• Un pequeño estudio demostró que la estimulación cerebral profunda, utilizada en personas con enfermedad de párkinson, puede limitar la necesidad de comer en exceso. Foto: Andri Tambunan para The New York Times

Esta es una traducción hecha por El Diario de la nota Pulses to Their Brains and 2 Women’s Binge Eating Went Away, original de The New York Times.

¿Qué pasa si un impulso incontrolable de comer rápidamente grandes cantidades de comida tiene sus orígenes en un circuito cerebral dañado? Si ese fuera el caso, las personas que viven con un trastorno por atracón (un diagnóstico psiquiátrico) podrían no ser más culpables por comer en exceso que un paciente con la enfermedad de Parkinson por sus temblores.

Esa pregunta llevó a los médicos a probar un nuevo tratamiento diferente a todo lo que se haya intentado para ayudar a las personas con este trastorno alimentario común pero poco informado. Al menos el 3 % de la población lo tiene, aseguró el doctor Casey Halpern, neurocirujano de la Universidad de Pensilvania.

Él y sus colegas decidieron probar la estimulación cerebral profunda, un método que se usa habitualmente para calmar los temblores en pacientes con párkinson. Consiste en colocar electrodos en el cerebro para regular las señales aberrantes. Los cables, conectados a los electrodos, se colocan debajo del cuero cabelludo, donde son invisibles y discretos. Para el tratamiento de atracones de comida, el dispositivo solo estimula las neuronas cuando detecta una señal de que iniciará un atracón.

El estudio piloto, financiado por los Institutos Nacionales de Salud y publicado a principios de este año en la revista Nature Medicine, involucra a dos mujeres y se ampliará en unos meses para incluir a cuatro personas más que viven con un trastorno por atracón que hizo que recuperaran el peso que habían perdido luego de una cirugía bariátrica. Antes de que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA en inglés) pueda aprobar el tratamiento, los investigadores deberán probar rigurosamente el método en al menos 100 personas en múltiples centros médicos. Un estudio de este tipo tardaría varios años en completarse.

Las dos mujeres, cuyos dispositivos fueron implantados hace un año, serán supervisadas por incluso tres años. Tenían la opción de que les quitaran los dispositivos después de 12 meses, pero ambas querían conservarlos porque ya no sentían la necesidad irresistible de comer.

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Una de ellas, Robyn Baldwin, de 58 años de edad, de Citrus Heights (California) se describió a sí misma como una “niña fornida” que “siempre había sido alguien grande”. Probó una amplia gama de dietas. En una ocasión, solo consumió batidos de proteínas durante un mes.

En 2003 se sometió a una cirugía bariátrica, que generalmente consiste en alterar el sistema digestivo para que el estómago sea más pequeño y la comida sea más difícil de digerir. Esa cirugía le ha permitido a muchas personas perder peso cuando otros métodos fallaron. Sin embargo, para Baldwin, el peso que había perdido regresó.

Lena Tolly, de 48 años de edad, la otra paciente del estudio, vive en Sacramento. También probó un gran número de dietas y remedios para la obesidad. Sus padres le obsequiaron un mes en un campamento vegano como regalo de graduación de la universidad. Mientras estuvo allí, caminó 16 kilómetros por día.

En agosto de 2005, Tolly se sometió a una cirugía bariátrica. Perdió 45 kilos, pero el peso volvió a subir.

“Tiene que ser más que fuerza de voluntad”, dijo.

En su caso y en el de Baldwin, fue así. Su apetito desenfrenado no es lo que la mayoría de la gente llama atracones por comida, como cuando ocasionalmente comienzan con una bolsa de papas fritas o un galón de helado y simplemente continúan, sino que su condición está en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Se trata de atracones varias veces a la semana. Los atracones están acompañados de una sensación de estar casi en otro estado en el que pierden todo el control, consumiendo rápidamente grandes cantidades de comida. Muchos, avergonzados por su comportamiento, se dan un atracón en secreto. Es común sentir disgusto y vergüenza cuando termina el atracón de comida.

El apetito desenfrenado de estas dos mujeres desapareció gracias a un dispositivo en el cerebro
Lena Tolly, de Sacramento, perdió 45 kilos después de una cirugía bariátrica, pero luego recuperó el peso. “Tiene que haber más que fuerza de voluntad”, dijo. Foto: Andri Tambunan para The New York Times.

