El regreso de la diputada Dinorah Figuera a Caracas, tras ocho años de exilio, ha irrumpido en el tablero político venezolano con la fuerza de un terremoto. Invitada por el Departamento de Estado de Estados Unidos, su llegada no es un simple reencuentro con su tierra: es el acto de apertura de un nuevo y complejo capítulo en la búsqueda de una transición democrática. Desde la visión de la oposición, este movimiento genera una mezcla de esperanza, desconfianza y la urgente necesidad de repensar nuestras estrategias.
Es innegable que la figura de Figuera, como presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, conlleva un profundo significado institucional. Su retorno y su disposición a sentarse con el presidente del Parlamento oficialista, Jorge Rodríguez, para instalar una mesa técnica y política paritaria, rompe con años de un diálogo estéril o inexistente. El simple hecho de que ambas partes acuerden una hoja de ruta con «hitos y cronogramas concretos» para «fortalecer la democracia» es un avance que no puede ser desdeñado.
Sin embargo, la oposición no puede ni debe mirar hacia otro lado. La llegada de Dinorah Figuera, impulsada y legitimada por Washington, plantea preguntas incómodas. ¿Representa este gesto un desplazamiento de las figuras y liderazgos que han mantenido viva la llama de la resistencia en los últimos años, como María Corina Machado? La propia Figuera ha marcado distancia, señalando que «una cosa es lo político y otra lo institucional», pero la percepción de una imposición externa genera un inevitable escozor en un sector de la oposición que ha luchado contra la injerencia y el autoritarismo.
La crisis de confianza: el principal lastre a vencer
El gran desafío de esta nueva etapa no es solo sentarse a dialogar, sino reconstruir la confianza que el régimen ha pulverizado durante décadas. La sociedad venezolana está profundamente escéptica: hemos visto cómo se firmaban acuerdos en mesas de negociación para luego ser incumplidos al día siguiente, con el agravante de que los firmantes opositores terminaban perseguidos o cooptados. Por ello, la confianza no se decreta ni se importa desde Washington; se construye con hechos palpables. La oposición debe exigir que este diálogo tenga observación internacional rigurosa y, sobre todo, que el oficialismo demuestre con acciones concretas que está dispuesto a ceder el monopolio del poder. La desconfianza es el filtro que nos debe proteger de un nuevo «show» mediático sin consecuencias reales.
El nuevo CNE y el nuevo TSJ: condiciones sine qua non
Para que esta transición sea creíble y no un simple maquillaje, debemos centrar el debate en dos instituciones que han sido el pilar del autoritarismo: el Consejo Nacional Electoral (CNE) y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).
El nombramiento de un nuevo CNE es la condición sine qua non para cualquier contienda electoral futura. No podemos aceptar un árbitro que sea juez y parte. Necesitamos rectores elegidos con la mayoría calificada que exige la ley, con perfiles técnicos y honestos, que garanticen que el voto de cada venezolano, dentro y fuera del país, sea contado con transparencia. Sin un CNE renovado e imparcial, cualquier elección será un fraude anunciado y el diálogo habrá servido únicamente para legitimar un sistema que no nos representa.
Paralelamente, la renovación del TSJ es vital para poner fin al lawfare y a la judicialización de la política. Durante años, este tribunal ha actuado como un brazo ejecutor del régimen, dictando sentencias a modo para inhabilitar adversarios, expropiar empresas y anular decisiones parlamentarias. La transición exige una Sala Constitucional que administre justicia con independencia, que proteja los derechos humanos y que cese la persecución a dirigentes sindicales, estudiantiles y políticos. La libertad de los presos políticos es la prueba de fuego para medir la voluntad real de cambio.
Lo que realmente representa la transición para los venezolanos
En medio de estas discusiones institucionales, no podemos perder de vista el corazón del asunto: ¿qué significa esta transición para el venezolano de a pie? No es un debate de salón ni un reparto de cuotas de poder. Representa la certeza de que su voto contará (CNE), la garantía de que no será encarcelado por pensar distinto (TSJ), y la esperanza tangible de que los salarios alcancen para comprar comida, de que los hospitales tengan insumos y de que el servicio eléctrico no colapse a diario.
La transición es el puente hacia la normalidad y el reencuentro. Es el anhelo profundo de ver regresar a los 7 millones de venezolanos que tuvieron que huir, de abrazar a hijos y padres que la diáspora se llevó. Es la posibilidad de que los maestros vuelvan a dar clases sin miedo, de que los empresarios inviertan sin la amenaza del despojo y de que la juventud pueda soñar con un futuro en su propia tierra. Para la oposición, defender la transición es defender la vida digna que el chavismo ha secuestrado.
Vigilancia y cordura
A pesar de las reservas, es imperativo abrir y sostener estos espacios de diálogo, pero con la lupa bien puesta. No como un fin en sí mismo, ni como una claudicación, sino como un vehículo necesario para alcanzar esos objetivos irrenunciables: un CNE creíble, un TSJ independiente y la reconstrucción de las instituciones democráticas. La transición no será un proceso limpio ni rápido; será, como bien lo expresó Figuera, un elefante que debemos comer «en pedacitos».
La oposición debe mantener una postura vigilante y crítica. No se puede permitir que el diálogo se convierta en una trampa que legitime al régimen sin obtener concesiones reales y verificables. La participación de Figuera debe ser exigente y estar guiada por los principios democráticos que la Asamblea de 2015 representa.
El diálogo, por difícil y doloroso que sea, es la única vía para una transición ordenada, sostenible e inclusiva. La llegada de Dinorah Figuera nos presenta esa oportunidad. Corresponde ahora a la oposición, en su conjunto, no solo observar, sino participar activamente, exigir claridad y garantizar que este proceso no sea un espejismo. La meta no es un simple acuerdo de caballeros; es devolverle la confianza a un pueblo que ha sido traicionado demasiadas veces.