El doblete sísmico del 24 de junio fue un evento traumático para miles de personas en Venezuela, especialmente para quienes estaban en las localidades afectadas por los terremotos. Los niños y niñas que experimentaron los movimientos, los gritos de la gente y el pánico colectivo pueden sentirse vulnerables todavía.
Rusdeiba Agelvis, directora del Centro de Terapias del Desarrollo, explicó que muchos de estos niños mostraron cambios de conducta inmediatamente después de los terremotos como una respuesta de defensa ante un suceso que los hizo sentir inseguros. La especialista indicó que una de las preocupaciones que más reportaron padres y cuidadores fue el miedo de los niños a quedarse y dormir solos.
«Son niños que buscan tener a alguien cerca todo el tiempo y podría verse como un apego excesivo. Si llaman a su papá, mamá o tío desde el cuarto y no obtienen respuesta, llorarán, más aún si los pierden de vista, así sea por un segundo», detalló Agelvis en entrevista para El Diario.
Las alteraciones en el sueño y la alimentación también figuran entre los cambios conductuales más comunes tras eventos traumáticos. En el caso del sueño, influyen factores como el temor a dormir a oscuras y la aparición de pesadillas relacionadas con el terremoto o con los sucesos posteriores.
La falta de apetito es otra señal común de que el cerebro intenta protegerse tras una situación de peligro. En niños que ya presentaban selectividad con ciertos alimentos, este síntoma puede intensificarse.
Irritabilidad y cambios de humor
Algunos niños pudieron haber desarrollado reacciones exageradas a estímulos como movimientos, ruidos fuertes o cambios en la iluminación. Esto puede responder a alteraciones en el procesamiento sensorial o a situaciones que reviven el momento de los sismos.
«Podremos notar rabietas repentinas, llanto sin motivo aparente o sensibilidad extrema a los ruidos fuertes, como un portazo, el sonido de una moto o cuando el viento mueve las ventanas», comentó Agelvis.
Los cambios de rutina también pueden generar alteraciones en el humor. En los municipios afectados por los sismos, el año escolar terminó de forma abrupta, por lo que muchos niños y niñas no pudieron despedirse de sus compañeros y maestros. Algunos tampoco culminaron las evaluaciones pendientes, lo que podría generar frustración.
La experta explicó que niños que suelen ser muy hiperactivos podrían pasar a ser silenciosos y «apagados». También puede ocurrir el escenario contrario: que un niño habitualmente tranquilo pase a mostrarse inquieto y actúe de forma acelerada.
Regresiones momentáneas
En los días o semanas posteriores a los sismos, los niños pueden presentar regresiones o retrocesos en su desarrollo. La experta señaló que estos comportamientos podrían ser una respuesta del cerebro en busca de seguridad.
«El neurodesarrollo es previsible; su tendencia siempre es avanzar, nunca retroceder. Pero, ante un sismo de tal magnitud, nuestro cerebro primitivo, que es el de la supervivencia, busca seguridad y se activa por completo en estos casos. No lo hace por involución, sino para protegerse y ahorrar energía para sobrevivir. Por eso parece que el niño temporalmente ‘apaga’, pero no olvida, las funciones más modernas y complejas».
Algunas de las regresiones que pueden presentarse en estos contextos son la pérdida del control de esfínteres y de la fluidez en el lenguaje, como respuesta del sistema nervioso en busca de un refugio emocional similar al que se tiene durante los primeros años de vida.
Las réplicas de los sismos o los ruidos fuertes también pueden desencadenar reacciones como crisis de llanto incontrolables, cubrirse los oídos o los ojos, así como estereotipias o movimientos repetitivos, como balanceos y aleteos.
«No solo los niños con autismo presentan estas conductas, sino que también pueden hacerlo niños sin un diagnóstico. Se sacuden, se golpean o simplemente se desconectan por completo del entorno, con una mirada perdida, durante horas después de que el ruido o el temblor pasó, porque su cerebro se saturó», indicó la experta en neurodesarrollo.
La regla de las cuatro semanas
Agelvis explicó que durante el primer mes posterior a la catástrofe, las reacciones de apego, las pesadillas o la irritabilidad son esperables y se consideran respuestas normales ante una situación de esta magnitud.
Si ha pasado más de un mes y estas conductas no disminuyen, sino que empeoran o se mantienen sin cambios, es necesario buscar ayuda psicológica o incluso psiquiátrica, de acuerdo con la edad del niño.
