«Fue desesperante»: la incertidumbre de los venezolanos en el exterior por sus familias tras los terremotos

Gran parte de los migrantes se enteraron del temblor a través de una llamada de amigos o los mismo familiares
Tahiana González
Tahiana González - Redactora
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Mientras en Venezuela miles de personas intentaban salir de edificios agrietados, buscar a familiares entre los escombros o pasar la noche en las calles por temor a los terremotos, a miles de kilómetros de distancia otros venezolanos enfrentaban una tragedia distinta: la incertidumbre de no saber si sus seres queridos seguían con vida.

Las fallas en las telecomunicaciones, los cortes de electricidad y el colapso de las redes sociales dejaron a miles de migrantes sin noticias durante horas. Desde Chile, Colombia y Reino Unido, el terremoto del 24 de junio también se vivió con desesperación, impotencia y una constante sensación de zozobra, según expresaron a El Diario migrantes que viven en estos países.

Cada llamada sin respuesta, cada mensaje que no llegaba y cada minuto de silencio alimentaban el miedo. Y, aunque muchos finalmente lograron confirmar que sus familiares estaban a salvo, las secuelas emocionales permanecen.

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EFE/ Ronald Peña R

José Luis Ramírez, venezolano radicado en Chile, recuerda que supo del terremoto apenas ocurrió, gracias al mensaje de un amigo. En cuestión de segundos dejó todo lo que estaba haciendo para intentar comunicarse con su madre.

«Yo solté todo lo que tenía porque estaba trabajando e inmediatamente tomé el teléfono y llamé a mi mamá, quien vive en Caracas, y por razones de la vida mi mamá me respondió la llamada y me dijo ‘hijo estamos bien’, le pregunté qué pasó y me dijo hubo un terremoto muy fuerte. Tu papá y yo estamos bien´”, recuerda Rodríguez.

Relató que sus padres estaban con sus sobrinos de 15 y 8 años de edad. Su padre, hombre de 76 años de edad con alzhéimer, y su madre de 70 años, decidieron quedarse en casa durante los terremotos. Le pidieron a sus nietos que corrieran del lugar.

“La reacción de ella fue ´corran ustedes, salvense ustedes, yo me voy a quedar aquí con el viejo´. Mis sobrinos corrieron desesperados. Me imagino lo angustiante para ellos y lo que fue para mi saber esa situación estando lejos», expresó.

La tranquilidad inicial duró apenas unos minutos. Después de esa llamada, las comunicaciones se interrumpieron y comenzó una larga espera.

“Fue desesperante, no pude trabajar más, solté todo lo que tenía pendiente porque la angustia de no saber, de conocer que a cada rato habían réplicas y llamaba y no respondían era desesperante. Fueron momentos de mucha zozobra e incertidumbre», reiteró.

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EFE/ Ronald Peña R

Rodríguez comentó que, a pesar de saber que sus seres queridos están bien, en él permanece un sentimiento de culpa por no estar con sus padres para ayudarlos en medio de esta situación que enfrenta Venezuela.

«Como migrante, después de todo esto, uno se vuelve tan reflexivo, analiza tantas cosas que no sé si la definición de culpa es la correcta, pero el hecho de no estar presente de la forma en que quisieras estar es compleja. Siento culpa, angustia (…) No poder estar o acompañarlos, ayudarlos, cargarlos, correr con ellos o socorrerlos es bastante fuerte”, dijo.

Entre sismos cotidianos y una tragedia inesperada

Para Oraana del Valle García Prado, quien también reside en Chile, el primer momento estuvo marcado por la confusión. Acostumbrada a vivir en un país donde los movimientos telúricos son frecuentes, inicialmente no dimensionó la gravedad de lo que había ocurrido en Venezuela.

«Estaba llegando a mi casa cuando me mandaron el mensaje del terremoto. En un primer momento, como no se tenía mucha información, no le habíamos dado la importancia. Como aquí en Chile estamos acostumbrados a tener sismos constantemente, no sabíamos de la gravedad del asunto. Después me pude comunicar con una amiga que fue la que me explicó que sí fue bastante grave y lo demás fue por las noticias y por las redes sociales”, relató la joven, quien estuvo como voluntaria en uno de los centros de acopio que organizó la diáspora venezolana en Santiago de Chile.

