un halago, una manifestación que muestra el agradecimiento, el placer. Pasa en el teatro, en la música y hasta en la poesía. Pero cuando hago un cartel, al final lo que hay es silencio. Sin embargo, el silencio no significa que no haya comunicación. Rene Magritte decía que no hacía cuadros para ver, sino para pensar. A tal punto que te pone una pipa, pero te dice que no es una pipa. Crea un conflicto mental. No es un conflicto visual. Lo que busca verdaderamente es actuar sobre las mentes de las personas para que piensen. Creo que el diseño gráfico de hoy en día, no es decorativo ni cacofónico. Hay un contrapunto en el que la imagen y el texto hacen que el lector se sienta muy inteligente, aunque no lo diga. Como pensaba que mis carteles no comunicaban, opté por charlas para vincularme con la gente. Empecé en Caracas, pero también en Mérida, Sucre, Aragua, Falcón, Yaracuy. Eso es lo que estoy ahora tratando de dar, pero en las redes sociales. Lo que antes era una conversación parroquial, pequeña, ahora es con un público de distintos países. Tengo la posibilidad de guardarlas y tener un acervo tipo crónica de lo que he venido haciendo. He tratado varios temas, pero hubo una charla enfocada en carteles que se conocen muy poco porque fue una etapa de mi vida en la que no logré lo que buscaba. Son los carteles modulares. Sentí una satisfacción enorme al ver que lo que había querido manifestar hace cuarenta años, ahora me llegaba a mí interpretado por personas que viven en distintos lugares. Fue un parto con cuarenta años de gestación. Fue uno de los días más hermosos de mi vida.

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Santiago Pol: “Tengo mi vacuna cromática de Venezuela”

—¿Cómo se siente con todo lo que está ocurriendo con las charlas y las publicaciones que están por salir?

—(Ríe). La verdad es que me siento muy orgulloso. Pero fíjate en algo. Sin ser vanidoso ni pedante, creo que hay una ley que se aplica. Nunca trabajé para el futuro. Todo mi trabajo es para el presente. Si en el presente la gente reconoce lo que estoy haciendo, creo que estaría haciendo pipi fuera de la perolita, como dicen popularmente. Toda la vida he trabajado para una fecha. Recuerdo unas palabras de Mitzuo Katzui, gran diseñador japonés que decía que los carteles son efímeros, como las flores. Durante mucho tiempo le rezaba de rodillas a esa sentencia. Le rendía culto. Ahora, en este momento, en el que me ha cambiado radicalmente la vida al mudarme a España, donde tuve que dejar toda mi obra y hasta los calzoncillos, y además, he confrontado otras realidades, he reflexionado mucho sobre si esos carteles que se hicieron eran verdaderamente como las flores. Me doy cuenta que no. En estas conferencias he hecho un balance de lo que hice años atrás, y he notado que estoy en un momento extraordinario porque veo que esos carteles no fueron efímeros, que todavía hablan, comunican. Hay dos carteles donde aparecen unos desnudos, en los que se ven genitales masculinos. Después de mucho tiempo, los han censurado. Es maravilloso porque demuestra que después de veinte años, no ha sido efímero como una flor. Dirás que me gusta el escándalo. No. Me gusta impactar a la gente para que noten que al frente tienen un sueño detenido. Porque un cartel es un sueño detenido en el papel. Busca una serie de sensaciones. (Piensa) Ponme en el riel si ves que me desvío mucho.

—¿Quién censuró esos carteles?

—Bueno, mira en una oportunidad fue en Venezuela. Había un programa de televisión presentado por Susana Duijm. Fui a mostrar mi cartel para una exposición. Entonces ella puso la mano en la parte donde se veían los testículos en el cartel. Le habían dicho que eso no se podía mostrar. Esa fue la primera censura. La segunda oportunidad fue con el mismo cartel, pero en Santo Domingo. Me dijeron que no podía exponerlo. Habían pasado unos 19 años de la publicación en Venezuela. Les dije que, si sacaban esos carteles, retiraba la exposición completa. Gané la discusión y quedaron en exhibición.

