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Butterfly en blue jeans
Foto: Ramella & Giannese

Dovunque al mondo lo Yankee vagabondo” (Alrededor del mundo, el Yankee vagabundo) canta el personaje de Pinkerton casi al inicio de la ópera Madama Butterfly.

Soy bastante caraqueño y estoy lejos de andar a menudo alrededor del orbe, pero un poco así me sentía, la tarde que entraba de carrera, literalmente bajándome del avión, atravesando la intrincada red del Metro de Madrid, en la espléndida sala de su Teatro Real, para presenciar una función de esta popular ópera de Puccini, en su año centenario, celebrado por este escenario también con una exposición fotográfica del propio compositor, quien no sólo era apasionado por la música y las mujeres, sino también por los automóviles y el arte de las imágenes.

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Hay muchas maneras de sentirse ciudadano del mundo: viajar es, sin duda, una de las primeras, pero también lo son conectar con amigos o colegas en varios puntos cardinales, y por supuesto, ser fan de la ópera persiguiendo sus montajes diversos en diferentes rincones del mundo, es otra, muy azarosa, pero indiscutible manera. Estos dos últimos modos se combinaron en una reciente aventura: una colega de hace años, y a quien no creí encontrar en este teatro madrileño, tras más de 20 años desde mi última visita a la capital española, respondió amablemente a la tentativa a ciegas que como cronista solicitaba para ver esta Butterfly que llevaba marcada en agenda, coincidente con un viaje a Europa durante las últimas semanas de temporada lírica en este continente, y así, este ingrato oficio rindió frutos, cada vez más esporádicos, tras más de 30 años de estar ejerciéndolo.

Una impresión bizarra puede invadirte si entras a la sala, así como me pasó a mí, en el filo del tiempo, cuando ya cerraban las puertas y apagaban las luces, a esta Butterfly cuya puesta se debe a Damiano Michieletto, importada directamente del Teatro Regio de Turín, pues lo que se ve en escena no tiene nada que ver con lo que uno suele encontrarse en los montajes de este título pucciniano: no hay paneles de seda del shosi, ni kimonos ni rostros pintados de blanco, ni moños férreamente atados, no hay ni flores, ni puentes en arco, ni siquiera el blanco impoluto del uniforme naval de Pinkerton aparece en escena.

En su lugar hay anuncios de neón en caracteres japoneses (Michieletto afirmó que traducen citas del texto de la ópera de Illica y Giacosa), posters publicitarios de hamburguesas o artículos de maquillaje y las vestimentas, los movimientos y demás detalles escénicos nos informan de que estamos en un barrio japonés, tailandés o de Hong Kong, cuidadosamente pensados para el turismo sexual: a los kimonos o los ceñidos vestidos que dificultan el andar los sustituyen los pantaloncillos cortos, las minifaldas, los tacones de aguja o plataforma, las lentejuelas o las franelillas de tirantes, todas ideadas para preservar la fantasía de estar rodeados de chicas casi impúberes, o que lo estemos directamente. En medio de este burdel casi deslumbrante, también habitado por chulos de camisas hawaianas cubiertas por americanas, casi invariables jeans y botas de cowboy, bañándose en whisky o ginebra, hay un cubo más bien rectangular de plexiglas, por donde demoran las niñas geishas del siglo XXI, entre peluches, muñecas, juguetes, taburetes y sillas plásticas y varios artículos con la familiar figura de Hello Kitty, que subraya la perversidad pederasta ya aludida arriba.

Butterfly en blue jeans
Foto:  Javier del Real

En un automóvil ingresan Pinkerton y el Consul Sharpless a este paraje, escoltados por Goro, de pelo en pecho y cadena dorada muy en modo pimp. El marino va de civil, pero con una pinta más bien de yuppie, de traje y corbata, que a medida que va avanzando el primer acto deja su calculada elegancia, para dejarse besar por las cariñosas chicas del local, beber ingentes tragos de Ballantine’s, cuya botella se mete en el bolsillo del saco y va pegado a ella hasta que Butterfly se despoja de su traje de boda y empieza a convocarlo al lecho.

Curados de espanto

¿Es original esta visión/traslación de Michieletto de la Butterfly de japonaiserie a nuestro desinhibido y hedonista siglo XXI? Realmente no. La preceden, al menos un par de producciones afines en espíritu: una de ellas devenida en musical de Broadway: Miss Saigon, de Boublil y Schoenberg, los mismos de Les Miserables, que ambientan la historia en plena guerra de Vietnam, y la otra, que marcó la tradición de montajes de Butterfly, la producción de inicios de los 80 del cineasta australiano Ken Russell, que ya enfatizaba los rasgos invasionistas, de una cultura sacando provecho asimétricamente de otra, con Cio Cio San como víctima de la prepotencia, la arrogancia estadounidense, pero también de la discriminación y los prejuicios de su propia tradición. Russell concluía su puesta en escena con la representación del estallido de una bomba atómica. Nagasaki es la cuna, según el libreto, de la protagonista. Prácticamente nos ha curado de espanto.