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EFE/ Ronald Pena R.

Para García, las horas posteriores fueron igualmente difíciles. Su familia pasó la noche fuera de sus viviendas debido a las grietas que presentaban los edificios y que aún esperan las inspecciones correspondientes.

«El terremoto sucedió y yo pude comunicarme con mi papá al día siguiente después de la 1:00 pm. A pesar de que me habían dicho que lo habían visto, que estaban bien, uno se asusta y mantiene como las expectativas de qué está sucediendo (…) Mi familia estuvo durmiendo toda la noche en una en una avenida por las repeticiones del terremoto”, contó.

Agregó que en en el caso de su hermano, este ha estado durmiendo en el estacionamiento del edificio donde se encuentra su vivienda en Casalta, ya que el inmueble no es habitable por las grietas y las autoridades no han ido a realizar las evaluación correspondientes.

Desde la distancia, para Oreana ha sido fundamental seguir de cerca las necesidades que reportan organizaciones en Venezuela y difundiendo información sobre centros de acopio y ayuda, de este modo, poder colaborar con quienes dentro de Venezuela están luchando por rescatar a quienes siguen debajo de los escombros.

La incertidumbre a una sola frontera

En Colombia, Agata Rodríguez recibió la noticia directamente de su padre. Después de esa llamada, perdió contacto con gran parte de su familia.

«Me enteré a través de mi papá por una llamada apenas pasó todo, intenté comunicarme con otros familiares pero ya la comunicación fue imposible y solo pasan pensamientos negativos por la mente ya que no sabía a ciencia cierta la magnitud de todo hasta que pude ver que ya estaban subiendo todo a redes sociales”, relató.

Aunque posteriormente supo que sus familiares estaban a salvo, aseguró que el dolor ha aumentado al conocer las pérdidas sufridas por personas cercanas.

«Han pasado los días y la tristeza crece y avanza, amigos cercanos han perdido a su familia y el corazón me queda roto en mil pedazos. Ayudo y aporto desde lejos, pero no hay tranquilidad», dijo.

Desde Reino Unido, Dayana Sánchez también despertó con un mensaje inesperado preguntando por cómo se encontraba su mamá y lo primero que pensó fue que el edificio donde vive su madre se había derrumbado, ya que desde hace tiempo los vecinos venían denunciando fallas en el lugar.

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Foto: EFE/ Vantor

«Empecé a enviar mensajes de WhatsApp a todo el mundo, a todos los contactos que tenía, a mis vecinos, a mi mamá, a mis tías y a nadie le llegaba eh nada. Vi que le llegó el mensaje a mi vecina y la llamé de inmediato y me dijo que mi mamá estaba bien y yo no pude quedarme contenta con esa respuesta, insistí, insistía hasta que le dije, ‘por favor, busca a mi madre que necesito escucharle la voz’, y una vez escuché la voz de mi madre, sentí una sensación profundamente de alivio», recordó Sánchez.

Para ella, la angustia no terminó cuando logró comunicarse con su familia. La distancia acentuó la sensación de impotencia frente a una emergencia en un país donde, considera, las capacidades de respuesta son limitadas.

«El venezolano que está fuera está sufriendo igual. Lo que pasa es que es diferente, es el dolor de saber que no puede hacer absolutamente nada, es el dolor de saber que no puede levantar una piedra, es el dolor de saber que el único recurso que tiene literalmente es repostear a través de redes sociales y denunciar actos violentos o tratar de buscar centros de acogida para poder ayudar a personas», comentó.

Los testimonios entre los venezolanos que están en el exterior coinciden entre sí. A través de las redes sociales se han observado diversas imágenes que expresan esa sensación de incertidumbre e incluso culpa por estar lejos. Muchos han donado insumos o dinero para apoyar a los afectados, pero siguen expresando su inconformidad con ellos mismos por la razón de estar lejos de casa.

Tahiana González
Tahiana González - Redactora
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