«Es un signo de alarma si el miedo o el aislamiento le impiden al niño jugar, socializar, hablar, comer o dormir de manera constante, o si parece revivir el sismo con alucinaciones o episodios de pánico durante el día ante cualquier estímulo», acotó.
Otra forma de identificar señales de alarma es observar los momentos de juego y creatividad. La especialista puso como ejemplo que el niño juegue de forma recurrente al «terremoto», pero que en esa representación recree el colapso de edificios y la muerte de personas sin que exista un desenlace positivo.
«Notar agresividad inusual o desconexión del entorno, como que lance constantemente los juguetes con una rabia descontrolada hasta destruirlos o, por el contrario, que permanezca completamente paralizado con el juguete en la mano, mirando al vacío y sin interactuar con lo que lo rodea, es otro signo de alerta», dijo.
Si el niño o la niña dibuja constantemente edificios derrumbados, escenas de aplastamientos, utiliza colores oscuros o representa sangre, también podría ser un indicador de que requiere apoyo psicológico.
¿Qué ocurre con los niños neurodivergentes?
Agelvis comentó que los niños con alteraciones del neurodesarrollo procesan el mundo con un «volumen» diferente. Ante un desastre natural, su sistema nervioso se satura mucho más rápido que el de una persona neurotípica.
«En el trastorno del espectro autista (TEA), un sismo rompe la anticipación, que es su gran ancla de seguridad. El exceso de estímulos en el ambiente, como gritos, gente moviéndose, sirenas o los movimientos del suelo, puede provocar un colapso sensorial inmediato, haciendo que se aíslen por completo o que presenten conductas repetitivas intensas para intentar autorregularse», detalló.
En los casos de niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el estado de alerta puede afectar la atención y el control de los impulsos, debido a que, incluso en condiciones estables, deben realizar un mayor esfuerzo mental para mantener ambas funciones.
«Físicamente estarán más hiperactivos o reaccionarán de forma impulsiva y peligrosa ante el miedo, ya que sus mecanismos de freno cerebral están sobrecargados», agregó la especialista.
¿Cómo actuar ante noticias trágicas tras los terremotos?
Muchas familias continúan buscando a parientes y amigos que desaparecieron tras los terremotos del 24 de junio. Al cumplirse tres semanas de los sismos, también disminuyen considerablemente las probabilidades de encontrar con vida a las personas que quedaron bajo edificios colapsados.
Esto representa el reto de comunicar a los niños la muerte de algún allegado sin quebrar nuevamente la sensación de seguridad que ya había sido afectada por los terremotos.
«Hay que decirles la verdad de forma honesta, simple y sin confundirlos con frases como ‘se durmió’ o ‘se fue de viaje’. Eso los hará pensar que cualquier familiar también podría hacerlo al salir de casa», indicó Agelvis.
La experta recomendó explicar con claridad que la persona resultó gravemente herida durante el terremoto, que no pudo sobrevivir y que no volverán a verla, aunque sí podrán recordarla.
«Si llora, debemos acompañarlo y reforzar, como cuidadores, que también estamos tristes, pero que estamos a salvo y vamos a cuidarnos juntos», señaló.
Aunque los cuidadores también enfrentan el temor que generan los sismos y el duelo por la pérdida de seres queridos, la experta insistió en la importancia de enseñar la resiliencia con el ejemplo.
«Sentir que su cuidador principal sostiene su dolor sin asustarse les demuestra que el miedo es temporal y superable. El dolor que se expresa y se acompaña sana; el que se esconde se convierte en un síntoma físico o conductual más adelante», agregó.
La especialista enfatizó que una de las principales labores de los cuidadores tras la crisis es esforzarse por retomar o reconstruir las rutinas. Como hay familias que ya no viven en las mismas viviendas debido a colapsos, daños importantes o simplemente por temor a revivir el trauma, puede ser necesario crear nuevos rituales junto con los niños.
«Se debe intentar que la hora de comer, de dormir o de un pequeño momento de juego sea siempre la misma, aunque sea en casa, bajo una carpa o en un refugio. Si no están en su hogar, pueden caminar por el lugar nuevo. También es importante que tengan exposición a la luz solar para facilitar el inicio del sueño», indicó.
Concluyó que acciones sencillas, como compartir un saludo especial, cantar canciones o conversar antes de dormir, permiten que el niño asimile que el mundo cambió afuera, pero que su cuidador sigue siendo su lugar seguro.