La transición a la americana: por qué los votos no están decidiendo el futuro de Venezuela

Edison Arciniega
9 Min de lectura

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Cinco meses después de la salida de Nicolás Maduro del poder, Venezuela ensaya una normalización extraña. Quienes caminan por Caracas describen un desescalamiento de la represión abierta, una ampliación de los márgenes en los medios de comunicación y una distensión en el debate público. Sin embargo, detrás de esta primavera vigilada se esconde una brecha cada vez más profunda: las expectativas de cambio de la ciudadanía y la terca realidad institucional caminan en direcciones y velocidades marcadamente divergentes. Es el síndrome del “fraude a las expectativas”, donde el entusiasmo de las masas choca contra una transición de diseño que se maneja a miles de kilómetros.

Para comprender el laberinto actual es indispensable desmontar un mito fundacional: la idea de que el cambio político en Venezuela es un correlato directo de las elecciones del 28 de julio de 2024. La épica civil de aquella jornada es innegable, pero la política real se escribe con otros códigos. El giro definitivo del 3 de enero de 2026 no se justificó en Washington como una intervención pro-democracia para restituir un resultado electoral, sino como una operación militar estratégica contra el narcotráfico y el terrorismo transnacional, tras meses de control absoluto de las aguas y los cielos del Caribe por parte de Estados Unidos.

Este origen define la lógica de legitimidad con la que opera la Casa Blanca. Si la acción estadounidense hubiese sido una respuesta al mandato electoral del 28 de julio, los liderazgos civiles de la oposición habrían sido los primeros en coordinar el tablero. No fue así. Se enteraron por las redes sociales. La cruda realidad del contexto actual es que Washington asume que ejecutó el movimiento, tomó el control y que, por ende, ahora se hace su voluntad. Mientras más rápido se aterrice de la nube romántica de la soberanía del voto, más rápido se atenuará en la estrategia de supervivencia política. Hoy por hoy, la soberanía nacional es una aspiración secuestrada por la geopolítica; si Donald Trump decidiera replegarse e imitar la inacción aplicada recientemente en otros focos de conflicto , el chavismo tardaría apenas unas horas en desmantelar la apertura y restaurar el régimen de terror máximo. El temor del viejo orden no es civil, es estrictamente bilateral.

El dilema de Juana de Arco

En este diseño pragmático, la figura de María Corina Machado emerge como una paradoja trágica. Su gesta es histórica: posee el apoyo indiscutible de las masas y encarna la dignidad de una sociedad que se negó a rendirse. Ha sido, durante años, una estrategia impecable a la hora de leer los momentos políticos, económicos y sociales. Sin embargo, desde el 3 de enero parece haber entrado en un bucle de desajuste táctico, intentando aplicar las reglas de la presión interna, “a la venezolana”, en un escenario donde las decisiones parecen tomarse casi exclusivamente bajo criterios de la administración norteamericana.

Machado corre el riesgo de convertirse en la Juana de Arco de Venezuela: la heroína indispensable para ganar la batalla moral, pero sacrificable en los despachos de la paz pragmática. Washington se inclina hoy de forma abierta por un esquema de convivencia encarnado en figuras como Delcy Rodríguez y el tendido de puentes con las instituciones supervivientes (como la Asamblea Nacional de 2015) para negociar, en mesas técnicas y políticas paritarias, las reformas por venir en materia de identidad (cedulación y afines), registro electoral, Consejo Nacional Electoral y libertad de expresión, entre otros. No se está negociando quién gobernará el país, sino las reglas institucionales del futuro inmediato.

¿Por qué el pragmatismo estadounidense decide orillar al liderazgo más votado del país? La respuesta se articula en cuatro factores objetivos:

  1. La búsqueda de gobernabilidad dócil: el Departamento de Estado y la Casa Blanca prefieren liderazgos más predecibles, moldeables o pragmáticos para el mediano plazo. El carácter firme, la autonomía y el enorme ascendente propio de Machado la convierten en un actor difícil de disciplinar en una agenda exterior tutelada.
  2. Fricciones en Washington: los intentos del Equipo de Machado por armar un lobby de presión en el Congreso Americano para condicionar a la administración Trump no han sentado bien en el ala ejecutiva de la Casa Blanca ni en la Secretaría de Estado, lo que genera tensiones con figuras clave de la política hemisférica estadounidense.
  3. Lejanía con los factores de poder real: Machado no ha logrado construir un puente de confianza mínima con el estamento chavista que retiene parcelas de poder burocrático y militar. Para el chavismo, ella representa una amenaza existencial, lo que precipitó que el aparato estatal prefiera entregarse a las condiciones de los gringos antes que facilitar su ascenso. Washington entiende que un gobierno liderado por ella enfrentaría un nivel de contestación e ingobernabilidad interna que un gobierno de transición compartida podría evitar.
  4. El recelo de los factores económicos: ni el empresariado nacional ni las corporaciones transnacionales (como los gigantes energéticos o mineros que ya operan sobre el terreno) perciben en la polarización que rodea a Machado el entorno de estabilidad jurídica y política necesario para sus inversiones, basta conversar con sus unidades de asuntos públicos para darse cuenta. Ella tiene el nexo especial con las masas, pero despierta desconfianza y quizá repulsa en los estamentos que hacen funcionar el engranaje económico del Estado.

El baño de realismo

Asumir este diagnóstico es incómodo y profundamente desagradable para una sociedad que anhela una democracia de manual. No es lo que quiere la mayoría de los venezolanos, pero la política se hace con la realidad y no con los deseos. La historia contemporánea de la región demuestra que la confrontación directa con el diseño de la potencia protectora conduce invariablemente al aislamiento; el último actor venezolano que intentó ignorar las líneas rojas de Washington hoy se encuentra en una prisión federal de Nueva York.

La mejor contribución al futuro del país es no llamarse a engaño. El realismo político es una virtud republicana. En 1957, Rómulo Betancourt comprendió que para viabilizar la democracia, para la etapa posterior a Marcos Pérez Jimenez, era indispensable construir primero canales de confianza y previsibilidad con los centros de poder global a través de aliados estratégicos en la región, él usó a su amigo Manuel Muñoz Marín, del gobierno de Puerto Rico, en esa tarea. Supo tragar grueso porque entendió las asimetrías de su tiempo ¡Ojalá nuestro liderazgo esté a la altura de Betancourt!

A la oposición venezolana le corresponde hoy un ejercicio similar de madurez colectiva: asumir temporalmente la subordinación al tablero geopolítico, aceptar los límites de una transición paritaria y tutelada e impuesta y, desde esa incómoda posición, comenzar a reconstruir el tejido político, social e institucional que permita, a medio o largo plazo, recuperar la autonomía nacional. El corazón puede estar legítimamente con la épica civil de María Corina, pero el cerebro debe permanecer con la viabilidad del cambio. Para que la transición a la democracia se concrete, el realismo debe derrotar a la ilusión y la nostalgia.

Edison Arciniega
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