El principal mérito de la puesta de Michieletti, abucheada injustamente en su estreno madrileño (también lo fue gracias a las intrigas y a las claques, la prémiere de Butterfly en 1904), es algo que se ha convertido en un valor cada vez más en baja: su respeto al texto. A pesar del cambio de escenografía, de vestir a Butterfly de jeans con estampados de mariposa y franela de Hello Kitty, de la casi asfixiante atmósfera burdelesca, todo lo que ocurre en el escenario es coherente y plausible con lo que se canta y con las indicaciones de escena. La conducta de Pinkerton, matizada por la música de Puccini, ha sido siempre censurable, por lo frívola, irresponsable y arrogante, pero además está suficiente y fehacientemente descrita en las dos narraciones que confluyen en la creación de Madama Butterfly, tanto la obra original de David Belasco, como la propia ópera pucciniana: Madame Crysanthéme de Pierre Loti y el relato de John Luther Long, ya con el título conocido, y que están basados ambos en personajes y avatares reales. En Loti, está, sin embargo, parcialmente redimido por la plena conciencia de la heroína de la perecedera transacción entre ambos, quien al final de la novela, cuenta las monedas que su pareja le ha dado al despedirse, en preparación del matrimonio que espera pronto concretar con algún noble japonés o simplemente calculando su lucro. Pero toda la tragedia que su ligereza moral causa es atroz e imposible de minimizar en Butterfly. En la puesta de Michieletto todo esto está plenamente establecido y no hay rasgos de redención en absoluto. Como bien lo destaca Joan Matabosch, el director artístico del Real, en las notas del programa de mano, Butterfly está, de principio a fin, rodeada de depredadores masculinos: Pinkerton, su proxeneta Goro, el tío Bonzo que la repudia por haberse convertido al cristianismo, el rico Yamadori que la procura insistentemente como esposa, y una femenina: Kate Pinkerton, que viene a llevarse el hijo de una mujer a la que no tiene el menor interés en conocer, y por el que está presta a pagar el precio que le pongan. La puesta en escena de Michieletto la hace aparecer muy semejante a Paris Hilton.  

Butterfly en blue jeans
Foto:  Javier del Real

Sin embargo, la escrupulosidad de su puesta se resiente de unos detalles no menores. Unos pequeños, pero notables, como ciertos movimientos y soluciones escénicas: ¿para qué convertir la habitación de plexiglas (es lo único que no cambia de la escenografía diseñada por  Paolo Fantin) en el centro de la escena y no usar su interior, absolutamente visible por el público, para la escena de amor del Acto I? Michieletto mantiene a Butterfly encaramada en el techo durante casi todo el dúo y a Pinkerton abajo en una improbable evocación de Romeo y Julieta y su icónica escena. Todo adquiere una artificiosidad e inverosimilitud casi contradictorias con los argumentos impecables planteados hasta ahora. Algo similar ocurre en el Acto II con la gratuita escena simbólica en la que convierte el famoso Coro a bocca chiusa que lo concluye: un grupo de fantasmas oníricos portando barquitos de papel luminosos que dejan alrededor de la cama del niño de Butterfly. Muy bonito visualmente pero un poco superfluo teatralmente. Todo se remata con la torpeza mayúscula que resuelve el retorno de Pinkerton, de nuevo en el carro que entra a la casa de Butterfly, con el marino en ridícula exasperación de su arrepentimiento, con un puñado de billetes en la mano, con los cuales no sabe qué hacer y arroja como si se hubiera confundido de ópera –Traviata, final del acto II en lugar de Butterfly– por toda la escena y a todos los personajes, incluida su esposa. Peor es aún el final, donde entra de nuevo con Kate a buscar al niño, se horroriza hiperbólicamente del cadáver de Cio Cio San, rapta al niño, mientras su mujer despeja las dudas de que pueda aspirar jamás a un premio por mejor actriz de reparto. Es verdad que el talento de la cantante/figurante (la Pinkerton es probablemente el rol más infeliz e ingrato de la historia de la ópera) es muy responsable de estos desatinos, pero el inesperado descuido del director, después de haberse esmerado en tantos detalles, es al menos la mitad de culpable de lo patético de esta huida en un automóvil que olvidaron aparcado en el “jardín” o acera de Butterfly y que al terminar la ópera recuerdan aparatosamente donde la dejaron y se van en él con enorme torpeza.

