Hoy, 24 de junio, el calendario nos regala una rara conjunción que pocas veces detenemos a mirar: el solsticio de verano en el hemisferio norte—cuando el astro rey parece detenerse para cambiar su rumbo—, la fiesta popular de San Juan Bautista—con sus fogatas, aguas benditas y el retumbar incesante de los tambores—y el aniversario de la Batalla de Carabobo. Tres hitos, una misma fecha. Para el venezolano que observa el complejo tablero de la transición actual, esta tríada no es una casualidad astronómica o folclórica, sino un espejo urgente donde mirar el presente.
Comencemos por el solsticio. La palabra proviene del latín sol sistere, el sol que se queda quieto. En ese instante efímero, la luz alcanza su máxima expresión antes de iniciar el inevitable declive hacia la oscuridad, o viceversa. ¿No es acaso esta la fotografía exacta de nuestra realidad venezolana? Llevamos años atrapados en un clima de confrontación perpetua, pero el mero hecho de hablar de “transición” implica que el péndulo se ha detenido en su punto más álgido para comenzar a moverse en otra dirección. La transición no es el final del camino, sino el punto de inflexión cósmico: el reconocimiento de que el actual estado de cosas, por más sólido que parezca, está condenado a rotar hacia un nuevo equilibrio. Quienes hoy negocian o pujan por el cambio deberían entender que, como el sol, no hay poder humano que eternice un ciclo.
Pero la transición no se cocina solo en las mesas de negociación de los altos vuelos; también bulle en la tierra caliente y en el alma popular. Aquí entra San Juan. El santo precursor, el que bautiza con agua y anuncia la llegada de un tiempo nuevo. En Venezuela, San Juan es el pueblo afrodescendiente que golpea el cuero del tambor, que promete y baila, que enciende hogueras para purificar y saltar sobre el fuego. Esa energía popular, desbordada y festiva, nos recuerda que la transición no puede ser un mero pacto de élites. Sería un fracaso monumental construir un nuevo país sin escuchar el ritmo de los barrios, sin sanar las heridas con el agua ritual del perdón y sin el ímpetu lúdico de una sociedad que, a pesar del hambre y la desesperanza, aún sale a danzar para San Juan. La transición debe tener el alma de ese tambor: constante, ruidosa y profundamente auténtica. Si los acuerdos políticos ignoran a quienes bailan en la calle, serán apenas fuegos artificiales que se apagan en el amanecer.
Pero hablemos de la espada, y sobre todo, del hombre que supo esgrimirla con inteligencia histórica. La Batalla de Carabobo no fue un acto de magia; fue un choque sangriento, un sacrificio colectivo que selló nuestra independencia política. Sin embargo, más allá del heroísmo, existe una lección táctica que suele perderse en el bronce de los monumentos: la orden del Vuelvan caras. Aquel 24 de junio de 1821, el general José Antonio Páez, al ver la embestida realista, no ordenó una retirada cobarde, sino un giro fulminante sobre el terreno. Esa maniobra, que cambió el signo de la contienda en cuestión de minutos, es la metáfora exacta de lo que exige la transición venezolana: no se trata de dar la espalda al futuro, sino de girar sobre nuestros propios pasos para mirar la realidad desde una perspectiva inédita, desmontando las líneas enemigas del inmovilismo y la desidia.
Y es aquí donde Páez se erige no solo como un militar exitoso, sino como el gran precursor del cambio estructural que hoy, dos siglos después, aún nos duele y nos interpela. Tras la gesta independentista, el Centauro de los Llanos entendió que la victoria militar no era suficiente; había que refundar el pacto político. Su impulso autonomista, reflejado en la Cosiata y la posterior disolución de la Gran Colombia, fue el primer gran vuelvan cara político del país. Páez rompió el molde centralista heredado para ensayar una república propia, con sus virtudes y sus monstruos, pero con la certeza de que la estabilidad a veces exige atreverse a desmontar los esquemas heredados. Hoy, cuando Venezuela busca su propia reconfiguración en medio de la crisis, la figura de Páez nos recuerda que el cambio verdadero no se implora, se decide con audacia; no se ruega, se negocia desde la fortaleza; y no se dilata, se ejecuta cuando el solsticio de la historia nos ofrece su instante justo.
El relato oficial, a veces grandilocuente, nos oculta que aquella jornada también estuvo llena de incertidumbre. La gesta de Bolívar y Páez no terminó con la guerra ni con la pobreza; simplemente abrió la puerta a una década de conflictos internos y caudillismos. Carabobo nos enseña que la verdadera batalla no es la que se gana en el campo de honor, sino la que se libra después, en la construcción de instituciones y en la reconciliación de los vencedores con los vencidos. La transición venezolana requiere de la misma valentía que tuvieron aquellos soldados, pero también de una inteligencia estratégica que ellos, atrapados en la lógica militar, a menudo descuidaron.
Hoy confluyen el fuego de San Juan, que quema lo viejo; la luz del solsticio, que anuncia el giro; la memoria de Carabobo, que nos exige unidad sin hegemonías; y el espíritu de Páez, que nos empuja a dar ese vuelvan cara definitivo. La transición venezolana no es un documento firmado ni un decreto; es un proceso orgánico que respira con estos símbolos. Mientras el sol se detiene, los tambores llaman y los fantasmas de la independencia observan, nosotros tenemos la oportunidad de entender que este 24 de junio no es solo una fecha patria, sino un destino cíclico: estamos en el vértice donde la historia se toma un respiro para decidir si seguir danzando en círculo o, por fin, trazar una nueva línea recta hacia el futuro, así como Páez trazó su propio rumbo cuando el país necesitaba reinventarse.
El momento es ahora. Ni el astro, ni el santo, ni los próceres van a hacer el trabajo por nosotros. La transición la hacemos los vivos, con los pies en el suelo, el oído atento al tambor, la mirada puesta en ese horizonte donde el sol, después de detenerse, siempre renace, y la voluntad firme para ejecutar ese giro táctico que nos permita, por fin, mirar de frente al país que estamos llamados a construir.