El estudio en el que participaron Baldwin y Tolly es parte de un movimiento para usar la estimulación cerebral profunda para tratar una variedad de trastornos que pueden ser causados ​​por problemas con las señales eléctricas en el cerebro. Incluyen trastornos del movimiento y afecciones psiquiátricas como la depresión y el trastorno obsesivo compulsivo, explicó Edward Chang, profesor de neurocirugía en la Universidad de California en San Francisco, quien no participó en el estudio sobre los atracones de comida.

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Los investigadores han encontrado circuitos cerebrales precisos, a menudo en áreas de apenas un milímetro de diámetro, que regulan los síntomas de algunos de estos trastornos. Los descubrimientos abren el camino para los estudios de estimulación cerebral profunda.

El doctor Halpern dirigió el experimento piloto con las señoras Baldwin y Tolly. Pero primero, él y sus colegas comenzaron con ratones que eran propensos a la obesidad. Los animales habían sido alimentados, pero cuando los investigadores pusieron mantequilla en su jaula, la devoraron, consumiendo más del 25 % de sus calorías diarias en una hora.

El área de sus cerebros que se activó fue el núcleo accumbens, un elemento clave del centro de recompensa del cerebro, ubicado en lo profundo del centro del cerebro. En ratones, las neuronas del núcleo accumbens se activaron justo antes de un atracón de comida. Cuando los investigadores utilizaron la estimulación cerebral profunda para calmar esas neuronas, pudieron evitar que los ratones tuvieran atracones de comida.

Pero ¿podría funcionar en humanos?

El grupo de científicos comenzó a comunicarse con personas que habían recuperado todo su peso después de la cirugía bariátrica, creyendo que podría deberse a un trastorno por atracón.

Baldwin y Tolly respondieron. Ninguna de las dos se dio cuenta de que tenían un trastorno por atracón. Sin embargo, los atracones son “muy, muy comunes en las personas que se someten a una cirugía para perder peso”, aseguró Lauren Breithaupt, psicóloga del Hospital General de Massachusetts, quien estudia los trastornos alimenticios.

Cuando Baldwin y Tolly se reunieron con el doctor Halpern, ambas pesaban más que antes de la cirugía para perder peso.

Como parte del estudio, los investigadores le proporcionaron a cada mujer un festín de 5.000 calorías de sus comidas favoritas cuando no tenían hambre. Las mujeres describieron los causantes emocionales específicos que podrían desencadenar un atracón de comida: para Tolly fueron los pensamientos sobre su madre, quien había muerto recientemente; y para Baldwin fueron los pensamientos sobre su horario de trabajo y las responsabilidades en el hogar. Luego ellas acordaron permitir que los investigadores las incitaran a darse un atracón con esos factores desencadenantes como parte del estudio.

Los investigadores registraron los impulsos eléctricos en el núcleo accumbens de las mujeres mientras comían, determinando que las neuronas se disparaban justo antes del atracón y que esos impulsos eléctricos se correlacionaban con la sensación de pérdida de control de las mujeres. Un estimulador cerebral directo podría haber interceptado las señales y evitado que las mujeres quisieran darse un atracón.

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Después de conectar los dispositivos en los cerebros de las mujeres, los investigadores les dijeron a Baldwin y Tolly que activarían los dispositivos en algún momento durante los próximos meses, pero no les dirían cuándo. Ambas mujeres dijeron que supieron de inmediato cuando se activaron los dispositivos. De pronto, ya no sentían impulsos insaciables de comer.

Ahora su peso está bajando lentamente. Ambas dicen que sin pensar activamente en ello, están comiendo de manera diferente.

“No es autocontrol”, indicó Tolly. “Tomo mejores decisiones”. Pero ella no ha comenzado a comer alimentos que nunca le atrajeron. “No comeré col rizada”.

Baldwin dijo que notó un cambio en sus preferencias alimenticias. Le encantaba la mantequilla de maní y comía del frasco con una cucharilla. Ahora no anhela hacer eso.

Tenía estos hábitos, como ir a una farmacia por un medicamento, pero podría desviarme y entrar a Ben & Jerry’s (tienda de helados)”, dijo.

Una vez que se activó el dispositivo, indicó, “podía ir a la farmacia y ni siquiera pensar en un helado”.

También descubrió que sus gustos han cambiado. Ahora sus comidas favoritas son saladas en lugar de dulces.

“No es que no piense en la comida en absoluto”, mencionó Baldwin, “pero ya no soy una persona ansiosa”.

Sin embargo, ¿muestra esto que la estimulación cerebral directa puede ser la respuesta para las personas con atracones extremos?

La psicóloga Breithaupt prefiere ser cautelosa. Advirtió que “se trata solo de dos personas” que participaron en el estudio.

Traducido por José Silva

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