—¿En qué momento decides dejar Venezuela?

—Cuando me cansé de hacer colas para comprar pan. Así fue. Tenía 72 años de edad cuando me vine. Entonces, pensé en eso. Cuántos años más de vida voy a tener. ¿Voy a pasar el resto de mi vida detrás de un mostrador jalándole mecate a alguien para que me venda un bollo de pan? ¡No puedo! Yo tengo un compromiso y tengo menos tiempo que mucha gente. Entonces, debo aprovecharlo para crear.  Hay un mundo de cosas no solo para crear, sino para aprender. Me siento un carajito cuando voy al centro documental, veo todos los libros del mundo, y los disfruto a plenitud. Ya Venezuela no me soportaba. No quiero ser ningún mártir. Tengo muchas cosas que decir, y los haré donde exista el terreno abonado. Venezuela no me ofrecía esa posibilidad.

—¿Y qué es lo que tiene que decir?

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—Que el diseño es lo más importante de este siglo, por ejemplo. Tú dirás que es una deformación profesional. ¡No! Fíjate que, si analizas, incluso con poco rigor, el siglo pasado, te darás que fue una fábrica de inventos para reproducir imágenes. Esa fábrica necesita especialistas, que no pueden ser cortados a la hechura de una matemática. Deben ser creadores, gente que sepa interpretar esas máquinas complicadas y darles un valor para transformarlas en bienes, servicios, comunicación, imágenes y demás. Sí tengo muchas cosas que decir. Entre otras, me gustaría que se entendiera la importancia del diseño y el impacto en la sociedad. Deseo que la gente comprenda que el cartel cuando es bueno dignifica al cliente, a quien lo patrocina, a su impresor, al fotógrafo, al diseñador. ¿Y sabes a quién más? Al transeúnte, porque es tratado bien. Le enseña que es inteligente y que a través de la imagen y la letra podemos llegar a momentos esplendorosos. Seguramente jamás te has preguntado quién diseñó el cierre de la cremallera que llevas.  

Santiago Pol: “Tengo mi vacuna cromática de Venezuela”

—No, tienes razón

—Bueno, eso tiene un diseñador. Si no fuera así, no tendrías cómo subir y bajar con la tranquilidad y elegancia con la que funciona. Ahora, que no tenga la firma de fulanito de tal, es otra cosa. Si te pones a ver fuera de lo que es la naturaleza, el reino animal o vegetal, si sacas de ahí lo que es hecho por el hombre, todo es diseño. Si no hay diseño, no hay producción. Por eso cuando me preguntan por la diferencia entre un cuadro y un diseño, digo que el cuadro lo haces una sola vez, mientras que el afiche miles o millones de veces. El diseñador es un creador para la industria, para la producción, para dar mejor calidad de vida.

—Tu obra ha estado vinculada a los colores del trópico. ¿Cómo haces con esa dinámica en Barcelona?

—(Ríe) ¡Ya estoy contaminado! Quiero decir que después que ves que el color es luz, después que ves la pureza del color, que aprendes a diferenciar hasta un solo punto del porcentaje de un color que contamina a otro, ya todo está listo. Además, Venezuela con ciertas características socioculturales como el mestizaje en la comida, música y en el diseño, deja mucho en uno. Viví durante 54 años en un país donde todos los días hacía sol. Eso lo comenté una vez en Seúl. Los coreanos me decían que yo era mentiroso. Yo nunca me sentí mentiroso porque sabía lo que estaba diciendo. (Ríe). Entonces, ¿cómo reacciono yo a esta nueva realidad? Siento una gran incomodidad cuando veo en Barcelona muchas carteleras tristes, lúgubres, apagadas, que no tienen absolutamente luminosidad. Los colores son sucios, mezclados, como decimos en términos cromáticos. Cuando lo veo en la calle, no me identifico. Pero tengo mi vacuna cromática de Venezuela. Me han pedido trabajos últimamente, uno de ellos para conmemorar la obra de un gran diseñador llamado Massimo Vignelli, quien fue el autor del plano del metro de Nueva York, y del logotipo, entre otros, de American Airlines. Hice un cartel sobre eso. No puedo ensuciar mi alma con colores que no me corresponden. Una cosa que aprendí como docente, y que repetía hasta el cansancio, es que la mejor manera de aprender, actuar y trabajar con el color, es usar siempre con los colores que nos gustan. Acá uso los colores con todo el bagaje Venezuela, que me ha dado ese color tan polifónico, si me permites la palabra.