La ingenuidad enfermiza

Esos son los detalles menores: el más grave compete al tratamiento de la protagonista. De nuevo, en el primer acto todo encaja casi perfectamente, una vez que aceptamos la ingenuidad de Butterfly en este ambiente prostibulario, pero ¿qué se le puede hacer? Después de Julia Roberts en Pretty Woman, todo en este ámbito es posible. Pinkerton y la intoxicante música de Puccini son cómplices del embeleso (aquí podríamos incluir la conducta erotómana del autor de Tosca, como un nuevo elemento simbólico de los depredadores masculinos, pero lo dejaremos para otra ocasión). Mas, en los dos actos finales, la aún adolescente Butterfly, enfatizada en sus bluejeans, en lugar de evolucionar como personaje y como mujer, como está establecido musical y dramáticamente en la ópera, parece estancarse en una cómoda y quizás enfermiza puerilidad. Sus peluches y Hello Kittys no la abandonan, de tal manera que “Un bel di vedremo” no parece cantarlo una mujer enamorada, una Penélope japonesa, sino una niña tonta aferrada miedosamente a su autoengaño. Ello se corrobora en la escena que la divide entre el Cónsul que viene con la carta donde está sellado su destino y que ella no deja nunca que terminen de leérsela y el Yamadori decrépito que la corteja babosamente y de quien ella hace mofa como si se tratase de un nerd plagado de acné y lentes de aumento de quien ella pudiese burlarse desde la conciencia y el poder de su belleza, no por la certeza moral de saberse casada. Cuando se oye la llegada del barco que trae a Pinkerton no hay telescopio para que ella pueda leer el nombre del barco en la distancia, instrumento prescindible al final para alguien que se ha aprendido los nombres de todos los buques que entran y salen desde hace tres años, tampoco hay flores para adornar la casa. En su lugar hay pintura para los dedos y representar infantilmente unas flores en las paredes del plexiglas. Si quería Michieletto convencernos de la ingenuidad de Butterfly, lo consigue, pero a costa de la integridad dramática del personaje que nos dificultan la empatía con ella y la emoción trágica de su desenlace.

Reparto madrileño

Esta producción madrileña de Butterfly contaba con cuatro elencos que cuadruplicaban a sus protagonistas. Tuvimos la oportunidad de ver a la eficaz Suzuki de la catalana Gemma Coma-Alabert, al muy sensible y elegante barítono gallego Luis Cansino como Sharpless, notable en toda la función, salvo en el trío del último acto donde se desvaneció. Una compañía  muy competente resultó la formada por Moisés Marín (Goro), Toni Marsol (Yamadori) y George Andguladze (Zio Bonzo). 

Pinkerton estuvo a cargo del tenor italo-americano Leonardo Capalbo, quien no tiene mala voz, pero tiende a cantar, salvo contadísimas excepciones, siempre en el forte, con escaso legato y oscilante brillo en los agudos. Escénicamente derrochó la prepotencia e insultante irresponsabilidad que ya hemos descrito como ideal para su personaje, pero cargó las tintas, como ya asomamos en su participación en el acto final, alentado por la negligencia de la regia en este tramo crucial de la obra.

Butterfly en blue jeans
Foto: Javier del Real

Nuestra Madama Butterfly fue Alexandra Kurzak, quien al parecer se encuentra en un proceso de transición hacia roles más dramáticos, desde su cuerda lírica que la hace apta para Mimí, Violetta, Juliette, Manon (Massenet). Aquí cantó un Acto I exquisito, por los matices dulces de su entrada coronada con un sobreagudo en pianissimo, todo lo cual repitió delicada y sensualmente en el dúo de amor, con ribetes diamantinos en su pasaje “Vogliatemi bene”, pero a partir del Acto II dejó de sentirse cómoda, y una sombra de cansancio la persiguió tenazmente después del “Un bel di vedremo”, al cual ya le faltó intensidad y apenas mereció un aplauso de trámite del público. Pareció recuperar algo del encanto de su vulnerabilidad en la escena de la carta, a pesar del corset expresivo en que la enfunda la puesta, pero enseguida la urgencia lacerante del “Che tua madre”, cuando le presenta el niño a Sharpless, volvió a confirmarnos lo poco cómoda que se encontraba y los trazos de su cansancio cada vez mayores. Encontró oasis en el dúo con Suzuki, pero todo el dramatismo desgarrador de las últimas escenas le fue ajeno. 

Una orquesta y una prestación musical impecables de tersura, sonoridad, matices y acierto dramático fue la ofrecida por el Maestro gallego Luis Miguel Méndez, en el acompañamiento preciso a la entrada de Butterfly, al dúo, a las arias de la protagonista, en el énfasis de los leitmotiven o reminiscencias y en el espinoso interludio que enlaza los dos últimos actos al frente del coro y la orquesta, de lujo ambos, del Teatro Real.Las fascinantes fotografías del propio Puccini -hay unos impresionantes selfies avant-la-lettre-, y una exposición de trajes y memorabilia de la soprano española Victoria de los Ángeles, una de las grandes Butterfly del siglo pasado, en la celebración de su centenario en 2023, completaron felizmente esta renovación de mi ciudadanía del mundo, en alas de la ópera.                                                                          

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