El magma del poema extenso

Antonio Díaz Mola
6 Min de lectura

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Como lector (y, ya menos, como escritor) de poesía creo que habitar la gran extensión de un poema es asumir que vamos a bucear en el magma de su sagrada duración. Es ahí donde se restituyen los espíritus: en ese calculado balanceo entre palabras que aspiran al infinito. Es ahí donde la niebla de la memoria se disipa para que el ser humano se descubra menos taciturno ante la incomprensión del universo.

El poema extenso reclama una ligereza profunda. Se trata de fundar un canto que haga percutir en la voz la herencia de los siglos, un eco transhistórico que opera como si la verdad se liberase de los grilletes utilitarios de la sociedad actual. Porque no somos rehenes del reloj biológico ni de la urgencia cotidiana. En rigor, somos seres que buscan atrapar parcelas de cielo en mitad del lodo terrenal. El poeta trabaja a destajo con un lenguaje que quiere dar alas al vuelo de lo que no comprende. Ese tránsito místico, bien entendido, nos rescata del propio vacío interior y nos conduce hacia una intuición de completitud. 

Al menos desde la herencia grecolatina, el poema de largo aliento no se ha estructurado en función de una mera acumulación cuantitativa de versos, sino como arquitectura poliédrica capaz de quemar las naves de la linealidad lógica.  En el fondo, lo que nos ilumina la mirada al enfrentarnos a estos textos monumentales es el memorable deseo de captar el todo con las manos llenas de nada. No es retoricismo. Con esta paradoja casi teológica quiero señalar que el lenguaje humano, limitado por naturaleza, es capaz de rozar el vértice de lo divino y lo inefable. Como quien camina por un bosque de álamos bajo una luz cambiante, el lector encuentra un torrente de símbolos.

Yo puedo hablar por mi experiencia, y decir que en un poema extenso, tendente a la vesania de la simultaneidad, los espejos multiplican la risa identitaria, el abrazo quiebra la tragedia, la soledad es constitutiva de reflexión y sosiego y, en definitiva, la geometría de la realidad se sortea sin determinismo, dando pie a que uno salga de sí mismo y aprenda a sostenerse entre los otros.  

Desde mi labor docente e investigadora en el área de Teoría de la Literatura, siempre sostengo que toda composición extensa se organiza en torno a un centro concéntrico de asociaciones y afinidades temáticas. Sin renegar de la intensidad lírica, la verdadera razón de ser de la poética de largo aliento estriba en demostrar que lo sublime es acumulativo. ¿A quién no le sorprenden sus recuerdos serpenteando avenidas que ya no existen, quién no se ha mojado la camisa con la lluvia de un martes que en realidad fue un sábado? La subjetividad, como la poesía, es un imperio de representaciones que desnudan la duda hasta la médula. Así es como la lectura se convierte en una cuestión ontológica. En efecto, pasando páginas pasamos milenios, y también logramos transportar repertorios de vivencias, mitologías y saberes compartidos en función de corazones que atienden asuntos similares. El tesoro del poema extenso es el contrapunto, la polifonía con partitura mojada (porque si se estropea, se reinventa), y la resistencia a la síntesis racionalista que empobrece el arte. 

Sobre el sólido zócalo de la tradición, cada fragmento y cada peripecia textual construyen puentes que desafían las fronteras nacionales. Pero el comparatismo exige un enfoque integrador para validar el efecto estético de ese universalismo épico propio del género del poema extenso. Tanto es así que la aparente ausencia de un hilo conductor es eso: provisoria concreción de ausencia. Lo que está en juego al leer un poema extenso es comprender que la vida no es un sueño. Aunque, naturalmente, el sueño sí se nutra de vida y, luego, salte por los aires y haga de avión y sobrevuele por las azoteas de quien imagina aquello que aterriza en el papel en blanco. Escribir o leer un poema extenso es prolongar el pulso. Calcular una geometría de objetos inestables. Crear climas que alguien respirará, que alguien moldeará en arcilla para tributo de Virgilio, de Dante, de John Milton, de Jorge Manrique, de Ernesto Cardenal, de T.S. Eliot, de Ezra Pound, de Octavio Paz, de José Gorostiza, de Chantal Maillard

Son tantas las tendencias a producir un texto que, simbólicamente, rehúse su acabamiento, que cada ciclo y cada retorno versal son la reencarnación del hombre con la poesía. Y pienso que esa extensión es, a su vez, irrupción del pasado en el futuro, y viceversa. La simultaneidad de voces que conforman una obra colectiva, un universalismo en marcha donde la palabra poética nos reconcilia y nos impulsa a una luna digna de insomnio. O sea que, a través del poderoso engranaje semiótico del poema extenso, uno puede disponer de un espacio donde lograr ser el mismo que habitó el viaje desde el infierno al paraíso, preguntándose, acaso, cuánta belleza cabe en un endecasílabo. Cuántas buenas intenciones alimentan las hogueras. 

Antonio Díaz Mola
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