—Pero en ese sentido, imagino que la lejanía genera sentimientos como la nostalgia, e incluso melancolía. ¿Eso también influye en el proceso?

—Evidentemente estamos en un mundo en el que las redes sociales están permanentemente en uno. Estoy vinculado de muchas maneras a Venezuela. Además, con personas que quiero mucho y con las que trabajo a diario. Lo que está ocurriendo en el país es algo que me tiene acongojado, triste. Cuando veo las dificultades que tienen en Venezuela para hacer las cosas, y lo confronto con las ventajas de acá en Barcelona… Digo que, si un venezolano gana un premio de cualquier nivel, sea el Miss Venezuela o el premio Gutenberg para Álvaro Sotillo, son reconocimientos que hay que multiplicar por siete porque son siete las dificultades para acceder a las cosas, especialmente cuando las comparas con las posibilidades de otras partes del mundo. El venezolano se esfuerza tanto, hay tanto que tomar en cuenta. Yo lo uso de manera pedagógica y productiva, dándole a los venezolanos lo mejor de mi trabajo. Hacer la mejor de las representaciones. No estoy ahí, pero también lo estoy.

—¿Cómo vive el cartel en medio de este boom de las redes sociales y tantos estímulos?

—Volvemos a estar en una disyuntiva en la que el cartel ha estado. Por ejemplo, cuando apareció la televisión, inmediatamente dijeron que el cartel se murió, que no tenía sentido. Ahora, con las redes sociales, Instagram, WhatsApp, Twitter y todo lo demás, pasa lo mismo. Pueden decir que es anacrónico. Yo no lo creo así. EL cartel ha sobrevivido al paso de las tecnologías. Ha sido una especie de camaleón que se adecúa a las técnicas, además de usarlas para su beneficio. Por ejemplo, te preguntas qué hacer con un cartel que puede estar en Instagram de manera instantánea. Es verdad, parece ser una ventaja que no tengas que pasar por el metro para ver un cartel. Lo encuentras en la red y es un avance. Pero eso no es todo. Ese cartel lo puedo hacer a un tamaño gigantesco valiéndome de esos recursos de la era digital que tanta facilidad nos han traído. Sin embargo, hay que reconocer la capacidad del cartel de impactar. Su imagen puede ser retenida por mucho más tiempo que una imagen digital. Eso hace que su contenido sea fácilmente recordable. Pero además hay otra ventaja. Un cartel lo puedes repetir. Lo viste en un lugar, al día siguiente lo vuelves a ver en el mismo lugar, y así por mucho tiempo. Entonces caemos en aquella definición tan terriblemente usada por Goebbels que decía que una mentira repetida mil veces se transformaba en una verdad. En el caso de un cartel, nosotros no estamos diciendo una mentira, sino una verdad. La contamos y mostramos. Además, la podemos repetir muchas veces para que quien lo vea, verifique y confronte su pensamiento con la imagen que no se mueve. El cartel tiene una ventaja verdaderamente extraordinaria.  

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—Quizá una de sus obras más vistas en Venezuela es el cartel con las líneas del Metro de Caracas

—Sí, sin dudas. Aprovecho para comentarte cómo tuve la oportunidad de diseñarlo. A principios de los ochenta fui al Metro de Caracas para pedir información. Debía hacer un cartel para ellos. Como los periodista o detectives, necesitaba la mayor cantidad de datos. Entre los que me dieron, estaba un supuesto plano que era un desastre. Los colores eran confusos, la tipografía era un caos. Le dije al presidente, José Lander, que ese plano tenía defectos en color, tipografía, composición, concepto y fluidez. El hombre se quedó como frío. No estaba acostumbrado a eso, a que le dieran un análisis tan detallado y rápido. Me dijo que lo habían diseñado en Francia. Claro, allá el metro de París es circular, sigue la topografía del terreno porque es muy extenso, pero en el caso venezolano, no es así. Me pidió una solución para el día siguiente. Le dije que no, que eso se llevaría más tiempo, quizá mes o mes y medio. Tardé como dos meses y medio. Lo entregué. Yo solo quise que los usuarios que supieran donde estaban, a qué lugar iban y en qué parte debían bajarse para llegar a su destino. Ese plano estuvo en funcionamiento durante 10 años. En ese tiempo no tuve ni una sola felicitación. No lo digo con rencor ni tristeza, sino con la absoluta humildad que tiene el asumir el oficio de diseñador como tal. En este caso, ser un punto entre los usuarios del Metro y las intenciones para darle claridad y fluidez al tráfico.

—¿Cómo sería el cartel para la ciudad de Caracas actual?

—(Piensa) Tengo un proceso creativo muy lento. Siempre pongo la primera idea en lo que llamo el paredón de fusilamiento. La primera idea siempre es la más traicionera. Un cartel es hacer algo que nunca antes se haya visto. Si haces un cartel, y esperas lo que ocurrirá, ya no es un cartel. Por ejemplo, las portadas de la revista Estampas. Tú sabías que el domingo saldría una mujer en un traje pomposo. Bueno, eso no es un cartel, es un magazine con un perfil de lectores, una audiencia distinta. Ahora, un cartel para la ciudad de Caracas, no sabría decirte. Te pediría tiempo para estudiarlo. Hacer un cartel es una responsabilidad social, humana y estética. Cada cartel es una síntesis donde tenemos que decir tanto con muy poco. Dejar mucho con algunos trazos.

—En Internet hay una página llamada Venezolanos ilustres, que tiene un perfil suyo. ¿Qué se siente ser un venezolano ilustre?  

—Ah caramba. No lo sabía. Pero bueno, mira, lo único que te puedo decir es que he tratado de ser útil a mi país. En todo, darle una gráfica que lo dignifique, crear valores estéticos que estimulen a la gente partiendo de la base de que considero que las personas que ven un cartel son inteligentes. Fíjate, para ver un cartel no tienes que ir a la universidad. Simplemente debes dejarte llevar por ese contrapunto hermoso entre el color, la forma y el texto. Por cierto, antes me preguntabas por el color. Tendría que ser técnico para comentarte que es el color lo primero que ves en un cartel, luego la imagen y finalmente cuando estas cerca y tienes tiempo, puedes leer el texto. Pero creo que me alejé de la pregunta. ¿Cuál era?

—¿Qué se siente ser un venezolano ilustre?

—Bueno, es que me incomoda un poco, pero en el sentido de que no sé qué decirte al respecto. Esa es la opinión de ellos. Échale la culpa a ellos, no a mí. (Ríe).

—¿Hay algo que quiera agregar para culminar la entrevista?

—Sí, esto es importante. Sé la situación que se vive en Venezuela. Considero que todos los venezolanos son verdaderos héroes. Les deseo lo mejor del mundo. Entiendo la situación por la que pasan. Les envío un gran abrazo. Miren, estoy echándole pichón desde lejos, pero siempre con el corazón… (Silencio). Perdón, es que no hay palabras. Es rudo todo lo que está pasando. (Silencio). La verdad, disculpa. (Solloza). Un abrazo y muchas gracias. Discúlpame. 

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